El racionamiento en Cuba afecta también al pan liberado

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LA HABANA, Cuba.- Desde el 25 de enero de 2021 se les escanea el carnet de identidad a las personas que acuden a comprar a la panadería de 16 entre Tejar y Pocito, en Lawton, Diez de Octubre, perteneciente a la Cadena Cubana del Pan. Esta medida, que comenzó a aplicarse en dicho establecimiento y con posterioridad se ha extendido gradualmente a otras panaderías del municipio, tiene como objetivo que cada cliente solamente pueda comprar una vez al día. También se ha reducido la cantidad que se puede adquirir por persona, así como el número de panes que se hornean en cada tanda, y solo venden una variedad cada vez.

Hace unos cinco o seis años, quizás un poco más, que el suministro de pan presenta constantes dificultades, particularmente tras la crisis que comenzó a hacerse evidente desde 2018 y que actualmente ha alcanzado dimensiones extraordinarias. Además, a la escasez de oferta se le suma una marcada pérdida de calidad. Una amiga, responsable de la alimentación familiar comenta: “Por más que recorro varias panaderías a ver si encuentro una barra de pan que valga la pena, en todas está que parece un zapato. Pero así mismo nos lo tenemos que comer, porque con hambre no nos podemos acostar”.

Este 2021 la demanda de pan ha aumentado todavía más ante la escasez y encarecimiento de viandas y vegetales. Los frijoles, por ejemplo, solo se encuentran en bolsa negra, a 60 pesos la libra de los negros, 70 los colorados o 50 los caritas, cuando aparecen. Con el arroz sucede otro tanto, pues ya no se vende por la libre en los comercios estatales sino que hay que pagarlo a 35 o 40 pesos en el mercado negro.

De manera que un pan “con algo” viene a ser la única opción de muchos para resolver la comida o cuando menos “engañar el hambre”. Una madre preocupada confiesa: “Nada más dejan comprar cinco panes suaves de $1.60, y en casa somos seis personas. No me queda más remedio que vigilar a los particulares que pasan vendiendo las bolsas de 9 panes por 30 pesos. Si no, las niñas se me quedan con hambre. Por lo menos esos paquetes no están tan malos como el pan de barra que están haciendo en las panaderías del Estado”.

La mencionada disposición, sin embargo, no ha resultado tan efectiva como se esperaba. Una clienta de 16 y Tejar se queja de que el escaneo solamente se les hace a las primeras 30 personas, con lo cual sigue habiendo oportunidad para los que acostumbran a “colarse”. “De todos modos”, lamenta, “la cola crece hacia adelante”.

Tampoco se garantiza que los más desprotegidos puedan comprar. Un anciano cuenta que cuando llegó su turno, después de una hora de espera, se acabó el pan suave, el único que puede comer pues tiene dentadura postiza. Como ya le habían escaneado el carnet, perdió la oportunidad de comprar ese día.

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En la panadería de Lacret y Figueroa, en el mismo municipio, tampoco se puede comprar más de una vez al día. Para poder hacerlo, me explica una amiga, tras una cola que puede demorar dos o tres horas, se ve obligada a dejar sola a su mamá con demencia senil. Solo le venden 5 panecitos, o 4 barras de $5 (“cada día más chiquitas”) o 2 de $10. Asegura que prefiere las barras, pero no las sacan siempre.

Las tumultuarias colas para el pan liberado han estado entre los sitios de mayor riesgo en cuanto a posibles contagios de la COVID-19. No obstante, no olvidemos que las aglomeraciones no se deben a la pandemia que tan convenientemente sirve de justificación al gobierno cubano, sino que son resultado de la carestía y reflejo de la hambruna que ya nos golpeaba desde al menos un año antes de que nos azotara el SARS-CoV-2.

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