Jorge Ángel Pérez: la afonía de los vivos

Para quien ha transitado el camino de los espejos es complicado advertir el reverso verdadero en que te pueden convertir. Empuja la institucionalidad cubana demasiado fuerte, no interesa si anterior a ello ha otorgado la Distinción por la Cultura Nacional, no importa si ha de callar y sepultar en la maquinaria del olvido a cada uno de los premios que se ganan a golpe de rigor literario. No importa si han de vaciar librerías. Sumergir en la vastedad de un almacén ejemplares y más ejemplares y, de paso, a la historia política-cultural de la nación.

En la ficha de EcuRed de Jorge Ángel Pérez se especifica que resultó finalista del premio Rómulo Gallegos «con el voto de dos de los cinco jurados». Esto puede parecer un dato menor, incluso, raro o innecesario. Pero no lo es. Se trata de otra de esas pequeñas reafirmaciones, pilares digamos, que necesita el Gobierno cubano plantar aquí y allá, para que su re-narración de las historias nacionales tenga sentido. Como los datos —en apariencia irrelevantes— que un narrador coloca en la prosa y que explican los desenlaces una vez que se ha terminado de leer un libro.

En ese mismo afán novelesco han pretendido hacer de la realidad una purga. Borrar a un escritor contestatario por aquí. Castigar a quien recita poemas por allá. Convertir, o comprar, al otro. Demonizar a los críticos. El modus operandi se acciona estratégicamente para que puedan manejar los destinos de los escritores —ya sea mediante castigos, mediante el exilio o el insilio, ya sea mediante la burbuja que muchas veces hace pensar que la libertad de creación y contenido son un derecho para ejercer— como si fuesen figurillas que, luego de tensar bien una cuerda, moverán un hombro en la dirección que se desea, y así, sucesivamente. Este es un fenómeno macro y estructural, al que se le debe prestar toda la atención. Pero ello no significa que, desde lo micro, no exista la resistencia.

El intrusismo del poder —que se nombra, según Habermas: estatalización de la sociedad— en la vida pública, privada e íntima en el archipiélago, ha alcanzado todos los límites, también, los del silencio. Cuando un autor en Cuba es lanzado al foso de los desprecios por motivos ideológicos, sobreviene la afonía. Una elipsis que Jorge Edwards, desde 1970, describiera así:

«Aprendí en carne propia que la literatura, el periodismo literario, la edición, la cátedra, los cafés de la ribera izquierda del Sena y de las capitales de América Latina, son verdaderos nidos de censores, de soplones vocacionales, de hombres de cabezas cuadradas, que sólo saben intercambiar esquemas, ideas recibidas, naipes sobajados y marcados. Esclavos de la consigna, como dijo antaño, con su lucidez habitual, Vicente Huidobro1.»  

Jorge Ángel Pérez (Encrucijada, 1963) vive hoy en La Habana. Trabajaba como editor en Arte y Literatura. Un día quedó cesado, junto a otros editores, del staff de trabajo. Pasó a laborar por contrato, por libro. Otro día, dejaron de entregarle cuadernos para editar; luego, comenzó a contar el país, pero no desde la ficción. La realidad es una madeja demasiado peligrosa. Dejó de ser un escritor cubano para convertirse en blanco de acosos, de olvidos, de desmemorias.

La historia de la literatura en Cuba se narra en un tiempo presente que es sórdido y en el cual, constantemente, se vapulea —se reconstruye y se cambia— el pasado, aguijonándolo con una cánula como lo hace un técnico sobre una mesa quirúrgica. Una vez que el tejido adiposo se extrae del cuerpo queda una figura que refleja lo inexistente, una falsa belleza. Así es la historia (revolucionaria) de literatura cubana.

¿Su inserción en el panorama editorial cubano ocurrió con el Premio David en 1995 o anterior a ese suceso ya tuvo algún tipo de vínculo con el ámbito literario de la Isla?

Comenzó antes, mucho antes de que escribiera y publicara Lapsus calami. Creo que si algo reconocí tempranamente, si algo me sedujo tremendamente, fueron los libros. En la casa de mis abuelos paternos había muchos. Armando, que así se llamaba mi abuelo, decidió desde que fue a vivir a aquella casa, que convertiría en biblioteca uno de los tres dormitorios de la casa. Sobre largos tablones ajustados a las paredes, casi desde el suelo y casi hasta el techo, acomodaba sus libros, y les daba un orden que yo no descifraba en esa temprana infancia. En el centro de la habitación había una mesa sencilla, incluso humilde, y sobre ella un tablero de ajedrez, y también uno de esos relojes que usan los dos contrincantes enrolados en un partido. Eso había, y una silla, solo una silla.

Mi abuelo movía las piezas negras y las piezas blancas y tras cada jugada cerraba con un golpecito uno de los relojes, haciendo que echara a andar el otro, el que marcaba el tiempo de la jugada de ese contrario que no existía, de ese contrario que era él mismo. Mi abuelo terminaba ese partido en el que era el uno y su contrario, y leía las anotaciones que describían el desarrollo de aquel partido suyo en el que no existía un contrario. Luego, y alejado del tablero, tomaba un libro, y leía.

En la casa de mis padres, en esa en la que nací y viví mucho tiempo, había libreros por todas partes. Mi padre leía, leía mucho; a veces en voz alta, y movía la mano derecha, como marcando el ritmo de lo que leía; yo también lo hago a veces, sobre todo cuando me leo a mí mismo, quizá tratando de reconocer el ritmo de la prosa. Sin dudas leí mucho; supongo que primero imitando a mi abuelo y a mi padre, y luego por vocación. Y también estuve en un «taller literario», y asistía a sus debates y gané algún que otro premio en esos años de juventud. Lapsus calami, el libro que obtuvo el David, vino mucho después, pero la pasión estaba antes, en solitario, y la disfrutaba mucho. Sin tener un libro publicado ya me sentía escritor.

A partir de Lapsus calami, ¿cómo vivió o cómo se comportó su visibilidad en este propio ámbito literario?

La aparición de Lapsus Calami, después que ganara el Premio David de la UNEAC [Unión de Escritores y Artistas de Cuba], me trajo más dolores de cabeza que satisfacciones. Muy pronto supe que las discusiones entre los miembros del jurado fueron muchas; dos miembros del jurado tenían la certeza de que mi libro debía premiarse, pero el tercero, Emilio Comas Paret, lo dudaba, se tambaleaba, una vez decía que sí y luego se oponía. Y no era raro que un hombre que había escrito títulos como «Bajo el cuartel de proa» y «De Cabinda a Cunene» diera el «visto bueno» a mi libro. A estas alturas no recuerdo bien cuál fue su voto, aunque creo que se sumó a los otros dos, para ir luego, y corriendo, a hacer algunas advertencias a las autoridades de esa institución que patrocinaba el premio, la UNEAC.

¿Cómo le fue comunicado que «Locus solus o El retrato de Dorian Gay» no podía integrar Lapsus calami? Por otra parte, me asombra que le permitieran colocar un título y una nota al pie en el lugar donde debía aparecer el cuento.

La noticia me la dieron Maggie Mateo y Abilio Estévez, los otros dos miembros del jurado. Ellos también se habían enterado de todo el escarceo que había en la editorial e incluso en la presidencia de la UNEAC, que entonces estaba a cargo de Abel Prieto, quien llegó a decir a un amigo que intercedió a favor de la publicación, que si él permitía la divulgación de ese cuento, lo más probable sería que le cayeran a cañonazos a la UNEAC. Supongo que no habría tal bombardeo, pero dejaba en claro lo fea que estuvo la cosa.

La editorial cumplió luego con la formalidad, cuando ya el libro estaba en las manos de Vivian Lechuga que fue la editora de aquel cuaderno y quien, por supuesto, no tuvo ninguna responsabilidad con la decisión de la presidencia de la UNEAC. La nota que apareció, esa que yo exigí que se pusiera a pie de página, y que decía: «en este sitio parece no ocurrir nada, pero solo en apariencia», fue para ellos un mal menor, quien no estuviera enterado de los nudos de aquel libro, y del premio, creería que solo respondía al espíritu del cuaderno. Quien ahora mismo lea el libro, y no esté al tanto de todo lo que entonces sucedió, tampoco se extrañará con lo que aparece en esa página.

Durante la presentación en Buenos Aires de la antología donde aparece «Retrato de Dorian Gay», narra que a la delegación cubana en esa feria el cuento les había parecido un desacato. ¿Hubo alguna acción concreta en contra suya o durante la presentación? 

Yo no fui parte de la delegación cubana que participó en esa edición de la Feria del Libro de Buenos Aires. Mi presencia allí respondía a la invitación que me hiciera Claribel Terré, escritora y periodista cubana que residía, reside aún, en Buenos Aires, y quien fundó junto al escritor argentino Daniel Muxica la editorial «La Bohemia». Fue bajo ese sello que se publicó la antología «Perverso ojo cubano», y donde apareció «El retrato de Dorian Gay».

Recuerdo aquella sala de feria, repleta de esas curiosidades, de esos fervores y desprecios que despierta la Isla. Recuerdo muy bien las recomendaciones de Jorge Timossi, ese argentino que estuvo entre los fundadores de Prensa Latina y luego dirigió la Agencia Literaria Latinoamericana que jamás consiguió ubicar, al menos en el escenario literario latinoamericano, a algún escritor cubano que no fuera Alejo Carpentier. Ya sabemos que Cuba, su gobierno cultural y político, no comulga mucho con la visibilidad de sus autores en el mundo, sobre todo si no son políticamente confiables. Fue él quien inició toda aquella alharaca, y hasta se dice que llamó a La Habana para hacer consultas, sabiendo cuales serían las respuestas. También estaba Basilia Papastamatíu que hizo recomendaciones cariñosas para que no asistiera a la presentación, pero no asumió el discurso «charco ‘e sangre» del otro. Ella solo recomendaba, con esa cadencia rioplatense: «Nene, sé cuidadoso».

Los presentadores fueron enfáticos con el cuento, le dieron un poco más de atención a ese cuento en el que un «maricón» se enamora de un patricio retratado, de un héroe que era, nada más y nada menos, José Martí. Y eso era imperdonable. Las autoridades querían que su censura tuviera predicamento, incluso, fuera de las fronteras de la Isla. Luego se ha vuelto a publicar en otros sitios, pero en Cuba, jamás se ha publicado, ni siquiera se menciona.

En la introducción a la entrevista que le realizara Amir Valle, este afirma que usted ha sido muy valiente para enfrentar «desde muy temprano a quienes pretendían aislarlo por su inclinación sexual». ¿Pudiera referirse a estos episodios? ¿Qué tipo de intención de aislamiento se practicó hacia usted (o cómo lo practicaron)?

Bueno, en cuanto a eso, creo que conmigo no sucedió de manera diferente a lo que aconteciera con otros gays. Los homosexuales, maricones, cundangos…, no gozaron nunca de la confianza de los comunistas, pero no estoy entre los que la pasó peor. Yo no estuve en las UMAP, era un niño que ni siquiera iba a la escuela en esos años, y aplaudí cuando me eximieron de cumplir con el Servicio Militar desde el primer chequeo médico, ese en el que quizá notaron «la plumita», o hice yo mucho para que la notaran.

Yo no me molesté cuando la directora de una editorial en la que me desempeñé como editor dijo que yo no podía ser ejemplar porque era «maricón». Esa mujer dirige hoy la oficina de asuntos religiosos del Comité Central del Partido y sigue llamándose Caridad Diego, y entre sus atributos no estuvo nunca la femineidad. Y creo que si no la pasé peor fue porque la asumí con tranquilidad, porque la expresé abiertamente, y hasta la «exageré» cuando lo creí prudente.  

No olvido nunca que alguna vez me tocó editar un libro de Rosa Miriam Elizalde, aquel que se llama «Flores desechables. ¿Prostitución en Cuba?», un tomito que intentaba minimizar la enorme y muy visible prostitución que existía, que existe, en Cuba. Recuerdo que tuve que ir al Granma, que allí trabajaba ella, para discutir sobre el libro, para mostrar mis recomendaciones, mi trabajo de edición. Yo tuve que hacer el camino hasta el Granma, aunque lo acostumbrado era que el autor fuera al editor. Recuerdo muy bien que me pidieron en la editorial que fuera discreto, que me vistiera con cautela, y eso bastó para que me empeñara en hacer todo lo contrario. En esos años era yo un muchacho de esos a los que llaman extravagantes, y ese día lo fui más. Me vestí con un short muy corto, de los que llamaban «sacachispas», y que dejaba entrever algo de la parte baja de mis nalgas, calcé unas botas que me cubrían todas las piernas, y sobre el torso una camiseta roja que dejaba ver casi todo el pecho, y para rematar una corbata del mismo color; sobre la cabeza puse un paliacate, y dejé suelto el pelo larguísimo sobre la espalda. En la recepción del diario me miraron de reojo y con asombro, no me dejaban pasar, y la autora tuvo que bajar para hacer notar que yo había hecho el trabajo de edición de un libro suyo y que venía a trabajar. Ella también pareció asombrada con el atuendo.  

Con las lesbianas no sucedió lo mismo. En este país a los homosexuales varones se les marginó mucho más que a ellas, sobre todo si hacían loas como Sara González. Fidel Castro no tildó nunca a Mirta Aguirre de «fenomenito». Recuerda que en el imaginario del «macho cubano» siempre está el famoso trío en el que se enreda un macho con dos «jevas» y todos interactúan gozosos. No tengo referencia alguna de que el Ché Guevara amonestara a un funcionario de Embajada si leía a Mirta Aguirre, como sí hizo con aquel que se desempañaba en la Embajada de Cuba en el Congo, cuando descubrió que el diplomático leía a Virgilio Piñera. Esa vez el argentino lanzó por la ventana el libro de Virgilio, y luego quiso saber quién leía allí a ese «maricón». El mismo Virgilio fue atacado por Raúl Roa, quien lo llamó «escritor del género epiceno», pero las mujeres lesbianas no padecieron tantos ataques como los hombres homosexuales.

¿Durante los años que trabajó en la Editorial Arte y Literatura vivió o presenció algún episodio de censura de autor(es)? ¿Existía o supo usted de alguna ley no escrita que prohibía la promoción de escritores críticos?

Ahora mismo no recuerdo alguna censura en mis años de trabajo en la Editorial Arte y Literatura, y eso no es raro. Arte y Literatura no publica literatura cubana. Arte y literatura solo publica literatura extranjera, esa a la que llaman universal, al menos fue así en los años en los que trabajé allí. Arte y Literatura publica literatura a la que califican de «clásica», y en la que están solo aquellas obras que tienen siglos de existencia, y quizá la de algún contemporáneo, amigo de Cuba, y sobre todo si antes anduvo probando su fidelidad a la «Revolución cubana» y a su poder. En Arte y Literatura, aunque edité muchos libros de cualquier colección, trabajé más con una serie de textos que aparecía en una colección a la que se dio el nombre de «Ala de Colibrí», y donde aparecieron relatos breves clásicos. Lo último que edité para Arte y Literatura fue una novela de Thomas Bernhard: El sobrino de Wittgenstein, y nunca más he vuelto a editar un libro. Creo que cerré con broche de oro.

Cuando se desata la «Guerra de los emails» y Abel Prieto contacta a los implicados y los reúne en la UNEAC para conversar con el tema, ¿a usted nunca lo invitaron a participar en esas reuniones?

Sí, me invitaron a participar en la primera, en la UNEAC, en una pequeña salita, y a la que fuimos muy pocos invitados. Luego estuve también en la Casa de las Américas, recuerdo que era el primero de la lista, ese inventario que tenían los «porteros» para dejarte entrar o no a aquel encuentro, sin dudas el número uno tenía que ver con el hecho de que yo había enviado el primer mail, que realmente fue muy discreto, solo un llamado de atención por la aparición de Luis Pavón en un programa de la televisión.

Mi mensaje, insisto, fue discreto, pero aun así desató aquella «guerrita de los mails» que los asustó tanto, sobre todo porque el cuerpo de Fidel Castro comenzaba a dar algunos indicios de su enfermedad. Y esa enfermedad fue mencionada varias veces en las dos reuniones a las que asistí. Aquella guerrita habría estallado de cualquier forma. Esa vez fue Pavón, y antes había estado también en la televisión Papito Serguera, un personaje de «triste recordación». Esa «guerrita» advirtió que algo raro podría suceder y que los artistas tendrían el protagonismo mayor.

Presupongo que a raíz de que usted comenzara a colaborar con Cubanet emergiera su muerte como autor dentro de Cuba. Imagino que —aunque pudo haber sido un proceso instantáneo— aparecieran señales o acciones que se lo confirmaron. ¿Fue desde ese momento en que cesaron las invitaciones para presentar libros y a partir del cual sospecha que ninguna editorial cubana le aceptará un nuevo libro?

Sin dudas fue mi colaboración con Cubanet la gota que colmó la copa. Bien que recuerdo que asistí a la colocación de una tarja en la biblioteca de la UNEAC en honor a José Rodríguez Feo. Allí estaba Abel Prieto, y su mirada fue fulminante. Nunca más me invitaron a una Feria del Libro y muchos escritores fingían no verme si nos cruzábamos en la calle. Una escritora, «de cuyo nombre quiero olvidarme», me llamó para decirme que le dedicaban el «Autor y su obra» en una biblioteca de la Habana Vieja, y que a ella le habría gustado que yo explicara alguna zona de su obra, pero que no estaba dispuesta a que la regañaran por su atrevimiento, y que me agradecería que no fuera. Y eso sucedería luego con otros que cruzaban la calle o se entretenían mirando alguna de las tantas vidrieras vacías de las tiendas habaneras para evitar el saludo, para evitar que yo notara el «no saludo».

Son muy pocos los escritores que me llaman por teléfono, no son más de tres, y hace unos días alguien trato de justificarse de una manera tan torpe que me provocó, primero, una carcajada, y luego una rabia enorme. Es increíble que sean tantos los que no tienen cojones para asumir el miedo, son muchos los que siguen regalando genuflexiones al poder.

Además de lo ocurrido con Lapsus calami o la intervención de autoridades cubanas para que usted no recibiera el Rómulo Gallego, ¿con el resto de sus libros, o su obra, ha tenido otros episodios de censura?

Esos que mencionas son los casos más despampanantes. Sobre todo, el Rómulo Gallegos, y sobre esto te quiero contar que alguna tarde, bajando yo las escaleras del Palacio del Segundo Cabo, que fue la sede del Instituto Cubano del Libro, y de algunas de las editoriales que estaban a él subordinadas, entre ellas Arte y Literatura, presencié algo que me dejó con la boca abierta. Uno de los jurados llevaba en sus manos una pesada carga de libros y Abel Prieto, quien estaba sentado y conversando en el patio, intuyó que eso que cargaba el escritor eran los libros que participaban en el Premio, y era cierto. Lo curioso, lo desfachatado fue que Abel, sin sonrojarse, le dijo al futuro jurado que ese premio debía ganarlo Isaac Rosas; Isaac era íntimo de Belén Gopegui, gran admiradora de Fidel Castro y de la «Revolución». Belén había viajado a La Habana con frecuencia, y era atendida como una reina.

Luego, y ya en Caracas, el premio fue mío por unas horas, con tres de los cinco votos posibles, pero los jurados fueron invitados a la Asamblea Nacional para sugerir que el premio fuera a dar a las manos de Rosas y no a las mías. Un periodista de El Nacional me llamó para entrevistarme y me contó cada detalle. Luego tuve otros pormenores sobre la manipulación, nada rara, porque, y como creo que ya he dicho, al Gobierno cubano no le gusta la visibilidad de sus escritores, sobre todo si antes no probaron su fidelidad al poder.

El libro se publicó luego en Venezuela por la editorial «bid&co. Editor», que hacía unos libros bellísimos y a la que el chavismo despreciaba y le declaraba la guerra. Recuerdo que mi libro salió de imprenta junto a «Esencial», un poemario de Gonzalo Rojas, el poeta chileno. Ahora, desde que publico mis textos en Cubanet, desparecí del ámbito literario cubano, ahora no existo en la vida literaria del país, aunque se muestre y se estudie mi obra en universidades del mundo.

Y me gustaría cerrar con esta «respuesta» a una pregunta que no me hiciste, pero estoy entre los que creen que hay también respuestas a preguntas que jamás fueron formuladas. Resulta que no hace mucho leí una entrevista que hiciera El Estornudo a Abilio Estévez, y en la que él me acusa de escribir una carta a la casa editorial española que publicó su novela «Tuyo es el reino», y en la que supuestamente yo lo acusaba de haber plagiado cierta novela de alguien que responde al nombre de Ernesto Ernesto, ese alguien que, sin dudas, creyó mucho en la importancia que atribuía Wilde a llamarse Ernesto. En esa entrevista en la que se habla del supuesto plagio en el que jamás creí, me acusa Abilio de escribir a sus editores en España para acusarlo de plagio, de «copiar» un texto de ficción de alguien a quien vi alguna vez en la azotea de Reina María, esa azotea en la que cada semana nos reuníamos unos cuantos para leernos lo que andamos escribiendo; un cuento, un fragmento de novela, algunos poemas. En esa azotea donde hice las primeras lecturas de «El paseante cándido» tuve noticias de aquella tonta acusación de plagio a Abilio, esa acusación que daba risa, pero Abilio ahora me acusa de acusarlo, de firmar una carta en la que anunciaba a los editores aquella «imitación».

Dedicatoria de Abilio Estévez en un ejemplar de Tuyo es el reino, a Jorge Ángel Pérez. Cortesía del entrevistado.

En la entrevista asegura Abilio que yo firmaba la carta, y que no le extrañaba, que su extrañamiento mayor fue cuando descubrió que el otro firmante era Antón Arrufat. Abilio, de quien estuve cerca durante mucho tiempo, quien me visitaba con muchísima frecuencia y con quien salía, como decía él mismo, a «hacer las calles», conoció a muchos escritores de mi generación en mi casa. Ahora mismo estoy recordando aquella vez en que fue a buscarme para que lo acompañara hasta la casa de Tania Bruguera, de quien entonces vivía yo muy cerca, para encontrarse con Achy Obejas. Recuerdo también que ese día estaba en mi casa Ena Lucía Portela, con quien entonces yo noviaba. Recuerdo que Ena se quiso sumar a la visita y Abilio tuvo una de las más grandes perretas que le conocí, tan grande que daba miedo, tan grande que asustó a Ena y la dejó muda. Y aquella perreta de Abilio me hace recordar otra perreta que ocurrió en la oficina de Arturo Arango en «La Casa de las Américas». Esa vez en la que agarrando su ejemplar de «La Caja está cerrada», de Antón Arrufat, golpeaba la mesa y gritaba descompuesto y muy exaltado: «Me la he leído siete veces y la voy a destruir». Así chillaba Abilio, y a estas alturas no sé muy bien si consiguió destruirla, pero sí tengo la certeza de que jamás olvidó lo que leyera siete veces seguidas, sin pausa, sin cansancio.

Esa novela dejó muchos sedimentos en él, en su memoria, en su manera de contar. Yo que los he leído muy bien a los dos descubro cómo Antón Arrufat tiene una gran vocación por construir una prosa idealizante, y lo mismo sucede con Abilio. Ambos, primero Antón y luego Abilio, ven el mundo a través de un narrador que evalúa y escruta a partir de una mirada subjetiva. Ambos crean recuerdos para estetizar la realidad del mundo narrado. Ambos metamorfosean los recuerdos, los dos dan una gran importancia al pasado, y sobre todo a la memoria que se tiene de ese recuerdo. Los dos, Antón primero y luego Abilio, apelan a lo sentencioso, a lo reflexivo, al embellecimiento de lo narrado, ambos operan oblicuamente. Y no los comparo más, pero sí quiero dejar bien claro que jamás escribí y firmé una carta a esos editores a los que no conozco, denunciando un plagio. Creo que, si lo que él cuenta es cierto, pudo escribir la carta el poeta español Luis Cremades o el escritor Leopoldo Alas, pariente de Clarín, quienes estuvieron en La Habana muchas veces y se interesaron en esos rumores que ya habían llegado a la península, pero eso no va más allá de suposiciones que no puedo confirmar. Lo que sí es muy cierto es que jamás escribí a nadie difamando a Abilio, a ese que me escribió, en esa página a la que los editores llaman «página de cortesía»: «Para Jorge Ángel, a quien describí en el reino, con el título de duque. El cariño de Abilio, finales de 1997, La Habana».

Notas:

1. Eduards, J. (1982). Persona non grata. https://cutt.ly/tyhDzsE

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