Cuando el absurdo se vuelve un mal sistémico

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Miguel Díaz-Canel (foto: Granma)

LA HABANA, Cuba. – La reciente apología del guarapo y la limonada, hecha por Miguel Díaz-Canel ante miembros del Consejo de Estado, ha generalizado la sospecha de que el alto mando cubano está perdiendo la cordura frente al avance de una crisis económica que empeorará en los próximos meses. Los síntomas de esta demencia se acentúan cuando la alimentación del pueblo cobra un cariz de desafío insoluble, que el régimen procura sortear con los supuestos beneficios de la moringa, la cría de avestruces para el consumo y la elaboración de “derivados”; es decir, restos de origen animal prensados y vendidos a los ciudadanos para que crean que, en efecto, están comiendo algo someramente nutritivo.

Por pudor no se habla ya de la carne, en el sentido estricto del término. Seguimos importando pollo desde Estados Unidos y haciendo fila durante horas para alcanzar un mísero paquete. Se agrava el déficit de carne de cerdo, pero solo ahora deciden impulsar la crianza de cerdos criollos, única raza que se alimenta del palmiche que abunda en los campos cubanos. Así lo reconoció Regla María Ferrer Domínguez —Jefa del Departamento de Producción y Comercialización de la División Porcina—, sin dejar de culpar a la caída del turismo por la mengua en la producción de carne porcina.

Con la hambruna y el estallido popular a la vuelta de la esquina, Miguel Díaz-Canel comparece en televisión para preguntar por qué no se vende guarapo por la libre en un país azucarero. El gobernante ignora que casi todas las guaraperas de La Habana han ido cerrando en los últimos años; la mayoría por falta de materia prima (caña de azúcar), otras debido al precario estado de los trapiches artesanales, o a las deplorables condiciones sanitarias que mostraban.

Según estudios, antes de la llegada del Período Especial había alrededor de 150 guaraperas en La Habana. A inicios del nuevo milenio quedaban unas veinte, y en la actualidad solo algunos mercados agropecuarios que operan sobre la base de oferta y demanda venden guarapo. En el resto del país la situación es similar porque todo parte de un tronco común: la estrepitosa caída del potencial azucarero de Cuba durante seis décadas de socialismo improductivo y burocrático, valga la redundancia.

Con las jugueras ocurrió lo mismo. Fueron cerrando a causa de la inestabilidad en el surtido de frutas o los problemas de higiene, que se han convertido en una de las debilidades de los establecimientos estatales. No en balde la juguera más famosa de la capital, reconocida unánimemente por los consumidores, la prensa estatal y la independiente, ha sido la de 3ra y 6, en el Vedado, gestionada por un emprendedor.

El llamado de Díaz-Canel a que haya limones disponibles para la población contradice las propias políticas económicas del régimen, que abrió 2020 destinando dos toneladas de limón Persa a la exportación, además de la cantidad convenida para el suministro a los hoteles, mediante la Empresa de Frutas Selectas. Para el rebaño ciudadano quedan los limones de mala calidad, a precios abusivos. Ahora mismo, con la escasez y la demanda en ascenso, cada libra de unidades diminutas no cuesta menos de 15 pesos.

Esa es la realidad que Díaz-Canel y todos sus asesores desconocen, o fingen desconocer. Hablar de guarapo y limonada, y no entender por qué no hay uno ni otra, indica que la tautología se tragó a la razón; que nada podrá contener lo que se nos viene encima, mucho menos un gobernante perdido en su entelequia, girando en su silla como un niño impaciente que desea estar en cualquier lugar menos ahí.

De todas las fallidas intervenciones de Díaz-Canel, ninguna me había transportado tan rápidamente de la carcajada a un pánico muy real. Pánico por mi país, mi familia, mis amigos. Porque ese personaje al que han designado para hacerse cargo del problema se enreda cada vez más, se pone en ridículo, nos desespera a todos con su oralidad pedregosa y para rematar, a falta de otro calificativo, dice “súper”.

Alguien tiene que explicarle a Díaz-Canel que la palabra “súper” está, por principio, desterrada del vocabulario de un hombre de estado; que no es una talla cool y al emplearla no suena más convincente, ni crea empatía. “Súper” es una muletilla pueril, delatora de una insuficiencia crónica de idioma español. En boca de un político lo hace lucir iletrado, desnudo de argumentos, penosamente coloquial.

No merece la pena hablar de la masa de pizza precocida para “un número de personas no despreciables que tienen microwaves”, porque está claro que quien no sabe que no hay guarapo porque hace años se perdió la zafra, no puede saber que un 30% de la población antillana es hipertensa.

Cuba es regida por un aquelarre de individuos enajenados, al estilo de “Los sobrevivientes” de Titón, que celebran exultantes su propia decadencia. Intelectual y emocionalmente atrofiados, no sienten vergüenza de añadir un nuevo disparate a la larga lista de precedentes que arruinaron la zafra, la ganadería, la producción cafetalera, el plan de cítricos, la industria pesquera, el fondo habitacional, el reemplazo poblacional, el pulso de la nación y un profundo abismo de etcéteras que solo es posible cuando el absurdo se vuelve un mal sistémico.

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