La importancia de tomar bien el pulso

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(Foto: EFE)

LA HABANA, Cuba.- Algo tan sencillo como tomar el pulso radial podría salvar una vida. No hay que ser un avezado clínico para saber que un pulso acelerado, y también lo contrario, podrían ser las señales de algún mal. No es por gusto que los médicos además de desplazar el párpado inferior del ojo y hurgar en su coloración, auscultan a sus pacientes e insisten en la búsqueda de señales en la arteria radial. Y es tan común que cualquier humano puede averiguarlo usando un reloj y apretando un poquito, con dos dedos, sobre esa arteria radial.

Hurgar en el pulso radial es uno de los primeros procedimientos con los que el médico enfrenta a su paciente, su total desaparición podría ser una de las primeras señales de la muerte. La vida está en cada órgano, y cada uno de ellos se desempeña para que la existencia fluya, para que el vivir funcione, pero no hay duda de que entre las averiguaciones más socorridas está esa que se hace pegando el índice y el del medio, a la arteria radial.

La arteria radial podría ser, al menos así lo creo yo, esa que resulta, de entre todas, la más importantes de una ciudad. ¿Quién podría reconocer el pulso de La Habana sin desandar Obispo, San Rafael, Galeano, Reina, Belascoaín, Carlos III o Prado? ¿Quién, que no camine por la Calzada del Cerro ni viaje a “La Cuevita”, ni se siente en el Malecón o en el Parque Central alguna que otra noche, puede reconocer las esencias de esta ciudad y decir que la conoce?

A una ciudad, a un país, a un gobierno, hay que tomarles el pulso en las calles, en esas arterias que son el gran fluir de la ciudad. Quizá por eso los gobernantes, al menos en Cuba, no reconocen bien a sus ciudades y a sus ciudadanos, por eso no reconocen sus campos, por eso se distancian tanto de sus gentes; y es que siempre hacen sus recorridos en un auto que podría tener una carrocería blindada y cristales a prueba de ciclones y temblores de tierra, a “prueba de las miradas intrusas”, a prueba de todo.

Nada resulta más recomendable para reconocer lo esencial de un país, y de su gente, que andar a pie y sin cámaras de televisión que registren cada paso, cada encuentro con la gente que anda a pie, y también hacer colas para cocinar en la noche y guardar algo para el día siguiente en el refrigerador, o bajo el sereno de la noche, como puede suceder, como sucede con frecuencia cuando no hay refrigeración posible. Para reconocer un país es preciso dormir también bajo la noche estrellada, y sin resguardo, que puede sonar cursi en la poesía pero muy duro en la vida real.

Para conocer un país, para reconocer el pulso del país, es bueno montar a una guagua a las seis de la mañana y doce horas después, o dormir en un parque, sobre un banco destartalado sufriendo el sereno y el frío de algunas noches cubanas. Para tomar el pulso de un país, de una ciudad, de cada rincón, no basta con poner dos dedos sobre esa arteria que fluye cerca de aquel hueso al que llaman radio, para reconocerlo con todas sus señales tampoco es suficiente escuchar las noticias que suceden en la radio, porque mejor será mirarlas, reconocerlas, enfrentarlas en la realidad que está fuera de la radio.

Un país se reconoce en sus recovecos, en la sinuosa vida de sus moradores, en las cazuelas de donde sale todo lo que luego viaja al plato, y luego a la boca en una vieja cuchara de raro metal sin pulir, y de ahí al estómago estragado, fastidiado. Un país se reconoce, incluso, en los intestinos de sus habitantes, en las pestilencias de sus deposiciones, en la higienización tras el escape de esas degradaciones. El pulso de un país está también en las formas que se usan para conseguir el escape de tanta porquería cuando no aparece el agua y la peste arrecia, y se eleva, se vuelve insoportable, pero no existe la palanca que hace fluir el agua que debe hacer que se disperse, que desaparezca, lo feo, lo malo, lo infecto.

El pulso de un país no es tan difícil de comprobar, a veces puede ser tan simple como indagar en el pulso radial, ese que se consigue probando con dos dedos sobre la arteria radial, pero no todos están dispuestos a verificarlo, a percibirlo, a mostrarlo. Y todo eso me hace recordar a uno de los escritores más importantes del actual universo literario latinoamericano, ese peruano radicado en México que se llama Mario Bellatin, quien cita en uno de sus libros un fragmento del diario escrito por alguien que, según él dice, fue Premio Nobel de Física.

Y resulta que ese hombre premiado con el Nobel de Física, cuando era niño y ya usaba una mano ortopédica, fue llevado al médico por su padre, y ya en la consulta quiso el médico recocer el pulso del muchacho, y para conseguirlo se aferró con el dedo índice y el del medio a la mano ortopédica, sin notar que era falsa, sin descubrir que era una prótesis, y quizá por eso creyó ciegamente que tomaba el pulso, y por eso aseguró que eran perfectas sus pulsaciones, que estaban en el rango de lo muy normal, y el muchacho no lo confrontó, y al parecer tampoco el padre.

Ninguno de los dos sacó del error al médico, ninguno le hizo saber que estaba equivocado, ninguno lo acusó por embustero, por irresponsable; ni el padre ni el hijo desmintieron al doctor, ninguno de los dos le dijo al médico que el brazo y el antebrazo no tenía venas, que no tenía arterias, que resultaba imposible comprobar el pulso radial en una prótesis de goma. Y el médico irresponsable, descarado, mentiroso, creyó a pie juntilla que se había salido con la suya.

Y quizá hasta escuchó, entretenido en otras cosas, las pulsaciones de la arteria femoral, como sucede en Cuba cuando creen los jefes que toman muy bien el pulso a la nación, aunque se equivoquen. Y quizá esas prótesis que aparentamos ser, toman vida alguna vez, y advertimos entonces, y de una vez por todas, que ese pulso que tantean, el que suponen, no es el real, que esa prótesis no tiene pulso, que el latido, la pulsación que es cierta está en el otro antebrazo, y que allí se hace muy evidente y tiene fuerza, y que ya no se puede silenciar, que no se puede negar, y para probarlo levanta ese otro brazo, el que está vivo, y hasta fuerte, y es enérgico; y lo pulsa, lo impulsa, lo proyecta. Y cambia el curso de todos los brazos, de todas las cosas, y cambia, cambia todo…

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