Charla 3 con Luis Manuel Otero: opongo unas puertas humanas a los círculos concéntricos de la represión

Ya transcurrió el quinto día de la huelga de Luis Manuel Otero. Logró hablarle a la gente y después le tumbaron nuevamente la Internet.

Luis vive en círculos concéntricos que tratan de encerrarlo. Su avatar es escaparse, burlar todos los cercos que le ponen.

Sus hermanas fueron a verlo y tampoco las dejaron pasar. Me dicen las vecinas que se agarraron de la reja de la ventana. Tan fuerte, que rompieron la reja.

Recordé el día en que, al doblar esa esquina, yo también me agarré de una reja para que la patrulla no me llevara. Solo al romperme la uña consiguieron zafarme los dedos. Pensé en Maykel, que rompió las esposas.

Es impresionante cómo el cuerpo se tensa y se transforma en esos momentos de peligro. El miedo no aparece ahí. El miedo es un sentimiento siempre antes de, previo a…

El miedo es el reino del día de antes. Alinear cabeza, corazón y pies es vencer el miedo, es habitar el presente.

***

Luis me llamó hoy. Yo sabía que tenía al fin cómo conectarse, pero quería dejarlo dormir. Cuando me llamó, ya yo había hecho un live e iba a entrar en otro, así que nuestra conversación fue breve y sobre temas prácticos.

—¿Dime de tu cuerpo? ¿Estás muy débil?

—Un poco sí. Pero aguanto. Voy a hacer una directa ahorita. Quiero hablar.

—Ahora trató de llegar David de Omni a tu casa. Muy lindo eso. Habló de que estaba ahí porque no podía dormir. Hay mucha gente que no duerme ahora mismo. Yo no duermo.

—David es gigante. Por eso quiero hablar, para agradecer.

—Ya estamos convocando a todos. Saldremos en muchos países. También dentro de Cuba. Desde ayer están saliendo. Hablé de tu obra del camino de flores. A la gente le gustó mucho.

—Voy a dejar dicho para que la gente la pueda hacer después, aunque yo no esté. Es una obra para hacer en una sociedad en libertad.

—Sí, sí. Y donde haya flores, donde las flores no te cuesten un ojo de la cara. De madre este país, no tenemos ni la posibilidad del espectáculo, superproducciones fuera. De madre que en Cuba la superproducción seas tú.

Trató de reírse. Lo consiguió apenas. Lo hice para eso. Me mandó una imagen que le había enviado una amiga donde él aparecía como un gigante sobre el Capitolio. Fue su respuesta a mi comentario de la ausencia de espectáculo.

—Pero ¿y eso? ¿Quién eres, Godzilla?

—Mira que eres fresca, negritilla. No, en serio, mañana es el día, lo siento así.

Después de eso no supe qué decir. Me admiraba ese optimismo de Luis a toda costa. ¿Qué ves tú que yo no veo? Recordé la serie de las puertas. Había posteado una de esas puertas humanas temprano.

Recordé también los días en que él comenzó esa serie. Las puertas, pequeñas, fueron creciendo y creciendo hasta hacerse gigantes. Luis parecía que iba a desaparecer dentro de ellas mientras las pintaba. Estuvimos hablando de puertas durante días. Yo le contaba de las puertas africanas y su relación con el cuerpo humano. Cómo los orificios del cuerpo humano también eran puertas para ellos, fronteras que encarnan tanto el peligro como la posibilidad.

Yo escogí mi puerta. Una de las más grandes, verde. La escogí porque me recordaba a una señora cansada, arrastrando los pies. De momento era Cuba. Me resultaba tierna, graciosa y triste al mismo tiempo.

Ahora extrañaba también esa puerta. Extrañaba La Habana. A mi familia. Al mar. A Maykel. A mi hijo. Pero sobre todo quería estar con Luis. Tuve el impulso de pedirle que abriera una de sus puertas e intentáramos traspasarla, como una magia. Irnos los dos a esa Cuba que nunca debió desaparecer, la Cuba que todos añoramos y que se forma con los trozos de recuerdos que conseguimos reunir. Pensé todo esto, pero no dije nada. Tenía que entrar al live.

—Después hablamos —dijo—. Trata de descansar otra vez, después que hagas la directa. Recuerda: tú duermes y yo trabajo, nosotros trabajamos.

Después de la directa le quitaron la Internet de nuevo. En la noche supe que le dolía el pecho.

Escribo, escribo, escribo. Es la única forma en que logro calmarme. Todos al final buscan una salida. Hace diez minutos me llamó un amigo, borracho, y me pidió los números de las estaciones de policía. «¿Para qué las quieres?», pregunté. «Para llamar, decir mi nombre, mi carnet de identidad y cagarme en su madre. Ese es mi aporte a la causa». Tuve que reírme. Lástima que no tenía los números. Pero ya tenía algo gracioso que contarle a Luis mañana. Ojalá sea en una conversación real, con alguien vivo, y encontremos una salida que nos preserve a todos. Amén.

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