La disidencia y la protesta como performance

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Tropas Especiales del régimen castrista apostadas en 23 y L, 30 de junio de 2020 (foto EFE)

LA HABANA, Cuba. – “A fin de cuentas quienes protestan por pollo, con pollo se conformarán”. Ya la periodista Ana León lo definió mejor que cualquiera en este mismo medio de prensa, refiriéndose a las protestas en Cuba. En esa sola frase resumió uno de los problemas más graves, entre muchos más, que deben asumir e intentar comprender algunos de los grupos opositores y activistas cubanos si pretenden superar la “acción performática” en que han ido convirtiendo sus movilizaciones, que muy pocas veces logran llamar la atención más allá del círculo de “amigos” en redes sociales.

Así, la protesta por la muerte del joven negro baleado por la policía en Guanabacoa apenas quedó en el intento, debido a la represión policial para nada sorpresiva. Y aunque como alivio algunos pretenden pasar por victoria una acción que fue frustrada —algo que a cualquiera puede recordar aquella consigna surrealista de Fidel Castro sobre “convertir reveses en victoria”—, lo cierto es que en el mundo real lo que “no llega a ser”, muy raramente se convierte en noticia para los grandes medios, una condición esencial para que un estallido social, por mínimo que sea, capte la atención y, por ende, adhesiones.

Me comentaba no hace mucho un amigo italiano, político y empresario exitoso, que ha seguido el asunto con la distancia debida y bajo la luz de sus propios referentes en Europa, que la mayoría de los activistas cubanos le parecían enfocados más en realizar una performance personal que no una acción movilizadora, masiva, quizás porque no logran despojarse de esa “conciencia” de ser artistas, intelectuales, académicos con lo cual, aunque pretendan vestir la piel de un “cubano de a pie” que protesta por agua y comida, no logran ser identificados como “iguales”, no importa si también ellos, como cualquier cubano sin prebendas ni remesas, padezcan de sed y hambre.

No le doy toda la razón en lo que señala al respecto por cuanto exhibe de absoluto, pero sí comparto buena parte de su apreciación cuando dice no percibir a algunos de los activistas más sobresalientes en redes sociales como personas que realmente están enfadadas, molestas sino que sus visiones de la realidad están subordinadas casi siempre a la perspectiva “artística”, incluso “antropológica”, así la “gente de a pie” va quedando a veces como tema de la obra, otras como decorado de fondo y las más de las veces como espectadores que no se identifican plenamente con lo que ven.

Siempre queda como una especie de barrera o balcón entre “esa pobre gente de la calle” (la jinetera, el enfermo sin medicinas, el joven asesinado por el policía, el acto racista o discriminatorio) y el súper héroe con sueños de Robin Hood, pero solo eso, con sueños (y hasta con bostezos). Entonces lo que la gente en la calle percibe es a un puñado de ilusos con pinta de locos “metidos en su propio canal”.

A muchos de nuestros activistas y opositores, incluso a los periodistas independientes,  les cuesta trabajo entender que, “en la concreta”, esa “pobre gente” que vemos a diario ha sido manipulada ideológicamente para pensar apenas en el pollo que no alcanza y en el apoyo exterior que nunca llega.

Es momento entonces de abandonar el exceso de performances para intentar algo más que un objetivo estético o una estadística de la bravuconería, más si entendemos que es el inmovilismo social uno de los primeros obstáculos a salvar. Y eso solo se hace de manera sistemática, controlando los egos, tocando puerta por puerta y no dedicados por completo a cosechar “likes” en Facebook, es decir, “postureando”, incluso hasta narrando minuto a minuto el proceso de lo que hacemos (pensando como artistas en la posteridad soñada) como si la conexión por datos la proveyera una empresa telefónica de Saturno. “¡Despierta, que estás en Cuba!”, les pudiera gritar cualquiera.

Entendamos de una vez que “likes” en Facebook no son partidarios. Es una realidad virtual y por tanto una perspectiva falseada que sirve de muy poco en el intento de afincar los pies en la tierra.

Tan sólo fijémonos en cuántos, entre quienes reaccionan y comentan una publicación que convoca a una protesta masiva, realmente asisten a ella. ¿Cuántos están realmente en disposición de abandonar el refugio de lo virtual por la hostilidad de la vivencia? Y no caigamos en esa tontería de exigir a este escritor que opina y analiza que además se convierta en activista o líder de masas para resultar “creíble” o “respetable”. Esa actitud sería una treta moral, propia de las izquierdas extremistas, que jamás aceptaré, así como tampoco haré de un delincuente y de una turba de maleantes mi bandera de combate. A la injusticia la llamaré por su nombre, y al delincuente también.

Eso de “imitar” a determinados grupos de “izquierda” es otro asunto que me inquieta. Los modelos de movilización y protesta que copian (sí, copian pero muy desacertadamente) algunos grupos opositores en Cuba son precisamente los de esa izquierda que busca levantar sus utopías sobre las ruinas del capitalismo pero que, paradójicamente, depende a su vez, para sus fines, de un bolsillo bondadoso que los financie. Un supuesto que sin dudas tiene que ser visto como locura absoluta por esa misma gente que sabe por experiencia —y no por ejercicio de academia— lo que cuesta en términos de sacrificio humano y frustraciones, de obstáculos al emprendimiento y envidia institucionalizada, intentar construir el socialismo “próspero y sostenible” durante 60 años, un proceso que de tan malvadamente ilusorio pudiéramos tachar desde la ironía como “performático”.

En ese mismo sentido, lo que logro ver en las redes sociales, y me causa entre asombro y pena, es que muchos activistas y opositores en Cuba dan por cumplido su objetivo cuando son arrestados y, posterior a eso, no son capaces de mover la cerca un poco más, avanzar otro milímetro diario aprovechando el desgaste de las fuerzas represoras en la jornada anterior sino que se empantanan en una especie de regodeo con la propia resaca: publicaciones sobre los propios arrestos, choques desgastantes con un sistema legal que los ignora o criminaliza, consignas, promesas de una futura arremetida que se dilata en el tiempo o que jamás sucede y, lo peor, muy poca reflexión sobre los errores que impidieron un mejor resultado. Mientras tanto, el tiempo pasa y los ánimos se esfuman con el nuevo barco de pollo que arriba al puerto.

El fracaso y la frustración que afectan a los “seguidores virtuales” se tornan aún más dramáticos cuando descubren que la convocatoria se concentró apenas en elevar las expectativas a niveles estratosféricos para después dejarlos caer a todos contra el piso porque ningún manifestante logra llegar al lugar, algo que quienes conocen bien el contexto cubano esperaban que sucediera porque no puedes creer que gritando a viva voz lugar, fecha, hora y etiquetando personas llegarás muy lejos, mucho menos en una Cuba donde tú no eres una “persona” sino un número de expediente almacenado en una base de datos policial.

Pero las críticas y sugerencias llegadas del “exterior” son tomadas como “alianzas con el enemigo”, “perretas desde Miami” o “consejos de sabiondos” y entonces usualmente contra ellas esgrimen la “superioridad moral” en una estrategia de defensa que recuerda ese discurso con que nos tiene adormecidos el régimen desde hace más de medio siglo.

Este último es un elemento que pudiera parecer superfluo pero en realidad estaría entre las principales causas de que muy pocos en Cuba depositen su confianza en algo que se les parece tanto, discursivamente, a esa realidad donde sobreviven, cargada de promesas y de discursos sobre la efectividad de la “moral de las ideas” cuando lo que se necesita es comer.

De modo que se les va haciendo más necesario pasar del acto simbólico a una nueva etapa en que las personas vean que realmente lo que sucede no es una representación, incluso anunciada como tal y que se limita a ese listado de seguidores fieles en redes sociales, que casi siempre coincide con personas que tienen la misma agenda temática y el mismo objetivo final de colocarse bajo el reflector y sobre la alfombra roja.

A estos grupos a los que me refiero se les ha hecho muy difícil pasar de lo virtual y artístico a lo real. Dejar de pensar en la “obra” que agregarán al currículo para comenzar a entender a ese que protesta por pollo y aceite, por la casa que se cae y el agua que no llega, por el hambre que padece y la vida de sufrimientos que lleva. Mientras tanto, como escribiera en su perfil de Facebook el escritor cubano Eduardo Jo, un tanto aludiendo a lo sucedido este último día de junio, la “ingenuidad” de la disidencia será tan grande como la maldad de los represores.

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