Canal Habana: De errores, nepotismo y oportunismo (II)

Camila Acosta, la autora de esta nota, como reportera del Canal Habana, hace varios años (Foto: Cortesía)

LA HABANA, Cuba. – Trabajar en la Televisión Cubana (TVC) garantiza ciertas comodidades: periodistas y presentadores pasan la mayor parte del tiempo en estudios climatizados; los transportan a la mayoría de las coberturas periodísticas, les dan teléfonos “petroleros” (con saldo para llamadas e Internet gratis) y tablets; generalmente cuentan con buenas computadoras en sus centros de trabajo ―también con acceso gratis a Internet―, y a algunos, incluso, los conectan a la red de redes en sus propios hogares.

Pero ello acarrea una serie de parámetros con los que todos deben cumplir. Uno de ellos, el principal, es subordinarse a la política de comunicación del Partido Comunista de Cuba (PCC). Si se tienen dudas al respecto, basta leer la Política de Comunicación Social del Estado y el Gobierno cubanos, dada a conocer en julio de 2019.

El principio general de este documento es que el PCC “es rector de la comunicación social del país, traza la política general para su desarrollo y ejerce su control”. 

En mi tránsito por Canal Habana, entre septiembre de 2016 y abril de 2018, pude corroborar esto. Los funcionarios del Departamento Ideológico (DI) del PCC provincial orientaban toda la política comunicacional de “Habana Noticiario”, nos transportaban y acompañaban a muchas coberturas, nos hacían “recomendaciones” sobre cómo enfocar el tema, funcionaban a veces como especie de productores de noticia (buscaban a los entrevistados), y revisaban los trabajos antes de salir al aire. También constaté que diariamente revisaban los contenidos que se transmitían y al día siguiente te elogiaban o hacían otras recomendaciones. 

Eran frecuentes, por ejemplo, los recorridos con Lázara Mercedes López Acea, entonces primera secretaria del PCC en La Habana, por diferentes lugares de la capital para “constatar los avances productivos”.

Uno de estos personajes del DI del PCC provincial era Tony, el típico “perfecto idiota” del que todos en la redacción se burlaban; algunos incluso se preguntaban si no tendría algún retraso mental.

Otro de ellos ―no recuerdo su nombre―, en uno de esos acompañamientos, me confesó que debía irse antes porque le iban a “resolver” combustible en la sede del PCC provincial.

En una cobertura noticiosa, un funcionario del DI del PCC me llevó a una panadería ubicada en el reparto Bahía, en Habana del Este. La orientación era desarrollar un reportaje sobre el centro pues había ganado, por enésima ocasión, la distinción Vanguardia Nacional. Mientras entrevistaba al administrador en el local que funcionaba como almacén, varios ratones me pasaron por el lado. Nada de eso salió al aire ese día. Los reportes periodísticos son para exaltar, no para criticar.

Uno de los requisitos con los cuales deben cumplir los colegas de medios oficiales es pasar por un curso de preparación militar e ideológica, organizado, nada más y nada menos que por el PCC. Durante 15 días, nos obligan a vestirnos con el uniforme verde de los militares, prestado, y a asistir a estos cursos en uno de los centros con los que cuentan para ello. En mi caso, fue en uno ubicado en el municipio Boyeros. La amenaza, si nos negábamos a asistir a esos encuentros, era una sanción laboral.

De lo cursado ahí, solo recuerdo que no me sirvió de nada, ni entonces ni ahora, a no ser para percatarme aún más de la cantidad de mentes retrógradas y semianalfabetas que dirigen e integran las huestes militares cubanas. Ah, cierto, también me sirvió para convencerme aún más de que ese no era mi camino. De hecho, poco después de esa experiencia, pedí la baja laboral de Canal Habana.

Dudo mucho que a ese curso haya asistido Vanessa López Hidalgo, la hija y nieta, respectivamente, de Vania Hidalgo y Caridad Bermúdez, quienes dirigen el programa “Habana Noticiario”.

También sospecho que le hayan pasado la mano a “la niña” linda del canal, luego de su terrible error al promocionar en la TVC el capitalismo, ese sistema antagónico al cubano. A la joven solo la separaron, según cuenta la fuente, del área de los reportajes informativos, pero sigue conduciendo el programa “Todo Pop”.

No estoy abogando por que se le aplique una sanción más severa. Solo pretendo que con estos ejemplos, que he narrado acá, se entienda el intríngulis o funcionamiento de algunos de los medios oficiales cubanos, en este caso Canal Habana. Y más en momentos en que constantemente atacan a periodistas y medios independientes.

De amenazas y censura

Cierto día, mientras editaba un reportaje para el noticiario, me mandan a buscar de parte de la subdirectora, Marta Julia Pérez Peraza. Al llegar a su oficina, estaba con ella un muchacho joven, alto, trigueño y bien parecido. Marta Julia me dijo que él quería hablar conmigo y de inmediato nos dejó solos. Este joven se identificó como Alejandro o Ernesto, no recuerdo bien, me dijo que era el oficial del Ministerio del Interior (MININT) que atendía al Canal Habana.

―Esta reunión la hacemos con todos los periodistas nuevos, solo quería conocerte y explicarte algunas cosas, pero veo que estás ocupada, así que mejor me das tu teléfono y te llamo otro día para conversar.

―Estoy editando pero no es problema ―le dije―. Dígame qué quiere.

Pero él insistió en que mejor conversáramos en otro momento; me llamaría para coordinar el encuentro. De él no supe más nada ni lo volví a ver. Me llamó la atención que se presentara cuando ya llevaba más de seis meses trabajando allí, es decir, no era nueva. Luego pregunté a otros colegas y ninguno había pasado por eso. 

Poco antes había comenzado una relación amorosa con un opositor cubano, así que supongo que la intención de esa reunión era hacerme saber que ellos sabían en qué andaba.

Detrás de “Noticiario Habana”

Caridad Bermúdez, guionista y directora general de “Noticiario Habana”, y su hija, Vania Hidalgo, productora general del mismo programa, son fundadoras de Canal Habana. 

Hidalgo es productora de varios programas en el mismo telecentro, por los cuales cobra considerables sumas. Otro de los privilegios del cargo. Caridad Bermúdez funcionaba además como especie de censora. 

En noviembre de 2017, Caridad me orientó desarrollar un reportaje sobre la Revolución Socialista de Octubre, como forma de conmemorar la fecha. Lo hice, hablé del triunfo de los bolcheviques en 1917, de Lenin y, por supuesto, de Stalin, de sus crímenes, de la caída del Muro de Berlín y del campo socialista. 

Poco después de entregar el material me llamó a su oficina.

―Hasta aquí está muy bien ―dijo refiriéndose a la primera parte del audiovisual, la relacionada con la versión feliz y triunfalista de la Unión Soviética―. El resto puedes quitarlo ―ordenó.

Caridad es una viejita baja de estatura y fumadora empedernida. Al principio vi que algunos la trataban con respeto y pensé que era debido a cierto intelecto o prestigio; luego observé cómo varios de esos mismos hablaban mal de ella “por detrás” y hasta contaban ciertos chismes de antaño. 

Poco más de un año llevaba trabajando en el lugar y ya me había decepcionado de todo y de todos. Por un lado estaba la amoralidad y la hipocresía como ingredientes necesarios para escalar y con lo cual no me identificaba; por otro, la censura y falta de libertades de expresión. Llegué a sentir vergüenza de mí misma.

También estaba la cuestión económica. En ese entonces, apenas cobraba 500 pesos mensuales (unos 20 dólares), los que apenas alcanzaban para pagar la renta. No concebía el haber pasado cinco años estudiando y pasando miles de vicisitudes en la Universidad, ocho años en total si cuento además los tres de estudio en la Escuela Vocacional Lenin, lejos de la familia, para terminar dependiendo aún de mis padres y sin posibilidades reales de cambio, a no ser que entrara en el mismo juego de la mediocridad, la hipocresía y la superchería.

A veces me pasaba horas, aprovechando el acceso a Internet, buscando becas para estudiar en el extranjero; era esa la única vía que vislumbraba para huir del tedio y las frustraciones. Luego supe de la existencia de medios alternativos/independientes y la llegada a ellos fue mi salvación.

Hoy sigo en Cuba, haciendo periodismo, lo que me apasiona, sin necesidad de tener una “palanca”, ni buenas relaciones, ni lamerle las botas a nadie, ni de mentir para así “resolver” o escalar en el gremio. Lo que tengo y lo que soy me lo he ganado con mi esfuerzo y dedicación al trabajo que desempeño. 

Y si mañana me equivocara en la elaboración de algún contenido en CubaNet, lo peor que tendría que afrontar sería la pérdida de mi credibilidad como profesional. Y, de seguro ambos, el medio y yo, aclararíamos las dudas de los lectores y nos disculparíamos públicamente. Es así como funciona el mundo libre.

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