La tarea ordenamiento y las exportaciones: la apuesta competitiva por resolver

Cuba, Exportaciones, Puerto de Mariel
Puerto de Mariel (Foto: AP)

MADRID, España. – La devaluación implica para las empresas exportadoras la posibilidad de obtener más ingresos. Básicamente, porque podrán aumentar las unidades vendidas por un precio más favorable. El incremento de competitividad de la producción nacional es el efecto directo más relevante de cualquier devaluación. Dicho en otros términos: la economía nacional se abarata con respecto al resto del mundo. Sin embargo, los efectos no son tan directos, ni tan claros. Si no se consiguen, mal asunto.

La oferta exportable de una economía es un flujo de productos y servicios que continuamente cambia en función de las demandas internacionales y la especialización productiva del país. En un mundo globalizado, las empresas buscan sus suministros allí donde obtienen mejores condiciones de calidad y precio. La base exportadora de una nación se construye por las empresas con años de sacrificios, adaptación a las necesidades de la demanda internacional y compromisos de excelencia para no romper las cadenas de suministro o errar en la fijación de precios, sobre todo cuando se compite en mercados muy estrechos.

De modo que para que una devaluación aumente las exportaciones es condición necesaria, pero no suficiente, que exista esa base exportadora. En el caso de la economía cubana, históricamente, las empresas estatales se han concentrado en suministrar bienes y servicios al mercado interno, facilitando el abaratamiento de los precios por medio de subsidios, generalmente elevados, como consecuencia de los altos niveles de ineficacia (muchas ni siquiera alcanzan la escala técnica eficiente) con que operan estas empresas regidas con criterios políticos y no mercantiles.

Por otro lado, los pequeños emprendedores y productores agropecuarios independientes cubanos acaban de empezar la búsqueda de oportunidades en el comercio exterior, para lo cual tienen que ponerse en relación con las agencias intermediarias estatales para beneficiar al gobierno con la actividad exportadora privada. En todo caso, la oferta exportable cubana y su potencial de desarrollo a corto plazo se encuentran condicionados por los bajos niveles de utilización de la capacidad productiva con que operan las distintas actividades de la economía, la falta de tradición exportadora y un alejamiento provocado por el gobierno de los circuitos internacionales, donde tendía a primar la importación, y no la exportación. En cierto modo, para qué exportar si muchas empresas y sectores no son capaces de atender las necesidades del mercado interior.

Esta situación anómala con relación a las cuentas externas, que explica la tradicional posición deficitaria de la balanza de mercancías del comercio exterior cubano, no tiene que ver con la dualidad monetaria, como sostienen las autoridades, sino que es consecuencia directa del modelo social comunista que rige la economía desde 1959. Por supuesto, no es lo mismo competir en los mercados mundiales para colocar la oferta exportadora de un país que recibir todos los años un pedido concreto y cierto, a precios muy superiores a los de mercado, y limitarse a cumplir con lo ordenado. Esto marcó el destino de la economía cubana hasta 1991, cuando desapareció la Unión Soviética (URSS). Ningún otro país del mundo ha recibido una corriente de recursos financieros de esta magnitud a lo largo de la historia.

Por ello, no sorprende que los dirigentes comunistas cubanos señalen que otro elemento que es preciso tener en cuenta en la tarea ordenamiento es la sobrevaloración que tiene el cambio del peso cubano con respecto al dólar (1×1), por cuanto ejerce un efecto negativo en la economía de las empresas ya que supone abaratar las importaciones y encarecer las exportaciones.

Se han dado cuenta tarde, pero al menos lo han entendido. La coincidencia de un cambio irreal del peso con el dólar es lo que explica la generación de un círculo vicioso consistente en que el dinero que no se concede a los exportadores por sus ventas en el exterior sea utilizado de forma mayoritaria con el objetivo de abaratar las importaciones a los que no exportan y producen solo para el mercado interno. Un proceso que tampoco se puede atribuir a la dualidad monetaria, sino que es responsabilidad directa del control de cambios, una de las instituciones que se mantienen bajo la dependencia absoluta del estado y que en modo alguno el régimen se plantea cambiar.

Las autoridades consideran que con un nuevo tipo de cambio que refleje de forma más adecuada la posición del peso cubano -por ejemplo, 1 USD x 20 CUP- será posible corregir la distorsión provocada en el comportamiento del comercio exterior de las empresas. Y este tipo de cambio tiene que reflejar de forma correcta la situación comparativa de la economía cubana con la del resto del mundo; a saber, con la de EEUU.

Una forma de establecer dicha relación es utilizar los índices de precios relativos. Entre 1997 y 2018 es posible comparar la evolución del deflactor del Producto Interno Bruto (PIB) en Cuba y EEUU. En el primer caso, el crecimiento ha sido del 75,4%; en el segundo, del 48,5%. La distancia entre las dos evoluciones define una corrección cambiaria para asegurar el retorno a la situación inicial en 1997. Alrededor de un 30% sería el tamaño de esa devaluación compensatoria. Pero no parece que las autoridades se conformen con volver al punto inicial y lo más probable es que incrementen el porcentaje para dar más competitividad a la economía. Si se acierta con el tipo de cambio, en tal caso, las empresas exportadoras recibirán más dinero por vender sus productos en el exterior y, al mismo tiempo, sus costos disminuirán en caso de utilizar insumos nacionales. El régimen quiere que tengan más ingresos, eso está claro, si son capaces de exportar y hacerlo de forma continuada.

Sin embargo, nada asegura que esos ingresos se puedan destinar a las prioridades de las empresas, que es la cuestión de fondo a tratar. Los exportadores que salgan al exterior con éxito generarán más divisas, pero ¿quién será el beneficiario de ese esfuerzo? No parece que vayan a ser las empresas, ya que el control del mercado de cambios seguirá estando sometido al poder coercitivo del estado. Por ello, uno de los objetivos consiste en que los ingresos en divisas de las exportaciones se canalicen de forma directa a la empresa, privada o estatal, que los obtiene para que reviertan plenamente en su cuenta de resultados, y que la empresa haga uso de los mismos para atender sus prioridades. La idea es acertada, pero en el caso de las empresas estatales, dependientes de OSDEs y de mecanismos de control político que carecen de esa libertad de decisión, difícilmente se asumirán estas actuaciones con plena libertad. A pesar de lo que dicen las autoridades, la situación no va a cambiar y, por ello, el desánimo cundirá entre los exportadores.

Incluso, aunque todas las empresas exportadoras mejoraran su situación, y algunas duplicaran o triplicaran sus ingresos con el mismo nivel de actividad, no está claro que este resultado suponga necesariamente un aumento de los salarios de sus trabajadores. Inseguro de lograr dicho resultado, una vez más el gobierno prepara su intervención directa para lograrlo.

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