El alma en la garganta

Anoche llovió. El ruido de la lluvia en el tejado de zinc de la pequeña glorieta del patio no lo dejó pegar un ojo. Otra noche más de insomnio y de dolor.

Después de desayunar se sienta en la sala y ve pasar por la acera a algunos vecinos, a través de la puerta que da al portal y que permanece todo el día abierta, para que corra el aire. Ya no miran hacia dentro de la casa, saben o presienten que él está allí, sentado en su butaca, pero que no responderá a los saludos. Se cansaron. No es que los considere hipócritas. Solo que no resiste las miradas de lástima que le dirigen.

Anoche volvió a soñar con ella: estaba parada en la puerta, con aquel vestido estampado en flores pequeñas de varios colores que la vieja le hizo cuando cumplió dieciocho años. No logró verle el rostro, solo veía su silueta alta y grácil y detrás, como en una penumbra, algo parecido a un trozo de cielo y una luna. Ella trataba de decir algo, pero él no la oía, no la entendía. Siempre es igual: oye susurros, una especie de sollozos contenidos y nada más. Después se despierta y se ve vivo sobre la cama. Entonces vuelve a cerrar los ojos y trata de seguir durmiendo, pero no puede.

El día que su madre entró en el cuarto y le dijo que ella había decidido marcharse, sintió una punzada en el vientre. El alma en la garganta

¿Cómo iba a imaginar que aquellas palabras, dichas a su madre en el secreto del cuarto, le perseguirían hasta el final de sus días?

Ella nunca más habló del tema. Ni ella, ni su padre. Lo respetaban y lo amaban demasiado, más allá de ideologías y fanatismo, como para reprocharle nada. Pero siempre supo que sufrieron esa escisión de la familia hasta el final de sus existencias. Sabía que perdonaban su intransigencia y su intolerancia. Quien nunca se perdonó fue él.

El padre murió demasiado pronto. Nunca hubiese tenido el valor de buscar su perdón, así que fue mejor que estuviese tan lejos cuando enfermó y falleció en pocos días.

A su madre sí hubiese querido pedirle perdón, pero su silencio sobre el hecho siempre lo detuvo. Era como si, al recordarle aquella tarde en el cuarto, el dolor callado volviera para atormentarlo.

¿Y a ella? ¿Le hubiese dicho a ella que fue necio e injusto si la hubiese visto de nuevo? A estas alturas, no tiene sentido ni pensar en eso. Pero piensa. Día y noche piensa, aunque ya ella no existe y él, de seguro, dejará de existir muy pronto.

II

Cierra los ojos y vuelve a verlo todo: sus padres tratando de sonreír, mientras le dan los últimos consejos, el llanto callado de sus hermanas… y su ausencia. ¿Cuándo dejará de tener estas «pesadillas»?

Su hija acomoda las almohadas, le pregunta si se fue el dolor. Ella sonríe levemente, le toma una mano y se la aprieta un poco. Luego vuelve a cerrar los ojos.

¡Cuánto le cuesta olvidar! Los primeros meses fueron demasiado intensos como para permitirse sufrir demasiado: la vorágine del viaje, la llegada a la casa de sus cuñados, luego el nuevo apartamento, sentirse sola, demasiado sola, las náuseas del embarazo, las dudas, sin tener a nadie cercano para hablar de sus temores, para encontrar respuestas a sus preguntas.

Cuando nació su hija, junto a la gran alegría de su presencia, llegó esa tristeza que no la abandona nunca, que se nota en el fondo de su mirada, aún en los momentos de dicha por ver a su hija crecer saludable y feliz. Su llegada fue lo único que la sacó de su depresión. Una depresión que amenazaba con convertirla en una sombra de sí misma. De nada valían los consejos de los amigos y alguna prima que la visitaba y la apoyaba por entonces, siempre terminaba el día llorando, mientras intentaba preparar algo de comida.

Aunque visitó en dos ocasiones a su madre, y se emocionó durante el reencuentro con las anécdotas de la vida de sus hermanos ausentes, o de los sobrinos que no vio nacer y crecer, la herida de la nostalgia nunca sanó del todo. Algo que se abrió cuando supo que se iría para siempre y que solo se cerrará, lo sabe, el día final.

III

Mi hermana se marchó a Estados Unidos en junio de 1967, un mes después de mi regreso del primer trabajo agrícola permanente que realicé, siendo ya estudiante de primer año en la Universidad de la Habana. Alejadas de cualquier rastro de civilización, a más de 30 kilómetros de la ciudad más cercana, trabajamos en el cultivo y recogida de cebollas durante 35 días. Banao, en el centro-sur de la actual provincia de Sancti Spiritus, fue un plan especial creado en 1965 por iniciativa de Fidel Castro, para el cultivo de diferentes hortalizas y frutas, aprovechando el microclima de la región. Mientras un grupo de estudiantes universitarias arrancábamos cebollas, otro grupo muy diferente de mujeres, «libradas de la prostitución por la Revolución, y que encontraron en el trabajo agrícola la oportunidad del empleo digno y la inserción social», recogían fresas, no muy lejos de nosotras.

Guardo un recuerdo muy nítido del día que vi por última vez a mi hermana. Mis padres intentando mostrarse serenos, mis hermanas calladas, como si en lugar de despedir a alguien que viajaría a un lugar situado apenas a 145 kilómetros, estuviésemos velando a un familiar fallecido. Yo tenía que presentarme a las dos de la tarde en los laboratorios de Química Inorgánica para realizar la última práctica del semestre. Llegué unos minutos tarde, con el corazón desbocado y el alma en vilo. No lo pude evitar, a pesar de intentarlo con toda mi voluntad. Me eché a llorar recostada en la mesa. Nadie, ni estudiantes, ni profesores, dijo nada, y yo lo agradecí.

Desde que supe la decisión de mi hermana de emigrar con su marido, aproximadamente un año antes, aprendí a vivir con la angustia de tener que ocultar que en mi familia había una «traidora a la Patria». A partir de ahí dejé de mencionarla en mis conversaciones con amigos, vecinos y compañeros de estudio. Aquellos eran tiempos de esconder los sentimientos.

La vida siguió para todos: los de allá y los de aquí. La relación con mi hermana se mantuvo solo por correo postal. Mi madre le escribía con frecuencia, y durante años la mantuvo al tanto de las novedades de la familia. Así mi hermana «conocía» a sus nuevos sobrinos. Sus avances, sus éxitos, sus travesuras. Yo le enviaba, alguna que otra vez, una pequeña nota dentro del sobre donde iba la carta abultada de mi mamá. Sabía cuánto agradecía ella, desde su exilio, mis anécdotas.

Nunca pude recuperarme totalmente de mi decisión de dejar de escribirle. ¿Por qué me sentí en la obligación de responder afirmativamente la primera vez que me preguntaron si mantenía correspondencia con amigos o familiares exiliados en Estados Unidos? No era factible rastrear mis cartas, eran solo notas dentro de otra carta de mi madre. ¿Por qué dejé de escribirle a mi hermana, si podía seguir usando el método que utilizaba, mientras aceptaba la doble moral que ya comenzaba a instalarse en nuestras mentes y nuestros corazones? Tratar de entender esto, desde las actuales circunstancias, escapa a mis posibilidades. Lo único que puedo decir es que, en cada momento, actué con honestidad.

Durante años traté de convencerme de que lo que había hecho no era lo que era: negar a mi hermana. Ella había decidido su futuro y yo el mío. Esta explicación se tambaleó cuando, poco más de una década después, «los gusanos  se convirtieron en mariposas» y comenzaron a llegar a la isla con tres sombreros sobre la cabeza, maletas llenas de golosinas, jeans y pullovers de Mickey Mouse y el Pato Donald. Pero mi hermana nunca vino: se había enquistado en su dolor, su miedo y su vergüenza.

Cuando muchos años después, en la ciudad de Miami, pude encontrarme con la única sobrina que no conocía y fundirme con ella en un lindo abrazo, supe que, por fin, mi hermana me perdonaba. Yo nunca me perdonaré.

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