Este partido no lo resuelve ni Capablanca

LA HABANA, Cuba.- Los días cubanos ya perdieron la gracia que quizá tuvieron alguna vez; el sosiego ya no existe, y el alboroto de hoy parece más intenso que el de otros tiempos; en cada hora, en cada minuto, reconocemos sucesos que se enredan y hacen más difícil las soluciones de eso que, cada vez más, nos recuerda a un partido de béisbol, de fútbol, y es probable que hasta nos venga a la cabeza un partido de ajedrez, para ponernos más a tono con Fidel Castro, ese que aseguró, hace algún tiempo ya, que un país no se dirigía como se dirige un tablero de ajedrez. Y hasta pareciera que algo de sabiduría mostraba entonces quien la perdiera con tantísima frecuencia.

Sin dudas algo había de razón en lo que dijo; un país no se dirige de la misma manera en que se atiende a las piezas que se enredan en un tablero de ajedrez, porque un país no es un tablero de ajedrez, un país no es un tablero de cuadros negros y blancos, aunque quisieron hacernos creer en esa fabulación desmedida, aunque tuvieron la ambición de que creyéramos que habría, que hay, la misma cantidad de “cuadros blancos” que de “cuadros negros”, como sí sucede en el tablero de ajedrez, y así, de paso, simular que existen también las mismas posibilidades y democracias para todos, como sí está comprobado que sucede en un tablero del juego ciencia.

Un partido de ajedrez es pura democracia aunque exista un rey, y una reina o “primera dama”. En un partido de ajedrez todas las piezas resultan importantes, y todos los miembros de esa sociedad, que es el tablero, son útiles, desde el rey y la reina hasta los peones. En un partido de ajedrez importa cada movimiento, el de todos los miembros de esa sociedad de cuadrículas perfectas; los alfiles y los caballos pueden proteger tanto como las torres, aunque sean diferentes sus estrategias de combate. En el ajedrez todas las piezas cuentan.

Y es tan raro que un hombre que, sin dudas, miró al país de la misma manera en la que le “metieron los ojos” Capablanca o Fisher, dijera luego que no se podía regentar una nación con las mismas estrategias que se usan para mover las dúctiles piezas del ajedrez. Siempre resultó difícil comulgar con los dislates de Fidel Castro, pero esa vez se le fue la mano, tanto que armó un grandísimo embrollo en el más ordenado de los espacios, en un tablero de ajedrez.

Siempre resultó difícil seguir a pie juntilla cada uno de sus delirios, tan difícil que hasta daban ganas de reír. Y ahora, pensando en eso que dijera Fidel Castro, intento suponer las reacciones del Che Guevara cuando escuchó el comentario de su jefe. Me pregunto lo que pudo decir ese Che que tanto reverenciaba al juego ciencia. Me pregunto qué opinión despertaría tal comentario en ese argentino que cargaba con su tablero a todas partes, incluidos sus viajes al inodoro, incluso cuando hacía un viaje al Congo. Guevara cargaba siempre con su tablero; lo mismo en un campo de batalla que en un viaje que exhibía tintes diplomáticos.

Y el Che Guevara no solo cargaba con el tablero y con las piezas. El argentino, el rosarino, hacía el viaje acompañado también por su contrincante favorito, aquel Papito Serguera de tan triste recordación, aquel Papito Serguera que, supongo, Dios pusiera en el lugar que mereció desde su nacimiento, y que no podría ser otro que el infierno, un infierno que le mostrara todo su desprecio. El Che Guevara cargaba con el reloj que medía el tiempo que demoraba en decidir, en concretar, el movimiento de sus piezas, y también lo que tardaba su contrincante favorito.

Y Fidel Castro no creía, como el rosarino, en el ajedrez. Fidel Castro mostraba sin remilgos su desprecio hacia el juego ciencia, hacia ese tablero perfecto y ordenado. ¿Tendría que ver su desprecio con el trazado perfecto del tablero? ¿Es posible que no le interesaran los ejércitos con idénticas posibilidades? ¿Será que prefería, también en el tablero, al contrincante fuerte y avezado que desafía al pobrecillo movedor de las piezas contrarias? ¿Será que miraba en el tablero a dos ejércitos reales, a dos enemigos enfrentados? ¿Acaso se suponía dirigiendo a uno de esos ejércitos? ¿Veía en las piezas contrarias a su enemigo de siempre? ¿Veía en el tablero a un ejército del Norte? ¿Se veía a él mismo en el lado contrario?

Castro Ruz no entendió jamás la “compleja espontaneidad” del tablero de ajedrez y tampoco entendió al país y su “compleja simplicidad”. Fidel Castro aseguraba que no se podía dirigir a un país como se enfrenta a un tablero de ajedrez. Fidel Castro no supo gobernar al país y tampoco comprendió las posibilidades que le abría el juego ciencia, y tropezó cada vez que intentó el enroque, y hasta cayó al suelo, a la vista de todos, y ni siquiera la alta torre del tablero pudo invisibilizar la caída.

Castro quedó en el suelo, detrás de la torre, y perdió el juego; fue al piso porque no distinguió las posibilidades que ofrecía el juego ciencia, todas las posibilidades que antes mostraron Capablanca o Fisher, y Kasparov. Él no comprendió al tablero, ni a las piezas sobre el tablero, como tampoco entendió al país, a la pequeña isla que anduvo regentando sin orden ni concierto. Fidel Castro provocó una tara.

Castro no entendió a su país y tampoco consiguió comulgar con el tablero de ajedrez, con la multiplicidad de piezas, con cada una de las variantes de movimiento que desarrollaban esas piezas. Y cómo podría entender Fidel Castro a ese tablero de ajedrez y a las tantísimas bondades que representaba comprender la multiplicidad de caminos en la vida de un país. Ojalá hubiera atendido al tablero, ojalá hubiera entendido la multiplicidad de caminos que ofrecía.

Un tablero de ajedrez es algo “tremendamente serio”, y ojalá por acá hubieran atendido a sus bondades, a la multiplicidad de caminos que ofrece. El ajedrez abre la mente, nos hace entender que poco importan los cinco, o quinientos candidatos vacunales si no hay aspirina en la farmacia, si escasean los hipotensores. Un tablero de ajedrez es capaz de “abrir las entendederas”, nos lleva a razonar, a transitar por los caminos del entendimiento, a comprender que el pan sin racionamiento puede ser tan importante, y quizá más, que esos cacareados candidatos vacunales. Un antidepresivo podría ser más oportuno que Abdala y Soberana. Nada es más preciado que la libertad y un bistec.

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