Cuba: El precio de un fin de año gris para un futuro negro

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LA HABANA, Cuba.- Hace ya mucho que el fin de año se convirtió en una época tradicionalmente difícil para los cubanos, pero este se perfila como el más duro al menos en dos décadas. Apenas los dirigentes anunciaron la intención gubernamental de aumentar los sueldos, se dispararon los precios de los alimentos y otros artículos de primera necesidad.

A la calamidad del aumento de los precios hay que añadirle que la calidad de muchos productos agrícolas ha disminuido. Por ejemplo, hace dos o tres años una col grande y pesada costaba $10 (CUP). Hace un año llegó a costar $12 y $15. Este año, sin embargo, una col muchísimo más pequeña cuesta $20. En 2018, un mazo de habichuelas costaba $5. Ahora cuesta entre $15 y $20, y además es más chico. Algo similar ocurre con el mazo de zanahorias y el de remolachas. El ausente boniato cuesta $4, $5 y hasta $6 la libra. En su más reciente temporada (de julio a septiembre) un aguacate mediano ya no costaba $10 o $15 como hasta el año pasado, sino $25 y hasta $30.

Pero la verdura que quizás sea la más representativa de las adversidades que se avecinan es el tomate. Desde hacía varios años la libra de tomate comenzaba la temporada a un precio de 25 o 30 pesos. A medida que aumentaba la oferta, ese precio podía bajar a $20, $15, $10 y hasta $6 la libra, si bien no siempre de la mejor calidad. Este 2020, luego de que los medios anunciaran la pérdida de la cosecha, la demandada solanácea “debutó” con el aristocrático precio de $50 la libra. Otro tanto ocurrió con el puré de tomate de fabricación artesanal: el precio de la botella subió de $13 a $16. Por su parte, los frijoles negros y colorados, que costaban $20 y $25 la libra, respectivamente, ahora solo se encuentran en el mercado negro a $60 la libra de colorados y $45 la de frijoles negros. El arroz, también en bolsa negra, a veces no aparece ni a $20 o $25 la libra.

Ese repentino encarecimiento de los alimentos y otros artículos sería consecuencia directa, entre otros factores, de la anunciada elevación del costo de la vida por parte de las autoridades. Al comunicar que “se acabarán los subsidios y las gratuidades”, se desató el pánico, con el consiguiente aumento de precios por aquello de “estar preparados para lo que viene”.

Los cubanos tememos imaginar cuánto llegarán a aumentar los precios si el adelanto de la pensión de los jubilados será de 1000 pesos. Se ha sabido que la balita de gas de 7 pesos, por la libreta, ahora costará $213. No es de extrañar que las personas reaccionen con espanto, puesto que los dirigentes no anuncian con tiempo ni credibilidad las medidas ni los cambios que pretenden aplicar. En lugar de eso, se “filtran” extraoficialmente documentos, listas de precios, etcétera, que poco a poco van dejando entrever el cariz de las nuevas medidas, a la vez que les sirven para sondear subrepticiamente la opinión popular.

En una de esas listas aparecen los futuros precios de los rubros que actualmente se compran por la libreta (y que no obstante su encarecimiento seguirán racionados), como el arroz normado importado, actualmente de $0.25 la libra, que pasará a costar $7 la libra (49 pesos por persona), lo mismo que el arroz adicional que hoy cuesta $0.90. El nacional de $0.15, por su parte, costará $6 (42 pesos por persona). El azúcar refino (hoy a $0.15 la libra) costará $6 (18 pesos por persona). El azúcar crudo pasará de $0.10 a $5, o sea, 10 pesos por persona. La bolsa de sal de $0.35 costará $7. Los espaguetis de $0.80 (que desde hace unos meses ya no se venden empaquetados sino a granel), se venderán a 15 pesos por persona. La caja de fósforos de 10 centavos (una por persona) costará 1 peso. El huevo de 15 centavos costará $2.20 ($33 por persona), y así con otros productos hasta sumar $391 sin contar el gas ni la sal.

Según se explicó, para determinar la cuantía de los aumentos serán tomados como referencia los nuevos precios de esos y otros productos, así como el costo de servicios imprescindibles como el transporte, el agua, la electricidad, los medicamentos, etcétera. A ese conjunto de bienes y servicios que necesita una persona para poder vivir dignamente se le denomina en otros países canasta básica. En Cuba, en cambio, se ha tomado como referencia la exigua cuota de racionamiento, que no alcanza para pasar el mes. Faltan en ese cálculo los lácteos, cárnicos, condimentos, vegetales, viandas, y muchos otros alimentos, así como alquiler, vestimenta, calzado, etcétera.

Tampoco fueron incluidos los gastos de educación y salud, puesto que nuestros gobernantes persisten en la falacia de que en Cuba esos servicios son gratuitos. Prefieren ignorar los enormes gastos que la atención de salud nos ocasiona a los cubanos por concepto de transportación, comida, ropa de cama e incluso sobornos, sin los cuales la maquinaria no camina. Cada prestación tiene su tarifa (extraoficial, pero bien conocida), y quienes no pueden pagar corren el riesgo de quedar desatendidos. Otro tanto sucede con la educación: los gastos por concepto de libretas, forros, lápices, gomas, instrumentos, etcétera, no bajan de $200 solo al comienzo de cada curso escolar, sin contar calzado y mochilas (no menos de 20 CUC).

Un vecino opina que “manejaremos otros números, pero seguiremos con la misma zozobra”. Quedaría en el aire la pregunta: ¿continuarán los cubanos robándole al Estado para sobrevivir?

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