Enrique Loynaz del Castillo: prisma de integridad, valor y cultura

GUANTÁNAMO, Cuba. ─ Este 5 de junio se cumplen 170 años del nacimiento del insigne patriota cubano Enrique Loynaz del Castillo, General de Brigada del Ejército Libertador (EL) y también padre de la poetisa Dulce María Loynaz, Premio Cervantes de Literatura.

Loynaz del Castillo nació en 1871 en Puerto Plata, República Dominicana, cuando sus padres cubanos residían en el exilio, en una casa de la delegación revolucionaria de esa ciudad.

Con 20 años conoció al Apóstol José Martí en Estados Unidos. A partir de ese momento quedó vinculado a él de forma entrañable, tanto que este le confió misiones de altísima responsabilidad, como la introducción de 200 fusiles Remington y 48 000 cartuchos de guerra por Nuevitas, Camagüey. Aunque esta acción no consiguió su objetivo debido a una delación, Loynaz logró escapar audazmente por Punta de Práctico hacia Nueva York en el vapor alemán “Amnur” y hacerse de una ola de admiración y simpatía durante aquellos años precedentes a la Guerra Necesaria.

El Maestro también le encargó que contactara con el Mayor General Antonio Maceo en Costa Rica. Allí fungió como su secretario y le salvó la vida en el atentado ejecutado por reaccionarios españoles el 10 de noviembre de 1894.

Enrique Loynaz del Castillo participó en la elaboración del Plan Fernandina en enero de 1895 y fue testigo de cómo José Martí, después del fracaso de ese plan debido a otra delación, logró obtener importantes aportes financieros de familias acomodadas y de hondas fibras patrióticas como las de Eduardo Hidalgo Gato y Luciana Govín para que no se detuvieran los preparativos de la guerra necesaria.

Trayectoria militar

Loynaz del Castillo ingresó en el Ejército Libertador el 24 de julio de 1895 al formar parte de la expedición del vapor James Woodalf, comandada por el Mayor General Carlos Roloff, la cual logró desembarcar por Tayabacoa, en la costa sur de la provincia de Las Villas, siendo destinado a servir en las tropas del Mayor General Serafín Sánchez Valdivia, donde ocupó el cargo de jefe del Estado Mayor (EM) y participó en los combates de Taguasco y Los Pasitos.

Según el Diccionario Enciclopédico de Historia Militar de Cuba ─una de las fuentes bibliográficas que hemos usado para la redacción de este artículo─ durante esa primera etapa de la guerra participó en todos los combates, destacándose, entre otros, en los de La Reforma, Boca del Toro, Mal Tiempo, Santa Isabel, La Colmena, Coliseo, la Entrada, Calimete y El Estante.

Fue representante por la provincia de Camagüey a la Asamblea Constituyente de Jimaguayú –celebrada en septiembre de 1895–, donde redactó la declaración de independencia contenida en la Constitución allí aprobada.

En agosto de 1896 presentó un plan al Consejo de Gobierno de la República en Armas para extender la guerra a Puerto Rico, pero este órgano lo desaprobó al mes siguiente.

Enrique Loynaz del Castillo tuvo una destacada participación en el combate de Paso de las Damas, donde falleció el Mayor General Serafín Sánchez. Allí fue el ejecutor de una carga contra las tropas españolas para rescatar el cadáver de su jefe. Posteriormente, quedó encargado interinamente de la inspección en el Ejército Libertador.

El 1ro de enero de 1897 fue designado segundo jefe de la infantería del Regimiento Expedicionario que operaba en la provincia de Matanzas, subordinado al General de División Avelino Rosas. Un mes después fue nombrado jefe del Estado Mayor del Mayor General José María Rodríguez , “Mayía”, quien estaba a cargo del Departamento Occidental.

En 1897 sustituyó al General de División Quintín Banderas y reorganizó el contingente expedicionario. Volvió a insistir en su plan de extender la guerra hacia Puerto Rico con el objetivo de cumplir uno de los objetivos concebidos por José Martí al organizar la Guerra Necesaria, pero no pudo obtener su aprobación.

Participó en más de 60 acciones combativas y el 1ro de abril de 1898 se reincorporó a su cargo de jefe del Estado Mayor del Departamento Occidental, en el que terminó la guerra.

En diciembre de 1899 el gobierno dominicano le confirió el grado de General del ejército de ese país.

Labor durante la República

Durante la primera intervención norteamericana estuvo bajo las órdenes del Mayor General Mario García Menocal como secretario del Cuerpo de Policía.

Fue elegido representante a la Cámara por la provincia de Camagüey y ocupó ese cargo desde 1902 hasta 1906. Fue una de las principales figuras que se levantó en armas en protesta por el intento de reelección de Tomás Estrada Palma, razón por la cual fue detenido el 19 de agosto de 1906, pero logró escapar para tomar el mando de las fuerzas opositoras al reeleccionismo en las provincias de La Habana y Matanzas, dirigiendo en septiembre de 1906 los combates de Babiney-Colorado y el de Wajay, donde fue herido por un machetazo en la cabeza. Dos días después fue proclamado como Mayor General.

Loynaz del Castillo también fue embajador de Cuba en México entre 1908 y 1911. Y cuando el presidente Mario García Menocal ─su antiguo jefe─ quiso reelegirse, participó en el alzamiento de los liberales en febrero de 1917 en su contra, lo cual dice mucho de su integridad moral.

En 1928 fue nombrado embajador de Portugal y ocupó igual cargo en la República Dominicana y en Haití.

De igual forma, combatió a la dictadura de Gerardo Machado y participó en la sublevación del Cuerpo de Policía de La Habana en 1933, cuando tenía 62 años.

Posteriormente fue reincorporado en el servicio diplomático, ocupando el cargo de embajador en Panamá y Venezuela.

En los últimos años de su vida se desempeñó como asesor del Ministerio de Estado y fue un acérrimo enemigo del dictador Rafael Leónidas Trujillo.

Se retiró de la vida activa en 1947 y murió en La Habana el 10 de febrero de 1963, a los 82 años.

Fue autor del libro Memorias de la guerra, considerado ineludible para el estudio de la Guerra Necesaria. En él narra que la única vez que Antonio Maceo lo invitó a cenar, ocurrió lo siguiente: “De sobremesa, a la luz de una vela de cera, con todo el Estado Mayor alrededor de nosotros, recordábamos el general y yo nuestra vida en Costa Rica, la expedición de Fernandina y las pavorosas marchas de los expedicionarios de Maceo luego de desembarcar en Duaba. Como era natural, hablamos de Martí; porque mi mente saturada estaba de emociones sentidas en la visita al campo de Dos Ríos, expresé mi angustia por la suerte futura de la República, privada de su artífice, sabio, austero, glorioso. El general me interrumpió: ‘Si, es verdad que Martí era un gran abogado’. Sorprendido, interrumpí a mi vez a Maceo: ‘No, General, no un gran abogado. Martí es el primer estadista de América: es la cumbre del patriotismo y la posteridad ha de venerarlo como el libertador de la Patria; porque sin él, General, ni Usted, ni Gómez, ni nadie hubiera podido reanudar la guerra…”. Así era la altura ética de Enrique Loynaz del Castillo.

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