¿Cuánto les cuesta a algunos cubanos sentirse “normales”?

LA HABANA, Cuba. – No somos un país ni remotamente “normal”. Los comunistas lo han reducido a la miseria para, entre otras cosas, que la comodidad sea una utopía y el malestar nuestra cotidiana existencia, para que los latigazos que nos dan los sintamos como autoflagelación. 

No me gusta lo que sugiere en cuestiones de comportamiento humano la dicotomía “normal/anormal” pero la singularidad represiva y discriminatoria del régimen cubano hace que, de asumir que existe algún grado de “normalidad” en el mundo democrático, invirtamos el significado de los términos, asociando la diversidad del espectro democrático con lo “normal” y el caso cubano con lo “anormal”, es decir, con aquello que criminaliza y castiga cualquier diferencia ideológica.  

Basta con poner un pie fuera de la Isla para sentir algo así como el regocijo de los presos cuando reciben una “licencia extrapenal” pero, además, la angustia ante el vencimiento del plazo cuando no se tiene bien claro si habrá otra oportunidad de saborear ese sucedáneo de la libertad que son los viajes a “afuera”.

Un amigo médico me hablaba de sus sentimientos encontrados cuando le llegaba la hora de retornar a Cuba, después de terminado su contrato de trabajo en el extranjero. Por un lado deseaba reencontrarse con la familia y los amigos pero, por otro, luchaba consigo mismo para llenarse de valor y no subirse al avión de vuelta “al infierno”. Al final, dice, siempre termina derrotado por los “sentimentalismos” y, en cuanto pisa suelo cubano, es devorado por el arrepentimiento.

“Cuando llegas a Cuba desde el primer minuto empiezas a tropezar con que, para lograr la mínima cosa, es una tragedia, un sufrimiento. Tomarte una cerveza o untarle un poco de mantequilla al pan, incluso comerse el jodido pan, es considerado un lujo; entonces te das cuenta que has cometido el mayor error de tu vida”, me confiesa este amigo doctor.  

Igual he conocido a más de un diplomático que, cumplido su tiempo de servicio en el extranjero, cae en depresión tan pronto como reingresa a nuestra “atmósfera nacional”. 

Tuve una experiencia similar cuando en los años 90, recién graduado de la universidad, salí de Cuba para estudiar en España.  

La sensación que tenemos algunos que vivimos permanentemente en la Isla es que el mundo va por un camino de varias vías y sendas, pero Cuba ni siquiera se encamina por otro, sino que se despeña por un precipicio. 

Estamos conscientes de que vamos a morir si no saltamos antes y nos agarramos fuertemente de lo primero que veamos, porque todo indica que en eso consiste el milagro de nuestra salvación, en saber saltar a tiempo. 

La bendita escapada, el necesario paréntesis en la “anormalidad” aunque simulemos que solo nos vamos como se iría cualquiera en otro país que no sea un desastre total y —donde no habiendo razones para comportarse como fugitivos—, la gente se va “por un ratito”, ya de estudio, ya de paseo o de aventura, de compras o por elección, ¡por lo que sea!, menos por encontrar algún tipo de “normalidad básica”. 

Pero los “anclados” en la Isla, siempre que viajamos en realidad escapamos, aunque sea un poquito y hasta posiblemente de modo inconsciente. 

Incluso el habla popular está permeada por ese encarcelamiento perpetuo a que estamos sometidos y que nos hace comparar el éxito con una fuga. Un cubano que triunfa es un “escapao”, así como “escapa” quien se libra de algo desagradable. Vivimos escapando, huyendo, esquivando el toro pero jamás agarrándolo por los cuernos. 

Como país secuestrado por una ideología política, aislados bajo el pretexto de la “seguridad nacional”, como que un día, hace más de medio siglo atrás, dejamos de estar dentro del planeta y nos convertimos en algo muy similar a la oscuridad inhóspita del vacío. Parafraseando lo dicho por Mark Watney (Matt Damon) en The Martian, somos el espacio exterior, nada coopera, y estamos conscientes de que en algún momento todo nos saldrá mal.

Ese trauma que padecemos no hay modo de superarlo, aunque sí hay quienes han encontrado en la indiferencia, en la simulación, en la ceguera fingida, algunas maneras de maquillarlo. Si cerramos los ojos o volteamos la cabeza hacia otro lugar, si corremos las cortinas o empañamos los cristales, si elevamos un metro más el muro que rodea nuestra casa, si le dibujamos unas rosas y le rociamos ambientador, y si además decidimos tener fe en la nota oficial del noticiero de las 8:00, entonces la Cuba que nos espanta desaparece. 

Asistimos así a una epidemia nacional de indiferencia y, como consecuencia, la simulación está acosándonos en cualquier lugar y en todo momento. En nuestros vecinos, en nuestros amigos y en la familia. A veces hasta en nosotros mismos cuando hacemos mil sacrificios para que la dura realidad nos sea “pasajera”, por ejemplo, cuando pagamos por una taza de café la fortuna que no vale, ya no tanto por el vicio, sino solo por sentir que somos “normales” al despertar en las mañanas.

Entonces, si sumáramos el total de cuanto invertimos a diario para hacer más llevadera nuestra estadía en el infierno, ¿cuánto nos cuesta la simulación y la indiferencia? ¿Nada importa si poco o mucho, porque se trata de un precio que no vale la pena seguir pagando? Y mientras más “normales” pretendamos ser en un contexto donde todo conspira en contra, más indiferentes (y obedientes) tendríamos que comportarnos.   

Y pregunto más: ¿Cuánto les está costando a algunos cubanos sentirse “más normales” que quienes circunscriben su existencia al salario mensual? Y me refiero en especial a esa minoría (sin privilegios de casta “dirigente”) que logra alzarse apenas un milímetro más sobre la miseria que le rodea, es decir, quien recibe una remesa, quien viaja al extranjero con regularidad, quien jinetea de cualquiera de los mil cuarenta y un modos en que se le saquea la billetera a un “yuma” en Cuba, quien llama “lucha” lo que en cualquier país “normal” juzgarían como corrupción y robo.  

Así, nos cuesta un ojo de la cara (y en algunas oportunidades hasta los “tres” ojos del cuerpo) vestir y comer un poquito “menos mal” que el pobrecito vecino ingeniero o doctor. 

Quien nos envía, mes tras mes, las remesas desde Miami o desde donde sea, es el único que sabe de los sacrificios y desvelos que costaron nuestras vacaciones en Varadero o nuestros ridículos viajes de shopping a Panamá, a Moscú, ¡a Haití! 

Nos sale bien caro fingir que estamos bien, que no pasa nada, que ponerle aire acondicionado al viejo auto soviético lo convierte en un Lamborghini, que con una motorina eléctrica somos la envidia del barrio y que solo necesitamos “puentes de amor” y que quiten el embargo para ser un país “normal”. 

Ojalá fuera cuestión de esas dos cosas pero ya hemos malvivido tiempo suficiente para comprender que no. Que el “bloqueo” ha sido el mejor aliado de algunos (tanto de aquí como de allá) y que en Cuba los puentes se construyen para que los crucen, con bolsillos llenos, unos pocos “elegidos” que después tendrán que marcharse con ellos vacíos.

Aquí no gustan de los puentes. Cuba es un castillo feudal rodeado de fosos oscuros, peligrosos. De tanto tiempo aislados se ha convertido en el vacío exterior y, por eso, al menos a mí me duele escuchar una y otra vez la frase de The Martian que cité más arriba. Pero igual sugiero sea escuchada y comprendida en su totalidad porque habla de la adversidad y además de lo que podemos hacer para salvarnos:

“Es el espacio exterior. Nada coopera. En algún momento todo saldrá mal. Todo saldrá mal y pensarán: ‘Se acabó. Este es el fin’. Pueden resignarse o pueden ponerse a trabajar. Eso es todo. Simplemente comiencen. Hagan los cálculos. Resuelvan un problema y luego el siguiente. Y luego el siguiente. Si resuelven los suficientes, volverán a casa”.

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