Del caracol Maykel al hombre-espejo

Cuando comencé a escribir este texto, mi intención era solo hacer un post de Facebook que sirviera para promocionar el próximo concierto online de Maykel Osorbo. Un post informado, digamos, donde explicara algunas cosas de su performance De convicto a pionero y lo vinculara con el rap como cultura y con el álbum que se estrena en el concierto.

Sin embargo, de repente tenía mucho que decir sobre la persona con la que dormí los diez días de San Isidro, velando para que no muriera. Ya yo había escrito un texto sobre Maykel hace unos meses, suerte de historia de vida que mezclaba fragmentos de sus canciones con anécdotas e impresiones sobre él.

Esta vez, sin embargo, el texto no tenía rumbo fijo. Después de escribir mucho me di cuenta de que no había idea central. Tampoco principio ni fin. Eran trozos inconexos.

Resolví el asunto de la siguiente forma, hice una especie de tres en uno. Promover el concierto y el performance como objetivo primero. Situarlos dentro de un esquema más o menos filosófico, estético tal vez, que me permitiera pensar también la relación conflictiva de cuerpo y compromiso —o de lo íntimo en relación a la denuncia o a una manera peculiar de militancia— en el performance de Maykel. Y, en tercer lugar, deslizarme hacia una descripción de tipo emocional de las numerosas capas de su personalidad, una suerte de ejercicio autoetnográfico que incluyera algunas de las aproximaciones a la antropología que voy teniendo en mis estudios de doctorado, y que pudieran dotar al texto de un interés mayor.

Mayekel Osorbo y Anamely Ramos durante la huelga de San Isidro / Foto: Cortesía de la autora

Maykel Osorbo es un sobreviviente. Actúa, crea y vive a partir de lo que generan en su interior los ecos de una historia de vida llena de abandonos, malentendidos y, sobre todo, mucha injusticia. Su música es un grito. Sus directas son un grito. Su visualidad es un grito. Pero, al mismo tiempo, tiene el don de no aburrir, de no desalentar y de no aturdir.

Después de todo, Maykel parece que está jugando. Ni un niño pequeño podría sentirse amenazado realmente por Maykel Osorbo, a pesar de todas sus malas palabras y de sus palabras inventadas. Las puntas de ese cordel de violencia que él lleva dentro no se ven. Se encarga de esconderlas, sepulta esa violencia que no le es ajena. La lapida, para utilizar una de sus palabras favoritas.

Maykel usa hoy en su performance De convicto a pionero la pañoleta roja que mi hijo usó solo un año antes de salir de Cuba. Mi hijo se llama José Julián. Maykel intenta enmendar la consigna que en Cuba le hacen repetir a niños que no tienen la menor idea de ideología y de poder. «¡Pioneros por el comunismo, seremos como el Che!» es sustituida por «¡Pioneros por la libertad, seremos como Martí!»

Maykel Osorbo vestido de pionero / Foto: Cortesía de la autora

Algo se pega a nosotros esas mañanas, mientras repetimos o dejamos repetir esta frase. Lo sufría día a día en los matutinos de mi hijo. Algo que después nos cuesta años sacudir de nuestra piel y de nuestra conciencia. «Los niños no hablan, ni repiten, lo que no entienden», le decía todo el tiempo a José Julián, esperando hacerlo inmune a tanto vaciamiento de sentido, a tanta mentira junta.

Ahí está la violencia, no le demos más vueltas. Una que se multiplica y toma la forma de Humberto López difamando a ciudadanos cubanos en la televisión y llenándose la boca de patria y revolución, como si de sinónimos se tratara.

Maykel dice que Martí nació en la calle Paula y que, por tanto, era del barrio, como él y como Denis Solís. Es su manera de sentirlo cerca, no como un personaje del siglo XIX, del que hay un busto cada dos pasos.

Para Maykel, la palabra pionero encierra toda la agresividad del adoctrinamiento, pero también todo lo que él no tuvo: tiempo y cuidado para seguir estudiando. Lanza este performance unas semanas antes de su próximo concierto online, donde estrenará el álbum de rap contestatario: «Contra la dinastía Castro». Puede parecer que esto es pura y dura ideología, pero no lo es. Para Maykel se trata de haber encontrado el origen de la violencia y de los no-accesos: «no puedes, tú no, no te toca». El grito que él lanza es hoy escuchado por miles, porque tiene la autenticidad de pertenecer al mundo que muestra. Y desde ahí denuncia, pero también sana. Su performance es un acto de sanación personal, para ganarse el tiempo y los accesos.

Las palabras y las costumbres expresan muchas veces la matriz del poder, cualquiera que sea. Esas palabras son como dardos, de ahí que a veces se vuelva necesario sacudirlas, caer en la cuenta de que no nacieron pegadas a tu piel, de que puedes cambiarlas, al menos hasta un punto. Jugar con ellas.

Ojalá seamos lo suficientemente responsables para no contribuir a que nuestros hijos crezcan sin la posibilidad de pensar la Patria por sí mismos, y, sobre todo, que sea una Patria que no necesite la exclusión de ninguno de sus hijos para sentirse soberana.

Pies de Maykel Osorbo / Foto: Cortesía de la autora

La estética de Maykel

Acá en México les llaman estéticas a las barberías. Y eso me hace recordar que era uno de los puntos a medir en la evaluación de nuestros albergues en el preuniversitario. Tener el máximo en el punto de la estética casi siempre estaba relacionado a poner sobre las taquillas, o en alguna mesita en el baño, pomos plásticos vacíos pero bonitos. La estética era entonces el rasgo más burgués del sistema educativo cubano, resumido en aquello de «estudio, trabajo, fusil».

En el caso de Maykel estamos en presencia de una estética del racionamiento y de la lucha contra él. Como buen acaparador de barrio, Maykel es tarequero. Lo muestra en las tres y hasta cuatro piezas de ropa que se pone, entre calzoncillos, licras, shorts y pantalones. «Para que, si me meten preso, pueda irme quitando la ropa y no estar sucio en ningún momento», explica con la intención de minimizar el absurdo, pero todos sabemos que disfruta esa especie de protección adicional que dan las ropas, o los objetos en general. Gorras, a veces también más de una, pañuelos, objetos punzantes, iddes, rosarios, manillas. Yo le digo que es el nuevo negro curro pero no tan étnico, pasado por el agua de las trapishoping y de las mulas.

No es extraño entonces que los performances de Maykel estén siempre ligados a la ropa, a los atuendos y significados de los mismos. El cuerpo que Maykel exhibe no empieza o termina en la piel desnuda, sino un paso antes, nunca llega al despojo y a la vulnerabilidad extrema de lo desnudo. El cuerpo de Maykel es el cuerpo social, es la estética de un sistema político, sus afeites y sus simulaciones, también su precariedad. Son sus sucesivas y a veces involuntarias vestiduras, sus continuas formas de estar preso, o marcado.

Recuerdo muy bien que cuando la Seguridad del Estado hizo públicas aquellas fotos y videos de Luis Manuel Otero en situaciones sexuales íntimas, que provocó una ola de solidaridad también expresada en la exposición de la desnudez como derecho y placer, Maykel no quiso sumarse. A pesar de que muchas personas se lo pedían, Maykel eludió discretamente esa forma de mostrar su solidaridad.

¿Cuál es el origen de ese pudor inesperado? Pues no lo sé. Pero sí sé que no tiene nada que ver con la sobrevaloración del cuerpo desde un punto de vista simbólico o sacramental. Y mucho menos con la visión contraria de criminalizar el cuerpo. Creo que tiene que ver con la violencia y con el temor a que esta aflore, si se desatan ciertas ataduras consensuales, como puede ser la ropa, o cierto tipo de lenguaje.

Quedarse sin ropa sería similar a quedarse en silencio. Experiencias extremas sin dudas, para aquellos que están acostumbrados a enfrentar la violencia con un tipo de exhibicionismo tradicional. Quedarse desnudo, o callado, implica estar dispuesto a perder, única cosa a la que no se puede estar dispuesto después de que se ha perdido demasiado.

Para lidiar con las ausencias y maltratos, Maykel comenzó a hacer rap. Palabras a borbotones, un código completo en función de la autoafirmación y el empoderamiento personal y colectivo. Un nuevo tipo de vestimenta. desde el estrado del rap, Maykel convierte las palabras en armas afiladas y se siente humano. Puede nombrar las cosas de tal manera que le permite creérselas, y que la crean también aquellos que lo rodean.

Maykel Osorbo / Foto: Cortesía de la autora

En un texto que me encanta de Comité invisible se dice:  «No es por ignorancia por lo que los jóvenes parodian los punchlines de los raperos en sus eslóganes políticos en vez de las máximas de los filósofos. Y es por decencia por lo que no repiten los ¡No nos rendimos! que los militantes gritan a voz en cuello en el mismo momento en que presentan su rendición. Es que los unos hablan del mundo, mientras que los otros hablan desde un mundo».

Del caracol Maykel al hombre-espejo

Leí en un texto de antropología de White que los cuerpos y el cosmos tienen una lógica opuesta, pero ambas desde el anclaje material. Mientras el cosmos tiende a una materia cada vez menos organizada y una energía cada vez más difusa, la vida crece y por tanto expresa una materia ordenada y una energía aún concentrada. La vida se empeña en permanecer. El cosmos deja ir, va soltando; la vida se agarra, se esfuerza.

Esto me hizo pensar en Maykel, en su rutina de no dejarse adivinar, aunque para eso tenga que mentir incluso cuando no hace falta. Mentir mucho, para no mentir en lo esencial. Exhibirse mucho, para poder mantener a resguardo lo principal, que no son secretos, acciones o rasgos psicológicos; lo principal es la energía que lo hace regenerarse, arriesgarse, exponerse.

Para que esta energía se mantenga activa Maykel debe desarrollar un plan de escape permanente y silencioso. El caracol Maykel, siempre disponible pero siempre escurridizo, atento a los más insignificantes cambios de su ambiente, extrañamente dependiente y, al mismo tiempo, inaccesible.

Sin embargo, esta situación de ensimismamiento ha cambiado con el tiempo. Si antes Maykel solo se mostraba realmente en sus canciones, ahora el mismo hecho de saberse figura pública y de saberse vigilado le ha ido generando una especie de responsabilidad de la que no hace gala. Como el hombre de campo sabe cuándo va a llover y silencioso se levanta de su taburete y retira las ropas del cordel, así mismo Maykel hace y deshace, sabiendo que es observado.

Recuerdo especialmente la noche en que nos iban a desalojar de San Isidro a la fuerza: la mayoría de nosotros nos movíamos nerviosos por la casa, algunos transmitíamos en vivo durante los últimos minutos con internet, alertando. Mientras yo hablaba por su página, recuerdo que busqué a Maykel con la mirada y lo encontré muy pausado, sentado sobre las mantas que teníamos por camas, recogiendo sus pertenencias en su mochila; posiblemente fue el único que tuvo la precaución de reunir sus cosas y llevarlas consigo.

Recuerdo que hasta sentí molestia. ¿Qué hace Maykel, pensé? ¿Por qué se preocupa por eso?, justo ahora en que parece que nos estamos jugando la vida de nuevo. Pero lo cierto es que ya Maykel había pasado más de una semana en huelga de hambre y sed, la muerte era una opción más en la ecuación para él y, como me había dicho una noche antes de dormir, a las huelgas hay que hacerles trampa, tratar de no pensar en eso, de no contar los días, de no volver conscientes los efectos. De esa manera, Maykel jugaba una vez más a ponerse por encima de los acontecimientos, a sobrevivir. De todos, fue casi el único que acertó al especular qué harían con nosotros y se estaba preparando para ello, siempre en función de la siguiente fase, previendo la próxima jugada.

Yo, que estuve hablando e intentando grabar hasta que me arrebataron el teléfono, que no me llevé de San Isidro ni siquiera mis llaves o mi carnet de identidad, lamenté muchas veces después no haber imitado a Maykel, lamenté no tener el aplomo y la confianza suficientes para pensar en la siguiente fase. Comencé a observarlo más en esos detalles cotidianos, a intentar aprender de sus reacciones ante los hechos y, sobre todo, cómo los interpretaba, dando cuenta de una especie de código de calle, mezclado con una inteligencia paciente, que no subestima al contrario. Así comprendí que su talento estaba en reflejar los comportamientos de los otros, justo como un espejo, sin demasiados subterfugios, sin elucubraciones sofisticadas, solo la acción constante de observar, entender, actuar y comunicar. Esta última función es clave, porque pone el acento en una especie de dinámica performativa, que cambia la tónica de una vida que muy bien pudiera transcurrir en la sombra.

Es muy conocido el axioma del estructuralismo de que todo en la sociedad puede ser leído como un texto. Sin embargo, reflexionamos menos sobre la naturaleza comunicativa que implica dar sentido a lo que experimentamos como parte del mundo. Ordenar el mundo, pasa por hacer inteligible lo que en él acontece, llevar a la consciencia lo que permanece como trastero en nuestro subconsciente, conformando nuestras opiniones y, a veces, amargándonos la vida. Ese proceso de crecimiento personal, de asumir nuestros límites y nuestros referentes, se convierte, en personas como Maykel, en un proceso público, que refracta espontáneamente el proceso individual de muchos en situaciones similares. De ahí su fuerza. De ahí la nebulosa un tanto mística de su vida, que él mismo se encarga de acrecentar como una manera de seguir el rastro a su propia historia. Vestirse de pionero es también un imperativo, proponer a la sociedad cubana que sane de todo aquello que considera contrahecho o por hacer. Es emprender la búsqueda del tiempo perdido.

La entrada para ver este 28 de enero el concierto online de Maykel Osorbo en apoyo a Denis Solís puede comprarse en este enlace.

Durante el concierto de Maykel Osorbo / Foto: Cortesía de la autora

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