De cómo Osmani Pardo conoció el odio

Finalmente, a sus 31 años, Osmani Pardo conocerá el odio. Ocurrirá el 2 de marzo de 2021, exactamente a las cinco de la tarde, cuando un agente de la Seguridad del Estado, para llegar a él, golpee a su madre en el pecho y la lance a un rincón de la sala. Los ojos inyectados en sangre, la respiración agitada, los músculos tensos, el deseo de impactar sus puños una y otra y otra vez contra el rostro del hombre que tiene delante… Todo sucederá en apenas un segundo. Todo será nuevo para él. Osmani sentirá entonces que odiar es liberador, que es fácil.

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Es un día cualquiera de 1998 o 1999, y Osmani siente por primera vez algo que no es amor, ni tristeza, ni lástima, aunque bien podría ser todo eso junto en un amasijo que no sabe nombrar. Con nueve o diez años es difícil reconocer y, más aún, poner nombre a las emociones complejas. Lo que siente se revela en su mirada de niño vivaracho que de golpe adquiere ahora una expresión melancólica y cansada que se mantendrá invariable hasta el 2 de marzo de 2021, exactamente a las cinco de la tarde.

Este instante en que los párpados de Osmani se desploman hasta cubrir la mitad de sus ojos y le otorgan ese aire de niño somnoliento o reflexivo, tiene lugar un fin de semana. Probablemente una de esas tardes en que su madre aprovecha para cocinar, limpiar, lavar, fregar, arreglar el enchufe eléctrico quemado, atender a Osmar, todo al mismo tiempo y sin quejarse. Hace varios meses que Osmani juega a espiarla mientras duran las faenas hogareñas. Se ha dicho a sí mismo que es un juego. Hoy ya sabe de memoria cada uno de sus movimientos y entiende que ya no se trata de un juego porque él también puede ahora cocinar, limpiar, lavar, fregar, arreglar enchufes eléctricos quemados y atender a su hermano menor, todo al mismo tiempo y sin quejarse. Osmani decide entonces que esas son también sus responsabilidades, que ya está listo para ser «el hombre» de esta casa, para suplir la falta de ese otro hombre que debió estar aquí, pero que hace dos o tres años los abandonó, no más llegaron de Songo-La Maya a La Habana. Osmar era entonces muy pequeño, un lactante apenas, y no recuerda las discusiones entre su madre y su padre. Osmani sí. Él recuerda a aquel hombre que aún no consigue odiar y que, desde la ausencia, parece exigirle que tome su lugar.

A los 14 años, Osmani aparenta tener más edad. Se supone que llegue de la escuela, se quite el uniforme, haga la tarea y se vaya después a jugar pelota a la esquina, o que simplemente se vaya a jugar pelota y haga la tarea más tarde, o que olvide la tarea y por ello se busque algún regaño. Pero no. Osmani llega de la escuela y, si su madre aún sigue en el círculo infantil donde trabaja como auxiliar pedagógica, va directo a la cocina y prepara la cena con lo poco que hay en casa. Luego, cuando ella regresa con Osmar, le pregunta a su hermano cómo fue su día, le pide que haga sus deberes escolares, se cerciora del estado de sus zapatos y la limpieza del uniforme. Que las suelas de los zapatos de Osmar estén por despegarse puede llegar a quitarle el sueño a Osmani. El salario de su madre, sabe bien, no alcanza para mucho más que alimentarse los tres.  

Desde hace varios años la familia va los domingos a la Iglesia del Nazareno, en la barriada de Juanelo, donde la madre ora y canta alabanzas a su Dios; luego conversa con el resto de la comunidad de cristianos que se reúne en el templo. Aunque tiene cierta fe, Osmani no se interesa mucho por la religión. Va, sobre todo, para complacer a su madre, quien parece otra persona desde que comenzó a ir a la Iglesia y a creer. La seguridad de un Dios que tarde o temprano premiará a los justos y misericordiosos hizo de la muchacha angustiada que llegó un buen día a La Habana, con solo algo de ropa y dos niños pequeños, una mujer fuerte, alegre y sosegada, incapaz de odiar siquiera al hombre que la abandonó. Osmani quisiera tener certezas: creer que vendrá el día en que no falte la comida en casa ni los zapatos en los pies de su hermano, simplemente porque Dios sabe que ellos son justos y misericordiosos. Sin embargo, hasta ahora no ha conocido más que las promesas trasmitidas por su madre.

Osmani Pardo junto a su madre y hermano / Foto: Cortesía del entrevistado

Algo hay que hacer, se dice, para sacar adelante la familia. Es entonces cuando comienza a tomarse en serio esos rostros tallados en la madera de los lápices, que ayudan a disipar sus preocupaciones, y los dibujos que hace en las libretas escolares para aliviar el fastidio de las clases aburridas. Osmani quiere ser artista. No le interesa exponer en museos y galerías, ni salir en la televisión ni ser premiado. Por ahora se conforma con desarrollar este talento en el cual solo ha reparado su madre, y luego arreglar la casa y comprar electrodomésticos modernos, ropa, comida, todo con el dinero de la venta de sus futuros cuadros y esculturas.

Hoy, mientras va camino a hacer las pruebas de aptitud para ingresar a la Escuela de Instructores de Arte, Osmani cree en sí mismo como nunca antes. Avanza seguro de que este será el camino que sacará de la pobreza a su madre y a su hermano. Hoy sí parece alguien de su edad. En la hoja blanca los trazos salen perfectos, impecables. Le dicen que ha aprobado ese primer examen, que en efecto posee madera de artista, y que solo falta saber si tiene el mismo potencial como revolucionario. Ahora le presentan otra hoja donde debe escribir sobre Fidel Castro, la Revolución y la Batalla de Ideas, y no dibujar líneas, círculos, luces y sombras.

(…)

Osmani Pardo dejará de pensar en dedicarse al arte, y solo dibujará y esculpirá en sus ratos libres, que cada vez serán menos. Volverá a casa con su madre, decepcionado por no ser un buen revolucionario, y se refugiará, como ella, en la promesa de un Dios y en las alabanzas de la Iglesia del Nazareno. Luego estudiará para ser profesor de Educación Física en una escuela primaria; algo que, a pesar de gustarle, cambiará por una faja y las labores de estibador en una empresa estatal de importación de harina, levadura y todo cuanto sirve para hacer pan. En todo ese tiempo Osmani no odiará ni siquiera su mala suerte, porque estará convencido de que todo es parte del plan divino.

Muchos años después asegurará que en su vida trabajosa tuvo varios momentos de tranquilidad, pero será incapaz de recordar un momento feliz.

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Osmani llega a casa, y es recibido con abrazos y besos por su madre y su hermano, que apenas lo han podido ver algunos fines de semana durante los dos años que pasó en una unidad de tanques de guerra. Después del encuentro, ya en la soledad del cuarto y frente al espejo, se siente aliviado por no llevar su uniforme verde y encartonado de soldado. Es nuevamente un civil, un ciudadano común y corriente, pero muy distinto del que entró al Servicio Militar Activo.

«No quiero saber nada de política», le dice a su madre poco antes del día de la votación en las elecciones locales. Está decidido a no asistir, a no marcar una boleta que sabe intrascendente en un sistema totalitario. Por supuesto, Osmani todavía no emplea ese término, «totalitario», que usará años después, y que luego cambiará por «dictadura». Por ahora solo sospecha que vive en un país que «es una mentira», o eso comenzó a notar una vez salió de aquella unidad de tanques.

Osmani inició el Servicio Militar Obligatorio en 2009, y no pasó mucho tiempo antes de que los oficiales repararan en sus talentos artísticos y lo destinaran a la sección cultural de la unidad. Como parte del grupo de alabanza de la Iglesia del Nazareno, había aprendido a tocar la trompeta y la batería, por lo que le asignaron la misión de cuidar el cuartico —que fue su dormitorio— de los instrumentos de la banda y también de una pequeña y solitaria biblioteca. Durante el servicio militar obligatorio fue el «encargado de cultura», aunque esto solo significara vigilar dos locales y evitar que cogieran polvo o se oxidaran unos pocos instrumentos musicales. Nunca se quejó por ello, al contrario. Mientras el resto de los soldados marchaban durante horas, se revolcaban en la tierra, soportaban interminables guardias nocturnas e intentaban mantener en funcionamiento viejos tanques, él solo era un espectador de cuanto sucedía en aquel lugar. A lo que nunca se adaptó fue a las maneras de los militares: los gritos, las órdenes absurdas de los oficiales, el odio reprimido de quienes debían obediencia. De hecho, fue allí, como observador, donde comprendió que hay quienes disfrutan de su poder sometiendo a otros, denigrándolos, haciéndolos algo menos que seres humanos. Esos, los que gozaban del poder, lo aprovechaban también en su beneficio, como aquel temible coronel que a su antojo desfalcaba los almacenes de alimentos mientras la soldadesca se iba a dormir con hambre.

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Llegará el día de las elecciones y Osmani saldrá de casa muy temprano y deambulará por las calles de La Habana. Se sentará en un parque, luego tomará un ómnibus hasta el Malecón y pasará varias horas frente al mar, mientras los obstinados contadores de boletas le exigen a su madre su presencia. Osmani se cuidará de no toparse con ellos por el barrio durante las siguientes semanas. Pero cuando el inevitable encuentro suceda, se inventará una buena coartada para justificar su ausencia: un familiar enfermo, un inesperado contenedor con harina y manteca que tuvo que descargar en la empresa. Esta secuencia se repetirá cada jornada de elecciones. A veces Osmani no querrá echar mano a excusas, querrá contar la verdad, no tener miedo, decirles que no vota ni votará porque siente que Cuba se parece demasiado a aquella unidad de tanques donde pasó dos años de su vida. Pero no encontrará el valor para hacerlo.

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Ilustración de Osmani Pardo / Autor: Darío Alejandro Alemán

Cajas de cartón, papel de regalo, trozos de poliestireno desechados. Todo cuanto encuentra por ahí en sus manos se convierte en piñata o en decoración de pasteles o en gorros que van a parar al cumpleaños de algún niño. Hace unos meses, cuando el nuevo director de la empresa lo cambió a una plaza de menor salario, Osmani abandonó su faja y pidió la licencia de «vendedor de artículos de fiestas y cumpleaños». Como este nombre le parece demasiado rimbombante, prefiere llamarse a sí mismo «piñatero».

Aunque su actual trabajo va de explotar sus habilidades manuales, no es lo que esperaba hacer a esta altura de su vida. De todas formas, no se queja. Las piñatas le sirven para mantener a la familia, que es lo importante. Ser piñatero tiene, como todo, malas rachas que Osmani supera con alguna otra ocupación temporal, como pintar fachadas de viviendas particulares.

Osmani trabaja sin parar y todo cuanto gana lo destina a la familia, en especial a su madre, que hace poco fue diagnosticada con cáncer vaginal y, cada cierto tiempo, debe sufrir dolorosas sesiones de radioterapia y quimioterapia.

Solo cuando por fin se abre en Cuba el acceso a los datos móviles, Osmani decide guardar algo de dinero para él. No para comprar zapatos ni ropas, pues se considera alguien austero, sino para comprar datos y pasar horas navegando en Facebook. Para alguien como él, enterarse de cuanto sucede más allá de la barriada de Juanelo es todo un acontecimiento en sí mismo, y también un modo de desconectar de la monotonía del trabajo.

Al principio solo lee las publicaciones de sus conocidos. Sin embargo, de a poco se van colando en su muro de Facebook algunos videos de detenciones policiales arbitrarias, testimonios de cubanos que viven en extrema pobreza, una versión de la historia de Cuba muy distinta a la que aprendió de niño en la escuela, y medios independientes que narran una realidad diferente a la que, a la hora de comer, ve en el noticiero de televisión. En Facebook conoce de un tal Luis Manuel Otero Alcántara y de un grupo de artistas que se denomina Movimiento de San Isidro. Ve a Otero Alcántara intentar un performance que consiste en embarrarse de mierda frente al Capitolio, y lo ve ser arrestado por la policía. Comprende qué es ese decreto-ley que incomoda a los artistas independientes al punto de enfrentarse a las instituciones culturales del país. Conoce también quiénes son gente como Alexander Otaola, Ariel y Omara Ruiz Urquiola, Maykel Osorbo o José Daniel Ferrer. Pocos años después, Osmani Pardo dirá que fue así, concentrado en la pantalla de su celular, que emergió su conciencia política.

No se atreve a compartir ningún contenido contrario al Gobierno desde su perfil.  En el mismo Facebook ha leído que no pocos se han buscado serios problemas por hacerlo. Por eso decide abrirse un perfil falso, «El Cambio Es Necesario Cuba», y desde ahí compartir los posts de quienes enfrentan abiertamente «al régimen totalitario cubano». No. Mejor: «a la dictadura».

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Durante el siguiente año, Osmani se hará cada vez más activo desde su perfil falso, casi hasta olvidar el que lleva su nombre. Pensará todas las noches, antes de dormir, en la enfermedad de su madre y en su miedo a expresarse libremente contra «la dictadura». A esas horas vivirá su propio infierno, y a veces llorará, torturándose con la idea de que no ha ayudado a su familia lo suficiente, pidiéndole a su Dios que borre el cáncer de su madre y lo ayude a no ser un cobarde. Osmani sabrá poco después, también por Facebook, de la convocatoria a una manifestación de cuentapropistas contra el Gobierno, y asistirá a la cita, pero solo encontrará patrullas rondando calles vacías. Entonces pasará entre los policías como un caminante ocasional y regresará a su casa deprimido. Más adelante, conocerá la noticia del arresto de un joven rapero llamado Denis Solís, a quien admirará por las palabras «Cambio Cuba» que se tatuó en el pecho para que solo pudieran borrarlas arrancándole la piel. Seguirá de manera enfermiza las noticias en redes sociales sobre los amigos de Solís, arrestados por leer poesía. Osmani se inspirará en ellos, soñará con ser uno de ellos. Hasta una mañana, poco antes de cumplir 32 años, en que despertará decidido a dejar atrás sus miedos. Revisará el móvil y verá una nueva convocatoria para leer poesía por la liberación del rapero. Entonces se vestirá, saldrá a la calle y dejará de sentirse un cobarde.

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Osmani Pardo / Foto: Cortesía del entrevistado

Es la tarde del 16 de noviembre de 2020 cuando Anamely Ramos abre la puerta de Damas 955, en la barriada de San Isidro, y repara en los ojos tristes del muchacho que espera afuera. Dice llamarse Osmani Pardo. En casa de Luis Manuel Otero Alcántara nadie lo conoce. Solo Esteban Rodríguez y Humberto Mena («El Joker») dicen haber conversado con él antes de decidir traerlo a la lectura de poesía y pedirle que los acompañe luego a una peregrinación que terminará en casa de los familiares de Denis Solís.

A Anamely Ramos le bastan unos minutos para conocerlo. Tiene una corazonada. La mirada caída, la cadencia suave al hablar, el tono respetuoso, los silencios. Todo esto le da cierta idea sobre quién es ese desconocido. No se equivoca. Osmani Pardo es esa suerte de monje zen que ella imagina. Lo confirma apenas una hora después, cuando la Seguridad del Estado cerca la calle para impedirles salir de allí, y los ánimos comienzan a encenderse, algo caóticos, en Damas 955. Junto a la furia impotente de los demás, el recién llegado irradia calma.

Para Anamely Ramos, este joven es un misterio, pero uno bienvenido. Él puede estar callado durante horas y solo decir «Cuenten conmigo» en algún momento para luego volver a su silencio meditabundo.

«Cuenten conmigo» es lo que dice Osmani Pardo cuando varios de sus compañeros se declaran en huelga de hambre, y de hambre y sed. Y también son esas las palabras que pronunciará cinco días después, cuando abandone la huelga de hambre y le sugieran atender a quienes aún resisten.

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Anamely Ramos entenderá poco después que, a pesar de ser un espacio acogedor y libre como ningún otro, la sede del Movimiento San Isidro en Damas 955 no es precisamente el mejor lugar para plantarse en huelga de hambre. Cada tanto, la vivienda se resistirá a proteger a tantos inquilinos. Los huelguistas no contarán siquiera con agua caliente para bañarse en los días más fríos. Sin embargo, esa situación durará poco. El recién llegado, sin decir nada, buscará cables sueltos por la casa. Lo verán entonces irse a un rincón con una lata y una improvisada resistencia, y lo verán regresar un rato después con un rústico pero eficiente calentador. Se quemará un enchufe y dejará de funcionar la cocina eléctrica, pero ambos volverán a funcionar tras pasar por las manos de Osmani. Anamely Ramos y el resto de los acuartelados se sorprenderán con sus habilidades. Le reconocerán también como un artista cuando lo vean agarrar más cables viejos, pelarlos con paciencia, sacarles los alambres y hacer con ellos una especie de bonsái, que los acuartelados bautizarán como el «Árbol de la Libertad».

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Esteban Rodríguez sabe que debe quedarse en su casa y cumplir con el período de cuarentena que han impuesto en su barrio por temor a que surjan allí más casos positivos al COVID-19. Mientras tanto, varios de sus amigos son apresados una y otra vez por las lecturas de poesía  a fin de denunciar el injusto proceso penal contra Denis Solís. Aunque solo puede seguir los acontecimientos a través de las redes sociales, pronto se sumará a ellos al grupo.

Alguien toca a su puerta. Es un Humberto Mena, que viene a contarle sobre Anamely Ramos, Katherine Bisquet, Luis Manuel Otero, Maykel Osorbo y el resto de los detenidos esa mañana del 14 de noviembre de 2020 en la unidad policial de Cuba y Chacón. Mena le dice que no anda solo y le presenta a un muchacho tímido, Osmani Pardo.

«Yo ya rompí mis miedos. Yo quiero ser parte de esto, apoyarlos, ir a la estación con ustedes y pedir la liberación del Denis», dice Osmani, quien también se presenta como la persona detrás del perfil «El Cambio Es Necesario Cuba».

Esteban Rodríguez acepta, y anota su número de teléfono: «Muy bien. Cualquier cosa te llamo».

(…)

Al día siguiente, Esteban Rodríguez recibirá una llamada corta de Luis Manuel Otero. Solo escuchará: «Necesito que me busques un grupo y que puedas moverlo hacia San Isidro». Al colgar, revisará sus contactos, encontrará el número de Osmani y no dudará en llamarlo. Cuatro meses después, Esteban Rodríguez dirá que nunca supo por qué confió en aquel muchacho tímido que se apareció una tarde en la puerta de su casa. No se arrepentirá. Incluso, habrá de confesar que su experiencia con Osmani le sirvió para «romper el tabú de no confiar en nadie y desechar los miedos sembrados por la Seguridad del Estado para dividir a los cubanos».

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Sentado en un rincón, débil y hambriento, Osmani reflexiona sobre cuánto ha cambiado su vida en tan solo unos días. Nunca pensó, ni siquiera aquella mañana en que decidió dejar atrás sus miedos, que las cosas terminarían así. Aquel día, poco antes de conocer a Esteban Rodríguez, no lo habían arrestado por poco. Cuando la policía detuvo a varios de sus actuales compañeros de protesta en Damas 955, él se encontraba en una esquina cercana junto a Humberto Mena, presentándose en una directa de Facebook. Quién iba a decirle que menos de una semana después estaría jugándose la vida en una huelga de hambre.

Osmani no conoce a Denis Solís y hace solo unos días desde que se presentó ante el resto de los acuartelados. Sin embargo, la idea de abandonarlos e irse a casa para continuar haciendo piñatas y cuidar de su madre y de Osmar, no le ha pasado por la cabeza. Ni siquiera lo pensó cuando su madre, que no conocía su determinación, lo llamó para preguntarle por qué no había regresado.

Cuando Osmani le contó del acuartelamiento, ella contestó:

—Esa fue la decisión que tú tomaste, y te la respeto. Así que sigue adelante.

Ahora, que lleva casi un día de huelga de hambre, la conversación es muy distinta. Ella le implora que coma. Él le recuerda sus palabras. «Sigue adelante, me dijiste». Ella vuelve a rogarle que desista. Él la consuela diciéndole que está tomando mucha agua, así que no verá comprometidos, de momento, sus riñones. Ella no está complacida, pero entiende que solo puede darle aliento. «Lee La Biblia. Acuérdate de tu Creador», le pide. Él contesta que siempre lo hace, que de ahí saca buena parte de sus fuerzas.

(…)

Unos días más tarde, Osmani depondrá la huelga de hambre y se incorporará a las labores de atención a quienes persisten. Sentirá que ha encontrado una segunda familia: «mis hermanos de San Isidro», dirá. La noche del 26 de noviembre, la Seguridad del Estado dará su estocada final a los huelguistas, luego de días de acoso y episodios de violencia. Osmani verá cómo de una patada romperán la ya destartalada puerta de Damas 955 y cómo unos supuestos médicos lo someterán a él mismo y al resto de los acuartelados con llaves inmovilizadoras. Entonces lo separarán de los demás y lo montarán en una patrulla. Osmani vivirá también esa noche su primer interrogatorio. Durante cuatro horas permanecerá sentado en una estación de policía, y luego pasará otras cuatro horas ante varios oficiales de la Seguridad del Estado que lo amenazarán con la cárcel. «Tú madre y tu hermano sufrirán mucho si vas preso», dirán, pero él no responderá a las intimidaciones. Tampoco será capaz de odiarles.

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Osmani Pardo / Foto: Cortesía del entrevistado

Son las cinco de la tarde del 2 de marzo de 2020, y Osmani Pardo conoce al fin lo que es odiar.

Está a punto de lanzarse como una fiera sobre el hombre que tiene delante, aunque el acto confirme que por un instante ha dejado de ser él mismo. Sin embargo, repara en la mirada inquisidora de su madre que, desde el suelo, ahora parece repetirle lo que de niño tantas veces escuchó decir cada domingo al regresar de la Iglesia del Nazareno

«Pero a vosotros los que oís, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian.»

Osmani queda paralizado. Incluso cuando dos brazos se cierren a toda velocidad alrededor de su cuello. Son brazos fuertes que le asfixian y lo someten sin necesidad. Él no se ha resistido. Otro hombre hace lo mismo con su primo, mientras un tercero desconecta de un jalón la bocina que durante los últimos 25 minutos ha estado reproduciendo la canción «Patria y Vida».

Osmani Pardo ha vuelto en sí. Soporta con serenidad que lo lleven a empujones hasta una patrulla. De igual forma tolera a la masa de desconocidos que desde hace horas se ha dado cita frente a su casa en acto de repudio, y que ahora le gritan: «¡Mercenario!» «¡Vendepatria!» «¡Anticubano!» «¡Viva Fidel!»

Mientras es empujado y ofendido, siente que vive su propia Pasión y que, como su Dios, no debe guardar rencor a quienes le agreden. Osmani se niega a odiar también por su madre, y no porque ella se lo haya exigido con una mirada. Que su madre no odie, piensa, le despoja de su derecho a hacerlo.

(…)

Osmani Pardo será llevado a una estación de policía donde agentes de la Seguridad del Estado volverán a amenazarlo con la prisión. Le dirán que el motivo del arresto y del acto de repudio fueron las palabras «Libertad, Patria y Vida» que escribió en la fachada de su casa. Será liberado 24 horas después. Días más tarde irá donde un tatuador y le pedirá que grabe en uno de sus brazos una bandera cubana, y que sobre ella escriba las palabras «¡Libertad! Patria y Vida». Así solo podrán borrarlas arrancándole la piel.

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