Gerardo Hernández y el circo de los CDR

Gerardo Hernández durante un video promocional de los CDR (Foto: Captura de pantalla/YouTube)

BOSTON, Estados Unidos. ─ La rimbombancia a cualquier puerilidad por parte de los representantes del partido único o de alguna de las instituciones afines ha sido una práctica habitual a lo largo del extenso mandato castrista.

Darle relevancia al absurdo de manera reiterada y festiva nos conduce a dos interpretaciones: un divorcio total de los protagonistas con la realidad, lo que indica mucho descaro y cinismo, y, por otro lado, la reproducción, no menos miserable, de actitudes que pretenden erigirse como elementos legitimadores del modelo político que generalizó la pobreza e hizo del miedo un traje a la medida para cada cubano. Aún son pocos los que se atreven a desembarazarse de esa vestimenta confeccionada en las decenas de cuarteles policiales, desperdigados por todo el país.

Uno de los más entusiastas en estas rondas de poses grotescas, es el exespía Gerardo Hernández, quien ostenta el cargo de Coordinador Nacional de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), una de las organizaciones que todavía sirven para mantener a flote el socialismo mediante puntuales avisos a la policía sobre la gente que sale del redil para ponerle voz al hastío, alimentado por las penurias y el impenitente ruido de la desesperanza.

Hace unos días, el ahora funcionario del régimen premió al expelotero Carlos Tabares con una regadera de acero inoxidable por su apasionada labor en el huerto que creó en el patio de su casa. En esa oportunidad, un mayor del Ministerio el Interior (MININT) también fue galardonado como parte de la disparatada ofensiva para contrarrestar los efectos del llamado “bloqueo” estadounidense.

Desde la óptica gubernamental, las penurias alimentarias que afectan a toda la población, agravadas con la llegada y permanencia del coronavirus, se deben a las medidas punitivas del poderoso vecino, impuestas por el presidente Kennedy en 1961 y llevadas a su máxima expresión por Donald Trump.

Resulta patético que se le dedique tiempo a lo que no es más que otra payasada, con el mayor respeto a las personas que se buscan la vida haciendo chistes y murumacas en el circo.

El sinsentido de tales acciones proyecta la naturaleza mezquina y burlesca de la revolución de los trapos, el churre, los ayunos involuntarios, la hediondez y las terquedades.

A la luz de la historia, nada que valga la pena resaltar, más allá de los cantos de sirena de los dirigentes, con sus vientres abultados por los banquetes y el ocio, y de actuaciones como la del funcionario en cuestión, que pretende hacer creer que la multiplicación de canteros en los vecindarios es la vía idónea para enfrentar el desabastecimiento en los mercados agrícolas.

En vez de estimular a los campesinos para ponerle fin a los ciclos de improductividad e ineficiencia, que mantienen las tarimas regularmente tan vacías como el bolsillo de un menesteroso, apuestan por la sordidez de un burdo entretenimiento a expensas de volver a ocupar espacios en la prensa controlada por los mandamases.

Gerardo trata a toda costa de congraciarse con quienes le garantizan una vida sin escaseces y con acceso ilimitado a esos mundos paradisiacos levantados tras las máscaras de una falsa austeridad. No le importa ponerse el traje de bufón y largar una retahíla de frases sin sentido que terminan ahogándose entre aplausos y vítores de un público que finge y teme escabullirse de esa puesta en escena.

La horticultura urbana es la alternativa que proponen los artífices del desabastecimiento. Una apuesta que subraya la continuidad de las carencias y los precios exorbitantes de los pocos productos que llegan a los mercados.

Aunque se nieguen a admitirlo, la solución está en el desmontaje del monopolio estatal a cambio de una diversificación que incluya la propiedad privada. Gerardo lo debe saber, pero, lógicamente, sigue a pies juntillas las directrices de sus protectores que manifiestan un odio visceral hacia la economía de mercado, aunque sus estilos de vida muestren una total afinidad con los millonarios de Wall Street. El exespía debe tener lista la próxima regadera para la función que viene. ¡Vaya ridiculez!

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