Atrapasueños, la pesadilla de las compañías infantiles en Cuba

«Ayer es nunca jamás

y hoy es siempre todavía.»

Antonio Machado

En los barrios del país está la poción mágica que no se encuentra en las tiendas en MLC ni en el paquete de la semana. Cada esquina se puebla de niños jugando a las bolas. Niños oyendo la última canción del reparto. Niños que regresan de la escuela con el uniforme impecable después de ensayar el matutino escolar del día siguiente. Niños escapando, acaso sin saberlo y mientras puedan, de la amargura de crecer.

Es probable que muchos de ellos fueran alguna vez a una tarima improvisada en un parque, a una Tribuna Abierta, o se sentaran frente al televisor para ver a otros semejantes bailar una danza típica o cantarle a los héroes y mártires de la patria.

Algunos de esos niños con ciertos talentos han sido «salvados» por Proyectos Comunitarios que han logrado combinar la poción mágica con la técnica eficaz. La mayoría de dichos proyectos, con décadas de existencia, cuentan con la venia gubernamental, a cambio de que demuestren una tesis. Que los niños cubanos son un ejemplo certero de los «triunfos» que ha alcanzado la revolución.

Ya en 1960, dubitativo por el proceder ideológico que debía tomar la gesta, el Estado cubano produjo el disco Cantan los pueblos… cantan los niños, bajo la égida del Ministerio de Educación, orquestado por Leo Brower y acompañamiento del Coro de Niños de la Biblioteca Nacional.

El fonograma rescataba algunas grandes obras musicales hechas para los niños. Lo grotesco del asunto estriba en algunas canciones del catálogo que pasaron aparentemente inadvertidas, temas que fueron acolchonando hasta hoy el muro ideológico del proceso revolucionario que recién comenzaba. Dos ejemplos claros son «Allá en la playa», la cual hace una apología de Fidel Castro en sus últimas estrofas, y la «Marcha del 26 de Julio». Tal vez el quiste teórico del hombre nuevo tenga sus antecedentes aquí.

Esta correlación unidireccional sistema-niños ha mutado desde aquellas fechas, «potenciando» la creación de compañías artísticas infantiles. Las más conocidas son La Colmenita, Compañía VERDARTE / El hombrecito verde, el Coro Infantil Cascabelito, Arcoíris y Arlequín.

Todas han realizado funciones de teatro, programas de radio y televisión, eventos y homenajes al más alto nivel, dentro y fuera de Cuba (en este último caso, La Colmenita es el máximo exponente). A la misma vez, algunas cargan con un lado oscuro que atentará siempre contra lo que predican.

A la sazón de estos grupos apareció, el 8 de agosto de 2012, una propuesta artística infantil y novedosa, Atrapasueños, la oveja que quiso desligarse del rebaño. Los promotores de este proyecto fueron los jóvenes Luis Dener Hernández González y Laura Teresa Guerra Marín, cuando aún eran estudiantes de Pedagogía y Derecho, respectivamente.

Niños de Atrapasueños/Foto: halmas.org

En la actualidad, ambos residen en el extranjero. Años antes, habían pertenecido al Grupo Demóngeles, fundado en 2006. Demóngeles estaba constituido por jóvenes que aunaron fuerzas para impulsar un movimiento artístico independiente desde y para los barrios más olvidados. Interesados en reprogramar la sociedad cubana, buscaban reivindicaciones sociales bajo el ideario martiano. Demóngeles terminó convirtiéndose en un dolor de cabeza para la Seguridad del Estado y finalmente, unos tres años después, fue desmantelado.

Con el fin desintoxicarse de la vida política, lo que les trajo enfrentamientos entre amigos y familiares, traiciones y destierros, el grupo creó un proyecto musical donde las canciones partieran desde la perspectiva de los niños para describir y contar historias que abordaran tanto la realidad infantil como las ocurrencias y fantasías típicas de esa edad. Querían defender la música cubana, y la conjugaron con otros ritmos no habituales dentro de la tradición de la canción infantil. Había un objetivo claro: ninguna alusión política en sus textos.

Luis Dener tenía un conocimiento musical básico. Había colaborado con el grupo de rap Los Aldeanos, con quienes llegó a grabar par de temas. En 2008 obtuvo el premio al mejor Intro del disco El Atropello en el Festival de Rap Puños Arriba.

El proyecto fue conformado con niños sin ninguna formación especializada. Iniciaron cinco, con edades entre 6 y 14 años. Casi todos provenían de escuelas del barrio de Nuevo Vedado, zona de residencia de Luis. Su casa se convirtió en el sitio de las audiciones y ensayos.

A los muchachos, ayudados en un principio por la profesora de música Daysa Fonts González, les bastó con lo que tenían a mano, una vieja computadora, un par bocinas para amplificar, algunos backgrounds y el apoyo de sus familiares. Los puntos temáticos de partida eran la naturaleza, las mascotas o, rara vez, situaciones cotidianas. Luis, autor de cada uno de los temas y Laura, encargada de la afinación y arreglos musicales, abrieron el diapasón e involucraron a los niños en un trabajo conjunto, utilizando y respetando sus códigos y el universo particular de cada cual.

El proceso para montar una canción podía llevar meses. Los conversatorios y debates entre los muchachos y los niños, acerca de sus motivaciones e intereses, eran la piedra angular de las composiciones. Según Luis Dener, residente hoy en Noruega, el objetivo principal es que los niños aprendieran a conocerse y reconocerse entre ellos. «Fue un trabajo arduo», confiesa. «A pesar de que el rap era la base melódica de los temas, ya que permite utilizar inflexiones de la voz y la forma de hablar de ellos, se mezclaban varios géneros. Poco a poco aprendieron a diferenciar un perico ripeao`de un merengue, una rumba de una conga, un blues de un bolero, un rocanrol de una balada pop. Aprendieron a moverse en el escenario, a explotar sus histrionismo, a cantar en vivo, a compaginar el arte con la escuela, prioridad uno para nosotros, y a que el fracaso podía ser visto también como una victoria».

Luis adoptó para los niños el método Stanislavki de actuación, aun cuando el sistema de enseñanza advierte que no debe ser usado en ellos, puesto que el actor depende de la memoria emocional y se apropia de sus vivencias para contextualizarlas en escena.

El montaje de cada pieza era pura diversión. Los niños se aprendían la letra y a partir de ahí teatralizaban, declamaban, decían y corrían de aquí para allá, con los ojos cerrados, en mímica, hasta que adecuaban el texto a su forma de expresión más directa. «Los niños son muy directos, y es justo ahí donde cada uno fue definiendo su estilo», explica Luis. «Nosotros solo éramos el embudo de sus talentos. Hasta que no quedaran satisfechos, felices con sus canciones, retratados, no empezábamos a montar la próxima».

Atrapasueños no contó nunca con apoyo de ninguna institución del estado. Se autofinanciaban. Luis trabajaba como albañil y vendedor de prendas de acero quirúrgico. Laura apoyaba con el dinero de su estipendio o de su salario de recién graduada. Así sobrevivía el proyecto. En 2013 tuvieron sus primeras presentaciones en las escuelas de la zona. Otros niños se interesaron por el proyecto.

El II Festival Creciendo en el Hip-Hop, realizado en junio de 2013, protagonizado por niños y adolescentes hasta 18 años, los sacó del anonimato. «Por favor» y «Los mosquitos», canciones que conformarían su primer CD, La Fiesta del Siglo, ganaron sendos premios en sus categorías. La creciente visibilidad del proyecto-compañía entre el público más joven y especialistas del gremio rapero les permitió competir un año después en el XXIII Festival de la Canción Infantil Cantándole al Sol a nivel provincial.

Se presentaron con otros dos temas, «La fiesta del siglo» y «Los abuelos», y no hubo discusión por parte del jurado. La Sala Covarrubias del Teatro Nacional cerró por capacidad. De 900 votos para elegir la canción de la popularidad, 857 fueron para «La fiesta…». En la categoría de mejor composición, «Los abuelos» conquistó a la crítica. Con estos importantes lauros comenzaron las trabas: justificaciones absurdas, doble moral, la mano negra de la política.

En la fase final del Festival, a nivel nacional, no los dejaron presentarse por motivos contradictorios. «El festival premia las composiciones y no a los niños, llevándolos a un segundo plano y subvalorándolos. Además de que, según la presidencia, las líneas de las canciones presentadas no se correspondían con los códigos que trabaja el evento», dice Luis. Sin embargo, las bases del festival aclaran que las temáticas de las canciones son libres siempre que sean inéditas. Hubo reclamaciones y tiempo de espera, pero todo fue en vano, o casi todo.

Niños de Atrapasueños/Foto: halmas.org

«Comenzamos a participar en espectáculos del Coro Infantil Cascabelito (Premio Nacional de Cultura Comunitaria 2020) y de la compañía El hombrecito Verde (en el 2020 se televisó su espectáculo Fiesta Infantil Animada Fantasía, dedicada a homenajear a Fidel Castro, según palabras de Jorge Pedro Herrera Mederos, director de la compañía). Ninguna, dicho sea de paso, nos pagó comisión alguna. Quizás lo veían como un favor hacia nuestros niños. Durante mucho tiempo después estas compañías tomaron nuestras canciones y las incorporaron a su repertorio, acaso haciendo playback y olvidándose del derecho de autor», explica Luis Dener.

A pesar de la censura, la aceptación de Atrapasueños era tanta que los invitaron a grabar los programas infantiles Alánimo y La Palangana. Otros, dedicados al público adolescente y adulto, también les abrieron las puertas. «Primero fue Cuerda Viva. Ese programa de nosotros nunca lo pusieron», lamenta Luis. «Y luego 23 y M, en una edición especial por el Día de los niños. Ahí, junto a los músicos Ernesto Blanco y Yoyo Ibarra, rompimos los preceptos de no cantar en vivo». Uno de los temas fue «La fiesta…», única composición que pudieron grabar en un estudio profesional como EGREM. «A la presentadora del espacio, Edith Massola, le halaron las orejas por llevarnos a su programa. De eso me enteré después. Ella no tenía conocimiento de quiénes éramos nosotros, o para decirlo bien, quiénes éramos para la Seguridad del Estado, porque para ese tiempo habíamos renegado del activismo político».

A título personal, artistas y personalidades como Kiki Corona, importante compositor de música infantil y Carlos Alberto Tin Cremata, director de La Colmenita, se interesaron por la novedad y el atrevemiento contenido en la propuesta de Atrapasueños. Prometieron villas y castillas, pero todo quedó en palabras. El mecenazgo ideológico se imponía. «No obstante», aclara Luis, «entre los planes del grupo no estaba colaborar con La Colmenita, tampoco adoptar sus métodos y principios, que considerábamos contrarios a los nuestros».

Atrapasueños utilizaba conceptos minimalistas sin andamiajes ni disfraces. No sexo, no violencia, no racismo y no circunstancias políticas o históricas. «Solo era necesario un beat y el acocán de los niños. No fuimos mejor ni peor que el resto, simplemente éramos distintos en las formas. Algunos de esos niños terminaban convertidos en autómatas (aunque es válido decir que buenos actores dieron sus primeros pasos allí), sin identidad propia en el escenario. Bailaban, cantaban, tocaban instrumentos musicales y declamaban de la misma manera, sin matices. No les daban espacio a la creatividad. Sus espectáculos llenaban el escenario por completo, haciendo de la tarima un horror vacui. En ese tipo de enseñanza el niño no es el protagonista, tan solo es un modelo prefabricado».

Una de las últimas interpretaciones grabadas de Atrapasueños fue una canción dedicada a La Habana por su aniversario de fundación. Al día de hoy, muchas compañías infantiles aún plagian el tema, que mezclaba géneros tan aparentemente lejanos como la conga, bolero, rap y rocanrol y formaría parte de lo que pudo ser su segundo disco. La propuesta fue nuevamente denegada.

Las instituciones seguían tras los pasos del grupo que, contrario a lo que simboliza su nombre, se había convertido en la pesadilla de las compañías infantiles en Cuba. Todas y cada una de ellas, de una manera o de otra, le habían declarado la guerra. En escena dejaron de salir niños rebautizados con los nombres que ellos mismos habían escogido, Shila Mochila, Nani, Pepito, Pocholo.

Con la desaparición de Atrapasueños el gobierno podía seguir durmiendo en paz, porque el futuro de los niños seguía en sus manos, desde «Es la hora de gritar Revolución» de Kiki Corona hasta la «Soberana» del Coro Diminuto y el «Patria y Amor» de la Casa de la Décima de Mayabeque, donde la muerte y Fidel Castro son el leitmotiv de las espantosas letras.

Ninguno de los chicos de Atrapasueños, algunos convertidos en padres hoy, labró su camino en el mundo del arte. Luis y Laura, a su vez, observan desde la distancia el país que aún destruye a quienes intentan convertir la isla en un atrapasueños distinto, haciéndonos creer que esta pesadilla es la mejor de todas.

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