Detesto no recordar su nombre

Esta historia debe ser sobre ella, nunca sobre él, no te olvides, Olivia.

Han pasado algunos años, yo he recuperado la sonrisa y algunos kilos, bajo por Trocadero en un bicitaxi. Escucho mi nombre, volteo, no entiendo quién me ha llamado, pero una muchacha se acerca con la alegría del mundo, detiene el bicitaxi y me habla y me besa.

Esos ojos yo los he visto antes, ese color amarillo de maleza quemada por el sol, a punto de hacer combustión, a punto de hacer que todo arda. Me pregunta cómo estoy. De su sonrisa sale un colmillo disidente, y entonces me acuerdo. Le respondo, pero mis prejuicios no me dejan ponerme a la altura. Me toca y me mira, esperando que le corresponda, con el cariño de quien me ha estado buscando.

El problema no es ella, es lo que ella trae a mi pecho. El aliento que escapa cuando sonríe me lleva a una noche, la noche que la conocí. El recuerdo de esa yo, oprimida y comprimida, subordinada al capricho de otro, era lo que me paralizaba ahora frente a la muchacha con ojos de guepardo, impidiéndome bajar del estúpido bicitaxi, besarla y perdernos un rato.

Esa noche. Esta historia es sobre ella, Olivia, no te olvides.

Una de noches ya bastante conocidas por mí. Los nervios eran como el calzón que pierde el elástico. Él estaba borracho, yo no. En estos casos, si tomas, pierdes. Te despiertas con pedazos tuyos que faltan, pedazos de dignidad, pedazos de piel que ya no recuperarás.

Llegamos al Bim-Bom de 23 y Malecón, él buscaba una puta que nos acompañara a la casa. A mí a esas alturas lo único que me importaba era que llegara el día siguiente, pero la noche era joven, todavía quedaban muchas horas.

Ahí estaba ella, contenta, mil veces más alegre que yo, cien mil veces más feliz que yo. Yo estaba tan avergonzada que casi no podía levantar la mirada. ¿Acaso sentiría ella lástima por mí, por estas heridas aprendidas como la fidelidad o la sospecha de ser mala singante? Ella era aire fresco, pura ventolera, y yo sentía vergüenza de mantenerme a la sombra de un macho grosero que apestaba a H.Upman, cuyo pene era lo único vivo en su cuerpo. De eso se aferraba. Ella hacía todo más evidente, nuestra farsa, mi tristeza, su vileza. Yo solo quería que fuera otra vez de día, ese siempre era mi principal temor, que la madrugada fuese eterna.

Esta historia tiene que ser sobre ella, Olivia, no te olvides.

No puedo recordar su nombre, detesto no poder recordar su nombre. Era de Las Villas, me parece, mamá de un niño, y había llegado hacía poco a La Habana. Se le notaba en su piel. Todavía no se había percudido de la cochambre capitalina. Tenía el acento más dulce, me hablaba a mí, me obligaba a levantar la vista del piso y mirar su piel rosada entre pecas. Ella quería que le prestara atención, que me incorporara, que saliera de ese rincón donde yo misma me había puesto. Ella era una muchacha para morderla con la ternura de quien termina de pelar un mango cuidadosamente y, embriagada de su olor, te acomodas la saliva y la lengua para probar la fruta y dar fe de su dulzura.

El sexo con él era tan aburrido como opresivo. Demasiada superioridad, demasiado todo en función del deseo de un pene bajo las órdenes de una cabeza alcoholizada y deprimida. Ella se dio cuenta muy rápido. Ella se acercó mucho a mi boca y me dijo:

 –Yo estoy aquí por ti. A mí me gustas tú.

Sonreí por primera vez en la noche, y algo dentro mío comenzó a arder despacito, calmadito, abrazante, me olvidé de él. La besé y ya no pude dejar de besarla.

Esta muchacha era el deseo hecho muchacha, pero no un deseo posesivo fatal, ella era lo inagotable, te daba y recibía con la misma intensidad. Gozaba toda ella en su propio ritmo. Era delgada como yo, pero sus caderas hacían de su trasero una masa deliciosa de observar, de morder, de agarrar con fuerza.

El parto le había cambiado su cuerpo, que antes era más como el mío, estrecha de caderas, me decía, mientras me agarraba mis nalgas y me atraía hacia ella, pubis con pubis. Y nuestras tetas se encontraron, ella las tenía más pequeñas que yo y picudas como aguacates chiquitos, le chupé los pezones y ella gimió en un hilito agudo. Sus tetas eran tan suaves como las mías, sentí que quería vivir ahí en su pecho, haciéndola gemir, haciéndola fluir con mi mano que ya se había escapado a su vagina.

Mis articulaciones estaban borrachas de placer, todo estaba blandito, chorreando en mí, y ella, que sabía mucho, sin dejar de mirarme, me abrió con su lengua los labios de mi vagina, y comenzó a besarme con la delicadeza de una brisa que te estremece y te refresca y te adormece. Todavía puedo ver sus ojos amarillos viéndome, mientas me comía toda desde allá abajo. Su cara de placer era lo que me hacía olvidar la angustia de si me vengo o no me vengo, esta norma que nos mata y no nos deja desprendernos y entregarnos al deseo. Ella disfrutaba cada lamida, cada chupada, disfrutaba mis fluidos como si fueran suyos, como si no importara quién hiciera qué a quién. Bajé por su piel de muchacha dormida, y puse mi cara entre sus muslos blandos que me abrazaban, observé lo hermoso y probé con mi lengua esa gotita perdida y la deslicé con mi lengua hasta su culo. Y no paramos, y no parábamos más que para dejar escapar un grito de placer y tomar aire para volver a las profundidades y morder y chupar y lamer, y suspirar muy adentro desde nuestro placer sublevado.

Sí, él estuvo por ahí, metió por aquí por allá, no recuerdo bien, hubo medio que bronca porque él nunca se venía y ella se cansó y yo me cansé, ella me defendió, nos defendió, yo la defendí. En algún momento él se cayó rendido de borracho y miseria como solía pasarle. Ella y yo dormimos juntas, abrazadas, ella con su mano entre mis piernas, yo con mi mano entre sus tetas.

Antes de irse, la muchacha que sabía a galleta mojada en café me dijo todo lo que yo ya sabía sobre la persona vampiro que ahora roncaba, me dijo que me fuera de ahí, que me fuera con ella. Por supuesto que yo no tuve la lucidez de hacerle caso. Ya era de día, ella se iba y me dejaba a mí con la sensación de una libertad que yo no tenía. Ella, al menos ese día, era más dueña de su deseo que yo del mío. Aunque ella también tenía uno que le estropeaba su sonrisa, me contó. Ninguna de las dos estaba en posición de salvar a la otra, teníamos que habernos salvado antes a nosotras mismas.

Mientras él dormía, hubiésemos podido hacer tantas cosas, desde amarrarlo, drogarlo, pegarle candela, volver a excitarnos y chuparnos encima de él, aplastando su cara, su pecho, hasta dejarlo sin aire, y nosotras estallando de placer. Nos hubiésemos fugado. Adónde iríamos, yo no tenía dónde, ella mucho menos, hubiésemos sido putas las dos, para cuidarnos de los hombrecitos odiosos y tristes que no entienden el placer. Pero no hicimos nada, solo mirarnos y abrazarnos, tampoco me dejó que le pagara, no recuerdo si al final se lo metí en su bolso, o si se fue sin su plata, también puede ser que mucho me lo haya inventado.

Años después, el hoyo negro se había ido del país, yo había recuperado mi alegría y mi trasero y ella estaba ahí, entre el bicitaxista y yo, tan contenta de verme, y una vez más no pude reaccionar a tiempo, no sé qué nombre de varón habría en mi cabeza en ese momento, pero siempre hay uno que te jode la existencia, que te aleja de ti misma. 

Tardé mucho en verme como lo hizo la muchacha ese día, en aceptar que mi historia se estaba contando desde la cabeza de un tipo, uno mezquino y sin amor. Qué jodido es darte cuenta que hasta tu deseo han deformado. Qué miseria de vida es esta en la que el terror se interpreta como amor. Riman, sí, pero no deberían. Esa poesía de la violencia es la que no me había dejado ver lo opresivo del «te quiero» hasta tener sus manos estrujándome el cuello.

Esta historia está incompleta, Olivia, tampoco te olvides de eso.

Sí, fuerzo el punto de vista, esta es la historia que yo decido contar. Salvo el deseo de la muchacha de ojos amarillos, y el mío. En esa habitación, nos reapropiamos de nuestros olores y sabores. Y vuelvo a ese beso que lo desplazó a él del centro. Un beso en el que nadie posee a nadie, un intercambio de saliva sin privilegios, no hay enemigos, solo una lengua aliada junto a la mía, unas bocas que se comen y se reafirman en lo inagotable.

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