José Prats Sariol: danzar sobre el filo de la navaja

El 16 de diciembre de 1999 se iba a presentar en La Habana el libro de ensayos Los dientes del dragón, de Alberto Garrandés. Días antes, Daniel García, en nombre del Instituto Cubano del Libro, le comunicó a Garrandés que su presentador, José Prats Sariol, no era bienvenido. —Persona non grata —acotó1.

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El expediente «Operativo Órbita», abierto a José Lezama Lima, se encontraba activo en el Ministerio para la Seguridad del Estado (Stasi) de la República Democrática Alemana (RDA) a inicios de la década de los setenta.

El 13 de septiembre de 1974, el Ministerio del Interior de Cuba (MININT) solicitó a la Stasi suprimir un artículo de Lezama Lima de un libro sobre la vida de Salvador Allende que publicaría la editorial Mitteldeutschen Verlag, para lo cual alegaba que «el autor del artículo [era] un enemigo de la Revolución cubana y del socialismo»2.

Un mes más tarde, la Stasi notificó a sus homólogos cubanos que había suprimido el nombre de Lezama de un ensayo sobre Pablo Neruda descrito por Julio Cortázar. El director de la editorial de la RDA tuvo a su cargo comunicar a la policía política cubana la decisión de sacar de la antología a «LIMA» [sic], pues este había «traicionado a su pueblo»3.    

En 1974, el MININT organizó en La Habana una exposición abierta al público. Esta abarcaba tres salas de muestras y pruebas de lo que el Gobierno cubano consideraba ataques enemigos en el terreno de la cultura. Se podía acceder en esa exposición a los expedientes operativos de Lezama y Heberto Padilla. El programa de la exposición hacía referencia a «materiales operativos del Caso ‘ORBITA’ [sic] llevado contra el escritor diversionista JOSE LEZAMA LIMA. Se expone [sic] también algunas de sus obras, editadas en nuestro país y los manuscritos de las obras que elabora actualmente»4.

Fue por esa época que José Prats Sariol, estudiante universitario que debía forjarse en la concepción del Hombre Nuevo, decidió extraviarse y emprender una tesis de grado sobre la revista Orígenes, ejemplo de todo lo que en ese momento despreciaba la dirigencia política cubana. Ya desde 1959 los ataques contra los origenistas en Lunes de Revolución, por ejemplo, habían alcanzado un manifiesto grado de violencia extrema. «Modelo negativo», poemas «desmañados, recargados, hechos de viejos cantos ultraístas» y «mal gusto acentuado» fueron algunos de los calificativos utilizados en las páginas de Lunes. Guillermo Cabrera Infante, tiempo después, escribiría sobre la labor inquisitoria emprendida por ese órgano: «Pero lo que hicimos en realidad fue tratar de asesinar la reputación de Lezama5

Era la época, además, en que se habría de celebrar el largamente postergado primer congreso del Partido Comunista de Cuba. En su informe central figuraba un acápite titulado «La Cultura» e incluía, entre otras, líneas como «Tesis y Resoluciones sobre la cultura artística y literaria», que fueron aprobadas por el congreso. Allí se rechazaba «cualquier tentativa de esgrimir la obra de arte como instrumento o pretexto para difundir o legitimar posiciones ideológicas adversas al socialismo»6; el Partido se encargaría de alentar, orientar y auspiciar entre los creadores de la isla el humanismo socialista asentado en los principios marxistas-leninistas.

La amistad de Prats Sariol con Lezama Lima podía considerarse, en ese contexto, un acto suicida. Las instituciones del archipiélago habían marcado a Lezama con una especie de letra escarlata. Lo llamaron «católico irredento [cuyo] apoyo a la Revolución siempre había sido considerado tibio»7; la Seguridad del Estado había visitado su casa para acusarlo de difamador del Gobierno revolucionario; a los desmentidos de Lezama el agente del caso respondió mostrándole una grabación que reproducía las confesiones del escritor en su propia voz. Fayad Jamís fue reprendido por ilustrar la portada de Paradiso8

Y ese dejar marcado a Lezama, por supuesto, se extendía a todo su círculo de allegados. Defender la amistad con Lezama se convertía, a los ojos del Gobierno cubano, en un desafío, y los cultivadores de esa amistad entraban sin remedio en el ruedo de los suplicios. Prats Sariol, desde entonces, fue considerado una especie de hereje. De disonante.

Aun así, publicaría algunos de sus textos poco tiempo después. En la década de los ochenta, sus libros no saldrían de las prensas de las editoriales cubanas. Abrazaba nuevamente la herejía, desde una dimensión más abarcadora, lo que terminaría expulsándolo de su sitio simbólico en el ámbito cultural cubano.

José Prats Sariol junto a José Lezama Lima. Sacristía de la Iglesia del Espíritu Santo. La Habana, marzo de 1976. Cortesía del entrevistado.

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En 1994, Prats Sariol habla públicamente sobre la obra de Gastón Baquero, prohibido y desterrado de la historia de la literatura insular desde 1959. En julio de 2003, durante un aniversario de la revista Vitral, en Pinar del Río, cierra su intervención con un llamado a una transición pacífica y lee unos versos de Raúl Rivero. Lo «acompañan» durante su viaje de regreso a La Habana. Posteriormente, le hacen llegar unos «regalitos»9.

¿Qué hace un escritor en Cuba cuando lo cerca, hasta el inmovilismo, la Seguridad del Estado? ¿Qué hace cuando percibe que lo van despojando, poco a poco, de todos sus bienes espirituales y terrenales? ¿Cómo vive? ¿Cómo crea? ¿Dónde trabaja sin perder o tener que vender el alma? ¿Cómo se emprende una lucha cuando no se es más que un cuerpo inerme y solo en un campo de batalla? 

Hoy, José Prats Sariol, para las instituciones cubanas, continúa siendo persona non grata y un hereje, y, por lo tanto, un no-escritor cubano.

«Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión —nos dice Mario Vargas Llosa—, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes10

¿Cómo ocurrió su inserción en el panorama editorial y cuál era su visibilidad en el ámbito literario?

Tuve suerte: Un cuento insignificante, «La mosca», debió aparecer en la Segunda Novísima de Ediciones El Puente… clausuraron el sitio. Comencé como casi todos los jóvenes de cualquier país y generación: colaboraciones en revistas y periódicos. La mayoría —soy generoso—, olvidable. Quizás mi visibilidad comienza cuando dirigí la revista El placer de leer y preparé varios libros de textos, como asesor nacional de español-literatura del Viceministerio de Educación de Adultos. Tuve el privilegio —creo ahora— de no vincularme a ningún grupito literario de entonces, a consecuencia de mi trabajo docente —desde los diecisiete años— como profesor de español y más tarde de literatura en la Escuela Nacional de Arte. Mis estudios universitarios fueron los de un trabajador, nunca becario, nunca en grupitos presuntuosos y sectarios. Sólo me reconozco como discípulo de El Curso Délfico, con insolencia cada vez más mordaz, sin El Caimán Barbudo o Lampiño.

Usted ha afirmado que, desde la presentación de su tesis universitaria en 1971, lo percibieron y/o clasificaron como a un hereje. ¿A Qué acciones inquisitorias se le sometió por ese motivo?

Logré no militar en la Unión de Jóvenes Comunistas y tampoco en el Partido Comunista. Mi condición de agnóstico y mi cercanía al catolicismo me alejaron del obligatorio, burdo materialismo histórico y dialéctico. Más otros malabares con gruesas gotas de astucias y genuflexiones. En 1973, salí del Ministerio de Educación y me refugié en la casi desconocida Escuela de Instructores de Arte. Me masticaban, porque pronto comenzó la reivindicación de la revista y del grupo Orígenes, tema de mi tesis universitaria.

En 1976, Cintio Vitier, Fina García Marruz y Eliseo Diego fueron «rescatados» (manipulados) por el oficialismo, además de que, ese año, Lezama muere el 9 de agosto y de inmediato pasa del ostracismo al canon, como harían poco después con Virgilio Piñera, tras su muerte en 1979. El Castro-comunismo supo aprender de los políticos mexicanos a ningunear a intelectuales y artistas, sobornarlos con sutilezas, dispararnos a la barriga, como aconsejaba Porfirio Díaz. Tras el Caso Padilla, la represión amainó, jugabas con la cadena, pero nunca con el mono. Acuerdo tácito. Que mantiene toda su asquerosa frescura en 2021.

Oportunismo cínico, medio dorado, como puede leerse en decenas de oportunistas. Heberto Padilla lo definió con precisión: mientras vives en el caldero, eres cómplice. Claro, como sabes, todo se modificó a partir de junio de 1991 y las primeras protestas fuertes. Fenómeno represivo que crece después, en la primavera de 2003, tras el fusilamiento de tres infelices que raptaron una lancha con pistolas de juguete. Pero las aguas pronto vuelven a aquietarse, hasta hoy, con pocos disidentes y muchos intelectuales que miran las estrellas o sus ombligos o la «ayuda» en pesos convertibles que se adjunta a premios nacionales. 

¿Cuál era el título del libro de ensayos que le devolvió Ediciones Unión, al poco tiempo de graduarse? ¿Le explicaron los motivos por los cuales se rechazaba dicho volumen?

Con la lengua suelta. No hubo explicaciones, salvo pretextos de que escaseaba el papel. Yo sabía. Ellos sabían. Tuve miedo, nada metafísico, y actuaba con enorme prudencia. Los eufemismos tapaban las intolerancias. Acuerdos tácitos, más virtuales que por Google. Risas grotescas frente al Poder y sus mayordomos en la cultura, como los del Partido Comunista y demás escritores-amanuenses.

El primer libro suyo publicado en Cuba fue Estudios sobre poesía cubana (Ediciones Unión, 1980) y los dos últimos fueron Erótica (Editorial Letras Cubanas, 1988) y Por la poesía cubana (Ediciones Unión, 1988). ¿Cómo transcurrieron esas publicaciones?

Si excluimos los libros de texto para la Educación de Adultos, del que fui autor, casi siempre coautor, y que incluye antologías y compilaciones, todos anteriores a Estudios…, que fue el primero, digamos, «literario». Poco después viene la censura de Mariel, en su capítulo titulado «Cualquiera». Mi libro Por la poesía cubana nunca se ha reeditado. Algunos de sus ensayos aparecerán en mi Obra selecta, que publicará en este 2021 la Editorial Aduana Vieja, en Valencia, con prólogo de Alberto Garrandés.

¿Cómo se obtuvo el permiso para que en marzo de 1994 usted pudiese impartir en la Universidad de La Habana la conferencia «Baquero, el instinto indomable»?

Soy lector de Karl Kraus, quien siempre dijo que se prohibía, con razón, toda sátira que entendiera el censor. Logramos ocultar la conferencia dentro de un no aparente sino real ciclo académico sobre la revista Orígenes y sus poetas.  Parecía una charla más… Pero le avisé a la prensa extranjera acreditada en el país. Asistieron los principales corresponsales y la amiga de CNN. De inmediato, se produjo el escándalo.

Estaban presentes Fina García Marruz y Cintio Vitier, organizadores del ciclo y viejos amigos de Gastón. Cintio recibió la llamada-regaño del entonces ministro, Armando Hart, a su vez temeroso de que Castro le halara la oreja de burro. Pero ya habíamos burlado la represión. Recuerdo que conversé con Gastón por teléfono y nos reímos mucho del truco empleado, del silencio cómplice hasta que France-Presse suelta, junto a CNN, que «Cuba» [(sic), es decir, la dictadura] había descongelado a Gastón Baquero, tan odiado por Guevara y otros estalinistas.

En una ocasión dijo que sabía que su lectura en el Centro Cultural Español era la «señal de rompimiento definitivo con el régimen». ¿Cuándo o por qué comenzó a fraguarse la línea que lo llevó hasta ese desprendimiento?

Mi entusiasmo hacia lo que fuera la Revolución de 1959, como para la abrumadora mayoría de cubanos, se fue apagando mientras el país se arruinaba, espiritual y materialmente. Ya en los años 70 sabía que Castro tenía más interés en el Poder que en el bienestar del país. Pronto comencé, con timidez y prudencia, a disentir de mil y un modos. Colaboro en la revista Encuentro de la Cultura Cubana desde las reuniones en Madrid y de su primer número, donde aparece un texto mío. Discretamente me encargo de pagar las colaboraciones y distribuir algunos ejemplares que nos llegaban.

Ya en los 90 mis textos se vuelven más diáfanos contra el sistema imperante. No firmé ninguna carta contra los disidentes. Llegué a llevarle a María Elena Cruz Varela un par de espejuelos de lectura, porque le acababan de aplastar los de ella. Publicaba en México y en la Venezuela y Colombia de entonces. Marqué distancia, aunque mi disidencia no incluía solidaridad con el llamado «embargo» o «bloqueo», que me parecía un regalo a la dictadura, para justificar la represión. Casi me había convertido en un «disidente» masticado por el régimen. Las conferencias y cursos en el Centro Cultural Español —remuneradas— me ayudaron a estudiar a Ortega y Gasset y a su discípula rebelde, María Zambrano. 

¿Qué tipo de amenazas recibió desde la UNEAC que lo obligaron a presentir la posibilidad de ir a la cárcel?

La más suave hubiese sido impedirme viajar, que se me hubiese cerrado el modo que tenía de sobrevivir, gracias a los cursos y conferencias que impartía en Europa y Venezuela (Mérida, Maracaibo, Caracas). Recuerda que se trata de la Contrainteligencia, es decir, del llamado G2 o Seguridad del Estado; cuyos actos represivos eran cruelmente famosos, hasta sus granjas «correctivas». Un familiar de mi esposa, supongo que «mandado», tuvo la «delicadeza» de invitarme a darle la vuelta a la manzana y en un murmullo «sugerirme» que me fuera del país, por si acaso… Es obvio que se me condenó al destierro, vieja y renovada práctica española.

¿Cómo se le comunica «amigablemente» a un escritor cubano que se marche de su país? ¿En qué consistían los «cariñosos» avisos que le hiciera la Seguridad del Estado?

No quiero por ahora mencionar nombres y apellidos. Pero se trató de un policía enviado a amedrentarme. Parece que habían decidido que mejor estaba en México, donde tenía, tengo, muy queridos amigos. Y así evitarían protestas por haberme condenado a la cárcel por mis ideas. Se quitaban el problema de arriba, aunque suponían que yo hiciera declaraciones. Como en efecto. Para ellos era el mal menor. No debemos subestimar a los oficiales del Ministerio del Interior, como a veces ha cometido el exilio. Son perversos y pueden ser muy astutos, siempre sin escrúpulos.  

¿Fue Mariel la única censurada o existen otros ejemplos al respecto?

No hubo tiempo para otras censuras. Tras la llamada «Primavera negra», en octubre del 2003, pedí asilo político en México, en la Casa Refugio de Puebla, auspiciado por el PEN Internacional. Poco después conseguí trabajo en la Maestría en Lengua y Literaturas Hispanas de la Universidad Iberoamericana de Puebla; y en la (Universidad de las Américas (UDLA). La censura se convirtió en solicitudes para publicar tres libros (dos novelas: Las penas de la joven Lila y Guanabo gay; y un libro de crítica literaria: No leas poesía), en fraternales colaboraciones en documentales, revistas y medios televisivos. Nunca le agradeceré demasiado a México.

José Prats Sariol junto a Juan José Arreola. Ciudad de México, marzo de 1988. Cortesía del entrevistado.

A partir de lo anterior, ¿le ocurrieron otros incidentes similares?

Parece que me gusta danzar por el filo de la navaja. Tal vez padezco de un irrefrenable amor al peligro. Confieso mi desenfado, desde que, a los seis años, en primer grado, canté —muy desafinado— nada menos que La donna è mobile en el cumpleaños del director de La Salle de El Vedado, al que su calvicie ganó el mote de Bola de Billar. Me pintaron una barba cerrada y yo encantado de recibir tantas risas y aplausos. Nunca he tenido miedo escénico. Me encanta segregar adrenalina. Son sensaciones que me sueltan el cuerpo. No suelo amedrentarme. Parece que al conocerme infirieron que lo más barato era dejarme ir del país, huir nada indemne. Quizás por aquello de «enemigo que huye, puente de plata».

¿Fue la posibilidad de que se convirtiera en víctima de la Primavera Negra, concretamente, lo que lo empujó hacia el exilio?

Una expulsión forzosa. No tenía ni edad ni salud para aguantar una prisión al estilo del Castro-comunismo, recrudecida en marzo del 2003. Tampoco soy masoquista. Apenas soy un escritor independiente, sin mandato, orgulloso de mi autonomía intelectual frente a las burocracias, a los políticos que arman un fraude cotidiano… Mi anarquismo me impide participar en acciones grupales, que suelen ser ruido sin nueces, chatarra para las gradas.

Una vez que usted sale del país, además del dossier publicado por Ambrosio Fornet, ¿ha conocido de otro texto suyo editado en la isla sin pedirle autorización?

Todo lo contrario: los censores son ellos. Autorizaría cualquier edición. Aunque sepa que se trata de una de las tantas manipulaciones, porque les quedan pocas trampas por hacer.

Una vez exiliado, era previsible —por la manera en que usualmente ha actuado el poder gubernamental— que dejara de figurar o de ser visibilizado como escritor/ensayista/académico cubano. Usted no aparece en la EcuRed, por ejemplo, lo cual me parece el ejercicio más notable de castigo (no exactamente contra usted, quizá, me refiero a una violación flagrante de la historiografía intelectual del país) y de no-reconocimiento ¿Ha sabido, además del silencio y el borrado de memoria, de alguna otra acción concreta por demeritarlo dentro de Cuba? 

Aparezco en Google, Wikipedia, Amazon, sitios de universidades, editoriales… EcuRed en 2021 resulta risible.  Sin homenajes a Miguel Barnet —es decir, sin «Mimíyoyó»—, autores y residentes en el país me escriben, conversan vía Facebook, email, Instagram, Messenger… Internet ha logrado más que las democracias.

Casi ningún intelectual cubano del insilio se siente partícipe del Gobierno, huye de que lo tilden de «oficialista». Los jóvenes suelen burlarse día a día del Granma, de La Jiribilla… Le hacen trampas diarias al Gobierno (es decir, al Ministerio de Cultura, a la UNEAC, a la Brigada Hermanos Saíz). Versiones digitales y algunas en papel de mis más recientes novelas, libros de cuentos y de crítica, circulan dentro de Cuba. 2021 no es 1961, no hay «Palabras a los intelectuales» de amedrentamiento. La crisis de credibilidad favorece el cambio, entre las ruinas del país. Lo que también influye en que los jóvenes reconozcan mejor al exilio y a sus escritores y artistas, con avidez y sentido ecuménico, sin virus político. Me alegra la rabia que avivan nuestros textos entre la élite político-militar y sus escasos fanáticos. Ni siquiera pueden ya recurrir al ninguneo a la mexicana.

Notas:

1. Garrandés, A. (2017). «Oleaje de la memoria (V y final)». Hypermedia Magazine. Accedido en https://cutt.ly/EkWxMhM.

2. García, J. L. (2016). «Operativo Órbita». La Stasi y la Seguridad del Estado de Cuba contra Lezama Lima. Conexión Habana-Berlín. Accedido en https://cutt.ly/nyR2RpD.

3. Idem.

4. Ponte, A. J. (2012). «Lezama en los archivos de la Stasi». Letras Libres. Accedido en https://cutt.ly/1yR5cYz

5. Cabrera, G. (1999). Mea Cuba. Alfaguara.

6. PCC. (1975). I Congreso del PCC: Tesis y Resoluciones sobre la cultura artística y literaria. Accedido en https://cutt.ly/0yhD2pZ.

7. Gallardo, E. J. (2009). El martillo y el espejo. Directrices de la política cultural cubana. Consejo superior de investigaciones científicas.

8. Padilla, H. (2008). La mala memoria. Editorial Pliegos.

9. Prats, J. (2005). Entrevista con el Escritor Cubano José Prats Sariol [Baracutey Cubano]. Accedido en https://cutt.ly/suwktFe.

10. Vargas, M. (2010). «Elogio de la lectura y la ficción». Discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura. Accedido en https://cutt.ly/OkWmicV.F

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