Charla 1 con Luis Manuel Otero: opongo un propósito auténticamente moral

Preferiría este libro sin palabras preliminares; que el lector entrase en él con la misma ignorancia e imprevisión de lo que va a leer que caracteriza, respecto al presidio, al sentenciado a cumplir una condena. Pero juicios previos a su publicación me fuerzan a considerar tal preferencia. Debo decir, antes que nada, que no es mi objetivo el logro de un éxito literario más o menos resonante, ya que para ser leído con complacencia hubiera tenido que sacrificar demasiado la realidad, limitando con ello las posibilidades de alcanzar lo que me propongo, y que es la denuncia del régimen penitenciario a que me vi sometido —no por excepción, desde luego— durante doce años.

Bajo este punto de vista —y no habiendo variado en lo fundamental el crimen colectivo que intento denunciar—, considero un deber ineludible describir en toda su crudeza lo que viví. El que acuse estas páginas de inmorales, que no olvide que todo lo que dicen corresponde a un mal existente, a que por lo tanto es éste, y no su exposición, lo que primeramente debe enjuiciarse. El gusto contrariado o el pudor ofendido, que no traten de pedirme cuentas por lo escrito, sino que se las exijan a los que hacen posible, en plena civilización, la existencia de estos antros que gentes ingenuas o criminalmente despreocupadas, insisten en llamar reformatorios. No me interesa quien se sonroje o indigne por la lectura de estas páginas, mientras se considere ajeno a la realidad ominosa que divulgan: a su agitada moral de superficie opongo, en la medida de mi capacidad, el propósito auténtica-mente moral de desenmascarar la ignominia que supone arrojar el pudridero a seres que más tarde o más temprano han de regresar al medio común, aportando a éste todas las taras adquiridas; opongo también la desesperación de esos seres, su dolor humano y su inevitable regresión a la bestia; opongo el interés mismo de la humanidad.

Carlos Montenegro. Hombres sin mujer.

Disculpen el largo del exergo, pero Luis Manuel Otero insistió en leerme por celular la introducción completa del libro que lee en este momento: Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro. «Escucha», me dijo, «esto está letal. He pensado tanto en Maykel y en ti». Empezó a leerme, pero trastabilló con los signos de puntuación, así que lo interrumpí diciéndole: «No, Luis, por favor, si vas a leerme hazlo bien, si no, es por gusto». Empezó a reír y me dijo: «oye, mija, ya yo llevo más de 24 horas sin comer y tomar agua, la boca empieza a resecarse». Fue casi la única vez que hablamos de la huelga. En la medida que avanzó en la lectura se concentró más y yo entendí mejor. También entendí por qué Luis me leía. No quería reproches y mucho menos largos intentos de disuasión.

El final de la lectura me emocionó. Traté de barajar diciéndole que entendía por qué había pensado en primer lugar en Maykel, pero que realmente ahí estábamos todos. Cuba era justamente como un reformatorio gigante. «Así mismo», me dijo, «esa es la verdadera vergüenza, la vergüenza que todos llevamos». Hicimos silencio. «Voy a obligar a Maykel a leerse ese libro», dije. «Dale», respondió.

Yo esperaba que me dijera algo que lo incluyera también a él en ese futuro, pero no dijo nada.

«No quiero seguir jugando su juego, yo sé que yo puedo pintar mil obras nuevas, seguir dando el berro, pero es que ya hasta eso sería como una reacción a su desastre. Ellos son inhumanos y quieren llevarnos a todos a un estado deplorable. Por eso me ubicaron en la celda con esos dos personajes agresivos. Al principio yo me resistí un poco y hasta intenté explicarles, pero después comprendí que estaba todo arreglado. Me recogí en una esquina como un ser indefenso, mientras me ofendían y amenazaban. Tú sabes que yo puedo hacerles frente, pero ¿para qué? Yo no quiero la violencia en mi vida, y menos una violencia pre-hecha, ser violento porque se supone que debes serlo. Yo me dediqué a mirar hasta dónde serían capaces de llegar, hasta dónde esas orientaciones recibidas iban a obligarlos a sacar lo peor de sí mismos. Fue de las experiencias más desagradables de toda mi vida, lo que más sentía es que nunca quiero llegar a ese estado, convertirme en eso».

«Supimos que habían estado tocando tu puerta ayer», le dije. «¿Te dejaron en paz después?» «Sí, se fueron. No les aguanto ni un pujo más. Y fíjate, no es por la lucha ni nada de eso. Siento tanto en mí ahora mismo lo que el régimen logra hacer con todos nosotros: el camino de todas maneras es hacia la muerte o hacia la locura. Estaba creando dentro de mi casa y aun así no entendieron, ¿qué va quedando?, ¿dónde me meto?, ¿traspaso las paredes?, ¿pienso las obras y las hago solo en mi mente? Yo soy un artista y para eso hay que ser libre. Yo soy lo que siempre quise ser. Ningún pajarito volando o musaraña me va a llevar a mí hacia lo que no soy, ni millonario, ni salir de Cuba, esas cosas que la gente quiere habitualmente».

Quise interrumpirlo y decirle que creía que ese espacio privado suyo ya había adquirido categoría pública, pero era él quien me interpelaba: «Tú lo sabes, lo sabes por ti misma, uno se va de Cuba y sigue con eso dentro del pecho, y no es nacionalismo ni esas cosas cheas, es como una deuda, algo que debe ser hecho y no se hace, algo que uno de todas formas quiere hacer, quiere terminar. No quiero ser un fantasma cívico. No permitiré que me lleven ahí».

Tomó aire, lo imaginé cansado y pensé que tal vez era mejor que se callara, pero estaba muy emocionado.

«El otro día hablábamos de Martí, ¿recuerdas?, con los acuartelados en el chat. Tú decías que Martí nunca había sido más feliz que al volver a Cuba, y luego murió. Pero lo que creo de eso es que en cada poema de Martí uno puede hallar el rastro de ese camino. No quería morir, yo tampoco, pero él sabía que ese era el camino. Tenía confianza en su cuerpo, incluso en su cuerpo sacrificado. Ellos nos dieron su amor. Nos dieron su amor. No soy ellos, lo sé antes que me lo digas. Pero yo también quiero dejar algo. Decidí transformarme en otra cosa. Quiero regresar siendo granizo, agua para las plantas, algo de luz, me voy a transformar en luz, porque yo no soy esto de ahora».

«¿Quieres que te cuente de una montaña de almas sobre la que leí el otro día en el doctorado?, le pregunté. «Verdad, tu doctorado. Después de que termines vas a poder viajar por el mundo como siempre has querido». «Vagar por el mundo», repetí yo. «Íbamos a ir juntos a Etiopía, prometiste que lo pagarías, para que yo pudiera ver las iglesias excavadas en la piedra». Se rió porque tocaba reírse y me pidió que le hablara de las almas de la montaña, que eso le interesaba.

«Son lo nahual, creen que cuando un niño nace al mismo tiempo nace un alma no humana que vive en esa montaña. Es una montaña curiosa porque tiene trece pisos, es como una ciudad moderna, con roles administrativos y todo; con la peculiaridad que todo allá adentro es imaginal, no tiene materia, son proyecciones de las almas. Siempre hay un camino que se extiende después de la muerte, y esas almas no humanas pueden, de hecho, reencarnar».

«Me encanta», me dijo. «¿Mañana puedes hablarme más de eso? Y mira, también debes ver una serie que ya terminé. Se llama Black Mirror». «Yo no veo series, Luis, sabes que me aburren». «Esta te va a gustar. Cada una es una historia independiente, como una pequeña película independiente. Y yo creo que la talla es buscar con cuál de todas uno se identifica.» «¿Qué quieres, que yo busque la mía y te cuente y así haces lo mismo?» «Sí, dale. Lo malo es que ya yo la vi completa y tú no has empezado, no sé si dé tiempo. Tendré que darte una pista, creo que la tuya es una de unas cucarachas rebeldes». «Sabes que no puedo, no me vas a mandar a ver cucarachas. Además, si son historias independientes, ¿qué las une?»

Hizo una pausa, un sonido largo y se calló la llamada. No podía creerlo. Había olvidado que hablábamos por larga distancia porque Luis no tiene internet hace semanas. Cayó sobre mí de golpe todo lo que me gusta hablar con Luis de cosas aparentemente sin importancia, cosas delirantes. Entrar por un lugar a la conversación y salir por otro impredecible. Disculpen todos los amigos a los que les he contado en los últimos días la historia de la montaña de las almas nahual, pero debía repetirlo para Luis. Yo creo en el poder de la repetición.

Sonó el teléfono y era Luis de nuevo. Cuando la cogí fue directo al punto, así que me di cuenta que había aprovechado la interrupción para pensar su respuesta: «Lo que une las historias es justamente la manera en que están hechas, esa manera es una posibilidad de futuro. Es como mi pincha. No hay nada nuevo, solo una postura. Esa postura lo es todo. Es como un tejido donde es el hilo el que está de pinga. ¿Entiendes?» «Creo que sí. ¿Al final todo se trata de decisiones no?»

«Pues sí», me dijo. «La libertad es decidir. Ya yo cumplí aquí, ahora quiero conectarme con lo que puedo ser. Vamos a dejar al Universo ahora». «Está bien, Luis. A mí no tienes que convencerme de nada. Mañana hablamos de Black Mirror». «Una última cosa». ¿Tú crees que Martí y Maceo y todos ellos están aquí, no? ¿Que podemos acceder a ellos? «Sí, claro», respondí. «Todo podemos tocarlos con solo extender la mano».

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