Cuba empieza a moverse, y también desde México

Cuba México

CIUDAD DE MÉXICO.- A las 11:00 de la mañana, aunque dan vueltas un par de patrullas, la calle Presidente Masaryk estaba abierta a la circulación. Era el viernes 27 de noviembre y estábamos en la exclusiva colonia de Polanco, Ciudad de México, a unos pocos metros de distancia de una de las sedes diplomáticas más grandes en este país. Y hay quienes dicen, medio en serio, medio en broma, que es también uno de los mayores centros de inteligencia de la Isla en el extranjero.

El inmueble 554 es una edificación enorme con varios edificios en su interior, y cada uno supera los tres niveles. Alrededor lo bordea una reja verde puntiaguda con una placa de bronce incrustada, donde se lee: Embajada de la República de Cuba. Hacia adentro no puede verse mucho, salvo una bandera nacional junto a una fuente sin agua, bloques rectangulares unidos por un pasillo y una especie de baranda con dibujos coloridos. Escucho a alguien, desde atrás, decir que la arquitectura de la sede se asemeja a la de los IPVCE cubanos. Me volteo y asiento. Los bloques cuadrados de hormigón y la plaza de la entrada me provocaron el mismo recuerdo.

El 26 de noviembre, la noche anterior, la Seguridad del Estado irrumpió a patadas en Damas 955 en La Habana Vieja y se llevó detenidos a las 14 personas acuarteladas allí, algunas en huelga de hambre desde hacía una semana.

La policía política rompió la puerta de la sede del grupo de arte independiente San Isidro y detuvo a los artistas y periodistas que estaban, sin darles tiempo a reaccionar siquiera, o a tomar unos zapatos, o una camiseta. A Luis Manuel Otero, el líder del movimiento, lo sacaron apenas vistiendo un short. Mientras esto ocurría el régimen cubano bloqueó el acceso a las redes en varias partes del país. Apagón tecnológico para que no pudiera transmitirse en vivo la violencia. Para que no quedara rastro de lo que son capaces. Desalojaron la casa y hasta hoy, aún no le permiten a Otero, retenido a la fuerza, regresar a su propiedad.

Apenas un rato después del allanamiento en La Habana comenzó a circular una convocatoria en redes que pedía a los cubanos en México que se sumaran a una protesta pacífica frente a la embajada. “Y los que tienen amigos entre los secuestrados, conocidos, gente que aprecian o simplemente le parece esto un atropello que no podemos tolerar: Es ahora el momento de salir a buscarlos”. Aunque la idea de manifestarse ya había sido discutida por algunos de los participantes, no hubo mucha más planeación o llamado que ese post y mensajes entre amigos, invitando a otros a plantarse frente a Masaryk 554.

Unos 20 minutos antes de la hora pactada, llegó el primero de los manifestantes y trajo consigo una bolsa repleta carteles para compartir con los otros. Eran mayormente pedazos de cartón donde pegaron fotos de los huelguistas, con sus nombres y algunas etiquetas. De a poco, fueron sumándose más personas y parándose allí en silencio.

Es gente muy joven, estudiantes de posgrado mayormente que emigraron en busca de libertades y bienestar.  Algunos de ellos pertenecen a la Universidad Iberoamericana y son compañeros de estudios de Anamely Ramos, una de las activistas violentadas. Anamely cursa el doctorado de antropología desde Cuba, en línea, porque aún no ha logrado salir de la Isla. Sus compañeros y profesores de la Ibero han visibilizado el hostigamiento hacia ella en la última semana. Y ahora se manifiestan en apoyo a todo San Isidro frente al pedazo de Isla que hay en Ciudad de México.

 

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Calculo que habría unas 30 o 40 personas con los cuerpos de cara a la reja y los brazos levantando carteles.  “Libertad y Vida” “Libertad de expresión” y “Abajo la Dictadura” estaba escrito en ellos. Líneas que por tantos años nos obligaron a callar. Había también un muchacho envuelto en una bandera y otros tres que pusieron la banda sonora de la película Habana Blues.

Por supuesto, el nombre de San Isidro y “Los queremos Vivos” estaba escrito en casi todos los carteles. Nos veo, y pienso en Cuba, donde es casi inimaginable la organización y movilización de tantas personas para exigir sus derechos.

Pienso también en quienes no están, aunque compartan los mismos reclamos. No están porque tienen miedo y los entiendo ¿Cuánto terror puede despertar un régimen para que, sin importar donde estemos, sigamos temiéndole? Y no es un miedo irracional. Siempre hay algo que pueden hacer contra ti: que presionen a tu familia dentro de la isla, que no te dejen entrar de nuevo o, peor, que no te dejen salir si pisas el país en tus vacaciones.

Casi todos en la protesta sabemos quién es Lidier Hernández, y cómo las autoridades, sin necesidad de explicar nada, lo tuvieron secuestrado casi un año en Cuba, aunque era residente en Uruguay. El crimen de Lidier fue participar en algunas marchas fuera de la isla. Lo mismo que ahora hacemos nosotros.

Aunque no sucedió, la presión de que saliera algún funcionario de la embajada y filmara o fotografiara de cerca los rostros de los presentes para intimidarnos era una posibilidad. Ya lo han hecho antes. Así avivan el terror. A pesar de ello, allí estuvimos y protestamos, como lo han hecho en estos días cubanos en Estados Unidos, España, Uruguay, Francia, Suecia.

Luego de una media hora sin hablar, solo portando las pancartas, alguien gritó: y ¿por qué no cantamos el Himno? En lo adelante se rompió el silencio y a pura voz se empezó a pedir: libertad para el arte, para la cultura, para Denis y “bajanda para la dictadura”. Las más de 30 gargantas allí exigieron el cese de la represión y el respeto a San Isidro. “Cuba no es de Fidel. Cuba es de todos” fue uno de los últimos gritos.

Son casi las 12 del mediodía del viernes 27 de noviembre. La idea era estar una hora frente a la embajada plantados, protestando, y pasó sin que nadie pudiera callarnos. Gracias a la democracia, debe ser. La gente está eufórica. Para muchos es la primera manifestación en la que participan. Y hacerlo frente a la embajada representa una ruptura con nuestros dispositivos de control.

Antes de salir de allí, uno de los muchachos se acerca a los guardias mexicanos que daban vueltas y tomaban selfies, y les dice: “gracias por cuidarnos para que nadie nos atacara. Nosotros estamos acá para poder hacer esto en Cuba y que no nos repriman”. Los demás solo aplaudimos.

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