Escuela de conducta

El pasillo del segundo piso de la escuela ya estaba libre, ya había pasado la primera legión de mochilas y bolsitas de la merienda, incluso el segundo timbre ya había sonado. La mayoría, como era habitual al escuchar la campana de las 12:30, ya se había desbocado escalones abajo y los más lentos o pequeños llegábamos recién al borde de la escalera, para bajar cautelosos, de uno en fondo y pegaditos a la baranda.

Tengo la imagen de ese primer escalón de mármol que había que pisar con cuidado porque estaba rajado y suelto. Puede que me haya quedado demasiado tiempo viendo la rajadura, o con una cara más seria que de costumbre.

—Oye, ¿qué te pasa? —me preguntó un niño de mi aula al que le interrumpía el paso.

Yo no respondí, no podía hablar y sentía que la cara me quemaba. Seguramente estaba roja como un tomate. Era la única manera que tenía mi cuerpo a esa edad de expresar cualquier cosa. Yo, además, hablaba poco.

—Le tocaron el culo, Leudier le tocó el culo.

Era la voz de Dayana, que venía detrás de mí. Algo había visto ella. Dayana conocía bien esos «tropiezos» y asumió que me habían hecho lo mismo. Comenzó el pitido en mis oídos, me llenaba de rabia que contara, y más aún, que contara mal. Sentía la obligación de corregirla, pero yo ni siquiera le hablaba.

No me importó lo que tanto advertían sobre forcejear o empujar en el borde de las escaleras. Metí un codazo a no sé quién y bajé hecha una flecha.

Leudier no me había tocado el culo.

Mi casa quedaba a una cuadra de la escuela. Era una de esas escuelas de barrio con los baños tupidos, siempre llenos de mierda, olvidada por los eslóganes que pregonaba la valla publicitaria de la Revolución.

«Mi escuelita, mi escuelita es muy bonita…» Así decía una canción, ¿no?

Mi escuelita era una casona antigua, y tanto sus muros como su pedagogía se desmoronaban. La sensación de que mañana se cae todo. Pero no, ahí queda. Colgado, sostenido todo de una viga herrumbrosa. En mi escuelita lxs niñxs pegaban a las profes, y las profes a lxs niñxs. Aportábamos dos o tres niñxs por aula a las llamadas Escuelas de Conducta. Leudier era uno de esos niños, con «problemas». Yo lo veía completamente normal.

Un niño flaco, alto para su edad, de ojos redondos muy expresivos. Cuando sonreía, podías olvidar que era el mismo niño que habías visto enloquecer en la mañana. Entre la maestra y tres más no lograban calmarlo. Los gritos de ira de un niño de ocho años, su boca abierta por el dolor, sus ojos a punto de saltar, su cara arrugada en un sufrimiento que le venía de adentro, como si aprovechara el ruido de una mosca para dejar salir la frustración de un mundo, la suya, la de sus padres, la de la maestra, la de todxs lxs niñxs del mundo oprimidos en aulas apestando a grafito con mocos.

Llegué a mi casa aquel mediodía. Mi mamá tendía ropa en la azotea. Mi abuela me mandó lavar las manos, y me desplomé en llanto en la puerta. Mi abuela, la pobre, no entendía nada, y yo no se la ponía fácil. Mi mamá bajó al poco rato y empezaron las preguntas. Yo quería, pero no quería contarle. Quería simplemente que no hubiese pasado y así no tener qué contar.

Nunca me demoraba tanto en salir del aula, tampoco iba de primera porque detestaba el tumulto que se armaba cuando tocaban el timbre y todos se lanzaban afuera como bestiecillas con pañoletas. El pasillo, a punto de caerse, algún día se vendría abajo con una bola de muchachos.

Ese día me retrasé un poco más, me quedé apuntando algo o me demoré en un trazo. Algo hizo que permaneciera de pronto sola en el aula, o al menos eso pensaba yo. Los pupitres, organizados en filas. Tantas filas que el espacio entre ellos apenas alcanzaba para pasar de costado. Metí los libros en la mochila, volteé dispuesta a salir, y ahí estaba él, con sus ojos saltones. Clavado, sin intención de moverse. Entonces, o le atravesaba la frente con la punta del lápiz, práctica muy popular en mi escuela, o intentaba establecer un diálogo.

—¿No escuchaste el timbre? ¿Qué tú haces aquí? —me preguntó, tan perturbador como si se tratara de un hombre retorcido y hecho.

—Sí, ya me voy — respondí yo.

—¿No escuchaste lo que dijo la maestra? —ya muy pegado a mí—.

—Dijeron, los externos saliendo.

Los externos eran aquellos privilegiados que escapaban de la desnutrición servida en bandejas en el comedor escolar.

—¿Tú no eres externa? —me dijo, al tiempo que metía su mano por debajo de mi falda. En mi entrepierna, la palma de su mano a través de mi calzón.

No sé cómo salí de ahí. Creo que él comenzó a reírse de mi cuerpo frío como piedra. Era todo el combo del macho que le habían enseñado a ser: acosador, abusivo, lascivo, burlón. Lo siguiente que recuerdo es el pasillo a punto de caerse, el borde roto de la escalera de mármol, y Dayana contando mi trauma convertido en chisme en menos de cinco minutos.

Mi mamá, de la dulzura y la comprensión, pasaba ya a la pérdida de la paciencia y a la molestia ante mi llano y mi silencio. No temía tanto las represalias de Leudier, creo que él era consciente de que yo hablaría. Por desgracia, solo por no hablar en el aula e ir con el uniforme limpio, yo me convertía automáticamente en «Beso de la Patria». Era la tonta útil perfecta que la maestra, en ausencia, mandaba a la pizarra a hacer la lista de los indisciplinados. Listas que siempre borraba antes de que ella volviera, pero igual. Ya nadie confiaba en mí, yo tampoco en nadie. Entonces no temía que él pudiera hacerme algo peor. Temía cargar con la responsabilidad de que lo enviaran otra vez a la escuela de conducta.

A Leudier, según le había chismeado la maestra a mi mamá alguna vez, podían encerrarlos encueros en un closet después de una buena tunda de golpes. Yo tenía miedo, sí, pero de que me odiara, y con razón, por contar lo sucedido. Seguramente Dayana no contaba, o no armaba un gran lío y llegaba llorando a su casa porque un niño le había tocado el culo, o le había pegado, o la había humillado.

No recuerdo si fue en ese momento, o más adelante, que Leudier desapareció del aula, como desaparecían cada tanto Reinier, o Ariel, o Jorgito, niños con «problemas» que se pasaban temporadas cortas, largas o medianas en las escuelas de conducta.

«A fulanito lo mandaron pa´ la escuela de conducta, ¿quieres acompañarlo?» A pesar de la frecuencia con que se usaba esta amenaza, no dejaba de calar los huesitos de todxs. A mí me costaba entender por qué, cuando alguien preguntaba qué sucedía con el niñx, la respuesta venía siempre en un volumen bajo, casi ilegal. «No, es que el papá está preso, y la mamá se fue en una balsa y lo dejó con la abuela». O «la mamá tiene un novio que le pega, y le pega a él». O «que su papá es un borracho y por poco los mata a todos la última vez». O «que su papá se fue en una balsa, y su mamá es puta, y el niño anda regado en la calle, en el ambiente».

Miles de combinaciones posibles, pero todas exponían cuestiones de adultos. Por qué se decía entonces  «niñxs con problemas» y no «padres con problemas». ¿Por qué eran lxs niñxs lxs enviadxs a la cárcel? Para mí, no había dudas de que estas escuelas de conducta funcionaban como pequeñas cárceles para niñxs abandonadxs que evidenciaban lo que se desploma en cámara lenta. Como el pasillo de mi escuela. Porque, claro, estxs niñxs gritan, escupen a voz en cuello un auxilio para las miserias de sus padres.

Leudier regresó como regresaba siempre después de sus temporadas por el inframundo correctivo. Manso. Durante la primera semana no pude dejar de mirarlo. Le tenía miedo, pero en secreto y desde lejos añoraba esos momentos fugaces en que la maestra lo abrazaba con cariño y él sonreía siendo un niño, sin más adjetivos. Ahora Leudier era el vacío con ocho años de edad.

Su mirada no se despegaba del suelo, todo él era silencio, una calma sorda y muda, un abandono de la expresión y sus latidos. Yo, con siete, podía ver en sus ojos de pescadito muerto el resultado de que te saquen el espíritu a golpes.

Él había quebrantado toda mi (no voy a decir «inocencia» porque no es el caso, ni tampoco se trata de buscar opuestos) intimidad sin mi consentimiento. Suficiente. Pero él era un niño, que aprendía de los adultos, igual que yo. Encima de la pizarra había un cartel con una frase martiana que me provocaba náuseas, no sé si por el trazo, tan conocido por mí, de la profe Consuelo (sí, ese era su nombre), o por lo que yo interpretaba de la frase. «Los niños son la esperanza del mundo».

No le encontraba sentido a ese mundo del que hablaba Martí. Nos habían dicho que la esperanza era algo bueno, por venir. Cómo sería entonces ese mundo cuando a la esperanza la apaleaban en una escuela de conducta.

Leudier nunca más me molestó, nunca más pasó ni de casualidad por mi lado. Ni siquiera después, cuando volvió a ser él, porque siempre volvía a ser él. O, en todo caso, un él con más frustraciones, con más kilometraje recorrido en la carrera de violencias que acumulaba a tan corta edad.

Un día algo pasó, como pasan las cosas hermosas. Yo ya había dejado de espiar el dolor del niño y andaba en otros recovecos de mi universo infantil. Aburrida, miraba sin ver hacia una esquina del salón. Un pestañazo lo hizo entrar en foco. Desde el otro extremo, Leudier me sonrío. Él se disculpó, yo me disculpé, hasta que el reglazo en la pizarra de la profe Consuelo nos hizo reaccionar y regresar a nuestros respectivos pupitres/roles otra vez.

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