Hay que dialogar por la libertad de Cuba

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Artistas reunidos frente al MINCULT este viernes 27 de noviembre. Foto Twitter

LA HABANA, Cuba.- Todo parece indicar que la historia se repite hasta el cansancio, que el pueblo está agotado y que los dirigentes comunistas cubanos, apertrechados en sus cómodos puestos de facto, insisten en decir que su proceso revolucionario es infalible, no puede equivocarse, que es pontificio, como la palabra del Papa.

La Revolución cubana está mostrando un deterioro alucinante y el Presidente Díaz-Canel hace caso omiso. Sigue con la yagua antes de que caiga la gotera, e ignora que aquel que imita, fracasa. Ratificó que en Cuba hay espacio de diálogo, pero para todo lo que sea socialismo y Revolución, porque todos tienen que pensar como él, porque es él quien tiene la verdad absoluta.

El sabiondo periodista oficialista Iroel Sánchez publicó un artículo el pasado 2 de noviembre titulado ¿Por qué en Cuba no hay estallidos sociales? y resulta que Dios lo castigó. A los pocos días sonó uno, y el Movimiento San Isidro demostró su verdad, varios de sus miembros realizaron una huelga de hambre exigiendo la liberación de un joven injustamente sancionado.

Pero, como ha ocurrido desde que Fidel y su hermano Raúl terminaron con sus escaramuzas para dar inicio a una “guerra de liberación”, o mejor dicho, para una férrea dictadura estalinista, cualquier brote de disidencia u oposición es acusada como una agresión desde Washington.

Se equivocó Raúl Antonio Capote cuando afirmaron que “una mezcla de guerra económica con insuficiencias internas no provoca estallidos sociales, cuando un sistema de partido único se ha sometido a la prueba de las urnas”. Se equivocó la paloma.

En primer lugar, el pueblo está harto de un unipartido fracasado que sólo proporciona hambre y miseria, mientras la eficacia política del gobierno está por los suelos: escaseces surgidas a partir de 1959, con un modelo económico que, dicho por Fidel Castro en 2010, “no sirve ni para nosotros mismos”.

Cuba
Artículos de Granma y Juventud Rebelde, relacionados. Foto del autor

Díaz-Canel, fiel a la pedagogía castrista, repite que “la calle en Cuba es para los revolucionarios” y para demostrarlo realiza un acto oficialista en el que le achaca a Donald Trump la canallada de una manipulación contra la Isla. Entonces, ¿avizora una guerra civil en Cuba, como ocurrió con las dos dictaduras anteriores? ¿La presiente?

¿Recuerdan ustedes —le pregunto yo a él y a esos oficialistas de la prensa raulista— como también eran llamados “shows anticubanos” los grupos de Derechos Humanos creados en los años ochenta por iniciativa propia de profesionales cubanos, ansiosos de libertad, enemigos de comunismo, llevados a prisión y acusados de supuestos escándalos públicos, seguido de miles que testimoniaron violaciones ante la comisión de Derechos Humanos?

¿Recuerdan aquel excelente documento La Patria es de todos, firmado por profesionales cubanos, en 1994, que cumplieron años de prisión mientras la dictadura acusaba a los Estados Unidos de haberla creado?

Su problema, Díaz-Canel, es demostrar la capacidad gubernamental, entender de una vez que si el pueblo no quiere producir es porque está en desacuerdo con un régimen que ha demostrado su incapacidad. ¿No pudo acaso China y Viet Nam, pese al mismo bloqueo impuesto, crecer y desarrollarse? ¿Por qué acostumbrarnos a las remesas, a las donaciones, a no pagar las deudas?

Ni siquiera tenemos éxito en la agricultura, que ya es mucho decir. Mucho menos en el ordenamiento empresarial, enfrascados en leyes que no conducen al desarrollo, de las cuales el pueblo se percata, así como de la falsedad que se dice sobre la garantía de los depósitos de la población en los bancos, algo que jamás se ha respetado en Cuba, recordemos los primeros años del régimen y a los artesanos de la Plaza de la Catedral por los años ochenta.

Hoy la vida es otra en la Isla cubana. El gran subsidio soviético, malgastado en planes absurdos y locos de producción y en dinero para que las guerrillas fomentaran el comunismo en América Latina, ya no existe.

El mapa es otro. El Muro de Berlín fue derribado y el rojo de la paleta mundial apenas se ve, pese a Corea del Norte, Cuba y sus dos feos amigos. El viejo fantasma del comunismo está muerto y encerrado en piedra. No tiene nada que ofrecer, que no sea cárcel y escasez hasta de palillos para los dientes y papel higiénico. Su barca, con su carga de pobreza y desdicha, hace aguas; desapareció de pronto, como mismo nació.

Hoy el viejo Marx ni siquiera puede resucitar para decir: “Proletarios de todos los países, perdón”.

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