Charla 2 con Luis Manuel Otero: opongo mi soledad plena a la multitud vacía de afuera

Dios de mi casa y de mi sangre

familia negra en la que no hubo

mezcla alguna:

negros los ojos, la piel, el pelo duro

y el alma puro

casi salvaje, porque

el origen era la selva.

Hablo

de los que me antecedieron

¡Qué pobreza de hogar!, en las paredes

solo un retrato. Colgaba un Cristo rubio,

impuesto

sobre la piel a quemadura, desde

quién sabe cuándo.

Y así, las cosas

no entran o entran mal.

Pero a ese pobre hubo que amarlo,

nos daba pena verlo

no sabiendo qué hacer: si bendecirnos,

morir de nuevo o huir.

Éramos, somos buenos, así que

casi por lástima lo aceptamos,

lo dejamos así, en su sitio eterno.

Pero en la sangre, a su albedrío,

frenando potros o soltándolos,

fundiendo soles, apretando lunas,

saliendo, entrando y, como el viento, nunca

tranquilo,

un solo rey universal: Olofi.

Georgina Herrera

—Soy yo —le dije a Luis Manuel—. ¿Cómo estás?

—¿Viste Black Mirror?

No pude. Traté, pero no pude.

Él refunfuñó.

—¡Lo siento, estoy en mil cosas, en parte porque a alguien se le ocurrió morirse por todos los cubanos!

—No, no —dijo riéndose—. Esto es mío, solo mío.

—¿De verdad prefieres estar solo? Cuéntame de tu soledad ahí. ¿Han cambiado las cosas a tu alrededor? ¿Ha cambiado tu cuerpo?

—Creo que todavía no mucho. Me dolía un poco la cabeza y tú sabes que uno se va poniendo débil, pero estoy fresco. El ambiente sí creo que ha cambiado. Tengo mi microcosmos aquí. Estoy habitando el lugar de manera diferente. Algo me acompaña. Pero igual quiero permanecer solo, al menos por ahora. No quiero a nadie presionando.

—El contraste debe ser muy grande entre ese microcosmos tuyo y lo que hay afuera. Las imágenes que nos llegan son muy feas.

—¿Sí? Me imagino. Es por eso que quiero resguardar mi paz. Ya los superé. Tengo esta soledad plena que es mucho más que esa multitud vacía de afuera.

—Creo que te entiendo. Desde que llegué a México he pasado mucho tiempo sola. Casi todos los días sola, día tras día. Es bueno pasar por eso. Entender, incluso desde el cuerpo, que nacemos solos por alguna razón.

—No nacemos tan tan solos. Recuerda la montaña de almas de la que me contaste ayer.

—Ja, verdad que tú te apropias de todo. Mira, hoy tengo para leerte un poema que adoro y tú vas adorar también. Es de Georgina Herrera, de la que tanto te he hablado. Para mí es la mejor poesía ahora mismo en Cuba, de alguien vivo. Además, ella vive sola hace mucho, con toda su espiritualidad y sus recuerdos. Pienso en ti ahí y pienso en ella. Y pienso en toda esa maravilla que también nos precede. No puedo dejar de creer que somos un pueblo grande.

—Yo también lo creo, de hecho. Recuerdo que una de nuestras primeras conversaciones fue sobre eso, sobre nuestro amor por Cuba. Fue cuando Alicia Alonso murió. Me dijiste que con esa muerte se cerraba una Cuba. Tú fuiste y yo no fui porque me sitiaron. Me dijiste que iba a través de ti. Me mandaste un girasol por WhatsApp.

Sentí tristeza de momento. Parecían recuerdos que pertenecieron a otra vida. Le leí el poema «Dios de mi casa y de mi sangre». Me dijo que el principio era una joya y nos pusimos a hablar de la valentía que entraña reconocerse negro sin mezclas, en un país donde todo, la nación misma, parece montada sobre el mito del mestizaje. Y que conste que cuando decimos mito no estamos hablando de mentira. Está clara la importancia del criollo, pero hay mucho más ahí, siempre hay más cuando uno se acerca bien a un fenómeno y lo mira de cerca, o mejor, lo vive de cerca. Le pregunté qué le parecía la forma en que ella se referían al Cristo de la sala.

—Hay un desenfado, una piedad ahí —le dije luego—, una flexibilidad que a veces ha desconocido Occidente, ¿no crees? Y sin embargo, al final hay un anclaje claro a la fuerza verdadera que es reconocida desde las entrañas. Hay una postura. Como me decías ayer de tu obra. Lo peor que pudieron quitarnos fue la claridad de tener y mantener una postura. A veces creo que nos quitaron el orgullo. Y tal vez eso ayudó a desmantelar las identidades pequeñas en nombre de una gran identidad general e igualitaria. Te juro que nunca más quisiera oír la palabra igualitaria en mi vida. ¡Qué de falsedades juntas se amalgaman ahí! Vamos a soñar un país donde cada uno sea distinto, en todo, personajes únicos de una historia única. Ya no más Cristos rubios en las salas de nuestras casas. Cristos sí, por supuesto que sí, pero Cristos diferentes, de todos los colores y formas. A nuestra imagen y semejanza, lo mismo que somos a imagen y semejanza de él y el Padre.

De repente paré. Me di cuenta que estaba exaltada.

—¿Luis? ¿Estás ahí?

—Sí. Yo también me sentí irritado en un momento del día. Pero después me calmé. Recuerda, no podemos dejar que nos lleven a su ruedo.

—Lo sé, pero a veces olvido dejar a los demás a su ritmo. Creo que las personas tienen miedo de su responsabilidad y de su libertad. Soy hija de Yemayá, así que es mi naturaleza ser maternal. Me lo explicó Manuel, que también es hijo de Yemayá.

—¿Cuál Manuel? ¿Nuestro Manuel? ¿El payaso?

Sí, ja, Tenía que ser un payaso quien me explique las cosas a mí para creerlas sin chistar.

Luis se rió mucho, una risa clara y alta, como si la huelga no existiera. A mí se me quedó en la mente eso de «nuestro Manuel», porque sabía que estaba detenido en ese mismo momento, pero no se lo dije a Luis. Mantenerlo riéndose estaba bien.

Parece que pensaba lo mismo, porque empezó a fabular con la imagen de Cristo, lo mediática que era, y que, si hubiese tenido un hijo inmortal, ese hijo fuera la persona más rica de la historia de la humanidad. No paraba de reír, incluso sabiendo que era una bobería todo aquello. «El hijo de Cristo es millonario». Seguimos fabulando sobre la vida del hijo que no podía existir, inventándole ocupaciones, actitudes, anécdotas. 

Yo también aportaba a la fabulación, pero seguía pensando en Manuel, en Maykel, en Carolina, en Iliana, todos sitiados.

—Hemos creado una comunidad, Luis, ¿te das cuenta? Tremendas fajazones, pero al final son fuertes los lazos que hemos construido y seguiremos construyendo. No puedes ver a alguien muriendo y después desentenderte de él. La vida es oportunista siempre, pero la muerte es desinteresada hasta la desnudez. Vamos a ganar esto con cuatro gatos. Cada uno es un poder enorme. Cada uno es todo el poder que necesitamos.

—Así mismo. De eso se trata Black Mirror, por eso tienes que verla. Olvídate del que anda por ahí con una huelga y hazme caso.

—Parece que cerrábamos el círculo. Volvimos al inicio de la conversación, ¿viste? Estamos alcanzando la perfección. Vamos a dormir. No te despiertes tan tarde, que todos nos ponemos histéricos.

—¡Ño! ¡Ahora sí cerraste! Ni en huelga dejan a uno dormir la mañana—. Y siguió riendo, riendo, riendo.

27 de abril

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