Cuba es una dictadura: afirmar lo contrario es mezquino y monstruoso

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(Foto: AP)

LA HABABA, Cuba.- Hace pocos días, cuando los artistas urbanos Yulién Oviedo y Jorge Junior declararon públicamente que no creían que en Cuba hubiera una dictadura, las redes sociales se llenaron de críticas y memes donde ambos intérpretes quedaron muy mal parados. Sus opiniones aparecieron en pleno apogeo del tema “Patria y Vida”, asumido ya como una declaración de principios por parte de artistas cubanos, residentes dentro y fuera de la Isla, donde se trata al castrismo como lo que es: dictadura, régimen, estado totalitario.

Muchas de las críticas hicieron referencia a la proverbial escasez de neuronas que se atribuye a los reguetoneros, especialmente a la hora de emitir juicios sobre asuntos que se salen de su área de competencia, muy limitada en sentido general. Por tal razón, el dislate de Yulién Oviedo y Jorge Junior palideció ante la declaración del Sr. Alberto Navarro —Embajador de la Unión Europea en Cuba desde 2017—, quien ha opinado exactamente lo mismo a pesar de ser un sujeto instruido, como corresponde a su elevada responsabilidad, y haber vivido sus primeros veinte años bajo el régimen unipartidista de Francisco Franco.

Navarro ha dicho que Cuba no es una dictadura, y lo ha enfatizado con la misma convicción que lo llevó a estampar su nombre en una carta enviada al presidente estadounidense, Joe Biden, solicitando el levantamiento del embargo a la Isla. Sus palabras no pueden tomarse como un desliz cognoscitivo; pero si así fuera, bastaría con remitirlo a una magna institución de (su) casa, que define dictadura como “régimen político que por la fuerza o la violencia concentra todo el poder en una persona, grupo u organización, y reprime los derechos humanos y las libertades individuales” (Real Academia de la Lengua).

Si a la luz de esta categórica definición el Representante de la Unión Europea no ha ponderado el listado de más de un centenar de presos políticos en cárceles cubanas; los actos de repudio retomados en los últimos meses para sembrar odio y división entre los ciudadanos; las campañas de vituperio y descrédito como política de estado; la conculcación del derecho a la libertad de prensa, expresión y creación, entre tantas otras violaciones a las garantías civiles constitucionalmente reconocidas, queda claro que su función en Cuba no consiste en velar por el cumplimiento de los acuerdos bilaterales en materia de derechos humanos; sino fungir como protector de los intereses económicos que empresarios europeos mantienen en la Isla.

No es lo mismo la ignorancia supina de Yulién Oviedo y Jorge Junior, que la doblez de un diplomático que conoce bien la democracia y finge no ver las diferencias entre la realidad de la cual proviene y la cárcel flotante que es Cuba. Un país arruinado bajo el yugo unipartidista, donde pensar diferente es motivo de persecución, amenazas y encarcelamiento, y cuyo pueblo emigra para escapar de la represión política y económica, es una dictadura.

Afirmar lo contrario resulta mezquino y monstruoso, venga de donde venga. Sin embargo, es comprensible hasta cierto punto que los reguetoneros, adoctrinados en el sistema educativo cubano, con la dictadura de Fulgencio Batista como paradigma de gobierno inconstitucional y asesino, no encuentre similitudes entre la brutalidad del sistema implantado por Fidel Castro, y el de su predecesor.

A 62 años del triunfo, Batista ha sido superado con creces; pero los muertos del castrismo no están en las calles, a la vista de todos, mostrando huellas de tortura. Los muertos y martirizados del régimen penan todavía en las cárceles cubanas, en el estrecho de la Florida, en la selva del Darién, esperando por una justicia que cada día luce más esquiva.

Puede entenderse que Jorge Junior y Yulién Oviedo hablen disparates; pero es imperdonable que un diplomático caiga en semejante vileza. Cada uno desde su propia naturaleza comete el error, compartido por muchos otros, de pensar que en Cuba se hablará de dictadura cuando haya cadáveres baleados en las esquinas, como ocurrió en los tiempos del nazismo y el franquismo; como leyeron los reguetoneros en las páginas de los libros de historia escritos por la mano del régimen.

“No es para tanto, a fin de cuentas nadie perdió un ojo”, fue el comentario sarcástico de un usuario en redes sociales a tenor de los sucesos del 27 de enero, cuando los jóvenes que protestaban pacíficamente frente al MINCULT terminaron siendo agredidos por una turba. Los testimonios de aquella tarde fueron respondidos con argumentos indolentes, procurando disminuir la gravedad del suceso con el pretexto de que no hubo muertos ni heridos.

Esos que al igual que Jorge Junior, Yulién Oviedo y el Sr. Navarro cambiarán de parecer solo cuando vean cadáveres en las calles y órbitas ensangrentadas, podrían despertar sobrecogidos de espanto un día no muy lejano. La necedad no discrimina, pero no es lo mismo en boca de artistas ajenos a los temas políticos, que en la del Embajador del bloque europeo, figura pública y de peso que debería rendir cuentas por sus infortunadas palabras, pronunciadas el mismo día en que artistas y activistas cubanos denunciaban ante el Parlamento Europeo los desmanes de la dictadura castrista, y defendían el derecho de todos los insulares a tener Patria y Vida.

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