27N: Voces de una protesta

La escasez es una categoría invariable en cualquiera de las fórmulas que intenten descifrar la realidad cubana. Hay escasez de todo: de alimentos, de productos de higiene, de medicamentos, y también de libertades políticas y civiles. Además de esa precariedad abarcadora, la otra gran constante del país es la violencia ejercida contra quienes se atreven a cuestionar la inmutabilidad de las miserias. Hace apenas un mes, esa estática dejó de ser absoluta y sufrió dos grandes sacudidas que amenazaron con sacarla de su eje: una ocurrió en la barriada de San Isidro y la otra, como eco de la primera, frente a las puertas del Ministerio de Cultura.

El 27 de noviembre pasado cientos de personas, entre artistas, periodistas e intelectuales, se plantaron en una calle que pronto las fuerzas del régimen rodearon con policías y militares. Aunque técnicamente se trató de una protesta pública, los plantados solo llamaron al diálogo con las autoridades. No parecía haber otra alternativa: el sistema totalitario cubano proscribe la manifestación y el diálogo por igual. Donde manda la lógica militar de orden y ejecución, la libertad del cuerpo y la palabra son pecados.

Por un momento el poder dio la impresión de ceder. Los acuerdos establecidos entre quienes protestaron y los funcionarios del Ministerio de Cultura auguraban un cambio significativo, más por el hecho de haber logrado presionar al régimen que por los acuerdos en sí. Al otro día, la ilusión de un poder ciudadano se desvaneció. El pacto fue roto y las represalias no tardaron en sucederse. Sin embargo, aunque el país volvió a su inflexible orden de imposición y castigo, algo trascendió en ese pequeño sobresalto. Sentados en una calle, mientras cantaban, aplaudían y se resguardaban de un exagerado cerco policial, cientos de personas ensayaron la versión más democrática de Cuba que se haya visto en décadas.

Reynier Leyva Novo. Artista.

Reynier Leyva Novo / Foto: Facebook

Lo que nos llevó al Ministerio de Cultura ese día fue, en esencia, una profunda indignación. El día anterior nos sentimos (no solo quienes estuvimos allí, sino gran parte del pueblo de Cuba) frágiles en todos los sentidos al ver cómo se violaban derechos básicos. Y no se violaron solo los derechos del Movimiento San Isidro, sino los de todos. A la mañana siguiente, en la protesta, la gente decía que eso que les había pasado a los huelguistas de San Isidro podía pasarle a cualquiera. Otra cosa importante fue que sentimos que todos estábamos siendo atacados cuando cortaron el acceso a varias redes sociales la noche del asalto a la sede del Movimiento San Isidro. Nos cortaron el acceso a la comunicación, nos quitaron el derecho de saber qué pasaba allí, donde peligraban vidas humanas.

Llegamos a ese punto por saturación. La gente estaba saturada de tanta injusticia. Todos habíamos estado pendientes de lo que sucedía en San Isidro desde que se inició la huelga. La seguimos en tiempo real, a través de nuestros teléfonos. Yo hasta traté de acercarme a la sede del Movimiento San Isidro y no me dejaron pasar. El día en que convocaron a la manifestación en el Parque Central también iba a ir, pero la Seguridad del Estado me interceptó y no me dejó llegar. Unas horas después apagaron mi línea telefónica, y así anduve unos cuantos días. Me podía conectar solo en la wifi o por el teléfono de mi esposa. Imagina la incertidumbre.

Al igual que muchos, no dormí bien durante esos días. Creo que no pocos mantuvieron un estado de vigilia constante. Yo puse las notificaciones en el teléfono de mi esposa al volumen máximo para despertarme a cualquier hora que me llegara un mensaje. Todo el tiempo esperaba una noticia fatal. Fueron días de una angustia muy grande.

Un grupo de amigos organizamos en días anteriores a la protesta varias acciones, entre ellas, las vigilias poéticas que hicimos detrás de la iglesia de Paula. Fue un poco para dar apoyo a los huelguistas, para que supieran que estábamos con ellos a pesar de no estar junto a ellos. Ya el día del asalto todos sentimos la necesidad de hacer algo más concreto. Teníamos pensado hacer la vigilia frente al Museo de Bellas Artes, pero en algún momento de la noche me llegó la información de que sería frente al Ministerio de Cultura.

Para mi sorpresa, a la mañana siguiente encontré en el lugar acordado a artistas de otros gremios: actores, cineastas, músicos. Todos se habían organizado de manera independiente para ir. Entonces decidimos plantarnos hasta que el ministro de Cultura diera la cara. A las 11 de la mañana tocamos a las puertas del Ministerio y salió su secretaria a decirnos que él no se encontraba, que estaba haciendo una videoconferencia, y nosotros le dijimos que nos íbamos a quedar allí. Después fueron llegando más personas, sobre todo del mundo de la Cultura, hasta ser cientos.

Durante el día se mantuvo un estado de disciplina bien riguroso. Los que estábamos allí un poco al frente de aquello pedimos a la gente que no se gritaran consignas ni nada que no tuviera que ver directamente con la solicitud de ver al ministro para presentar nuestras demandas. Alrededor teníamos a muchos militares y policías vestidos de civil incitando a la violencia, pero nos mantuvimos en calma. Todo el tiempo apelamos al civismo y a la tranquilidad, a que no sucediera nada que desencadenara un hecho violento del cual podríamos arrepentirnos. Sí caíamos en las provocaciones, todo estaba preparado para que arremetieran contra la protesta con muchísima violencia.

A la altura de las seis de la tarde empezamos a aplaudir cada diez minutos, como exigiendo que nos dieran respuesta a nuestra demanda de reunirnos con el ministro. En ese sentido, Yunior García fue nuestro vocero. Él se estuvo comunicando telefónicamente con Fernando Rojas todo el tiempo. Antes, del Ministerio nos hicieron varias propuestas. Una fue irnos a las cuatro de la tarde hacia el teatro Hubert de Blanck para reunirnos, pero dijimos que no nos moveríamos de allí. Después nos dijeron que el ministro no estaba en la provincia, lo cual contradecía la versión de su secretaria. Mientras, llegaba más gente.

Había un ambiente de libertad y de esperanza en la protesta. La gente estaba emocionada por encontrarnos de nuevo después del confinamiento, por saber que estábamos haciendo algo por las libertades de todos, y porque nos estábamos manifestando, algo que normalmente no hacemos aquí, o no de esa manera. Yo creo que la gente pensó que algo sí iba a pasar y por eso nos mantuvimos ahí.

Lo que hay que hacer ahora es lo que estamos haciendo: mantener una alianza multipropósito que opere desde varios frentes: desde el pensamiento, desde el arte, desde la sociedad civil toda, con el apoyo de juristas que puedan encauzar esto por el camino legal para que nuestras demandas lleguen a algún lugar. El Gobierno ha hecho caso omiso a nuestras demandas, criminalizándonos, pero me parece que eso en algún punto va a cambiar necesariamente. Las formas legales para hacerlo son escasas ya que el sistema está diseñado para que esas demandas no procedan. Creo que hay que unirse y sumar a más ciudadanos que están en esta misma cuerda para poder ser un grupo mayor y que nuestras voces se escuchen más alto. Nosotros seguimos abogando por el diálogo, que es el camino correcto. Pero es complicado dialogar con alguien que no quiere hacerlo contigo. Es complicado dialogar con un muro levantado frente al pueblo por 60 años. Es difícil dialogar con alguien que no escucha.

Camila Ramírez Lobón. Artista.

Camila Ramírez Lobón / Foto: Facebook

El 27 de noviembre, frente al Ministerio de Cultura, se vivió una mezcla de sentimientos extraños, al menos para los que llegamos al inicio. Cuando vimos que éramos 20 nos pusimos muy contentos. De pronto eso empezó a crecer y nos dimos cuenta de que aquello era una verdadera intervención del espacio público en Cuba, donde se sabe que no existe el derecho a la protesta. Fue un momento de tensión, alegría, euforia. Se generó mucha solidaridad y entendimiento entre los que estábamos. Había una comunidad de artistas, sí, pero también de gente que no conocíamos, o que no conocíamos mucho, y se estrecharon lazos entre todos.

Aquel fue un proceso de empoderamiento, en el que rompimos las barreras del miedo, aunque la tensión se mantuvo. La Seguridad del Estado estaba entre los grupos presentes, aunque calmados. Nosotros estuvimos muy pendientes de no permitir nada que pareciera una provocación de nuestro lado.

Era la primera vez que hacía eso y fue estimulante la sensación: el placer de conocer otra dimensión de la libertad que no conocía. Ya una vez había salido a la calle, el 10 de octubre, para apoyar al Movimiento San Isidro, y fui detenida por una patrulla. Pero frente al Ministerio sentí otra cosa: empoderamiento, la seguridad de sentirse acompañada. Y, bueno, también incertidumbre, nervios. Ese día pasamos a un plano que ninguno había vivido, que no contaba hasta entonces en nuestras historias personales. En fin, que fue algo realmente excepcional.

El 27 de noviembre conocí a plenitud lo que es el ejercicio de un derecho, más allá de que los reclamos fueran o no receptados. Fue un primer gran paso. El simple hecho de ese ejercicio nos demostró el poder que podemos tener. Eso es lo que ha despertado el asombro de muchos, y también el temor del Estado, que no está adaptado a enfrentar algo así, de una naturaleza completamente pacífica y cívica.

Yo estaba, de hecho, en un grupo que había ido el día anterior a leer poesía a la Alameda de Paula, muy cerca de San Isidro, en un gesto de solidaridad. Teníamos «brigadas de respuesta rápida» alrededor, solo por leer poesía. Luego se pensó en otra serie de acciones de ese mismo tipo en espacios públicos. Se empezaron a mover a través de mensajes privados las intenciones de mucha gente de ir al Ministerio de Cultura y, nada, para allá fuimos. Realmente, creo que llegamos sin estar completamente claros de qué hacer y qué demandar concretamente. No había un guion claro de lo que iba a suceder ese día. Siento que nos movimos por las ganas de decir: «Basta, esto no puede seguir sucediendo. Esto está mal».

Hay quien fue por otras razones y tuvimos que ver cómo anudar todo eso en demandas más generales. Éramos un grupo muy heterogéneo, y todos convivimos. Había desde gente del Movimiento San Isidro hasta periodistas, desde artistas independientes hasta gente más relacionada con las instituciones, todos exigiendo que lo sucedido en días anteriores no volviera a ocurrir jamás. 

Creo que la capacidad de movilización fue lograda por el sentimiento de indignación absoluta que generó la serie de sucesos que ha venido acumulándose. En estos sucesos se volvieron más evidentes y públicas las estrategias represivas de la Seguridad del Estado ante el ejercicio de los derechos cívicos más elementales, como la libertad de expresión. La intervención y el desalojo en San Isidro, y las ficciones y justificaciones imposibles que dio el Estado a lo sucedido, mostraron que existe una comunidad en extremo vulnerable y marginada. Pienso que eso hizo que hasta los que no han padecido ese tipo de censura se identificaran. A mí me llevó ese sentimiento.

Del lado de la sociedad civil, más que presionar para que se cumplan las demandas planteadas, toca visibilizar más los problemas de Cuba para que más gente se una y busquemos puntos en común. Pienso que hay que seguir expresándonos libremente en todos los espacios posibles, ya sea el público, el virtual, no importa. Hay que generar ideas. Este ha sido solo un pasito que demuestra que sí podemos entendernos y actuar como sociedad civil. Ha sido, además, un ejercicio de democracia que involucra a gente con diferentes experiencias frente al poder del Estado. El hecho de que varias comunidades se reconozcan entre sí y compartan la idea de un mismo derecho, es ya un logro. Por primera vez hay solidaridad con los espacios condenados por el Estado, y eso es algo que hay que conservar para ver qué otras cosas puede generar. Creo que ya se van transformando muchas maneras de pensar. Se van los estigmas, el aislamiento de quienes disienten y son castigados. Se va el miedo.

Juan Pin Vilar. Cineasta.

Juan Pin Vilar / Foto: Facebook

La protesta fue motivada por un año de violencias en una sociedad que no se caracteriza por ser violenta. Ha habido feminicidios, violaciones de menores, un policía que mató a un joven desarmado, un delincuente que asesinó a un policía, violencia en los hogares. Ha habido violencia social por el desabastecimiento. Eso ha generado colas, broncas, peleas, y ha provocado que salgan las fuerzas del orden público a la calle. En ese panorama violento ha habido represión contra los artistas independientes, represión contra opositores. El desenlace final de todo eso fue San Isidro. De ese panorama en el que San Isidro resultó lo más mediático, lo realmente importante fue la violencia social que se mantuvo todo el año. Y hay que acabar con esa violencia, porque solo cuando se termine empezará el diálogo.

Es cosa de niño chiquito pretender que todo lo que sucedió fue por San Isidro. San Isidro no representa al país, como tampoco los que estábamos frente al Ministerio de Cultura. Otra inmadurez es pretender chantajear al poder o exigirle al poder como si estuvieras en igualdad de condiciones, sobre todo cuando no tienes nada que ofrecerle y él puede prescindir de ti. Hay que ganar espacios, pero eso solo se logra conciliando.

Lo del 27N se desarrolló en un ambiente fabuloso. Yo nunca he vivido algo así. Fue un ambiente de camaradería, donde no hubo agendas propias, ni especificidades, ni «este es mi grupo y ese es el tuyo», porque todos estábamos por lo mismo. Todos queríamos ser recibidos y queríamos que cesara la violencia.

Dentro de la reunión del 27N hubo muchísimas intervenciones, expresadas de maneras distintas, con puntos de partida distintos, pero todas decían que debía reconocerse a los artistas independientes y que debía respetarse la libertad de expresión.

Frente al Ministerio habían 300 personas queriéndose, unidas para pedir también que cesara la represión. Nadie debe ser criminalizado por lo que piense. Nadie puede ser criminalizado por una obra artística, ni por que esté a favor o en contra de un gobierno, ¡y tampoco deben reprimirlo ni mutilar su personalidad ciudadana! A esas personas que son reprimidas no les dan siquiera el derecho de ir a los medios para defenderse de esa mutilación. Y no todos los que son reprimidos son delincuentes, ni mercenarios, ni pagados por alguien. De eso estoy absolutamente seguro.

El hecho de que algunos opositores fueran recibidos en el Ministerio de Cultura se debe a esos 300 que estábamos ahí. No se debe a la presión que ellos hayan hecho. La presión que ellos hicieron se acabó cuando las fuerzas represivas les fueron arriba. Eso hay que comprenderlo. Desde mi punto de vista, el diálogo fue roto por la oposición. Los primeros que comenzaron a deslegitimizar a las personas que los habían representado frente al Ministerio fueron los opositores en las redes sociales. A mí me queda claro que en la oposición hay dos bandos: los que quieren dialogar y los que quieren confrontación. En el Ministerio, en las instituciones del Gobierno cubano, también hay dos bandos: los que quieren dialogar y los que no. Los que quieren dialogar nos recibieron. Eso me consta. Yo estaba ahí. Esos que atacaron primero, diciendo que «no se puede dialogar con la dictadura», destruyeron el espacio que habían conquistado. Al final, la sociedad civil cubana lo primero que tiene que hacer es aprender a comportarse como tal.

Los conflictos a lo interno de la protesta del 27N y con algunos de los que estuvieron en los sucesos de San Isidro no son nada positivos, porque evidencian que no están maduros como para comprender lo que es la lucha política. Pero es normal que sea así, pues Cuba, en 60 años, no ha desarrollado una cultura democrática en cuanto a la alternancia en el poder, ni en cuanto a la visibilidad de diferentes agendas políticas y de diferentes liderazgos que pugnen por llegar al poder.

La sociedad civil es inmadura, no está preparada, y es fácil de contaminar por agendas extranjeras y agendas de la propia Seguridad del Estado. Mientras no se comprenda que debe haber un fin único, que es el diálogo, y que a partir de ahí se irán logrando otros triunfos mayores, mientras existan falsos liderazgos, estamos perdidos. Mientras exista una falta de cultura democrática y de espacios para desarrollar diferentes ideas y maneras de expresarlas, además de intereses extranjeros e intereses de la propia Seguridad del Estado que graviten sobre todo, estaremos perdidos.

Pese a todo, lo que pasó afuera del Ministerio de Cultura es también «Cuba». Creo que Cuba toda debiera ser así: un ambiente inclusivo y de solidaridad.

Julio Llópiz-Casal. Artista.

Julio Llópiz-Casal / Foto: Facebook

Lo que llevó a todo esto, lo que lo detonó, fueron los sucesos de San Isidro, que pusieron el foco en lo obvio: no existe libertad de expresión en Cuba. Cuba alcanzó su estado dorado, áureo, con el fenómeno de San Isidro. Quizás todo esto también tenga que ver con que las redes sociales ayudan a que las cosas tengan más visibilidad. Tal vez influyó, además, lo particularmente injusta que fue la manera en que sucedieron las cosas: el encarcelamiento de Denis Solís, la protesta pacífica que fue reprimida y derivó en la huelga y, a su vez, en lo que hicimos todos. Ya en lo personal, creo que el detonante fundamental fue la forma obscena en que «extrajeron» a los huelguistas. Eso hizo mover la solidaridad entorno al hecho fundamental de que en Cuba no se respeta la libertad de expresión.

La palabra que yo usaría para definir la protesta frente al Ministerio de Cultura es «hermoso», porque eso no fue solo una cosa que no es común en Cuba; es que algo como lo que pasó ese día no había pasado en 60 años. Fue «hermoso» porque estoy convencido de que la gente se sumó de manera espontánea. Empezamos veintitantos, después fuimos 40, después 60, y así, de manera exponencial, hasta llegar a los cientos. Fue «hermoso» también porque esos 30 que entraron fueron elegidos de manera democrática. Se practicó la democracia en Cuba por primera vez con personas tiradas sobre el suelo, regadas por el asfalto. Y fue cuatro veces «hermoso» porque logramos que entrara a esa reunión una representación del Movimiento San Isidro, una representación del gremio de los periodistas independientes, que entrara Tania Bruguera —que es una personalidad en el mundo del arte y a la vez enemiga pública número uno del sistema— y representantes de las artes escénicas, de la música, de la literatura y de las artes visuales.

Yo no sé en qué momento perdí el miedo, si es que lo perdí. Tampoco sé si esto es un llamado. Pero opino que la sociedad civil en general, más allá de la comunidad creativa, debería concentrarse en que lo más importante no se lo pueden quitar, y también en hacer valer su derecho de sumarse, si quiere, a las exigencias. Que lo haga como quiera, porque nunca hay una sola manera. Que exprese su apoyo o rechazo a esto, pero que se exprese. Lo que estamos exigiendo no tiene que ver exclusivamente con el Movimiento San Isidro. El Movimiento San Isidro simplemente ha sido la vanguardia porque ha estado en la primera línea de choque, porque son los más atacados. Lo que queremos con esto es lograr un paso, uno que quizás no sea absoluto, pero sí fundamental para lograr un cambio en Cuba. Hablo de lograr de alguna forma —yo no sé cuál puede ser— que se respete el derecho a la libertad de expresión.

Luzbely Escobar. Periodista.

Luzbely Escobar / Foto: Facebook

Para mí la razón por la que se movilizaron todas esas personas a las puertas del Ministerio de Cultura fue la indignación que creó en muchos, sobre todo en artistas e intelectuales, las imágenes que se compartieron en las redes sociales del asalto de la Seguridad del Estado a la sede del Movimiento San Isidro con la pandemia del Covid-19 como excusa.

Antes de que comenzaran a circular las primeras imágenes del asalto, yo recibí por Whatsapp muchos mensajes de gente diciendo: «¿Qué vamos a hacer?»  Esa era la pregunta que nos hacíamos todos. Nos articulamos rápido en grupos. Los artistas plásticos en uno, los actores por otro, y entre todos nos pusimos de acuerdo y confluimos en aquel lugar.

Lo que ocurrió en la mañana y la tarde, cuando seleccionaron a los que entrarían en el Ministerio, lo viví desde mi casa, a través de la comunicación que tuve con algunos de los que estaban allí. Gracias a eso pude contar en 14ymedio lo que estaba sucediendo. Entre las siete y las ocho de la noche fue que logré salir, porque tengo dos niñas pequeñas y no había podido organizarme para salir antes de esa hora. Cuando llegué vi que el Ministerio de Cultura estaba rodeado por un operativo. Había patrullas, gente de la Seguridad del Estado y oficiales uniformados rodeando cada entrada al lugar. Yo no di ninguna vuelta. Solo atravesé el operativo. A la hora que entré parece que la orden era dejar pasar a todo el mundo. En ningún momento me pidieron explicaciones sobre a dónde iba.

Ese pedazo de calle estaba repleto, sobre todo de jóvenes que cantaban y compartían el agua, los cargadores de sus móviles, café. Personalidades como Fernando Pérez y Robertico Carcassés estaban dando entrevistas, pues la prensa extranjera estaba allí. Creo que eso último ayudó a la seguridad de los que protestaban.

Allí se compartió la indignación, pero también la alegría. Eso fue revelador. Cada diez minutos se aplaudía para darnos fuerzas y para hacerles saber a los 30 seleccionados para representar a los demás en el diálogo que estábamos ahí. A las dos de la mañana fue que los 30 salieron y explicaron los acuerdos. Todos estábamos muy agotados. Por lo que dijeron nos pareció que se había llegado a un acuerdo, que habría tregua, y que algo había comenzado a moverse. Pero en menos de 24 horas todo eso fue roto.

Lo que ocurrió el 27N demostró que podemos articularnos a pesar de todo. Durante muchos años la sociedad civil cubana estuvo desarticulada por cosas como que la libertad de asociación y de expresión no existen en Cuba. Basta que cuatro personas se reúnan en una esquina para protestar por algo y se montan operativos y se realizan detenciones policiales. Pero gracias a los datos móviles, ahora muchos estamos conectados por Whatsapp, y así podemos ponernos de acuerdo y articular un encuentro. Cuando son 40 o 50 personas protestando no pueden desarticularlas de esa manera violenta. Creo que el 27 de noviembre el Gobierno subestimó lo que estaba ocurriendo y se le fue de las manos cuando ya eran cientos de personas reunidas.

Ahora mismo, la sociedad civil tiene el reto, ante esa llama que ha desplazado el miedo, de aprovechar este momento antes de que el miedo regrese. Si el miedo regresa lo hará como una ola tremenda y muy fuerte. Por eso hay que aprovechar para concretar cosas, para definir los puntos que nos unen y tratar de lanzar una idea: en Cuba no todos siguen ciegamente lo que dicta el Partido Comunista, sino que hay quien tiene otros criterios y quiere un país inclusivo, donde todos tengan derecho a expresarse libremente sin pagar con su libertad el precio de hacerlo. De manera general, pienso que eso es algo que nos une a todos. Necesitamos como nación que se despenalice la discrepancia política. De ahí partirán otras ideas y proyectos. Cuando todos puedan expresarse sin temor a ser reprimidos es que habrá debates verdaderos.

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