Néstor Díaz de Villegas: «No hubo otro desviado que recibiera una condena tan severa por sus atrevimientos»

Hablemos de otra herejía, otra creencia y otro Concilio, pero de similar dispersión de obras. No hablemos de una muerte en los desiertos de Libia, pero sí de la imposibilidad de esa muerte en la tierra patria. Hablemos de otro Néstor. De Cuba. Año 1974. Un muchacho de dieciocho años es acusado de «atentado contra los poderes del Estado» y de «diversionismo ideológico». La fiscal pide más años de cárcel. Cumple cinco. Lo habían vigilado y perseguido. Un poema suyo se convirtió en la representación y concreción del delito. Un poema. Una actitud.

¿En qué dimensión de lo posible o en qué camino de justeza podríamos suponer, aprobar o defender que un jovenzuelo sea arrojado al fondo de un calabozo, a la oscuridad de una celda donde la línea que lo separa de los delitos comunes se vuelve demasiado difusa? Decir que fue un error, una mala decisión de un funcionario de turno, es incoherente con la propia historia del país e irrespetuoso con Néstor, quien, además, no fue el único que vio su vida girar sobre el aliento del mal.

Luego, vendrán la amnistía, el decreto de indulto que permitió a más de tres mil reos salir de la prisión. Muchos emprendieron un viaje dilatado, lejos de la isla (según una nota publicada en El País el 6 de junio de 1979, la mayor parte de aquellos ex presos no deseaban viajar a los Estados Unidos[1]). Néstor entre ellos. No pisaría suelo cubano en más de treinta siete años.

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¿Qué define a un autor cubano según la historiografía oficial? Pareciera ser, además del imperativo geográfico, su filiación ideológica con la Revolución como fenómeno y como proceso, o, al menos, su no irreverencia, su no declaración pública contra ella. Si vive fuera de la isla y alza la voz y cuestiona la política y el poder del Estado —aunque la declaración sea legítima—, quedará desterrado para siempre de la historia cultural del archipiélago.

Este hecho, es cierto, puede importarles poco a muchos de ellos, y es comprensible, pero se trata de una clara violación de la memoria y la historia de la cultura del país. Néstor Díaz de Villegas (Cumanayagua, 1956), por ejemplo, no aparece en la EcuRed, ni en Historia de la Literatura Cubana.

Son varias las generaciones que han crecido en un escenario en que han sido norma la parcialización y el ocultamiento de información, y ello provoca, a su vez, el control sobre el conocer y sobre la libertad de ese conocer. Queda claro así el por qué Palabras a la tribu, Sabbat Gigante, Buscar la lengua o De donde son los gusanos jamás aparecerán en un catálogo cubano, en una reseña, en una revista, en un panel, en una feria del libro, en una librería…

¿Qué escenarios, hechos, colapsos… marcan al niño, adolescente y finalmente al joven que era para que a los 18 años tuviera una clara posición en contra de las políticas —o la actuación— revolucionarias?

Tienes que saber que nací en la bifurcación de dos mundos, y de dos posibilidades, y que mi desarrollo como persona coincidió con el de un organismo político en evolución —nada de revolución—; que nos hicimos adolescentes juntos, y que llegamos a la pubertad, y ahora a la vejez, al mismo tiempo. De manera que existe, necesariamente, una zona gris de niñez compartida de la que no tengo todos los detalles, pero de la que poseo algunos fragmentos sicodélicos. Ese es el imaginario que les falta a los cubanólogos nacidos un poco más tarde.

Es importante que yo recuerde cómo fue el final del Tencent de Cienfuegos, no con certeza, sino en baja resolución, en grano grueso. Allí mis abuelos me compraron un día un caballo de cuerda. Yo estaba enfermo, y pude elegir entre el jinete indio y el cowboy. Mi médico de cabecera en la Clínica Moderna de la Calzada de Dolores era Raúl Dorticós Torrado, el hermano del otro Dorticós. Todo eso cuenta, es mi microhistoria.

Mi tío Pedrín, casado con la hermana mayor de mi madre, tenía una fábrica de zapatos que daba empleo a veintipico de operarios. Vi la fábrica en funcionamiento, y también la vi confiscada —por cierto, por mi propio padre. En mi infancia, jugué en la zapatería, colándome por un hueco en la pared del cuarto de mi prima, que daba a un salón de máquinas cubiertas de telarañas. La zapatería era un sitio fantasmagórico donde quedaron atrapadas cajas abiertas de puntillas, resmas de piel, bigornias, lijadoras, bancos de trabajo. En ese lugar vedado me metía a leer muñequitos de los Halcones Negros, cajas y cajas abandonadas.

En fin, que hubiera tenido que negar mis fragmentos para aceptar la totalidad que se me echaba encima. Mi desajuste comienza en la memoria —o mi negación, o mi exilio, como prefieras llamarlo.

¿Cómo ocurrió su expulsión de la Escuela de Arte San Alejandro en La Habana?

Por entonces el director era Ahmed Safille, pero nada tiene que ver él con este asunto. Ejecutó una orden que venía de arriba, implementó los rígidos lineamientos del Primer Congreso de Educación y Cultura. Creo que él mismo fue a la cárcel y al exilio más tarde.

En la escuela había personas de genio, gente muy joven: Pivoine Barceló, Manuel Antonio Ureña, Juan José Catalán, Raquel Deulofeu, un tal Dopico, que me dio a leer Paradiso, el poeta Pedro Jesús Campos, gente moderna que encarnaba el descontento de la época, no una idea política en sí, como ocurriría después con PAIDEIA y otros proyectos.

Sencillamente, me afeitaba las cejas, me cortaba el pelo a tijeretazos, me hacía una camisa con cuello de pico estilo medieval. Créelo o no, cometí el crimen de usar sandalias. Estábamos en 1972, bailábamos escondidos Do the Strand, de Roxy Music, sabíamos de memoria los nombres de todos los miembros de Iron Butterfly.

Tenía dieciséis años, pintaba paisajes con agua del inodoro, o escupía sobre papel antes de dibujar. Mi maestro de Historia del Arte fue el humanista Antonio Alejo, protector de los perseguidos. Un día me informaron de que tenía que irme. Me sacaron a la calle, al obelisco, sin más explicaciones, junto con mi amigo Pedro Campos.

Pedro trató de matarse esa noche tomando una sobredosis de meprobamato. En La Habana de los 70, el meprobamato era la poción política. A Pedro le quedó una fea úlcera; para mí terminó una prometedora carrera.

En retrospectiva, entiendo que fue una época romántica, que los expulsados nos dimos el lujo de ser los últimos rebeldes sin causa. Hoy hay causas, una oposición organizada y una verdadera conciencia política. Nosotros fuimos los precursores, los primitivos.

¿Alguna vez sospechó —en aquellos momentos— que por sus poemas y su actitud podría sufrir el castigo extremo que sufrió?

Nunca imaginé lo que podría pasarme, ni a qué peligros me exponía. Mucha gente me lo advirtió, pero no lo creí y, además, era demasiado impulsivo, no sabía contenerme. Creo que no hubo otro desviado que recibiera una condena tan severa por sus atrevimientos.

Pero la condena excesiva, por insospechada, definió mi rumbo. Siempre pasa: las crisis me salvan. Mis acusadores estaban fascinados por mí, y esa fue su manera de rascabucharme. Enviarme a prisión fue un acto sadomaso de amor intelectual. 

¿Cuáles fueron los libros, revistas, cuadros y cuál era el contenido de los papeles que los policías sustrajeron de su casa de Cumanayagua durante el registro tras su detención?

Había de todo, y los policías fueron exhaustivos. Se llevaron absolutamente todos los cuadros de mi casa, no cabían en el maletero del Alfa Romeo. Solo les faltó el de las ninfas en el lago.

Vale la pena revisitar ese curioso muestrario: había un retrato de la profesora Adelita con sombrero de yarey, realizado por Flavio Garciandía, por la época en que estudiábamos juntos en la Escuela Provincial de Arte de Las Villas. Había un par de miniaturas de mi amiga Zayda del Río; había una tempera de Leandro Soto que era como un oleaje de brazos; había unos dibujos de Gustavo Pérez Monzón; y estaban también los cuadros pintados por mí, imitando unas veces a Umberto Peña, otras a Francis Bacon.

Es una lástima que mi obra plástica haya terminado en un basurero del G2, junto con todos mis papeles, menos los que previamente había metido en una lata y guardado en un excusado. Había también una colección de revistas Time que me traían en sus viajes a Cuba unos amigos holandeses, un montón de discos de Pink Floyd, de Cream, de Slade, más una colección de revistas Circus, un verdadero tesoro. Se llevaron libros de mi biblioteca, y de la que heredé de mi abuelo, obras de Carl Jung, Herbert Marcuse, Heberto Padilla, no recuerdo qué más, pero fueron muchos.

Yo había hecho una copia, en primer año, del Che de Fayad Jamís, el fresco del Banco Nacional, era un simple trabajo de clase. La imagen está hecha con letras, con escritura, y mi interrogador creyó ver palabras obscenas en lo que no era más que un poema malo de Nicolás Guillén. Trajeron a mi juicio, en la Audiencia de Santa Clara, a un perito para que valorara el extraño catálogo de obras indebidamente adjudicadas.

Néstor Díaz de Villegas. “Selfie en Matthew Barney” / Foto: Cortesía del entrevistado.

Además de su declarado aburrimiento e indiferencia durante las lecturas de los discursos de Fidel Castro en las clases del preuniversitario y su poema «protesta» por el cambio de nombre de la Avenida Carlos III, ¿hubo otros hechos que justificaran su posterior condena por diversionismo ideológico, o fueron solo esos casos?

He contado en otra parte que, una vez, siendo un niño de doce años, de visita en la casa de mi abuela, en San Lázaro 56, entre Genios y Cárcel, en plena época de los hippies, le hice el favor de pintarle unos crucifijos en la pechera de unos pulóveres a una Chica del Crucifijo que, casualmente, vivía en los bajos. De contra, los firmé.

Un poco más tarde, cuando las recogidas de hippies, vino a verme un socio de mi papá, Luis el Negrito, operativo del G2. Me dijo que no comiera tanta mierda y que me cuidara mucho de volver a juntarme con la imbécil de los bajos.

Fast forward a la Villa Marista de Santa Clara: mi interrogador saca el cartapacio de mi expediente y me muestra, seis años más tarde, las fotos de los pulóveres con el crucifijo y mi firma: Néstor, en letra Palmer, la ere arrastrada por debajo del nombre en una exquisita floritura. Supongo que hoy podrían considerarse piezas precursoras de Lázaro Saavedra. Entonces me provocaron náuseas. Es horrible saber que has sido traicionado por uno de los amigotes de tu papá, desde que eras un niño.

Cuando leí que su mejor amigo fue el elegido para robarle sus poemas, recordé una narración de Herta Müller en la que cuenta cómo su mejor amiga fue «captada» y enviada a Berlín para vigilarla. ¿Nunca sospechó de ese amigo? ¿Tuvo algún tipo de intercambio posterior con él?

Oscar Álvarez era un tipo encantador. Un brillante dramaturgo, un intelectual y, además, lo que en inglés se llama un wit. Rápido, incisivo, contrarrevolucionario. Nos reíamos de las pancartas y las consignas. Echábamos competencias a ver quién inventaba una versión más ridícula y malvada. Éramos inseparables. Éramos magníficos. Éramos geniales.

Oscar era flaco, feo, desgarbado, blanquísimo, de ojos claros, pelo rubio y crespo, espejuelos culo de botella, el prototipo del anarquista ruso. Yo era oscuro, rápido, desbocado; y Oscar, pálido, pausado y vitriólico. Estábamos albergados en el antiguo colegio de los Jesuitas de Cienfuegos, y nos reuníamos de noche en la biblioteca del plantel, donde una vez encontré, en los altos estantes de caoba con cristales romboidales y cortinitas de muaré, una antología de Jorge Luis Borges, entre otras maravillas imposibles de conseguir en la Cuba del Quinquenio Gris. Había allí joyas que admirábamos y a veces robábamos.

Fue en esa biblioteca, durante una conversación en inglés macarrónico, para que nadie más entendiera, que me confesó que trabajaba para la Seguridad del Estado. Algo así como: You know Néstor, sorry, me working for police. Y yo: Nothing happen to me, father is police. Oscar: I am sorry, you in danger, you go to jail very soon. Yo: LOL, never! Not happening!

Era jueves por la noche. El viernes, Oscar se quedó para la lectura del discurso de Fidel y yo salí del aula dando un portazo. En la terminal me encontré con Alodia, una bella compañera de clase con la que quería acostarme, pero no sabía cómo. Creo que nos despedimos con un besito. El lunes caí preso.

La experiencia del presidio no detuvo su creación poética, aunque supongo que influyera muchísimo en ella. ¿Cómo creaba Néstor desde su celda? Luego de aquel 14 de octubre de 1974, ¿hubo algún cambio formal en el poeta que ya era? ¿Además de Cuaderno de Alex, qué otros textos escribió en prisión?

Escribí mucho en Ariza, y conservo algunas libretas que pude sacar y enviar a la calle. Mi amigo el poeta Benigno Dou las escondió durante años en una lámpara de luz fría en el techo de su casa del Nuevo Vedado, y en un viaje a Cuba, en los años 90, las recuperó y me las trajo. Pude recobrar poemas que considero representativos de mi adolescencia. En cuanto al Cuaderno de Alex, se extravió hace tiempo; quién sabe si aparezca dentro de un siglo como palimpsesto de esa era.

En Ariza, por la noche, nos autorizaban a ir al comedor a leer. Había intelectuales en el campo, pero el nivel cultural entre los presos políticos iba de lo sublime a lo patético. Enseñé a leer a varios campesinos analfabetos, en las clases que se impartían en las vilayas. Una vilaya era el espacio entre dos literas, altos y bajos, donde los reclusos solían reunirse para recibir instrucción.

Los ocupantes de una vilaya debían confiar completamente entre sí. Lo que pasaba en la vilaya quedaba en la vilaya. En horas de clases, las vilayas eran ocupadas por los estudiantes y el maestro. Había clases de inglés, francés, hebreo, alemán, rumano, portugués. Clases de teoría freudiana, de gramática, de literatura, de historia del arte. Hasta que venía otra requisa y nos quedábamos sin los libros y sin materiales de enseñanza. Las clases estaban terminantemente prohibidas.

Me iba al comedor cada noche, con el actor José Manuel Castiñeira, protagonista de la película El robo del cochino (1965), que cumplía una larga condena por organizar un atentado a Fidel Castro, y nos caíamos a poemazos, o se los leíamos a otros interesados en tales asuntos. Recuerdo que el embajador Bebo Cabrera escribía una novela mitohistórica basada en la leyenda de la princesa Guamuahaya. Cosas por el estilo.

Entre 1976 y 1978, escribí en Ariza algunos de los poemas que considero definitivos. Los sacaba de contrabando en las visitas, y se los entregaba a mi papá para que se los enviara a Pedro Campos a La Habana. Pedro me enviaba lo que estaba escribiendo en aquellos momentos. La transformación de mi escritura ocurrió a partir de lecturas de Rubén Darío y Jorge Guillén, inventé una especie de neomodernismo. Entendí el metro y descubrí los usos innovadores de la rima asonante. La cárcel me dio la libertad necesaria para la expresión de ciertos contenidos, no exclusivamente políticos, que solo pude definir exactamente cuando dejé de tener que rendir cuentas a la dictadura.

Escribió Coetzee que «[…] cuanto más draconiana es la manera en que el Estado trata a la literatura, tanto más seriamente parece que se la tome; cuanto más seriamente parece que se toma la literatura, tanto más atención se presta a ella; cuanta más atención se presta a la literatura, más crece el poder de diseminación de la misma». Pero en el caso cubano pareciera que el Estado es aún más abarcador en sus propósitos y, en algunos casos, como en el suyo, pueden (pudieron) provocar, además, la no-diseminación de una obra futura…

Coetzee habla desde la ingenuidad del intelectual en una cultura libre, digamos Australia, Europa o los Estados Unidos, en la que un Jesse Helms o un Joe McCarthy son declarados monstruos.

Pero lo que Coetzee considera draconiano es solo una proyección distópica sin ningún fundamento en la experiencia. La verdadera cancelación, esa, no alcanzará a verla nunca J. M. Coetzee. Me parece que fue Duanel Díaz quien comentó una vez que durante el régimen de Jorge Rafael Videla no hubo ni una sola universidad argentina donde se prohibiera leer a Lacan. Sin embargo, los argentinos se creen autorizados a hablar por toda Latinoamérica sobre el tema de la represión y a tener la última palabra en cuestiones de exilio, censura, desapariciones y dictadura. Hace poco vi un dossier en el que se las daban también de expertos en ruinas. Es un error empecinado, un efecto de lente.

Hace unos meses se estrenó la película Mr. Jones, que cuenta la historia de un periodista que viajó a la Unión Soviética en los años 30 y fue testigo de la hambruna provocada por Stalin en Ucrania. Ese escritor, llamado Gareth Jones, no consiguió que ni un solo periódico británico publicara su crónica. En Wikipedia, puede leerse: «A su regreso a Inglaterra, Jones encontró dificultades para que su reportaje fuera tomado en serio», lo cual añade un nuevo nivel de cancelación, pues aún no se dice con todas sus letras que los malditos socialistas europeos impidieron la diseminación de la noticia del holocausto ucraniano.

Porque el comunismo es realmente un fantasma que se esconde en las palabras. No existe en ninguna otra parte, salvo en sus textos sagrados y su conciencia falsa. Hay épocas en que se quemaron libros para achicharrar fantasmas, aunque sin éxito. Creo que William Blake lo describió mejor que Karl Marx: The invisible worm that flies in the night. De ahí venimos los gusanos. Somos el engendro de algo nocturno, volátil e invisible.

Hoy vivimos el incremento de la «cultura de la cancelación», y existen cada vez más contenidos en negro, información no diseminable, una prohibición fantasmagórica que nadie decretó. No creo que Coetzee y yo hablemos de la misma cosa. La izquierda es la única máquina draconiana capaz de mantener la cancelación durante siglos, si fuese necesario. La izquierda es continuidad, en la oscuridad, y en eso se parece más bien al cristianismo.

¿Podría narrar cuáles fueron los temas abordados durante los interrogatorios sucesivos a que fue sometido en el G2 de Santa Clara?

Los interrogatorios fueron conducidos por un campesino simplón y analfabeto que me mandó al parque a buscar una jevita y a dejarme de comer catibía. No hubo propiamente temas de discusión, en el sentido intelectual de la palabra, sino apenas un cuqueo para que yo le pidiera otro veguero, y él me lo negara.

Me lo encontré una última vez en la terminal de ómnibus de Cienfuegos en los momentos en que yo preparaba mi salida, y aproveché para anunciarle que me largaba a California. Me felicitó sinceramente y me deseó suerte. Después salió corriendo a pasito de oca, dio un saltito, y puso la bota rusa en el estribo de la guagua de San Fernando de Camarones. Tuve que sonreírme.

¿Qué recuerda de su experiencia en el Vivac de Santa Clara?

El Vivac es donde vas a dar después de los aburridos interrogatorios de Villa Marista, el lugar donde esperas el juicio y la sentencia.

Desde el rastrillo de entrada del Vivac de Santa Clara, eché un vistazo hacia el interior de aquel burdel penitenciario. Vi dieciocho celdas con puertas enrejadas que daban a un patio con techo cruzado con cabillas de dos pulgadas de grosor. Había reclusos asomados a todas las rejas, con los brazos por fuera, gritando de una celda a otra, pero los más horribles, los más vociferantes, parecían estar en la celda dieciocho.

En silencio, le rogué al gran poder divino que me mandaran a cualquier otra celda. En ese momento, un grupo de reclusos arrastraba por las patas hacia la puerta del rastrillo a una loca que vomitaba sangre. Tenía lamparones de colorete en las mejillas y ojeras de tizne. El teniente que guardaba la entrada, con mi tarjeta en la mano, y a punto de asignarme una celda, tuvo que desentenderse de mí y ocuparse del problema. Salió al patio, trancó la reja, se acercó a la loca horrorosa, le abrió la boca de una bofetada, y comprobó que se había tasajeado la lengua con una cuchilla. Ninguna hemorragia interna. Ordenó que la sacaran de su presencia. Entonces se volvió hacia mí, y dijo: «La dieciocho». Era la celda de los contrarrevolucionarios.

A los pocos días sucedió un acontecimiento que trastornó mi conciencia, adquirí el saber que me distingue de los teóricos que se ocupan del problema cubano. Vi entrar a un pelotón de custodios que se introdujo en la mazmorra número uno, la más grande, creo que cabían allí veinte personas, y comenzó a cepillar paredes y pisos, de arriba abajo, con cubos de creolina y detergente.

Al siguiente día apareció en el rastrillo un grupo de extraños vestidos de uniforme de caqui amarillo con una P negra pintada en la espalda de la camisa. Los hicieron marchar en fila india hacia la número uno y trancaron la reja. Los observé, con la cara apretada contra los barrotes de mi celda, directamente opuesta a la de ellos.

Esa tarde, en el comedor se comentaba que eran presos plantados en huelga de hambre. Era la primera vez que oía esas palabras: plantado, huelga, hambre. Había viejos, jóvenes, blancos, mulatos y negros. Los caracterizaban la solemnidad, el silencio. Un vaho de muerte salía de aquella mazmorra.

Estuve en el Vivac parte del mes de noviembre, diciembre y enero, cuando me trasladaron al Pretensado, y la huelga aún continuaba. A los dieciocho años de edad, mi primer razonamiento político quedó formulado de manera rudimentaria: «Lo que he estado buscando está en esa celda».

El hecho de que fuera acusado de «diversionismo ideológico» y «atentado contra los poderes del Estado» ¿lo incluía ya en la categoría de preso político?

Fue automático. Diversionista, ergo contrarrevolucionario. Lo de político era un término que solo manejábamos los presos, internamente. Ellos nos llamaban CR. Todavía no existía la palabra «disidente».

¿Cómo le comunicaron el intercambio de presos políticos? ¿Cómo se vivió dentro de la prisión esa noticia, esa salida, ese exilio?

Circulaban rumores, traídos por las mulas del exilio. Después comenzaron a repartirnos unos dossiers con recortes de periódicos de la prensa miamense, del Diario Las Américas y el Miami Herald, con información detallada sobre las negociaciones.

Luego, los carceleros nos preguntaron si teníamos intenciones de abandonar el país o quedarnos, y adónde iríamos en caso de indulto. Finalmente, comenzaron a liberar a los primeros grupos. Creo que el mío fue el tercero o el cuarto, cuando ya los presos instalados en Miami nos habían hecho llegar fotos suyas con sombreros tejanos y una nalga apoyada en el capó de un Chevy Caprice. La cosa era real.

Salí en el mismo grupo de mi amigo Otto Meruelos, después coincidimos varias veces en El Laguito, en las oficinas de inmigración. Volamos en el mismo avión de Air Jamaica. Fuimos los únicos que no entonamos el himno nacional durante el despegue.

Es en el exilio donde se convierte en un reconocido escritor cubano, aunque expulsado de la posibilidad de llevar ese adjetivo al interior de la isla. Además de la curaduría que realizara del catálogo para la exposición de Gustavo Pérez Monzón en 2015, ¿ha existido algún otro tipo de acercamiento, petición o interés para publicar textos (o trabajos) suyos en Cuba? Por otro lado, ¿ha conocido, además del silencio y el borrado de memoria, alguna acción concreta para demeritarlo dentro de la isla? 

No soy un escritor cubano reconocido. Fui un escritor cubano en otra vida. Soy un escritor estadounidense desconocido que escribe en español, la segunda lengua del Imperio, y que a veces piensa en inglés y otras en ambos idiomas.

He vivido más tiempo fuera de Cuba que en Cuba. Mis temas son Miami, Los Ángeles y Hollywood. Creo que mi obra solo tiene importancia para la diáspora, lo que no impide que en Cuba mis panfletos surtan efecto.

En cuanto al demérito, te cuento que después que publiqué en mi blog «N.D.D.V.» las crónicas del viaje a Cuba, hubo alguien que le escribió a Esther María desde La Habana, un viejo amigo de su familia, y le echó en cara que yo hubiese tenido la desvergüenza de denigrar a mi país, y de propagar mentiras sobre la situación pretendidamente real de la isla.

Esther María, que no tiene pelos en la lengua, le dio la contestación que se merecía. Se trataba de un lamebotas de gama baja, al que no le hubiera prestado atención si no llega a ser que, en su email de respuesta a mi esposa, metió la pata y reenvió el mensaje que le habían mandado de alguna parte, de la UNEAC quizás, o de la Seguridad del Estado, con un encabezamiento que decía: «Los artículos que Néstor Díaz de Villegas publicó en contra de Cuba», con corta-y-pega de todas mis crónicas publicadas hasta aquel momento. ¡Después de todo, no había pasado desapercibido! El reconocimiento suele llegarme de las maneras más insólitas.

Luego de la edición de De donde son los gusanos, ¿ha conocido alguna otra reacción puntual desde Cuba contra el texto?

De donde son los gusanos ha circulado en Cuba. Hace poco, el escritor Ahmel Echevarría dio un recorrido por las galerías de arte habaneras con mi libro bajo el brazo, y ha dicho que mis salvajadas sobre el panorama artístico cubano le echaron a perder la fruición estética.

De hecho, si haces un análisis de frecuencia de términos, verás que la voz «gusano» experimentó un pico en contenidos relacionados a partir de la salida de De donde son los gusanos, en agosto de 2019. Creo que el libro ha tenido una influencia notable en el léxico político, tanto en la isla como en otras partes. Estuvo pegado en Amazon varias semanas, en los primeros lugares de libros de Historia, junto a Harari y Pérez Reverte.

Es inevitable —para mí— pensar en qué escritor habría sido Néstor de no haberle ocurrido lo que le sucedió en Cuba, y —aunque pudiera resultar un ejercicio infértil y utópico— qué fuera de Cuba hoy (probablemente no la misma) sin esa expulsión constante de los poetas, de los intelectuales críticos…  

Esa especulación pertenece enteramente al campo de la lógica temporal, al estudio de los zombis filosóficos, la posibilia y los universos circulares al que se dedicaron David Kellogg Lewis, Nuel Belnap y David Chalmers, mis héroes intelectuales. Estaría encantado de conversar sobre esos temas en otra ocasión, con menos prisa.

Notas:

[1] Ver en: https://cutt.ly/2fQ83ig

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