Cuba: Ficcionar un país posible

1. La ficción como irrupción del tiempo presente

Nada sucede a menos que primero sea soñado.

Carl Sandburg 

Este texto no es mío. Como no es mío tampoco un país que no existe y que soñamos como ficción, que es la mejor manera de hacer un país y de hacer literatura.

La realidad aborrece el presente porque es el tiempo presente quien la prueba incompleta. Nos traiciona todo el tiempo porque huye de sí misma escurriéndose hacia el pasado o el futuro. Solo a veces, como compulsada por la fuerza centrípeta de un temporal —sí, justo eso: un temporal literalmente—, el pasado y el futuro convergen en un mismo espacio. Entonces y solo entonces podemos decir que estamos viviendo en tiempo presente. 

Por primera vez en mucho, Cuba vive en tiempo presente. Y cuando un país vive en tiempo presente la ficción puede —y debe— hacerse realidad.

El pasado, tiempo finito al fin, está muerto: es tiempo finado. Es esa mortaja fría que velamos en la funeraria: una sociedad póstuma sobreviviendo en estado comatoso artificial. Suspendidas las funciones orgánicas primordiales (economía, libre albedrío, capacidad de soñar), el Estado cubano procura mantener esa sociedad póstuma de la que se alimenta, como ave carroñera, a través de mecanismos de sobrevivencia también muertos.

El Estado cubano se ceba en la «necropolítica». Se alimenta de una relación de enemistad que no existe; revive una y otra vez el cadáver patitieso de la Guerra Fría y la agresión inminente que no llega. Invoca en estertor ridículo un sistema extinto. Vocifera consignas en nombre del socialismo y la Revolución, mientras se adentra cada vez más en el capitalismo de Estado. Incapaz de sostenerse a sí mismo, recurre a los parásitos que excomulgó de su seno, y reclama del pueblo la lealtad de feligreses fanáticos. Se alimenta del linchamiento mediático. Se apoya en la violencia precarizada como silenciamiento del prójimo y, por supuesto, cadáver al fin, suplanta la vida con la muerte y subsiste, fantasmagórico, desde el ámbito del terror.

Hasta aquí el pasado. Un pasado duro, monolítico, binario, clasista, segregacionista. Una sociedad en rigor mortis, enquistada, que sobrevive en estado sólido, mientras el mundo en derredor, vivo al fin, se mueve, fluye, se adapta, se complejiza, aprende del otro. A veces, aparecen en el cadáver manchas histéricas de un tono rojo violáceo, confirmación de que el muerto está bien muerto. Por supuesto, tal como en la funeraria, uno de los principales agentes en una sociedad póstuma es el celador, encargado de cuidar la mortaja.

El futuro en Cuba irrumpió de golpe a través de la ficción. La ficción de un país posible. Ante la violencia, la poesía. Ante la represión generada por un cuerpo monolítico, inamovible, el significante abierto, heterodoxo. Ante la imposición de un sistema inerte, preconcebido, la imaginación. Mientras las fuerzas del terror derribaban puertas a martillazos, adentro se imaginaban nuevas puertas desde el dibujo. Mientras el cerco policial obligaba al confinamiento físico, la ficción se abría al mundo a través de las redes. Mientras la naturaleza les era negada, crecían caprichosos árboles entre las manos laboriosas. Mientras se les privaba del acceso al sustento, interceptando la comida y envenenando el agua, se abrazaba la renuncia al cuerpo físico y entonces se soñaba aún más. Y cuando el sueño llegó a ser insoportable para el poder (a una sociedad póstuma no le es conferida la capacidad de soñar), entonces los celadores entraron para detener el sueño.

He aquí una interesante paradoja. Un muerto se aferra al cuerpo porque es lo único que le queda: todo lo demás ha huido de él. El vivo, en cambio, sabe que el cuerpo tiene sentido en tanto contenedor del milagro que es, digamos, eso que hemos venido llamando la capacidad de soñar.

Siempre he pensado que el regreso de Carlos Manuel Álvarez a La Habana estuvo mediado por aquel otro sueño de Roberto Bolaño: «Soñé que nadie muere la víspera».

Ariane Barret. Fuerza San Isidro (Barcelona).
Fuerza San Isidro (Barcelona) / Foto; Ariane Barret

2. La memoria afectiva como reconstrucción del tiempo presente

La historia es la reconstrucción siempre problemática e incompleta de lo que ya no es.

Pierre Nora

El olor del salitre, las paredes donde la humedad hace crecer hongos como escarcha; la sensación torpe de caminar entre risas con tacones que se tuercen por el pavimento adoquinado a medianoche; el aguacero repentino bajo un sol que raja las piedras; las raíces de los árboles desbaratando las aceras de la calle G; las olas jugando a la suiza con el muro del Malecón; el olor del buche de café cuando comienza el día. Mi abuela en la azotea de(l) Campanario tirando cabezas de pescados como si serpentinas a los gatos al rayar el alba. Mi madre leyendo a Dulce María en El Jardín después de buscar el único pan del día. Yo arrancando esqueletos de cigarras en aquella barrera de pinos en Santa María del Mar y colgándomelos como si gemas preciosas en la toalla flaca. La Moderna Poesía, la casa de Lezama, El Trotcha que ya no existe y que para mí sigue tan vivo. El Campoamor. Los amigos. El solar de O’Reilly donde leíamos poesía entre chorros de orine en una bacinilla decimonónica que parecía el yelmo de Mambrino de El Quijote. Mi padre un día sentándonos en el sofá para decirnos que ellos, mi madre y mi padre, los dos, habían tirado su proyecto de vida por la borda, pero que nosotros no, nosotros no teníamos por qué heredar eso. Y el mar, el mar adentrándose de golpe una y otra vez en la ciudad cansada, como para arrasar con todo, como para limpiarlo todo, como para empezar de cero.

Esta es, más-menos, mi memoria afectiva. No necesita monumentos ni celebraciones preestablecidas porque está viva y es espontánea. Me invade y me insufla vida todos los días. Me emparenta como savia mágica con gente que incluso no conozco personalmente, pero a los que me une el mismo corolario afectivo. Ese es el único concepto generacional que entiendo. Lo otro no es memoria sino historia, y toda historia es el resultado de un proceso selectivo impuesto en pos de un telos —también impuesto— que necesita una y otra vez de la iteración porque de otro modo desaparecería de nuestro imaginario colectivo.

Una sociedad póstuma no puede permitirse el más mínimo ataque contra ese imaginario forzoso, congelado, construido celosamente a lo largo del tiempo para secuestrar el futuro y que apenas subsiste como reminiscencia. Por eso el Estado castrista se aferra a los calendarios, a las medallas, a los actos conmemorativos, a las reuniones programadas, a las consignas, a los héroes, a las banderas, a los monumentos, a los actos de repudio.

Luis Manuel Otero Alcántara / Foto: Anyelo Troya

Cuando el poder totalitario castrista persigue a Luis Manuel Otero por dormir con la bandera, por bañarse con la bandera, por arroparse con la bandera, no lo hace por ese pretendido y patético altruismo hacia el símbolo patrio, sino porque sabe el peligro que encarna despojar al símbolo de ese valor histórico yerto y devolverle su valor afectivo.

Cuando el poder totalitario castrista encarcela a Denis Solís so pretexto de «desacato», no lo hace por lo prosaico de su lengua, que es casi un signo identitario del cubano, sino por lo osado de esa misma lengua, que es una daga o una campana despertando a todo el vecindario adormecido. Lo hace por el reclamo de cambio tatuado en la piel, por la boca cocida que es hambre y es imposibilidad de la palabra, por ser pobre y ser negro y atreverse a salir del rincón que le tiene asignado el poder clasista y a atreverse a cantar.

Para Luis Manuel Otero y Denis Solís, el Estado castrista tiene a mano sus cancerberos: las instituciones encargadas de hacer perdurar la historia y desarticular la memoria. Para eso están el Ministerio de Cultura con su Registro del Creador. Para eso está la Agencia de Rap. Para eso está todo el andamiaje que, sabemos, nos va desintegrando como colectivo vivo, asignándonos roles artificiales de pertenencia. Para eso están los decretos que enmiendan la Constitución. Y es justo eso lo que es inadmisible de los plantados en el Ministerio de Cultura: desafiar al poder a través de su propio andamiaje, valiéndose de la institución y de la Constitución misma, que es letra muerta, para reivindicar el derecho personal al tiempo presente, lo cual significa una estocada directa al poder.

Gargarella y Courtis se refieren a este tipo de Constitución que pulula en el ámbito latinoamericano contemporáneo como poéticas, en tanto existen como mera retórica vacía. «Constituciones que no hablan de la realidad, sino que incluyen expresiones de deseos, sueños, aspiraciones, sin ningún contacto con la vida real de los países en donde se aplican.» 

Tanto el Movimiento San Isidro (MSI) como los plantados en el Ministerio de Cultura (27N) actúan amparados en el marco de legalidad de una Constitución que en sus artículos 41, 51 y 54 reconoce «el goce y el ejercicio irrenunciable, imprescriptible, indivisible, universal e interdependiente de los derechos humanos, en correspondencia con los principios de progresividad, igualdad y no discriminación»; que «(l)as personas no pueden ser sometidas a desaparición forzada, torturas ni tratos o penas crueles, inhumanas o degradantes», y que: «El Estado reconoce, respeta y garantiza a las personas la libertad de pensamiento, conciencia y expresión».

Es eso que Abu Duyanah refiere como «el fantasma de la mala poesía» que como lacra invade nuestra existencia desde el aparato legal hasta la cola del pollo y contra la que reacciona Amauri Pacheco cuando habla de la necesidad de una «poesía cívica»: «en un toma y daca directo con la comunidad». Solo así es entendible la ola de detenciones arbitrarias, la vigilancia, la prisión domiciliaria de facto y los atropellos que provoca un «susurro poético». Un su-su-rro po-é-ti-co. Solo así es entendible la persecución contra artistas que se reúnen frente al Ministerio que los representa para reclamar un diálogo.

En una de sus directas, Carlos Manuel Álvarez apelaba a la imaginación como la única forma de actuar frente a un guion preconcebido; el único modelo de reconstruir los afectos. Y luego, acotaba: «Un país es siempre una ficción».

Es algo en lo que también insistía el cineasta Fernando Pérez cuando apelaba a la necesidad de «un nuevo lenguaje» en el plantón frente al Ministerio de Vultura. Más adelante, en entrevista para El Estornudo y rememorando aquella noche diría: «Fue como un viaje al futuro, y eso es lo que para mí marca al 27 de noviembre como un momento importante en nuestra realidad.»

Participantes del 27N
Participantes del 27N / Foto: Reynier Leyva Novo

Como mismo la necrolengua castrista se ceba de cláusulas dormidas en ese aparato legal para pretender una vocación humanista que no le asiste, se sirve de lo que Yoandy Cabrera ha definido como la «domesticación de la literatura impresa» en Cuba. Otro tanto podríamos decir de las artes visuales. El poder totalitario castrista crea espacios necrosados donde la «libertad» existe como espejismo. Esos espacios necrosados son las editoriales, las galerías, los museos, pero allí, como mismo en la Constitución, asistimos a una lengua muerta. San Isidro entonces significó el despertar de esa lengua adormecida a través de su oralidad, de su reconexión a ras de suelo con el otro, con la comunidad. Y es esto lo que es peligroso para el poder.

El 27N rompió también con esa tradición del arte cubano como letra muerta, reclamando por vez primera y a nivel grupal el uso del estatuto simbólico del arte como voz cívica en un potente Jaccuse. Conscientes además de que hay que comenzar por desarticular la historia construida desde el poder como único modo de reconstruir afectos, se han entregado como colectivo al desmontaje de la necrolengua castrista. Al 26J le superpone el 27N; a los ataques de ser subsidiados por la CIA, resignifican las siglas como Cuban Independent Art; a las campañas de desacreditación del gobierno, responden con lemas de ahorro como #YoApagoYoAhorro, invitando a apagar la televisión durante la hora de asesinato cívico que es el Noticiero nacional.

En vez de encerrarse en la casa durante uno de los actos de repudio, Iliana Hernández se enfrentaba a la turba frenética devolviéndoles sus propias consignas: Viva Cuba libre, Cuba para los cubanos, desarticulando así el discurso vacío del poder castrista, resignificándolo. Ante el grito coagulado de Viva Fidel, respondía con un llamado de realidad: Fidel está muerto.

A Iliana le acompañaba su madre. Luego, otra madre, cuyo hijo había asistido al acto de repudio programado pedía disculpas a Iliana y le decía al gobierno que no usara más a su hijo para estos menesteres. Otros padres se han sumado. La madre de Julio Llópiz-Casal escribía una misiva abierta al viceministro Fernando Rojas; los padres de Carlos Manuel se enfrentaban a las fuerzas paramilitares que le impedían libertad de movimiento a su hijo. Pese a toda la campaña de difamación, cada uno de los protagonistas de esta gesta abierta reciben, cuando salen a la calle, el apoyo de la gente común.

Decía Víctor Hugo: «No hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo».  La sociedad cubana comienza a despertar del letargo y lo ha hecho del único modo posible, a través de la ficción. A fuerza de ficcionar un país que reconstruya la memoria afectiva y destituya, de una vez y por todas, la historia necrosada que sostiene a una sociedad póstuma. A través de ese temporal que es la irrupción del futuro donde la contingencia restituye los afectos.

Para Bédarida, el tiempo presente es aquel que se identifica con la «experiencia vivida en trance de devenir pasado». Un pasado que se resiste a la irrupción de un ser mnemónico colectivo que ha recuperado la esperanza y el deseo de soñar.

Hay algo que ha apuntado Anamely Ramos en varias ocasiones y que es esencial. Dice que «en Damas 955 se ensayó un país». Un país donde confluyeron en el mismo carácter horizontal profesores universitarios, amas de casa, poetas, artistas, músicos, maestras, veganos, cristianos, musulmanes, católicos, practicantes de religiones afrocubanas, agnósticos, ateos, periodistas, escritores, blancos, negros, mulatos, hombres, mujeres, diferentes generaciones, gays, bisexuales, etc. O sea, un muestrario magnífico de la nación cubana y de lo que podría ser una Cuba inclusiva.

Katherine Bisquet. Inquilinos de Damas 955, San Isidro (La Habana Vieja).
Maykel Castillo (Osorbo) y Anamely Ramos en Damas 955, San Isidro (La Habana Vieja) / Foto: Katherine Bisquet.

Cuba no está sola. A pesar de que la necrolengua castrista se empeña en el discurso de la excepcionalidad cubana para erigirse sempiterno a través de esa memoria histórica muerta, el mundo entero vive eclosiones parecidas que buscan la restauración de la memoria espontánea, de las alteridades, de lo marginal como único modo efectivo de desmontar ese Estado-sociedad que estrangula al individuo. Permítaseme una cita larga pero imprescindible de Pierre Nora:

El mundo en su totalidad entró en ese baile debido al fenómeno tan conocido de la mundialización, la democratización, la masificación, la mediatización. En la periferia, la independencia de las nuevas naciones impelió a la historicidad a las sociedades ya sacudidas de su sueño etnológico por la violación colonial. Y, a través del mismo movimiento de descolonización interior, todas las etnias, grupos, familias, con fuerte capital memorial y débil capital histórico. Fin de las sociedades-memorias, como todas las que aseguraban la conservación y transmisión de valores, iglesia o escuela, familia o Estado. Fin de las ideologías-memorias, como todas las que aseguraban el pasaje regular del pasado al porvenir o indicaban, desde el pasado, lo que había que retener para preparar el futuro, ya fuera reacción, progreso o incluso revolución.

Decía Luis Manuel Otero que a través de San Isidro «Cuba entraría en el siglo XXI». Por fin lo estamos haciendo.

El diálogo en el Ministerio de Cultura, que algunos clasificaron como fallido, es un éxito en tanto acción simbólica que prueba la imposibilidad de diálogo con un poder esclerosado y sólido. Una vez demostrada la disonancia de los interlocutores, el diálogo de los plantados ha sido redirecccionado, como bien apunta Carlos Pintado, hacia su real interlocutor que no es el poder sino el ciudadano común. Me permito aun otra cita de Nora. Esta vez corta, redonda como anillo, y que a modo de cierre resume esa gesta abierta que desde la ficción recupera hoy en Cuba los afectos y nos hace al fin vivir en tiempo presente: «Cuanto menos colectivamente se vive la memoria, más necesita hombres particulares que se vuelvan ellos mismos hombres-memoria».

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