Juan Padrón, o cómo traducir un país al humor

Mi vida en Cuba (Reservoir Books, 2021), un libro inconcluso abocado a la nostalgia, se lee hoy como un adiós adelantado. Se suponía que las memorias gráficas de Juan Padrón estuvieran conformadas por dos tomos: uno que abarcara desde su infancia hasta la creación del primer largometraje de Elpidio Valdés, y otro desde ahí hasta el presente. Pero las puertas de la historia se cerraron el 24 de marzo de 2020, cuando el genio más grande de la animación cubana –y uno de los más grandes de Latinoamérica– murió aquejado de una de sus frecuentes neumonías.

Lo irresuelto suele dar pie a la duda, de manera que toda obra inacabada es siempre una potencial «mejor obra». Sería arriesgado decir que Mi vida en Cuba es la mejor obra de Juan Padrón, más cuando del otro lado de la balanza se encuentran el universo de Elpidio Valdés y una película de culto como Vampiros en La Habana, ambas enraizadas en la cultura popular de todo un país. Sin embargo, no hay dudas de que este libro es su creación más brillante y –vaya ironía– completa.

El genio de Padrón reluce desde el mismo inicio, cuando relata la conversión insular de sus antepasados peninsulares e invierte, disimuladamente, las formas más clásicas de la autobiografía. Juan Padrón se las ingenia a partir de entonces para hacer de la historia de Cuba un personaje central que se desarrolla en el contexto de sus vivencias y las de sus familiares.

Padrón –el narrador y el personaje– se convierte en el pretexto de una trama que lo supera, el compás que marca el ritmo cinematográfico de las secuencias, el centro de las anécdotas que evitan dispersiones aburridas e historicistas de una época, el cronista hábil y perspicaz que sabe que una escena certera –en este caso, una viñeta– tiene más fuerza que cualquier dato o  posicionamiento ideológico explícito.

Punto y aparte merece la composición de sus viñetas, especialmente los planos generales, donde a veces logra la convivencia de varios subniveles narrativos de forma armónica. En un mismo cuadro, Padrón puede plasmar una escena o acción principal, un contexto histórico planteado en el fondo, y otros personajes representativos de las distintas realidades sociales de una época determinada.

A lo largo de Mi vida en Cuba, el autor varía la composición de sus dibujos. En el capítulo dedicado a sus antepasados, los trazos son desenfadados, simples, sobre todo en los fondos. Los personajes, por su parte, son en extremo caricaturescos y desproporcionados, y recuerdan al Padrón de las tiras cómicas en Mella o DDT. Sin embargo, esto se invierte una vez aparece él en la historia. A partir de entonces los personajes parecen más trabajados, al igual que los complementos de la viñeta, de manera que recuerdan más al Padrón de Elpidio Valdés. Tal vez lo hizo con cierta intencionalidad o, quién sabe, quizás estas diferencias se deban a que los detalles solo son posibles desde la memoria.

La novela gráfica aterriza el contexto de los primeros años de la Revolución desde el testimonio de su protagonista y en las pequeñas historias de quienes le rodeaban entonces. De un país militarizado, donde la burocracia, la ortodoxia política y los oportunismos echaban sus primeras raíces, Padrón, aunque humorista, se niega a construir una parodia. En su lugar, hace un retrato descarnado de esa sociedad que, aun así, resulta hilarante. Para ello echa mano a lo único que podría sacar carcajadas de tan dramáticos días: el absurdo.

En ocasiones parece que ni siquiera el absurdo alcanzaría para maquillar la realidad cubana de aquellos años. Sin embargo, el autor no cede a la tentación de la sátira. Se mantiene firme en su propósito de filtrar el caos de una época a través del humor, y lo resuelve de manera magistral: apartándose de sí mismo como personaje para internar al narrador en el espíritu del momento, enfocándose, por ejemplo, en los métodos clandestinos de subsistencia de los cubanos, y, finalmente, ilustrando chistes populares de ese entonces.

Mi vida en Cuba es una novela gráfica humorística, sí, y también un testimonio que revela las asombrosas habilidades de cronista de su autor. En el libro, Padrón demuestra tener olfato para los detalles y las escenas más representativas de cuanto pretende narrar. Cuenta no solo Cuba, sino también la Rusia de 1970, donde transcurre el último capítulo.

En la narración de sus días en Leningrado, el autor ofrece solo unos guiños al contexto político soviético. El núcleo de su relato desprecia la macropolítica y busca las microhistorias, rechaza el ya conocido ambiente ideologizado y dogmático para quedarse con sus consecuencias más insospechadas, pasa de largo frente al homo sovieticus para convivir con aquellos rasgos rusos que sobreviven al paso del tiempo.

Mi vida en Cuba, y Padrón mismo, no se entienden del todo sin las notas finales de su esposa: un repaso de las décadas de incomprensión  y vicisitudes económicas que el autor padeció. Cuanto narran estas notas deja cierta amargura en el lector, a quien puede resultarle indignante el trato institucional a un artista principal de la cultura cubana. Sin embargo, es justo aquí, en el contraste entre las experiencias de lectura de las viñetas y el epílogo, donde se manifiesta a plenitud el genio de Juan Padrón, un hombre capaz de traducir al humor cualquier realidad.

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