Si no hay dólares para nosotros, para ellos tampoco

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Raúl Castro junto a Manuel Marrero y generales de las FAR (Foto: Juventud Rebelde)

LA HABANA, Cuba. – El canciller del oprobio, Bruno Rodríguez Parrilla, ha puesto el grito en el cielo tras el anuncio de nuevas sanciones por parte de la administración Trump para reducir aún más el flujo de divisas que entra a las arcas de la dictadura. En su papel de ministro acusador, volvió sobre el cansino argumento de que el gobierno estadounidense es criminal y que las medidas afectan a las familias cubanas.

Sin embargo, no ha mencionado una sola palabra sobre el expoliador manejo de las remesas que no llegan a manos de los cubanos en moneda fuerte porque el monopolio estatal GAESA las cambia por otra devaluada y a punto de desaparecer. Rodríguez Parrilla omite en sus declaraciones que los cubanos no están de acuerdo con esa intervención arbitraria que los priva del único capital con el cual se puede comprar en las tiendas mejor abastecidas.

Hoy el CUC, lo mismo que la moneda nacional, sirve apenas para adquirir pollo, aceite y papel sanitario; mientras que los productos de aseo y cosmética (detergente, champú, acondicionador, pasta dental, desodorante, tintes para el cabello, etc.) han sido destinados casi totalmente a los establecimientos que operan en dólares mediante las tarjetas magnéticas que garantizan que los ciudadanos no puedan disponer de su dinero a voluntad.

No hay conducta más criminal que la del castrismo hacia su propio pueblo. Es un sabotaje constante al sustento de las familias cubanas que escuchan con desconfianza y preocupación el aviso de una próxima subida en los salarios, lo cual significa que el costo de la vida alcanzará un grado superior de insostenibilidad. El reciente tope de precios multiplicará la escasez, la inflación y la corrupción; pero el régimen se ha ocupado de cerrar cualquier vía alternativa que los familiares en el exterior pudieran utilizar para hacerle llegar dinero útil a sus seres queridos en Cuba.

Las nuevas disposiciones de la Aduana orientadas a combatir el tráfico de divisas solo buscan impedir que los dólares lleguen a manos de los cubanos, para obligarlos a depositar en tarjetas ancladas a bancos controlados por la Nomenclatura, que es, en definitiva, la dueña de todo, la que arrienda el país a sus ciudadanos, dando y quitando cuando le conviene. El castrismo tiene tentáculos por doquier, de ahí que muchos pongan en duda el impacto real que podrían tener las sanciones contra Western Union y demás canales de envío de remesas que mantengan operaciones con el conglomerado militar.

Es difícil eludir a una dictadura que lleva más de sesenta años manipulando la economía y protegiéndose tras la vulnerabilidad del pueblo. Es una engañifa tan bien armada que, aunque el Departamento del Tesoro de Estados Unidos asegure que el objetivo es dañar al castrismo y no a los ciudadanos, ante los ojos del mundo el pueblo cubano aparece como el mayor perjudicado.

Esa es la explicación que ofrece el canciller del oprobio ante la opinión internacional, que escoge creer su versión porque, pese a tanto maltrato y tantas penurias, el pueblo cubano no está en la calle exigiendo sus derechos. Esa es la razón fundamental por la cual Cuba ha vuelto a ocupar un escaño en el Consejo de Derechos Humanos, exhibiendo con total descaro su flamante impunidad y su dominio absoluto sobre un pueblo sometido que, entre otros muchos derechos escamoteados, ha perdido también el de manejar sus propios ingresos.

Las tiendas en MLC han sido una farsa escandalosa. No solo comercializan en dólares la misma producción nacional inestable y de mala calidad; sino que los bienes de primera necesidad también escasean en dichos establecimientos y las colas son igualmente desgastantes. Es obvio que el propósito sigue siendo vender electrodomésticos y motos eléctricas a quienes posean un saldo jugoso en moneda fuerte; pero quienes manejan la cantidad justa para acceder a alimentos y aseo tienen sus cuentas inutilizadas, sin la posibilidad de extraer ni un centavo para comprar en el mercado negro, donde aparece casi todo y los “verdes” son muy bien recibidos.

Mucho demoraron los cubanos en comprender que poner su dinero a disposición del régimen equivale a no verlo más. Es un poder adquisitivo que existe solo en su imaginación, destinado a bienes tan elementales como leche en polvo, puré de tomate o máquinas de afeitar desechables, cuando aparezcan.

Esta es la realidad que no menciona Bruno Rodríguez en sus denuncias; pero queda clarísimo que entre los dólares estadounidenses y la prosperidad del pueblo cubano solo se interpone el castrismo. Lo demás es politiquería, gimoteo y mucha improvisación para llevar la economía nacional de la dualidad a la trinidad monetaria; una estratificación que cada día amontona más gente pobre en las cunetas de la sociedad.

Nada está dando resultado. Lo saben los que inventan “estrategias” y los que las aplican; pero sobre todo quienes las padecen en una cotidianidad opuesta a la vida de prebendas, aire acondicionado y tres comidas diarias (con varias meriendas intercaladas) que disfrutan los camajanes del socialismo antillano.

Esa es la verdad que se abre paso dentro de Cuba; no la maldad de Trump, tan mítica como el humanismo de la revolución cubana. Justo es que lluevan más sanciones sobre la dictadura. Si no hay dólares para nosotros, para ellos tampoco.

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