El ICAIC y sus también 62 años de dictadura

MIAMI, Estados Unidos.- Se acaba de celebrar, sin bombos ni platillos, debido a las limitaciones de la pandemia, un nuevo aniversario del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC).

El ICAIC tiene la edad del castrismo, 62 años, de lo cual se ufanan sus grises burócratas. También manifiestan regocijo al considerarlo la primera institución cultural fundada por la “revolución”.

En la foto que acompaña la noticia, tomada en el lobby del Cine Chaplin, recién restaurado, los artistas brillan por su ausencia. Hay muchos funcionarios enmascarados y periodistas taciturnos.

El actual presidente del ICAIC, Ramón Samada Suárez, internacionalmente tiene el “mérito” de figurar en una página que toma nota de los represores cubanos. Cuando escalaba a su nuevo cargo, intentó expulsar disidentes cubanos de una reunión pública con directores de cine y durante la Muestra de Jóvenes Realizadores del año 2010, en componenda con la policía política, prohibió la entrada al Cine Chaplin de otros opositores que habían comprado sus entradas para disfrutar el documental Revolution, sobre el dúo de rap Los aldeanos.

Al celebrar el nuevo aniversario del ICAIC fue bien explícito en la filosofía de la decadente institución que ahora trata de resucitar con una llamada “nueva identidad visual”: “Dedicamos este sencillo regalo a los 62 años de Alfredo, de Santiago, de Titón, de Humberto, de Fidel y el Che, porque estamos aquí gracias a ellos, a todo nuestro pueblo y a nuestros cineastas. Tomos somos ICAIC”.

Junto a cineastas de impecable trayectoria y garantía ideológica, sobre todo después de muertos, y en un acto de suprema adulonería, Samada le ha concedido el título de cineasta al dictador, quien nunca manifestó simpatías por los mencionados creadores con excepción de Santiago Álvarez, su juglar puntual, privilegio que disfrutó hasta el día que se le enfrentó, así como a uno de sus matones, homofóbico confeso, que despreciaba a intelectuales y artistas que no hubieran participado directamente en la lucha antibatistiana. Los hacía sentir cargo de conciencia histórico.

Sobre la nueva imagen gráfica del ICAIC han declarado sus promotores y creadores, de manera atropellada e ininteligible: “La imagen pública a partir de este momento se verá fortalecida, pues a través de esta identidad se podrá proyectar un entorno más distintivo (…) consolidar el sentimiento de pertenencia, sistematizar los soportes comunicativos y frenar la viralización de imágenes no creadas por el ICAIC utilizadas para representar el Instituto en determinadas circunstancias, que en algunos casos no corresponden con el discurso de comunicación institucional”.

No salgo de mi asombro cuando constato que, en los medios sociales, respetables artistas cubanos exiliados o más bien emigrados, se unen a la celebración de la institución donde todos sus congéneres que intentaron creerse la premisa de la libertad de expresión “fuera de la revolución” terminaron siendo censurados públicamente o advertidos de que no serían toleradas actitudes diversionistas.

El ICAIC resultó ser un coto de exclusividad, muy cercano al poder del dictador y distante de otras organizaciones culturales, consideradas populares y prosaicas, en tanto sus miembros rindieran pleitesía al enrevesado y voluntarioso dogma castrista.

Mantenerse en esos parámetros garantizaba viajes a festivales y producción para la próxima película. En términos culturales, era la clase media que la revolución había aniquilado con saña.

Al igual que la nomenclatura del régimen, los dirigentes del ICAIC tomaron posesión desvergonzada de los bienes de sus antecesores audiovisuales —toda una prominente industria de la República— a los cuales, por cierto, borró de la historia, en componenda con la izquierda internacional que se prestó gustosa para considerar que el cine cubano comenzaba en 1959.

El ICAIC era una de las pocas instituciones culturales donde los llamados “segurosos”, cuerpos represivos creados para “atender” artistas descarriados, eran de todos conocidos, siempre por sus sobrenombres árabes o africanos.

En la clandestinidad de la vigilancia, el chantaje y la delación figuraban, sin embargo, directores de cine revolucionarios, a toda prueba, que eran gustosamente reclutados para estos siniestros menesteres.

Muchos de los “segurosos” honoris causa ya han fallecido y los sobrevivientes casi no tienen a quien chivatear y atormentar, porque el ICAIC ha dejado de ser un centro de creación privilegiado en medio de la dictadura para devenir simple tramitador de servicios.

La historia de la censura en el ICAIC también se atiene a su sexagésimo segundo aniversario. Comenzó temprano en los años sesenta, con el corto documental “PM”, y ha llegado hasta nuestros días con el largometraje “Santa y Andrés”, así como con numerosas obras independientes presentadas cada año en la Muestra de Jóvenes Realizadores.

El curso regular del cine cubano, con sus virtudes y defectos, fue abruptamente interrumpido por quienes se apropiaron, a sangre y fuego, de la sociedad y su posibilidad de expresarse libremente.

Ningún supuesto mérito del ICAIC justifica tal atribulación histórica.

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