Con dólares o sin ellos, en Cuba hay miseria para todos

Tiendas en MLC, Cuba, colas
Personas esperando para acceder al mercado de 5ta y 42, en La Habana (Foto de la autora)

LA HABANA, Cuba. – Quien crea que los cubanos que tienen tarjetas en dólares viven un poco mejor, o les resulta más fácil conseguir lo que necesitan, debió ir ayer al centro comercial de 5ta y 42, en Miramar, una de las plazas en MLC donde las remesas de los emigrados se invierten para engordar a la casta verde olivo. “Centro comercial” es, de hecho, una definición generosa para cuatro locales sucios, desordenados, más llenos de la ilusión de los clientes que de productos útiles; especialmente en estos días de tradicional júbilo, que Cuba recibe con un repunte de ansiedad, fatiga y desesperación.

El mundillo MLC es otro calvario de colas interminables, abusos y falta de respeto, donde la posibilidad de comprar un pollo entero de dos kilogramos se convirtió, la víspera de Noche Buena, en el anhelo de cientos de cubanos que hicieron cola en un chiringuito inmundo y mal cuidado por policías, conocido como “La Casa del Pollo”, anexo al realengo dolarizado de 5ta y 42. A primera hora los combatientes anti-coleros habían repartido 180 turnos, dejando en el aire la esperanza de que el producto alcanzaría para otra vuelta de tickets.  

La gente decidió confiar, por aquello de que “más vale pájaro en mano que ciento volando”, y mientras las horas se deslizaban implacables para quienes aguardaban de pie y al sol, la fila para la cerveza se extendía a la entrada misma del centro comercial, y en el mercado la gente iba y venía aturdida entre estanterías medio vacías, u ocupadas con las mismas conservas que antes se vendían en CUC. Los turrones y sidras tan perseguidos en estas fechas, han sido suplantados por latas de petit pois y maíz dulce, frascos de mermelada y bolsas de Corn Flakes

En las neveras se añejaban trozos de carne de res, ennegrecida y carísima, hamburguesas y nuggets de pollo. Por consideración hacia los clientes solo había vinos caros, y quienes rogaron al personal del mercado que vendiera los paquetes de legumbres importadas (chícharos, lentejas, frijol negro, garbanzos) que acababan de descargar, recibieron la indolente respuesta de los que saben que, aunque no hagan su trabajo, los dólares, presos en tarjetas magnéticas, no irán a ninguna parte: “no sabemos si esa mercancía se podrá vender hoy, hay que facturarla primero”.

 

Tener dólares, lejos de constituir una distinción, implica que se le paga más al régimen por el mismo maltrato que se sufre en bodegas, panaderías y farmacias. El descaro, la ineptitud y la falta de empatía parecen multiplicarse para malestar del cliente que no tiene escapatoria, pues el único proveedor de lo poco que hay es el Estado más abusivo del hemisferio occidental. 

En las tiendas en MLC la gente también se pelea por carritos o cestas, y la mayoría se ve obligada a llevar sus compras en brazos. El año se acaba y los cubanos lo despiden sin alegría, tirados en los contenes, custodiando lo que han podido adquirir. Los coleros, gente sabia, llevan almuerzo para soportar la espera. Los que no tuvieron esa previsión husmean en los alrededores solo para comprobar que la crisis ha sacado del juego a los restaurantes y cafeterías cercanos. 

Justo cuando el hambre y el agotamiento ponían a prueba la resistencia de los presentes, aparecieron los empleados de “La Casa del Pollo” para anunciar que el producto se había terminado. Era mentira. Apenas un rato antes habían admitido que quedaba bastante, pero necesitaban un montacargas. Un joven efectivo del MININT procuró mediar entre los organizadores de la miseria colectiva y la masa de clientes insatisfechos que mostraba síntomas de comprensible hostilidad.

La gente se alteró, exigió explicaciones y protestó enérgicamente; pero al final se alejó resignada pensando en el pollito de Noche Buena que no pudo ser. Es el ciclo habitual de ira y fracaso que no conduce a nada, mientras los camajanes negocian por otras vías lo que no se le vendió al pueblo.

El toque de ingenuidad política de la jornada corrió a cargo de una mujer que se sintió especialmente frustrada por haber malgastado su tiempo, y aseguró que a Díaz-Canel había que avisarle lo que pasaba allí para que botara a un montón de gente. Esa pobre federada no se ha percatado de que Díaz-Canel y los restantes panzones del Consejo de Ministros no solo conocen al dedillo el sufrimiento del pueblo cubano, sino que dependen de él para vivir como viven. 

El poder dictatorial que conocemos se ha consolidado sobre generaciones de cubanos desposeídos. Es la dialéctica más perversa imaginable, y su aplicación no cree en fechas festivas, ni billetes con la efigie de Benjamin Franklin. El castrismo es diestro en apretar el garrote vil hasta el último día del año, y dolarizar la pobreza para gusto de quienes creen que la moneda del “enemigo” puede garantizarles menos tribulaciones.

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