“Aguinaldos” de ayer y de hoy

CUC régimen cubano
(Foto de archivo)

LA HABANA, Cuba. – Para este cronista, la época de Navidad y Fin de Año constituye una temporada propicia para el recuerdo, la añoranza y la melancolía. Para quien vivió la animación, el colorido y la prosperidad de la Cuba prerrevolucionaria, la grisura y la carestía de nuestra desdichada Patria de hoy resaltan de manera dolorosa.

¡Y, por favor, que no se me diga que ese cuadro placentero existía sólo para un grupito de aprovechados cargados de privilegios! En lo que a mi persona respecta, puedo señalar que mis difuntos padres eran simples maestros de escuelas primarias superiores (lo que hoy serían secundarias básicas), de modo que mal podría mi familia ser catalogada como privilegiada.

Dentro de la digna modestia con la que vivíamos, cada temporada navideña representaba un incremento neto de las posibilidades económicas. Esto obedecía a que “los malos” de aquella época idearon y aplicaron una institución que representaba un beneficio contante y sonante (y nada despreciable) para cada trabajador. Me refiero al aguinaldo.

Para muchos empleados u obreros del sector privado, esa regalía representaba un decimotercer sueldo mensual; para unos pocos, incluso un decimocuarto. En lo tocante a los trabajadores del Estado, esta práctica se entronizó algo más tarde, en base a un proyecto de ley presentado por el senador camagüeyano Arturo Hernández Tellaheche. De ahí surgió el nombre con el que era conocido ese aguinaldo gubernamental: el “arturito”. No llegaba a un sueldo, pero eran varias decenas de pesos, suma nada despreciable.

En medio de la abundancia imperante en esa temporada, hasta los más humildes alcanzaban algún beneficio. Se estilaba que quienes solían prestar algún servicio repartieran una tarjetica de felicitación. En mi caso personal, recuerdo de modo especial al repartidor del diario Información. Ese trabajador tempranero garantizaba que cada mañana, al despertarnos poco después de las seis, el periódico del día estuviese religiosamente en nuestro balcón (no como ahora, en que la propaganda comunista, cuando llega, suele hacerlo a media mañana y con un día de retraso).

Pues bien, en  nuestro caso, la entrega de la pequeña tarjeta de felicitación era reciprocada con el obsequio de un peso. Podrá parecer poca cosa, pero debemos recordar que, en aquellos tiempos, la moneda cubana se cotizaba a la par con la de Estados Unidos. O sea, que lo entregado representaba un dólar de entonces, que equivale a unos ocho de hoy. Esta misma práctica era válida para otros trabajadores, como el cartero, los basureros, etcétera.

El aguinaldo duró hasta diciembre de 1960. Ese mes se pagó el correspondiente a ese año, pero se anunció que en 1961 ya no se haría tal cosa. Para mayor burla, la misión de transmitir la mala nueva recayó nada menos que en el “líder obrero” de turno… Vemos ahí en acción —pues— una característica del socialismo, que por entonces apenas comenzaba: Fue el “representante” de los trabajadores quien anunció (y, claro, defendió) una sustancial rebaja de los ingresos nominales de ellos, la cual —insisto— representaba en algunos casos más del diez por ciento de las entradas anuales.

Aquí viene al caso una breve digresión para que se observe hasta qué punto los prejuicios ideológicos ciegan a ciertas personas. Citaré un trabajo de difusión histórica: La Huelga del Aguinaldo, del tico Javier Olivares Ocampo. En su monumental extravío, el autor argumenta: “La Revolución Cubana de 1959 sirvió de motivación para la clase obrera” (la del país centroamericano, claro) en su reclamo del aguinaldo.

Este comentario y mis remembranzas de tiempos más felices vienen al caso porque ahora, en el contexto de la llamada “Tarea Ordenamiento”, el régimen castrista ha anunciado a bombo y platillo, como si de una extraordinaria muestra de generosidad se tratase, la entrega a trabajadores y jubilados de un modesto adelanto. No han faltado algunos despistados que le han atribuido a ese reducido anticipo el nombre de “aguinaldo”.

Por supuesto que estamos hablando de dos cosas totalmente distintas. La considerable regalía navideña de antaño representaba un incremento neto de los ingresos. La suma que se entrega ahora puede parecer significativa a la luz de los sueldos actuales, pero parecerá casi ridícula cuando los precios se multipliquen en 2021. Pero ella, además, constituye apenas un adelanto, cuyo monto será descontado después del salario que le corresponderá devengar al trabajador.

Es de ese modo que, en este punto, resalta la diferencia abismal entre la era prerrevolucionaria (que el pueblo cubano, de manera sarcástica, llama “época de los malos”) y la calamitosa realidad de hoy. Pues ahora se supone que son “los buenos” quienes permanecen adheridos al poder, cosa que hacen con un entusiasmo más propio de lapas que de seres humanos.

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