El USS Maine, 123 años después

USS Maine, Cuba
USS Maine (Foto de archivo/Internet)

GUANTÁNAMO, Cuba. – En un interesante artículo de Ciro Bianchi Ross publicado el 5 de febrero del 2011 por el periódico Juventud Rebelde se narra cómo diversos acontecimientos hicieron del USS Maine un navío de segunda, acompañado, además, de mala suerte.

No obstante, asegura el autor: “con sus 6 682 toneladas de desplazamiento, dos hélices, 96 metros de eslora, 17 de manga y 6,6 de calado y una velocidad de 17 nudos, era uno de los mayores y más poderosos navíos de la armada norteamericana”.

La lucha de los mambises era apoyada en todo el continente. La Invasión al occidente del país puso de relieve las dotes militares de Antonio Maceo -caído en combate el 7 de diciembre de 1896- y de Máximo Gómez. Sus nombres, y los de José Martí y Calixto García, eran mencionados con respeto por la prensa estadounidense y venerados por los exiliados cubanos.

En medio de esa ola de simpatía hacia Cuba llegó el Maine a la bahía de La Habana en enero de 1898.

¿Qué ocurrió realmente con el acorazado “Maine”?

La explosión, ocurrida sobre las diez de la noche del 15 de febrero de 1898, continúa sumida en el misterio y  las especulaciones.

En su libro Historia de Cuba, 1492-1898, el historiador Fernando Portuondo del Prado afirma que una comisión investigadora nombrada por el gobierno español concluyó que la explosión ocurrió en el interior del barco. Otra, estadounidense, que se debió a un factor externo, pero el historiador no ofrece más detalles.

Ciro Bianchi Ross afirma que el almirante Hyman G. Rickover -quien fue asesor del presidente James Carter y autor del libro Cómo fue destruido el acorazado Maine, publicado en 1976- concluyó que la causa de la explosión del barco fue interna.

Afirma también que en 1995 Harold y Peggy Samuels publicaron el libro Recordando al Maine, en el que tratan de demostrar que la causa de la explosión fue externa.

En el libro Historia de Cuba, 1492-1898, formación y liberación de una nación, los historiadores Eduardo Torres Cuevas y Oscar Loyola Vega aseguran lo siguiente: “A fines de enero, el Maine, buque de alrededor de  6 700 t de desplazamiento, entraba en la rada habanera. El 15 de febrero, cerca de las diez de la noche, explotaba misteriosamente. Fallecían 266 hombres. España y los Estados Unidos se inculparían mutuamente por esta explosión y no han sido pocas las comisiones de peritos que han analizado los hechos. En la actualidad, las posibilidades excepcionales de reconstrucción de lo acaecido que ofrece la computación digitalizada inclinan la balanza hacia una explosión accidental”.

A esta indeterminación histórica contribuyó que el 16 de marzo de 1912 los restos del barco -que habían sido conservados- fueron hundidos a cuatro millas de La Habana en presencia de unidades navales cubanas y norteamericanas.

El  castrismo siempre ha asegurado que la explosión del acorazado fue una acción planeada por el gobierno norteamericano para justificar su intervención militar. En su odio contumaz hacia todo lo que procede de los EE.UU., defiende esa tesis sin detenerse a pensar que en la nave había cientos de estadounidenses. Una idea parecida es la que sostienen cuando mencionan el ataque a las torres gemelas de Nueva York el 11 de septiembre del 2001, pretexto que dicen fue urdido para atacar a Irak.

Sin embargo, Ciro Bianchi Ross, tomando como referencia varias fuentes, afirmó: “Valga desmentir algunas aseveraciones en torno al Maine. Veintiséis eran sus oficiales y 328 sus alistados. Los negros no eran mayoría en su tripulación ni tampoco fueron mayoritarios entre los muertos. Murieron dos oficiales y 258 alistados, de ellos 22 eran negros”. También el periodista asegura que no está probada la ausencia de la oficialidad cuando ocurrió la explosión.

Lo desmentido por Ciro Bianchi -aunque no lo dijo- son las mentiras echadas a rodar por el castrismo.

Las consecuencias de la explosión del acorazado “Maine”

Lo que sí está demostrado históricamente es que el gobierno de EE.UU. aprovechó el suceso para intervenir en la guerra que libraban los cubanos contra España, aunque la ola de simpatía que esa lucha había provocado dentro del país prácticamente no le dejaba otra opción.

Fernando Portuondo asegura en la obra mencionada que el presidente Mc Kinley, el 11 de abril de 1898, pidió autorización al Congreso de los EE.UU. para lograr “la completa terminación de las hostilidades entre el gobierno de España y el pueblo de Cuba”. Y el Congreso respondió emitiendo un documento conocido como la Resolución Conjunta del 19 de abril de 1898, que autorizó a Mc Kinley a adoptar las medidas que estimara necesarias para obtener la pacificación de Cuba y el establecimiento de un gobierno elegido por los cubanos. El documento también reconoció que los libertadores de la Isla tenían derecho a que se reconociera la independencia de Cuba, y reafirmó: “Que la Isla de Cuba es, y de derecho debe ser libre e independiente”.

La entrada del ejército estadounidense en la que ha sido denominada guerra hispano-cubana norteamericana aceleró el fin de la contienda. Las batallas libradas conjuntamente por el ejército norteño y los mambises en contra de España durante la toma de la bahía de Guantánamo y la loma de San Juan en Santiago de Cuba demostraron la heroicidad de los involucrados en esas acciones militares, incluidas las fuerzas españolas.

Que una corriente política contrapuesta al apoyo generoso y desinteresado del pueblo estadounidense a la causa cubana fuera la que lograra imponerse, con evidentes pretensiones neocoloniales, no impide reconocer que el ejército norteamericano jugó un papel eficaz como aliado de las tropas cubanas.

En 1898 los norteamericanos hicieron lo que cientos de cubanos ejercitaron antes a favor de la independencia de los EE.UU., otra historia de hermandad entre ambos pueblos todavía poco conocida.

De no haber intervenido en la guerra, esta se habría prolongado con un mayor costo de vidas humanas y daños económicos, pero eso tampoco es reconocido por el castrismo.

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