En busca de los condones perdidos

LA HABANA, Cuba.- No sé qué dirán, si es que me leerán, los tantísimos proustianos que andan regados por el mundo. Quizá les parezca una blasfemia que yo me ponga a parodiar el título de uno de los más grandes empeños literarios de la historia, a uno de los grandes monumentos de la literatura, pero les advierto de antemano que en estas líneas se apunta a Cuba y no a Cowbray. Acá no se encontrarán referencias a Odette de Crécy ni a Charlus y mucho menos a Gilberta, acá los “personajes” tienen apellidos más castizos, aunque no sean revelados.

Aquí los personajes son isleños, cubanos para ser más exactos, y sus angustias difieren, en mucho, de esas que exhibían los “héroes” de Marcel. Y es que las angustias francesas siempre fueron diferentes a las angustias cubanas, y también las alegrías. La única conexión que se podría advertir entre los unos y los otros está en el hecho de que todos buscan algo perdido; en el caso de los personajes de Proust indagan en el tiempo, en el tiempo perdido, mientras que los cubanos, desgraciadamente, hace mucho que nos acostumbramos a perder el tiempo, y a buscar, entre muchos otros imposibles, el bienestar, la diversión, y los placeres del sexo.

Y dejemos a un lado ya a ese otro tiempo, dejemos atrás los coqueteos filosóficos porque acá lo que está en juego es el tiempo de vida que, aunque parezca un absurdo, muchas veces crea algunas dependencias y se somete a un condón, a eso a lo que también llamamos preservativo, porque preserva, salvaguarda, la vida, esa vida que está seriamente amenazada hoy por un virus chino, y también por otro virus, sobre todo desde que desaparecieron de toda la “cadena de farmacias”, él único lugar en el que se podían conseguir a veces, desde hace ya mucho tiempo, los condones.

Se perdieron los condones pero no sabemos aún qué pasó con ellos, desconocemos la causa de tal pérdida. Humberto López no habla de condones en sus programas televisivos y tampoco Randy en la “Mesa Redonda”, y mucho menos los noticieros de televisión y la prensa escrita; aun así creo que somos capaces de intuir las consecuencias de esas pérdidas, y también podríamos suponer los entramados en los discursos de las autoridades cuando, y lo digo sin temor a equivocarme, nos adviertan que escasea la materia prima para su fabricación, que se hace imposible la importación por culpa del embargo norteamericano; para explicar luego que el precio del kilogramo de la materia prima con la que se fabrica un condón es demasiado alto en el mercado internacional, y otras tonteras.

El “bloqueo” será entonces, y una vez más, el culpable del crecimiento de los contagios de gonorrea y sífilis, pero eso podría no ser tan tremendo porque esas enfermedades se resuelven con un poco de antibióticos, aunque no sobra advertir que también la penicilina anda desaparecida, aun cuando los amantes no dejan de tener deseos, y tampoco dejan de tener sexo, porque es muy placentero, y hasta edificante. El sexo puede ser, sin dudas, salvador en medio de cualquier crisis. Un cuerpo satisfecho puede aguantar, al menos por un tiempo, el hambre, las pandemias, y algunos de los tantísimos horrores que se dan en las dictaduras de cualquier tipo.

En Cuba no hay, al menos en farmacias, Norgestrel, pero resulta que si existiera ese anticonceptivo no sirve para quienes tienen una insuficiencia hepática, lo que sucede mucho en esa Cuba en la que se consume tanto alcohol; y tampoco aparece el Etinor o las ampolletas de Noristerat, que son también anticonceptivos, como el Etinilestradiol y las ampolletas de Valerato de Estradiol. Y todo eso complica mucho la vida, una vida que precisa del erotismo, del sexo pleno, de la gozadera cubana, que siempre anda muy cerca del componente sexual.

Cualquier pandemia, cualquier pandemonio comunista, se hace en algo soportable cuando el sexo es bueno, cuando es continuo; pero cuando no existe se puede engendrar una hecatombe, un holocausto. Y eso podría suceder ahora mismo en Cuba, en cualquier ciudad, en el campo más intrincado, en esos a los que aún no llegó la luz, la radio, la televisión, en esos lugares en los que aún no llegaron las noticias que advierten la existencia de la pornografía. La contención es sin dudas insalubre, y tan peligrosa como el celibato.

condones
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Y eso está sucediendo en estos días en los que no aparece un simple condón, no un condón colosal; pienso en un condoncito cualquiera que permita disfrutar después de pasar la puerta del hotel del que hablara Guillén en un poema, ese poema que él llamó “Tengo”, y que hoy merecería reescritura, y también de una “retitulación”, que podría ser: “No tengo”, “Escaseo” “Sufro por un condón”. Un poema que podría decir: “no country,/ no jailáif,/ no tennis y no yacht/ no comida/, no libertad/ y muchos menos condón/ y mucho menos sexo/ y mucho menos amor”…

Y esa carencia colosal traerá horrores a montón. Ya veremos la grandísima afluencia a las consultas de psiquiatría. Ya veremos las pandemias, como me advierte un hombre gay con VIH, quien me aseguró que instituciones de salud encargadas de propiciarle el sexo seguro le entregaron condones vencidos, esos condones que son una trampa, que se rompen desde el primer intento de abrazar, protectoramente, al pene. Y también me hizo saber que no son pocos los que, ante la carencia, los consideran recuperables y los lavan suavemente, para que no se rompan, y los tienden luego al sol, para secarlos bien, pero no consiguen robustecerlos.

Lo que sí se consigue es aumentar la dimensión del condón, tanto que “cualquier tamaño” podría bailar dentro del preservativo lavado y secado al sol. Es así que se consigue hacerlos vulnerables, tremendamente frágiles, y su ensanchamiento podría ser tan enorme, que “cualquier dimensión” podría bailar dentro. Los condones lavados, soleados, reciclados, son un peligro, porque más que en una “muralla”, hace pensar en un enorme y desvencijado salón de fiesta, en una afrenta, en un peligro infinito.

Así que, Guillén, cuando me veo y toco, yo “Juan sin Nada no más ayer”, y hoy Juan con menos, vuelvo los ojos y miro, veo y me toco, y me requetetoco, y me pregunto cómo ha podido ser, cómo ha podido ser que ni sexo se pueda hacer tranquilamente en esta Isla, que sólo pueda tocarme en solitario, que solo pueda imaginar que vivo mientras muero, y me pregunto cómo ha podido ser. Ay Guillén, dime tú que los conoces bien, cómo ha podido ser. No me queda otro remedio que pensar que hasta eso lo tenían pensado. ¿Será que vieron beneficios en la desaparición?

Creo que lo tenían to’ pensa’o, que es sólo una estrategia para hacer crecer la natalidad, para dejar atrás eso que se llama “planificación familiar”. Eso parecer responder a la lógica; quizá reconocieron que las mujeres cubanas no quieren parir, no antes de llegar a algún exilio, que los hombres cubanos no quieren engendrar y dejar un hijo atrás cuando finalmente consigan algún exilio.

Cuba no quiere parir más hijos pa’ que luego sufran, pa’ que sean vejados, pa’ que terminen siendo “carne de presidio”, pa’ que mueran en medio de una gran amargura, en medio de grandes olas. El poder sabe lo que Cuba quiere, y por eso no me parecen descabelladas mis sospechas, esas que me hace pensar que hasta podrían hacer desaparecer los condones para siempre, para que aumente la natalidad. Y quizá alguien supone que sufro una demencia, y yo insisto en que podría ser una estrategia para hacer que aumente el número de súbditos.

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