“Irnos de Cuba”: la verdadera espontaneidad de los jóvenes estudiantes

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Estudiantes universitarios. Foto archivo

LA HABANA, Cuba.- A casi un año de la interrupción de las clases en las universidades de Cuba en marzo de 2020 como medida extrema para evitar el avance de la pandemia de coronavirus en la Isla, el Ministerio de Educación Superior (MES) dictó el 22 de enero último la Resolución 3 de 2021, que establece las “orientaciones generales para el inicio y desarrollo de las actividades académicas de pregrado y postgrado en el curso 2021” —a iniciarse el 1ro de febrero—, en correspondencia con la “situación epidemiológica de cada territorio”.

Entre lo dispuesto por la referida Resolución, llama la atención la prevalencia que se otorga a la “incorporación de los estudiantes a las tareas de impacto necesarias, con prioridad en el enfrentamiento a la pandemia…” antes que a las actividades lectivas y a la formación de los futuros profesionales dentro de cada especialidad.

El documento en cuestión insiste en lo que llama “acciones de impacto comunitario, como parte de la formación de profesionales integrales, competentes, con firmeza político ideológica y comprometidos con la Revolución”, con lo cual queda consagrado el instrumento de presión sobre los jóvenes estudiantes universitarios para utilizarlos como peones en la nueva “batalla”, esta vez contra un enemigo invisible y potencialmente letal, el coronavirus.

Paradójicamente, el cierre de las Universidades en marzo pasado se produjo, al menos de palabra, para alejar a los estudiantes del posible contagio y controlar la epidemia, en un momento en que las cifras de casos positivos era sumamente baja. Por ejemplo, las cifras oficiales correspondientes al 23 de marzo de 2020 arrojaban un total de 40 casos desde que se declaró la enfermedad en Cuba (el 11 del propio mes), de los cuales 5 eran los positivos detectados el día anterior, solo tres de ellos cubanos.

En la actualidad, sin embargo, la situación es mucho más compleja. Solo en la semana comprendida entre el lunes 8 y el domingo 14 de febrero se reportaron 5 458 nuevos casos positivos a la COVID-19 en todo el país, 2 847 de ellos en La Habana, donde se concentra el mayor número de habitantes y numerosas comunidades donde viven miles de familias en condiciones de pobreza y hacinamiento.

¿Cómo se explica, entonces, que el actual rebrote impida el inicio de las clases presenciales en las aulas universitarias pero sí se exija a los estudiantes incorporarse a las llamadas “tareas de impacto”, que incluyen desde el apoyo en los centros de aislamiento y policlínicos comunitarios y el pesquisaje hasta el cuidado del orden en las multitudinarias colas de los mercados, como parte de la célebre “Lucha Contra Coleros y Acaparadores”, con todo el riesgo de contagio que ello implica?

Un encuentro con varios estudiantes del Instituto Superior Pedagógico “Enrique José Varona”, de la capital, permite conocer su opinión sobre este punto y otros, contenidos en la Resolución 3/21 del MES. Todos ellos han estado recibiendo mensajes perentorios de sus “profesores guías” para que se incorporen a las susodichas “tareas de impacto”, so pena de ser “analizados” en el Decanato y sufrir la correspondiente represalia, que en los casos más rebeldes podría incluir la expulsión de la Universidad.

Leannis, estudiante del 3er año de la Facultad de Español-Literatura, dice que a los estudiantes de su grupo les indicaron conectarse a un hilo común de Telegram a través del cual la profesora guía les daría las informaciones necesarias acerca de dónde deberían presentarse en el municipio de residencia de cada quien para recibir “la tarea” correspondiente. La institución municipal daría también la certificación de su desempeño.

“Hay un número alto (de estudiantes) que se ha resistido a ir, aunque se dice que nos van a pagar más de mil pesos (CUP), pero ese dinero no paga el riesgo. Ahora se está dando un proceso de análisis de la actitud individual y habrá sanciones y notas al expediente estudiantil. Pero hay mucha inconformidad porque nadie contó con nosotros para saber si estábamos dispuestos a ese sacrificio… ¡Porque es un sacrificio!”, razona ella.

“¡Para ellos somos soldados, así que nos dan órdenes como si fuéramos una tropa en una guerra. Yo ya hice un año de servicio militar, no tengo por qué recibir órdenes, menos aún de un civil!”, interviene Francis. Él cursa también su tercer año, aunque en otra facultad, y es uno de los que se resiste a asumir la “tarea de impacto”. Muy molesto, me muestra en su teléfono móvil un hilo de WhatsApp a través del cual se comunica su profesora guía y otros profesores del claustro. Menudean las amenazas con los que se niegan a “incorporarse a las tareas”, lo que pone al desnudo la “espontaneidad” de los jóvenes que tanto se pregona por los medios oficiales.

“Tengan en cuenta que si se predisponen será peor”, “todos los estudiantes revolucionarios se han incorporado” (y ya se sabe que las universidades son “para los revolucionarios”), “sean consecuentes con lo que les corresponde, después vienen las lamentaciones”, “no es obligado asistir a dar apoyo en esas tareas pero cada quien sabe lo que le conviene hacer en este caso”, “ustedes tienen lo que otros países no tienen, sean agradecidos y podrán sacar su carrera”, “las tareas de impacto serán medidas y evaluadas como una asignatura más”, “vamos a llamarnos a capítulo, no tomen esto como un regaño y mucho menos amenaza”… son algunos de los mensajes de los profesores a los jóvenes que pueden leerse en el hilo.

“También nos dijeron que debíamos donar sangre”, añade Vanessa, de 3er año de Español. “No sé cómo dicen en los medios del gobierno que ‘todo está garantizado’ y ahora nos piden la sangre porque ‘hay una emergencia nacional’… Hay muchas cosas que no se entienden, no están siendo claros y no nos están diciendo todo… Yo siento hasta miedo”.

Otros dos contertulios son más retraídos, temen expresarse, pero acaban contagiados por sus compañeros. “Lo que más me preocupa a mí es que el curso pasado terminó con un trabajo práctico en algunas asignaturas y en otras con un ‘cierre por desempeño’, que fue a consideración de los profesores sin debates ni consultas. Nos pusieron una nota y punto. Terminamos 2do año sin completar el plan de estudios del curso y seguimos igual o peor”, apunta Igor, de 3er año de la Facultad de Arte.

“Yo quiero ser una buena profesora”, vuelve a intervenir Leannis, “pero todos venimos con muy mala base por el bajo nivel de enseñanza que tuvimos en secundaria y pre. Ahora es peor porque en esa Resolución se dice que hay que desarrollar la ‘autogestión del conocimiento’, el ‘aprendizaje autónomo’ y otras cosas que solo se pueden hacer cuando contamos con bibliografía, acceso a Internet, contenidos digitales y otras garantías que la mayoría de los estudiantes cubanos no tenemos. Todo luce muy bonito en el documento pero en la vida real sabemos que solo los que tienen familias con recursos pueden aprender y presentarse a exámenes de suficiencia porque pueden comprar tarjetas y conectarse a Internet, descargar información y conseguir bibliografía. Los demás tenemos solo una guía de estudios y una lista de fuentes, pero ni libros ni megas. Me siento muy frustrada”.

Una vez más, como suele suceder con todo lo legislado en Cuba, la referida Resolución no pasa de ser otro manifiesto de intenciones, de esos que se redactan por un grupo de tecnócratas satisfechos con el único fin de mostrar a la opinión pública cuántos desvelos muestra el poder político por la instrucción de las nuevas generaciones, pero que en los hechos no guarda relación alguna con la realidad vital de esos jóvenes y de la mayoría de los cubanos.

Mientras, la frustración y la incertidumbre son los sentimientos que predominan en mis entrevistados. No tienen la solución, sienten que están perdiendo el tiempo y de antemano se saben condenados a la misma mediocridad que acabó tragándose a las generaciones de sus padres y abuelos. Es por eso que cuando les lancé la última y provocadora pregunta: ¿cuál es, entonces, su mejor expectativa en este escenario?, no me sorprendió una respuesta tan desgarradora como firme y unánime: “Irnos de Cuba, cuanto antes mejor”.

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