“Donde dije digo, digo Diego”. Entrevista con el pintor cubano Waldo Balart

MADRID, España. – Me encuentro con Waldo Balart en su casa del barrio de Santa Isabel, en el triángulo que forman el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, el mercado Antón Martín y la calle Atocha. Como sucede desde siempre ―y digo un poco en broma, aunque en realidad va en serio― a su casa (y estudio) se llega como a las casas cubanas de la antigua provincia de Oriente, es decir, tocando a la puerta, sin aviso previo ni protocolo. Lo sé porque mi propia familia paterna es de esa misma provincia de Cuba. Es más, la casa en que nací y viví mis cinco primeros años de existencia, en Banes, se encuentra casi en frente a la casa en donde nació Waldo Díaz-Balart Gutiérrez, un 10 de febrero de 1931. Para más exactitud, ambas casas están en la amplia avenida de Cárdenas de ese pueblo, entre las calles Céspedes y Bayamo, la misma arteria que conduce al puente que da paso a lo que fuera el barrio estadounidense de la United Fruit Company. Waldo vivió allí hasta que cumplió los 18 años, es decir, hasta 1949, en la misma casa en que se había celebrado, un año antes, el brindis de bodas de su hermana Mirtha Díaz-Balart con Fidel Castro. 

Siempre he pensado que el lugar en que se nace, por mucho o poco que lo vivamos, deja huellas profundas en la manera en que cada cual ve el mundo y lo interpreta. Incluso cuando dejarlo atrás se convierte en un imperativo o, simplemente, en la realización del deseo de escapar del patrón de ideas, comportamientos y costumbres del lugar al que estábamos predestinados. En ese pozo misterioso e insondable de la infancia que se prolonga hasta la adolescencia, todo ser humano debe hurgar para encontrar muchas de las respuestas sobre su propia identidad, es decir, en aquello que heredamos de nuestras complejas circunstancias, en medio del rompecabezas de ancestros forzados a moverse por la geografía de la Historia, a la merced de acontecimientos políticos, históricos y sociales, resortes de la novela de sus propias vidas y de las nuestras.

Intuyendo que Waldo quiso, en su momento, ir a contracorriente de lo impuesto, despojarse del peso de tradiciones y malentendidos, pregunté por aquello que no suele aparecer en las entrevistas sobre arte y que, como la vida misma, resulta capital para entender la dimensión humana del artista, para desentrañar las mitologías familiares cuando los otros deciden que de “eso no se habla”. 

―Mi amiga Caridad, hija de José Hernández y Mercedes Guerrero, nieta de Guadalupe Díaz, a quien llamaban “Pitica”, me dijo que su abuela era hermana de Rafael, tu abuelo paterno. Su madre, que vive todavía en Banes, le envió por teléfono estas fotos de la casa donde naciste y ella me las envió desde Miami. ¿Reconoces la casa? ¿Sabes de quiénes te hablo?

―Pongamos orden al trabalenguas cubano de la parentela, y también al caos que es lo que siempre trato de hacer con mi pintura. Recuerdo perfectamente a Pitica, pero no a los otros que me mencionas. Me cuesta trabajo reconocer la casa porque la nuestra tenía dos plantas y a esta que me mostraste solo le queda una; sin embargo, la entrada, con esos escalones por el costado para subir al corredor, que es como se le llama en Oriente al portal, sí sigue siendo la misma.

Waldo Balart
Casa natal de Waldo Balart, en Banes, Holguín (Foto: Mercedes Guerrero/Cortesía)

Mi padre Rafael José Díaz Balart nació en 1899 en Santiago de Cuba. Era hijo de Rafael Díaz Montesino y de Josefa Balart de Moya, mis abuelos. Mi madre, América Gutiérrez Vila, nació en Banes, en 1903, y no pude conocerla porque falleció al yo nacer, en 1931. Ella era hija de Juan Gutiérrez Rodríguez, santiaguero, y de Juana Vila Gros, catalana de origen, aunque nacida en Marsella, en 1879. Resulta que el padre de Juana fue un militar comprometido con la Primera República Española (1873) que gracias a la ayuda del poeta Federico Balart, una vez derrotada esa República, logró escapar y exiliarse en Marsella, razón por la que Juana nace en esta ciudad portuaria del sur de Francia. Al parecer, su padre tenía contactos en Santiago de Cuba, en donde había una nutrida colonia de nativos de Cataluña, al punto que, a los venduteros o dueños de bodegas, se les llamaba “catalanes”. Juana llega de niña a Santiago. Allí conocerá después a su futuro esposo, Juan Gutiérrez Rodríguez, quien era hijo de un militar español que había operado en la zona de Guantánamo durante la Guerra de los Diez Años (1868-1878) y había tenido relaciones con una india de la región llamada Teresa Rodríguez. Por razones que ignoro este militar fue enviado a Ceuta como prisionero. En realidad, él tenía dos familias: una oficial, que residía en el pueblo de Gibara, al norte de Oriente, y otra no oficial, que había constituido durante la guerra con la india Teresa en Guantánamo y de la que provenía el mencionado Juan Gutiérrez, mi abuelo materno. El caso es que Teresa terminó siendo acogida por la familia oficial de Gibara. 

En el mundillo de los catalanes de Santiago, las familias Balart y Vila ya tenían contactos desde los tiempos de Cataluña. En la capital de Oriente es donde Rafael José y América, mis padres, se conocen, antes de que el primero ocupara el puesto de abogado de la poderosa United Fruit Company, empresa frutera estadounidense que operaba en el norte de Oriente y cuyo centro administrativo se encontraba en Banes, pueblo con una amplia infraestructura relacionada con este consorcio. En ese pasado familiar hay episodios que, por tapujos o mojigatería, se ocultaron. Lo de la india fue uno de ellos. Lo que para mí es motivo de orgullo, o sea, venir de una descendiente auténtica de aborígenes cubanos, para la familia de aquella época resultaba vergonzoso. Para más señas, te diré que parece que la india era una mujer hermosísima, bastante alta y con una cabellera impresionante. Otro episodio familiar del que tampoco se hablaba tiene que ver con mi abuela Josefa Balart de Moya, quien no tuvo un matrimonio feliz. Como en aquella época no existía el divorcio no le quedó otra que permanecer casada, aunque se fue a Santiago de Cuba y por allá tuvo, se dice, una relación con un hombre muy influyente. Yo mismo me he enterado de esto hace poco. Creo que la intriga, de la que no te doy todos los detalles, daría para escribir una novela. 

―Cuentan que la sociedad de Banes en esa época era muy moderna. Una poeta, Albis Torres, también nacida allí, lo recuerda en sus poemas. Las muchachas, dice, andaban en short, montaban bicicleta y jugaban al tenis a principios del siglo XX. ¿Cuál era el universo del joven Waldo?

―Yo era un privilegiado porque gracias a la posición de mi padre formábamos parte de la clase media local. Tengo recuerdos entrañables de los 18 años que viví en ese lugar. Estudié hasta el segundo año de bachillerato en el colegio Los Amigos, una institución docente administrada por los cuáqueros, una especie de congregación de protestantes. Se impartía una enseñanza muy moderna, sin sacerdotes y con profesores tolerantes. El colegio estaba en el barrio de la United Fruit Company (UFC°) y era muy cosmopolita, como el propio pueblo, porque estudiaban en él tanto los hijos de norteamericanos como los de cubanos. Detrás estaba el edificio del Club Americano y el campo de golf. Iba a la iglesia de Los Amigos quien quería. De niño yo montaba mucho a caballo, pues la equitación formaba parte de las costumbres. En la temporada veraniega íbamos a una playa completamente virgen llamada Puerto Rico, en donde muchas familias tenían ranchos rústicos. Y recuerdo que para llegar atravesábamos el feudo de la UFC° y nos prestaban la llave para abrir la talanquera que cerraba el acceso al camino de Punta de Mulas, de obligatorio paso para seguir rumbo a la playa.

―Para muchos jóvenes soñadores de entonces el futuro estaba en la capital del país. Otros banenses motivados por la cultura ―pienso en Gastón Baquero o en el pianista Silvio Rodríguez Cárdenas― pusieron tierra de por medio y se fueron a La Habana a hacer carrera. ¿Fue así que llegaste tú también a la capital de la Isla? ¿O fue por otra razón relacionada con el historial político de tu familia?

―Ni lo uno ni lo otro. En primer lugar, el historial político de mi familia es anterior a la existencia misma de Fulgencio Batista como presidente. Mi padre ya era presidente del Partido Liberal, concejal y alcalde de Banes en 1932, miembro de la Cámara de Representantes en 1936, antes de que Batista llegara al poder la primera vez. Fue después del golpe de Estado de 1952 que mi padre fue Ministro de Transporte de Batista, y mi hermano Frank y yo mismo trabajamos en el Ministerio de Hacienda de ese gobierno. En realidad, lo que sucedió en los primeros años de mi vida fue que mi padre al enviudar se casó con una señora que fue una auténtica madrastra en el sentido en que el imaginario describe siempre este parentesco. A mis hermanos Rafael y Frank los enviaron a estudiar como internados al colegio presbiteriano La Progresiva, de Cárdenas, una institución religiosa fundada en 1900 que existe todavía, hoy día en Miami. Y luego me enviaron a mí para que cursara mis tres últimos grados de bachillerato. Durante el último año, para celebrar mi cumpleaños, me di tremenda emborrachada. Por supuesto, me expulsaron del colegio, aunque con derecho a presentarme a los exámenes finales. Fue en ese momento en que, entre tanto, me fui a La Habana donde permanecí cinco meses y regresé a Cárdenas a pasar los exámenes. La sorpresa para todos fue que obtuve el tercer lugar, a pesar de no haber podido asistir a clases durante todo un semestre. Al terminar el colegio decidí estudiar Contabilidad en La Habana. No me interesaba mucho esa carrera, pero era la única que ofrecía cursos nocturnos y yo tenía necesidad de trabajar para mantenerme. Tuve que trabajar para pagar mis estudios y hasta el traje de mi graduación me lo compré yo mismo con lo que ganaba como mensajero (eso que en inglés llaman office boy) para la firma Crusellas, cuyas oficinas estaban en el edificio de la CMQ de la calle 23 del Vedado.

―La Habana a la que llegaste era, dicen, el París del Caribe. Cuéntame algo de aquellos años.

―Cuando me instalé en La Habana alquilé con mi hermano Frank dos habitaciones con baño intercalado en el hotel Andino, muy cerca de la Colina Universitaria, que se había convertido en una especie de casa de huéspedes. Por cierto, en el cuarto de al lado vivía Raúl Castro, quien ya había entrado en la familia por haberse casado mi hermana Mirtha con su hermano Fidel. Raúl quería entrar en la Universidad pero no lo dejaron porque nunca terminó el bachillerato. Fue entonces que empezó a entrar en contubernios con gentes del Partido Comunista y a participar en la vida política en relación con esas ideas. Incluso, antes de 1959 había estado ya en la República Democrática Alemana. Después me mudé para una amplia casa de la calle 23 del Vedado en donde vivíamos mi hermana Mirtha, con su esposo Fidel y su hijo Fidelito, mi hermano Frank, mi abuela Josefa Balart (que trajimos de Banes) y yo. Ya me había graduado, asistía a cursos de posgrado de Ciencias Políticas y Económicas en la Universidad Santo Tomás de Villanueva y trabajaba como contable para el Ministerio de Hacienda. Aunque en casa convivíamos, cada cual andaba por su lado pues nuestros intereses y amigos no eran los mismos. Además, yo trabajaba todo el día. Después del golpe de Estado de 1952, comenzó la agitación de ciertos grupitos. Y como se sabe, la situación se fue complicando. Hubo un momento en que había mucha tensión política e inseguridad, al punto de que estoy vivo, paradójicamente, gracias a uno de aquellos agitadores revolucionarios, Carlos Menéndez, casado con mi prima Magda Díaz Rojas. Era la época del llamado “gatillo alegre”, y a cualquiera que no cayera bien lo eliminaban. Mi nombre surgió en uno de esos debates entre matones revolucionarios cuando el tal Carlos (que, por cierto, después del triunfo de la Revolución se exilió en Venezuela y, cuando vio llegar a Chávez, entendió inmediatamente que aquello era comunismo y se largó a Miami) les dijo, refiriéndose a mí, que yo era muy buena gente y que me perdonaran la vida. ¡Por eso puedo hacer el cuento hoy!

―Entonces viene la salida de Cuba…

―El 31 de diciembre de 1958 yo estaba en La Habana de casualidad. Acababa de regresar de Nueva York, a donde había ido de paseo con Andrés Rivero Collado, uno de los hijos de Andrés Rivero Agüero, el último presidente electo democráticamente en Cuba y que nunca llegó a ocupar el cargo. Estaba despidiendo la Nochevieja en un club de La Habana, justamente con Andrés, cuando vinieron a avisarle que Batista se había ido y que lo mejor era que se fuera también. Entonces entendí que mi propia vida peligraba, corrí a mi casa (en donde vivía en esa época con mi hermano Rafael, en Alturas de Miramar), la desmantelé y como sabía que me buscarían me refugié en casa de un pariente mío por parte de los Balart, con quien no podían asociarme. Por suerte, mi padre y mis hermanos se encontraban en ese momento en Estados Unidos. El pariente en cuestión fue al día siguiente al aeropuerto y pudo conseguirme un billete para ese mismo 1 de enero de 1959, pues un americano había cancelado el suyo ya que no quería perderse el triunfo de la Revolución. El americano no quería perdérselo y yo deseaba todo lo contrario. La prueba fue que, poco después, supe que Raúl Castro preguntó por mí y cuando le dijeron que tanto yo como Frank estábamos en Estados Unidos respondió: “Menos mal que no está aquí porque yo no hubiera podido hacer nada por él”.

―Se ha hablado bastante de tus primeros pasos en el mundo del arte en Nueva York, en la década de 1960, de los cursos que tomaste en el MOMA, de tu amistad con Andy Warhol y de tu participación en dos de las películas que filmó (una de ellas fue La vida de Juanita Castro, parodia de la familia Castro en que actúas y la otra, Four Stars, que dura 24 horas y se filmó, en parte, en tu casa de East Hampton), así como del grupo de artistas “The foundation for Totality”, de tu ya famoso “orden axiomático” para las formas y colores en tus cuadros, etc. No vamos a repetir lo que podemos encontrar en la red y otras bibliografías sobre ti. Sí me gustaría un retrato más personal, tal vez alguna anécdota, de Andy Warhol y de tu mundo en Nueva York, por ejemplo, antes de establecerte en Madrid.

―Yo vivía en el Village, después me mudé para el Meat Market, un barrio que entonces tenía muy mala fama y, por último, al Lower East Side. En este último, muy cerca de mi casa, había una discoteca llamada Max’s Kansas City a donde solía ir Andy Warhol. Fue allí en donde nos conocimos, simpatizamos y comencé a frecuentar su mundo. A él le gustaba mucho organizar fiestas en donde se reunía toda la fauna del momento, desde personas pudientes hasta gente que hoy día llamaríamos “alternativas”. Utilizaba mucho la influencia de sus amistades poderosas para avanzar, pero se cuidaba mucho de no abrirle la puerta a nadie y de no mezclar sus intereses profesionales con la amistad. Lo mismo sucedía con las películas underground que hacía, iba escogiendo actores en su círculo de amigos y se movía muy bien en este sentido. Digamos que, para todo lo que fuera frivolidad y diversiones, siempre era bienvenido. Además, era alguien bastante distante, que sabía muy bien lo que quería y siempre iba a lo suyo. El resto era pura distracción. Por suerte, tuve contacto con otros artistas como el escultor geométrico Peter Forakis, con quien compartí taller, con Willem de Kooning o Franz Kline, que me abrieron los ojos acerca de las corrientes artísticas que tenían que ver más con mis ideas. Pero como he dicho antes, el Pop-Art nunca me interesó, mis inquietudes no eran las de Andy e, incluso, había rechazado la posibilidad de estudiar en el Art Student League, que me parecía una escuela bastante convencional, ajena a lo que yo buscaba y en la que matriculé varias veces y nunca pasé del umbral.

Waldo Balart
Waldo Balart (en el centro) junto a Edie Sedgwick, en el rodaje de Four Stars, de Andy Warhol, 1967 (Foto: Internet)

―Entonces aparece Europa, en específico España, en donde vives desde 1970, y que en realidad es parte de tu elección…

―Creo que en Europa existe algo que definiría como “conciencia intelectual”. Aquí no se da prioridad, como en Estados Unidos, al hecho de “inventar algo nuevo”. Digamos que la razón y la intuición marchan a la par. Por ejemplo, los americanos creen que inventaron algo con el Minimal Art y, en realidad, no han inventado nada que ya no existiera. En resumidas cuentas, Malévich, Mondrian y grandes artistas de la Bauhaus no han sido nunca nadie en Estados Unidos. He explicado estos temas en La práctica del arte concreto, un libro que publiqué en Valencia, en 2011. Aunque vine para trabajar como contable para una empresa norteamericana que quería buscar clientes en Europa, fue en Madrid en donde encontré a muchos artistas como Julián Gil, Eusebio Sempere, Abel Martín, entre otros, que sí tenían que ver con mis intereses. Si miras ese afiche que tengo colgado en la pared, puedes ver las actividades del No Grupo, al que pertenezco. 

Waldo Balart
Una de las últimas piezas de Waldo Balart, en su estudio (Foto: William Navarrete)

***

A casa de Waldo llegan siempre amigos, colaboradores, gente (como yo) que pasa por Madrid. Yo mismo toqué a su puerta sin avisarle, le dije que venía a entrevistarlo y empezamos. Entre tanto, un vecino venezolano nos hizo café y, poco después, pasó Ángel Llorente Hernández, uno de sus colaboradores. Justo en el momento en que pensaba preguntarle sobre su estancia en Lieja (Bélgica), llegó María José Gutiérrez Muñoz, quien en 2015 escribió su tesis “Waldo Balart y el arte concreto” cuando cursó estudios en la Universidad Complutense. Se trata de una investigación muy completa, con gran cantidad de imágenes personales y de obras, casi un catálogo raisonné con el que habrá que contar el día en que se establezca el verdadero y definitivo catálogo. Tanto Llorente como María José son los curadores de la exposición “Ritmos y campos de sentido” que se exhibe en estos momentos en el Museo Francisco Sobrino, de Guadalajara (España) y hasta el 27 de junio. En la muestra pueden verse los trabajos de Waldo de los dos últimos años, correspondientes a su serie “Nudos”. 

Waldo Balart
Otra de las piezas de Waldo Balart (Foto: William Navarrete)

“Es muy difícil entender lo de esos ‘nudos’”, bromeó con Waldo acerca de su complejo “orden axiomático”, el endiablado sistema de cálculos y espectros luminosos que desde finales de la década de 1980 utiliza invariablemente para “componer” sus figuras y darles color. Como muchos, abandonó toda pretensión de entender el sistema, sobre el que ha escrito María José (la única persona que conozco que lo haya entendido) y quien lo explica justamente en el hermoso catálogo que ha publicado este Museo. Desisto una vez más, tal vez porque también abandoné, en una época de mi vida, una carrera de ingeniería para dedicarme a las artes y las letras. 

María José ha venido para preparar un taller sobre la obra de Waldo en el Francisco Sobrino. De todas formas, ya daba por terminada la entrevista. Había logrado saber aquello que me interesaba más: la infancia, la adolescencia, Cuba, la familia… Entonces me dedica su reciente catálogo y escribe: “Donde dije digo, digo Diego”. Nos reímos todos. No se llega a los 90 años con tanta fuerza, pasión y vitalidad sin humor. Y añade: “Hay más”. No lo dudo. Hay varias vidas y varios Waldo. Lo que sí es único e irrepetible es la obra de este artista y amigo que forma parte ya del Madrid cálido y amistoso que tanto quiero.

Waldo Balart
Waldo Balart y William Navarrete, en Madrid, el 28 de mayo de 2021 (Foto: Cortesía)

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