La bandera de hormigón: otro símbolo que “se derrumba”

GUANTÁNAMO, Cuba. ─ Construir obras simbólicas para defender proyectos ideológicos es un componente de todos los sistemas políticos. Piezas desmesuradas por su gigantismo pueden encontrarse en plazas públicas y edificios administrativos. También hay estatuas erigidas para proyectar un mensaje subliminal tendente a exponer la presunta fortaleza de la relación pueblo-partido en regímenes totalitarios.

Siempre resulta criticable el derroche de recursos, aunque ocurra en países con una economía boyante. Peor es cuando esto sucede en una nación como Cuba, sumida en una profunda crisis estructural, económica y humanitaria desde hace más de tres décadas. En ese sentido, no sorprende la indignación de muchos cubanos ante la nueva construcción de hormigón plantada por el castrismo frente a la embajada de Estados Unidos en La Habana.

Del “protestódromo” a ”la guillotina”

En el lugar donde hoy se levanta la nefasta estructura estuvo hasta no mucho el “Monte de las banderas”, una obra concebida por el difunto Fidel Castro para canalizar su odio permanente hacia el gigante norteño. Todas las semanas se programaban actividades frente a la embajada estadounidense para protestar por cualquier cosa. Por eso, el pueblo cubano, con esa sagacidad y sentido del humor tan característico, la bautizó como “el protestódromo”.

En diciembre pasado tuve oportunidad de apreciar la nueva pieza de hormigón, pero, al indagar sobre lo que allí se construía, ninguno de los vecinos de la zona a quienes pregunté, ni tampoco tres agentes de seguridad que custodiaban la misión estadounidense, supieron responderme con exactitud.

No fue hasta marzo de este año cuando pudo tenerse una idea de la nueva chapucería constructiva del castrismo. El último día de ese mes, el diario ADN Cuba daba cuenta de los comentarios que el actor Luis Alberto García había hecho sobre la obra, que algunos ya han calificado como “la guillotina” por la forma del continente de prefabricado donde se encuentra el monumento de la bandera cubana.

“La Habana se cae a pedazos, pero tenemos una bandera de cemento que nadie necesita. Vivan los dirigentes mediocres que nos tienen en la miseria humana”, fue la opinión de la usuaria de Instagram Cubita Lyz.

“Menos mal que no hay necesidad de nada en Cuba y se puede derrochar”;  “Otro tema para que la gente se olvide de sus miserias” y “Seguro ya repararon los balcones de Centro Habana” fueron otros de los comentarios de los seguidores del popular artista cubano, reflejó el medio digital.

El lenguaje de los símbolos

¿Cómo es posible que en un país donde hay tantas viviendas en mal estado, donde todavía hay familias viviendo en albergues porque sus viviendas fueron destruidas por huracanes que pasaron hace más de diez años, se gasten recursos en una obra como esta? ¿Cómo es posible que eso ocurra en una ciudad donde decenas de edificios están apuntalados para evitar su derrumbe y donde hace poco más de un año dos niñas murieron por la caída de un balcón? Ocurre porque a los comunistas cubanos les importa más la ideología que el sufrimiento del pueblo.

Estamos inmersos en una guerra de símbolos donde “todo vale”, es la consigna enarbolada por un régimen que se halla en un atolladero creciente, totalmente a la defensiva. Un régimen que no sólo se apropia sin escrúpulos del dinero que roba a los cooperantes internacionalistas y del que debería ser destinado a su pueblo, sino que también pretende usurpar desde la letra de una canción hasta el derecho de transitar por espacios públicos.

En su afán desmedido por controlarlo todo, el castrismo continúa haciendo de la manipulación y el linchamiento mediáticos armas insoslayables de su lucha ideológica, porque todos los sistemas políticos necesitan de la apoyatura de los símbolos, pero mucho más aquéllos que están en bancarrota.

Los gobiernos que logran proveer de bienestar a sus ciudadanos no tienen que aferrarse al lenguaje simbólico porque el apoyo a sus políticos se logra cuando la gestión de estos es congruente con sus promesas. Si los resultados son palpables, los políticos no necesitan autoensalzarse tanto, porque ahí están sus logros para defenderlos. Son los gobiernos incapaces de satisfacer las necesidades y las expectativas del pueblo los que más se sirven del lenguaje de los símbolos. Por eso a los dirigentes cubanos les cae de maravillas el contenido de ese refrán que asegura: “Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”.

Ni canciones desabridas, ni textos de pésimo gusto, ni  promesas en las que ya nadie cree, ni construcciones desmesuradas alcanzarán para recomponer el tejido social de una nación hastiada de la violencia oficialista y de su más inicua expresión: el terrorismo de Estado que cotidianamente practica la dictadura contra sus ciudadanos y del cual ni siquiera se salvan sus acólitos.

Abrumados por el tiempo que debemos perder en colas interminables para adquirir bienes elementales y descreídos ya de todo proyecto proclamado a bombo y platillo por los mandantes castristas ─quienes, para desgracia de la patria, han representado y representan la fuerza política más mediocre, corrupta y retardataria de nuestra historia─, los cubanos cada vez dirigimos menos nuestra atención hacia los símbolos y sus connotaciones, porque estamos convencidos de que ni el comunismo ni sus consignas nos brindan la prosperidad anhelada.

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