La protesta abortada

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Yoani Sánchez

Iba a ser un martes como cualquier otro en medio de las restricciones impuestas en La Habana por la pandemia. Un día de largas colas para intentar comprar comida, de caminar enormes distancias a falta de transporte público y de llamar a los amigos para saber si están bien de salud y si el coronavirus no había tocado a sus puertas. Pero la represión oficial para evitar una protesta pacífica hizo que la última jornada de junio rompiera el molde de cualquier rutina.

Para las 11 de la mañana, en una esquina que es la aurícula izquierda del corazón de la capital cubana, se habían dado cita activistas de varias tendencias. Pretendían elevar su voz por numerosas causas, pero especialmente por la muerte –la pasada semana– de un joven negro a manos de la policía. Un disparo en la espalda acabó con la vida de Hansel Ernesto Hernández Galiano y a la indignación por este homicidio se sumó la irritación porque la prensa oficial apenas reseñó la noticia y las autoridades justificaron lo sucedido como un acto en defensa propia del agente, describiendo a Hernández como un delincuente agresivo.

El suceso, ocurrido en la barriada pobre de Guanabacoa, ha alimentado un enojo popular que lleva décadas incubándose. Se trata de un malestar social al que se ha llegado por múltiples razones. Los excesos policiales y la discriminación racial que siguen marcando parte de la actitud de los uniformados hacia los ciudadanos son algunas de las motivaciones de este enfado, pero se suma también la incomodidad que provoca la vuelta de tuerca represiva que ha aplicado el Gobierno amparándose en la emergencia sanitaria del covid-19. Una sensación de asfixia recorre el país en el que, además, la situación económica se ha deteriorado significativamente en los últimos meses.

[[QUOTE:La paja en el ojo ajeno siempre es más fácil de denunciar que la enorme viga de la responsabilidad que bloquea la visión propia]]La protesta de este martes buscaba mostrar algo de esa molestia, en un contexto nacional donde los medios oficiales han explotado hasta el exceso la muerte del estadounidense George Floyd y en el que numerosas figuras públicas condenaron la excesiva violencia empleada contra el afroamericano durante su arresto en Mineápolis. Los mismos espacios informativos y voces que hasta hace unos días y desde la Isla no disimulaban su apoyo al movimiento Black Lives Matter, ahora guardan silencio cómplice ante la bala que atravesó al joven cubano. Por aquello de que la paja en el ojo ajeno siempre es más fácil de denunciar que la enorme viga de la responsabilidad que bloquea la visión propia.

A la hora en que debía comenzar este 30 de junio la protesta en La Habana, el lugar del encuentro estaba rodeado por efectivos policiales y militares, la casa de numerosos activistas vigilada y varios artistas y reporteros independientes detenidos. Con desproporcionado despliegue, el régimen abortó la iniciativa antes de que alguno de los convocados pudiera llegar siquiera a la esquina que forman las calles 23 y L. A las detenciones, se les sumó el corte de líneas telefónicas y las amenazas verbales. En medio de la crisis de suministros que golpea al país, los represores no escatimaron recursos para impedir la demostración pacífica.

Solo horas después comenzaron las primeras liberaciones, pero ya el martes se había torcido definitivamente.

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Este texto fue publicado originalmente por la página de América Latina de Deustche Welle.

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