El modelo social comunista atrasa el sueño de la digitalización en Cuba

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Foto ACN.

MADRID, España.- A diferencia de lo que ocurre en EEUU o Asia, América Latina es de las zonas menos innovadoras del planeta. Y dentro de la región, Cuba se encuentra en una posición de claro atraso con respecto al resto de países del continente. Con los datos oficiales de la ONEI, los gastos totales en I+D apenas representan un 0.7% del PIB en Cuba. Un porcentaje que contrasta con el 1.5% de la media de América Latina, el 4% de la media europea, o el porcentaje de los países más avanzados, como China o EEUU, que alcanzan un 6%.

La distancia de la economía cubana en términos cuantitativos y cualitativos con respecto a los países más innovadores es abismal, y lo que es peor, a diferencia de lo que ocurre en el resto del mundo, China incluida, el 100% de los gastos en I+D en Cuba son realizados por el estado o sus entidades y empresas. La participación del sector privado en la innovación simplemente no existe para el régimen ideado por Fidel Castro hace 61 años.

Esta ausencia, casi prohibición al sector privado a participar en la innovación, es uno de los impedimentos que obstaculizan la superación de los retos que plantea la digitalización en Cuba, un país en que el desarrollo de las infraestructuras digitales deja mucho que desear.

Y es que sin innovación no existen posibilidades de lograr un crecimiento sostenible, y sin digitalización no resulta posible innovar en el mundo de la cuarta revolución industrial, de modo que las autoridades del régimen se debaten entre ceder espacios a la actividad privada no controlada por el estado, en materia de innovación, o quedar definitivamente atrás. Los comunistas cubanos deben ser conscientes que la digitalización de la economía y de la empresa deben ir juntas, y que el estado debe quedar relegado a crear un marco favorable y estable para que ese binomio funcione.

El proceso de digitalización al que se enfrentan todos los países, y Cuba también, presenta una serie de elementos que están transformando la base económica de forma acelerada, con notables implicaciones en el sistema productivo, en el de comunicación y también en el funcionamiento de la organización social

Es precisamente en este último ámbito en que se está viendo que el modelo social comunista cubano está obsoleto y no sirve para avanzar con pasos firmes en el proceso de digitalización. Y las autoridades se han dado cuenta que solo les caben dos opciones: o adaptarse a lo que impongan las grandes tecnológicas, que llevan una gran ventaja, o tomar la decisión de hacer algo distinto. Esto último, ciertamente complicado.

La transición de las economías hacia el entorno digital puede tener efectos positivos si se realiza por medio de vías e instrumentos adecuados. La innovación debe asegurar un crecimiento sostenido de la productividad empresarial y, como consecuencia, la economía crece y mejora el nivel de vida al igual que el empleo y los salarios, pero este proceso, si no es ejecutado de forma correcta, puede acarrear desigualdades muy importantes, sobre todo en lo relativo a la cualificación digital de los trabajadores.

Esto es importante, porque se sabe que la digitalización va a modificar el puesto de trabajo a todos los empleados, siendo necesario construir valores transversales que faciliten la adaptación de todos los trabajadores. En esta apuesta fundamental Cuba se está quedando peligrosamente atrás y, por ello, muchos profesionales podrán perder sus empleos al no ser capaces de adquirir las nuevas capacidades asociadas a la digitalización.

No es una cuestión de crear nuevas carreras universitarias, sino de generalizar el uso de internet en las empresas y en la sociedad. Cuba, con 643 usuarios de internet por 1 000 habitantes, tiene un largo recorrido por delante para acercarse a la media de los países de desarrollo medio, que está cerca de 800. Se puede argumentar que el crecimiento ha sido muy rápido desde 2014 multiplicándose por tres, pero el camino por delante es largo, y los esfuerzos, al depender todos del estado, se tienen que ir asumiendo a un ritmo que no se corresponde con las necesidades.

¿Deficiencias? Muchas. Por ejemplo, el uso de internet en las pequeñas empresas es todavía incluso más bajo y los estímulos a las entidades estatales van trasladando la importancia de este esfuerzo, pero sin llegar a los estándares necesarios.

Otro tanto cabría señalar de los servicios en la nube, todavía limitados a unas pocas empresas estatales y organismos, pero sin vida en la sociedad pese a sus múltiples y variadas aplicaciones.

Las Apps de diseño cubano son escasas, y las empresas destinadas a estos dispositivos en la red se orientan más por decisiones políticas y del sector estatal que para responder a necesidades privadas.

Po lo que respecta a la formación, el sistema académico cubano está poco orientado a las tecnologías de la información y comunicación, y los buenos profesionales se dedican en mayor medida a la práctica que la docencia.

Todo ello se resume en que, a pesar que la Estrategia plantea los objetivos de innovación, lo cierto es que no existe en Cuba una política integral de digitalización vinculada a la ciencia con objetivos de rentabilidad, y en tales condiciones fracasa de forma estrepitosa la ambición y objetivos.

En vez de meros enunciados y artículos publicados en revistas, la gestión política de la innovación eficiente está en las antípodas de lo que hacen actualmente los dirigentes comunistas. Lo que se podría denominar “modelo cubano de innovación tecnológica” no pasa de ser un conjunto de actuaciones poco cohesionadas entre sí, orientadas a dar servicio puntual a las organizaciones estatales a las que sirven, y absolutamente desconectadas de la economía privada y de las necesidades sociales. Un modelo claramente orientado al fracaso, al despilfarro de recursos y a perder la carrera de la digitalización.

De lo expuesto, cabe esperar que Cuba se sitúe siempre por debajo de la media de América Latina, y en vez de ir ganando posiciones en indicadores de conectividad, uso de servicios de internet, capital humano, integración de tecnología digital y servicios públicos digitales, se irá quedando cada vez más atrás, ante la indolencia de las autoridades.

La estrategia innovadora cubana falla porque no responde al entorno, las empresas y el mercado. El estado quiere dirigir un proceso en que solo debería asumir la regulación y el establecimiento de un marco digital en que las empresas y la sociedad pudieran desarrollar con libertad sus estrategias. La falta de ideas e iniciativas es de tal magnitud que en la actualidad se desconoce qué porcentaje representa la economía digital en Cuba, un dato que solo se puede aproximar de forma indirecta con indicadores parciales, que poco ayudan a interpretar la realidad.

Un buen ejemplo de ello se encuentra en el notable atraso de los sectores impulsores de la digitalización, como tecnológicos y las compañías de telecomunicaciones, seguidas muy de cerca por los medios de comunicación y la banca. Al estar todo este potencial económico dirigido e intervenido por el estado, la capacidad de innovar se somete a consideraciones políticas y no de incentivos económicos.

Finalmente, otro grave problema al que se enfrenta Cuba para la innovación digital es la falta de formación. Un país que alardea de su nivel educativo, registra una bajísima participación de alumnos en las disciplinas STEM, que son las que nutren los empleos en los sectores tecnológicos avanzados. Las empresas estatales tampoco son un escenario adecuado para la recualificación de los trabajadores, y los pequeños emprendedores carecen de recursos para hacer esta función. Se estima que hacen falta al menos dos generaciones de jóvenes cubanos para que el país cuente con tasas de estudiantes STEM similares a las de otros países con un mayor avance en digitalización.

El atraso es de tal magnitud, que se duda que un plan de educación digital desde la escuela primaria y secundaria pueda servir para algo, al margen de que las autoridades ni siquiera lo han planteado. De igual modo, el presupuesto estatal no tiene suficientes recursos para implantar un plan de formación tecnológica para todos los trabajadores, con énfasis en los pequeños emprendedores. El modelo social comunista ni siquiera está preparado para hacer frente a las relaciones laborales. Nadie está pensando en este tipo de cuestiones en Cuba.

¿Propuestas? Se tiene que promover un plan de digitalización específico para los pequeños emprendedores, hay que mejorar la formación de los directivos empresariales, así como de los trabajadores cualificados y, a continuación, extender las competencias digitales a toda la plantilla. En tales condiciones, es necesario definir una nueva interrelación entre los equipos digitales y los trabajadores, un buen ejemplo de ello ha sido la urgencia del teletrabajo durante la pandemia.

Se tienen que aprovechar las ventajas de financiación procedentes de la inversión extranjera, y ello exige abrir estas operaciones para todos los cubanos y no solo para el sector estatal, como ocurre ahora. Muchos pequeños negocios privados tienen una gran capacidad para acelerar el tren de la digitalización si se vinculan a organizaciones internacionales que suministren fondos y tecnología. Aislar a este importante sector de la economía es una decisión equivocada, que va contra el sentido de la historia.

Y, sobre todo, es necesaria una nueva regulación estatal. El estado debe ponerse al servicio de las empresas y la ciudadanía en general para facilitar el acceso a los canales digitales, las ventas a través de canales digitales y el mayor número posible de operaciones en un entorno digital y seguro. El estado debe limitarse a facilitar la llegada de tecnologías que reduzcan las barreras de entrada, que incremente las economías de escala y que abra la puerta a nuevos operadores.

La nueva regulación debe ir orientada a facilitar el desarrollo de un nuevo contexto competitivo en el que aparecen nuevos proveedores de servicios digitales, nuevas experiencias de cliente y en que el modelo de éxito es la plataforma que permite la confluencia de distintos usuarios, y una mayor personalización de producto y servicio. Esto se debe incentivar, pero en ningún caso dirigir, controlar o centralizar el proceso en manos del estado.

Esto significa que el régimen debe construir un marco regulatorio con las mismas normas para todos. Hay que promover autoridades de defensa de la competencia y apartar al estado y sus ministerios del control directo de la actividad económica. El marco regulatorio de éxito es aquel que oriente la economía y la sociedad hacia una digitalización justa. Nada de cargar de ideología social comunista la provisión de servicios en formato digital o la incorporación de tecnologías.

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