COVID-19 y la industria del socialismo en Cuba

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(Foto: Reuters)

LAS TUNAS, Cuba. – El 17 de diciembre de 2020, en la Asamblea Nacional, el mandatario designado por Raúl Castro y el Partido Comunista, Miguel Díaz-Canel, situó a Cuba entre los países que “han logrado controlar la pandemia”, afirmando: “eso sólo se explica porque hemos tenido más voluntad política, más solidaridad, y más justicia social. Más socialismo”.

“Para ilustrarlo con la rotundidad de las cifras”, Díaz-Canel aseguró en su discurso que “el país acumula 1 294 052 muestras realizadas, con 9 771 casos positivos, de los cuales lamentablemente han fallecido 137 personas”.

Según el Diccionario Enciclopédico editado por Larousse, triunfalismo es la “actitud u opinión exageradamente halagüeña que un individuo o una sociedad tienen de sí mismos, o de aquello que se anuncia o comenta”.

Y, nada menos que en el Día de San Lázaro, las palabras de Díaz-Canel fueron “exageradamente halagüeñas”, pues, para esa fecha, Cuba estaba muy lejos, y aún lo está, de haber logrado “controlar la pandemia”.

La pandemia de COVID-19 eclosionó en Cuba el 11 de marzo de 2020, en la ciudad de Trinidad, provincia Sancti Spíritus. Tres turistas italianos, provenientes de la región de Lombardía, fueron las primeras personas detectadas con el nuevo coronavirus SARS-CoV-2 en suelo cubano.

Antes del 3/11, incluso, en días posteriores a esa fecha, el triunfalismo de las autoridades en la Isla promocionaba un turismo saludable en un país libre de coronavirus.

Pero si 9 771 personas fueron diagnosticadas en Cuba con SARS-CoV-2 desde el 11 de marzo y hasta el 17 de diciembre, de las cuales fallecieron 137, “la rotundidad de las cifras”, según palabras de Díaz-Canel, lo desmienten: Ya para el 25 de enero, había diagnosticadas en Cuba 22 614 personas contagiadas y 200 fallecidos, esto es, en sólo 39 días, 12 843 contagios y 63 fallecimientos; algo así como 329 contagios diarios y más de un fallecido cada 24 horas.

Lejos de estar entre los países que “han logrado controlar la pandemia”, Cuba se encuentra hoy con una dispersión del coronavirus inusitada, presente en todos los municipios de la nación, excepto Yateras, en Guantánamo; esto en un país de 11 millones de habitantes, 2 043 620 de ellos personas de avanzada edad y múltiples padecimientos, con riesgos de enfermar gravemente y morir en caso de contagio.

Reseñando los conceptos de “paciente de alto riesgo” para COVID-19, el 23 de marzo de 2020, cuando el 30% de las muertes ocurrían en hogares de ancianos, medios de prensa británicos informaban que las autoridades estaban tomando medidas sanitarias preventivas con un millón y medio de personas en Inglaterra, por tener “riesgo de enfermedad grave e ingreso al hospital”. Pero las medidas preventivas llegaron tarde: Reino Unido es el primer país europeo en superar las 100 000 muertes por COVID-19.

Coincidentemente, el propio 23 de marzo de 2020 publicamos en Cubanet el artículo Cuba, un país envejecido expuesto al coronavirus, donde alertamos: “Según especialistas, las personas mayores de 60 años, sobre todo si presentan patologías crónicas de tipo cardiovascular u otros factores de riesgo como hipertensión, diabetes, tabaquismo, enfermedades respiratorias, cáncer o están inmunodeprimidos, tienen un mayor riesgo ante el coronavirus”.

“En 2018 fallecieron en Cuba por enfermedades cardíacas 25 684 personas, la mayoría mayores de 60 años. Los tumores malignos provocaron 24 902 muertes, las enfermedades cerebrovasculares 9 891 y las neumonías, concurrentes con esta pandemia, y son la cuarta causa de muerte entre los cubanos, provocaron 8 248 fallecimientos”.

“¿Qué sucederá entonces con la envejecida población cubana, potencialmente en riesgo, si el coronavirus se propaga en ella?”, preguntamos el 23 de marzo de 2020, pero no fue hasta el pasado 26 de enero, luego de 10 meses de pandemia, que las autoridades cubanas actualizaron el protocolo para el manejo clínico de la COVID-19 y la atención diferenciada a los pacientes de “alto riesgo”, por su muy posible transición a la gravedad y muerte.

La actualización del protocolo clínico es bienvenida, pero llega demorada en un rebrote en progresión. Si en diciembre 3 675 personas resultaron positivas a COVID-19, entre el 1ro y el 27 de enero pasados, la cifra creció a 11 383 diagnosticados con el SARS-CoV-2, de los cuales 58 fallecieron.

Desde el 11 de marzo de 2020 hasta el pasado 29 de enero, la cifra ascendía a 24 764 personas diagnosticadas con el coronavirus y 210 fallecidos. Pero los récords de contagios suelen romperse de un día a otro: Si, al cierre del 25 de enero el mayor número de infectados durante toda la pandemia fue de 786 personas, ya al día siguiente los contagiados en 24 horas ascendían a 825.

Triunfalistas, los hacedores de discursos dicen, “sabemos hacer las cosas”. Pero el curso de la pandemia, con un rebrote imparable durante el primer mes de 2021, muestra que el manejo de la COVID-19 en Cuba ha sido errático y, en no pocas circunstancias, falto de estrategia.

Si, antes y en días posteriores al 3/11, el cierre de las fronteras y con ella el arribo de fuentes de contagio fue supeditado a la adquisición de divisas por concepto de turismo, al reabrir el país el pasado diciembre, quienes dicen “sabemos hacer las cosas” fueron laxos.

Mientras el mundo civilizado es riguroso en sus fronteras, en Cuba -donde la represión a opositores políticos, comerciantes privados, a ladrones y a ciudadanos honestos es enmascarada con el “delito de propagación de epidemia”, multas y cárcel-, el régimen permitió el arribo de miles de viajeros, sin molestarse en exigirles una autenticación de sanidad fiable.

Y por si esas no fueran suficientes negligencias, demoraron más de 10 meses para diferenciar el manejo del paciente de alto riesgo de las personas saludables. Cuando rectificaron el protocolo ineficiente, entonces lo publicitaron como un éxito de la medicina cubana.

Ese es el encadenamiento de la industria del socialismo en Cuba, construir o contribuir en la producción de descalabros para luego envolverlos con discursos triunfales.

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