Carmelo Mesa-Lago examina la era raulista

Carmelo Mesa-Lago, uno de los principales analistas de la Revolución Cubana (Foto: Wenceslao Cruz/YouTube)

LA HABANA, Cuba. – No es fácil entender lo que ocurre en Cuba después que, tras 50 años de dictadura militar, sus dos gobernantes principales reconocieran parte de los errores cometidos durante todo ese tiempo, pero, aún así, el mismo gobierno continúa en el poder.

Carmelo Mesa-Lago (Cuba, 1934) es un catedrático de la Universidad de Pittsburg. Como especialista en Economía y Estudios Latinoamericanos fue capaz de conocer a fondo el intríngulis cubano, hasta convertirse en toda una autoridad mundial de la historia económica, política y social de la Revolución castrista. 

Cuando comenzaron a ocurrir determinados cambios en Cuba ―llamados por Fidel Castro “Batalla de Ideas”― ante la peor crisis económica sufrida en la ya vieja dictadura, y Raúl Castro se hizo cargo de la dirección del Gobierno, el doctor Mesa-Lago se interesó en analizar las consecuencias de la nueva política. De ahí surgió su libro Cuba en la era de Raúl Castro.

Confiesa Mesa-Lago que, debido a su análisis, ha recibido críticas de los dos extremos y ha sido forzado a envolverse en polémicas en el plano personal, pero tiene la satisfacción de haber contribuido a elevar el nivel académico del debate, tanto dentro como fuera de Cuba. Por último, expresa en el preámbulo del libro el deseo de que su análisis sobre las era raulista conduzca a una convivencia entre cubanos de adentro y de afuera. 

En los años 60 ya se sabía que el modelo soviético de planificación centralizada sería un fracaso para Cuba. Lago-Mesa insiste en este punto, precisamente porque Cuba contaba con una economía dependiente del azúcar, se enfrentaba a un éxodo de administradores de empresas, falta de planificación y de estadísticas y un plan de industrialización que requería de insumos importados, imposibles de obtener. 

El autor hace también referencia al doble fracaso que sufrió Cuba en 1970: el plan azucarero y la “creación del hombre nuevo” en combinación con un severo deterioro económico, más el fracaso de las guerrillas con la muerte del Che Guevara dos años antes. Todo esto condujo a una tímida oscilación hacia el mercado, la única alternativa que tenía el país. De esta forma, los viejos dictadores se desviaron del modelo convencional soviético y patrocinaron “el foco guerrillero” en busca de ganar el poder en América Latina.

Mesa-Lago continúa exponiendo que, en agosto de 2006, cuando Fidel Castro transfirió el poder a su hermano Raúl, este último pronunció un discurso en el que analizó la grave situación que atravesaba el país y la necesidad de hacer reformas dentro de los parámetros socialistas, a las que Mesa-Lago llama “de poca monta” o inútiles, puesto que en 2012, Fidel seguía gobernando a través de sus famosas “Reflexiones”, publicadas en todos los medios de comunicación. 

El “máximo líder” quería proteger su poder. Un año antes Raúl había dicho: “Lo único que pudiera hacer fracasar la Revolución es nuestra incapacidad para superar los errores que hemos cometido durante más de 50 años y los nuevos en que pudiéramos incurrir”. 

Cuba no siguió los cambios que ocurrieron en la URSS a principios de los años 90 del siglo pasado. Fidel y Raúl, junto a su vieja guardia, temían que estos dañasen el espíritu revolucionario y erosionaran el poder y el control de ambos. El resultado fue el empeoramiento de una crisis llamada, eufemísticamente, “Período Especial”. El producto interno bruto cayó un 35%, el racionamiento se extendió, crecieron el mercado negro, los precios, las actividades ilegales, el robo de empresas, el ausentismo laboral y la caída de la productividad.

Cuando Mesa-Lago analiza la era de Raúl Castro y su desempeño económico, entre 2006 y 2012, hace mención de estadísticas que carecen de confiabilidad. Sin embargo, sí es evidente que la pobreza subió y se vio aún más limitado el consumo de alimentos, bienes y servicios básicos. Hubo más privación y deterioro de la vivienda, y pobre acceso al transporte público. 

La Habana se identificó como una zona “de gran pobreza, sobre todo entre los afrocubanos, los ancianos jubilados, los niños, las jefas de hogar, las madres solteras, los habitantes de barrios marginales, los trabajadores de origen obrero, los migrantes de provincias orientales y los que no tienen acceso a divisas”.

A pesar de que no se han publicado cifras desde 2002, se sabe que la pobreza ha aumentado en sentido general y que en los años siguientes, nunca como entonces el PIB había estado tan bajo, ni aún tras el desplome del campo socialista.

En 2008, Mesa-Lago hizo hincapié en la sorpresa de escuchar a Raúl Castro referirse a las viejas deudas contraídas por la Revolución, las que tendrían que pagar nuestros hijos y nietos; y a la eliminación de gratuidades indebidas y subsidios excesivos que resultaban irracionales e insostenibles, en referencia a “las conquistas de la Revolución castrista”, idea de Fidel y apoyada durante años por Raúl. 

Además, el hermano Castro se refirió a la doble moneda, la que habría que eliminar en tres o cuatro años, cuando se obtuviera un aumento notable de la producción y la productividad. Esto se hace ahora, en 202l, más de una década después, cuando no se han logrado producción ni productividad.

El libro de Carmelo Mesa-Lago nos muestra, como bien comentan sus colegas, “una Cuba en la encrucijada, un país que se columpia entre la fidelidad a una Revolución anquilosada y unas reformas que no terminan de cuajar”.

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