Apuntes para una radiografía cubana

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(Foto: AFP)

LAS TUNAS, Cuba.- Belamo, en lengua abakuá, de origen carabalí, significa el país de los muertos, el otro mundo. Y un proverbio yoruba dice: “Ara wan dele ise wón oyú fe”, esto es, “en la tierra a la que llegues haz lo que vieres”. Traigo las voces africanas porque en Cuba, como dice el refrán, el que no tiene de congo (de congolés), tiene de carabalí.

Y viendo por estos días en la televisión estatal cubana ofender personas a quienes no se les concede el derecho de réplica en medios que, supuestamente, responden a los intereses de todo el pueblo, desde el punto de vista sociológico me hace preguntar hasta qué punto la simulación, que fue medio de defensa de nuestros ancestros africanos, ha calado en la idiosincrasia del cubano de hoy como medio de vida.

Hemos visto encogerse por igual a individuos con empleos públicos, a estudiantes, profesionales y simples ciudadanos, al punto de plegar su compostura al hacer como te dicen que hagas y digas como si ya se encontraran en belamo, en el país de los muertos, y no en su país, que no sólo es suyo, sino también del otro y del otro, hasta hacer del “ara wan dele ise wón oyú fe” un encargo diario.

¿Es que, aplaudidores y vocingleros, presos dentro de su carne y de sus huesos, a demasiados cubanos el cerebro les funciona como mero material de relleno…? Sí, quizás así suceda, y motivos sobran para que así sea.

“Estar en la cárcel es vivir en la penumbra; es adquirir la virtud del recelo y una misteriosa habilidad subterránea del espíritu parecida a la doblez y más sutil -mucho más- que la hipocresía. Estar en la cárcel también es perder para siempre la confianza en el éxito del esfuerzo humano; sospechar que en realidad el mundo de afuera no es más que una cárcel un poco mayor; es sumergirse en las esperanzas sin base y dar pábulo a lo inverosímil y a lo fantástico… Estar en la cárcel cuando se es joven es casi tan malo como estar de niños en un colegio de curas”, dice Pablo de la Torriente Brau en La noche de los muertos, relato escrito el 30 de julio de 1931, mientras se encontraba recluido por la dictadura de Gerardo Machado en la Prisión Militar de La Cabaña.

Cité in extenso porque, aunque el relato fue escrito hace 89 años, el paralelismo con la Cuba de hoy es matemático. ¡Qué digo paralelismo! La noche de los muertos es un escáner de Cuba hoy. Acaso, y como si estuvieran en una cárcel… ¿Los cubanos no han adquirido la virtud del recelo y una misteriosa habilidad subterránea del espíritu parecida a la doblez y más sutil -mucho más- que la hipocresía?

Acaso, y como si desde 1959 y hasta hoy mismo permanecieran presos… ¿Los cubanos no parece como si hubieran perdido “para siempre la confianza en el éxito del esfuerzo humano”, porque, en un santiamén y por decisión de un policía, un fiscal o un juez, el producto del trabajo de toda una vida se puede perder para siempre?

Y en Cuba… ¿Los presos no creen a pie juntillas que “en realidad el mundo de afuera no es más que una cárcel un poco mayor”, haciéndolos esa desesperanza reincidir en delitos reales o supuestos, como el vaquero que va a la cárcel por sacrificar uno de sus novillos?

A semejanza de La noche de los muertos, en esta isla-cárcel es tal el grado de cerrazón inducido por el discurso totalitario castro-estalinista que, “sumergirse en las esperanzas sin base y dar pábulo a lo inverosímil y a lo fantástico”, creyendo que de la noche a la mañana habrá ganados, cosechas, casas y ciudades decentes, o huir de Cuba, es la única opción para los cubanos.

No, me equivoco: además de “dar pábulo a lo inverosímil y a lo fantástico” o huir de Cuba, hay una tercera opción para los cubanos sin buscarse la ojeriza del régimen: Aplaudir discursos y decir que sí a los dirigentes castristas, aunque sus palabras sean meros sin sentidos rayanos en estupideces, es uno de los mejores escudos en posesión de los cubanos hoy, desde un campesino hasta un académico, para no buscarse problemas políticos o administrativos, incluso, para no ir a la cárcel.

Los sucesos de San Isidro, nacidos por el proceso penal conducente al encarcelamiento ilegítimo de una persona según los huelguistas promoventes, y su concatenación con las demandas formuladas en el Ministerio de Cultura por cientos de artistas descontentos, la mayoría jóvenes, son apenas una gota de acíbar en el océano de iniquidad jurídica en que hemos vivido los cubanos por más de 60 años, desde el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 hasta el día de hoy; arbitrariedades mil veces acrecentada con la llegada al poder del castrismo el 1ro de enero de 1959.

El mismo Tribunal Supremo lo ha reconocido: en Cuba los tribunales suelen dictar sentencias sin suficientes elementos de pruebas, o “con criterios preestablecidos o subjetivos”.

El 30 de marzo de 2020 el Consejo de Gobierno del Tribunal Supremo dictó la Instrucción No. 247, que expresa en su tercer POR CUANTO: “Aunque a partir de anteriores requerimientos en el Sistema de los Tribunales se han desplegado acciones encaminadas a fortalecer la práctica, apreciación y valoración de las pruebas, todavía, en ocasiones, se dictan sentencias sin suficientes elementos de motivación, al no establecer con claridad los hechos que se dan por probados o carecer estos de la necesaria correspondencia con el material probatorio practicado en el acto del juicio oral; a la vez, se detectan en determinados procesos prácticas incorrectas, como la no verificación del dicho del acusado, la apreciación fraccionada de las declaraciones de acusados y testigos, su valoración con criterios preestablecidos o subjetivos, alejados de toda lógica y racionalidad, y también la sobrevaloración injustificada de documentos y dictámenes periciales, sin someterlos al debido examen crítico y su necesaria valoración de conjunto con el resto de las pruebas practicadas”.

Luego… En Cuba, mientras lo político tenga predominio sobre lo jurídico, el debido proceso estará por hacer, y lo penal, lo carcelario como herramientas de políticas públicas, llevará a la nación al fallecimiento cívico; a belamo, sí, al país de los muertos, diferente al del ciudadano.

La simulación, al estilo de nuestros ancestros africanos para evadir los rigores de la esclavitud, encontrará todavía más acomodo del que hoy ya tiene, convirtiendo su “ara wan dele ise wón oyú fe”, (en la tierra a la que llegues haz lo que vieres) el modus vivendi de la hipocresía, no en la tierra de arribo de los cubanos, sino en Cuba, su propio suelo.

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