La Casa sobre un volcán

GRANMA, Cuba. ─ La Casa de las Américas fue fundada el 28 de abril de 1959  con el supuesto propósito de desarrollar y ampliar las relaciones entre los pueblos de Latinoamérica  y el Caribe, así como su difusión en Cuba y el resto de América, según argumentaron sus gestores. Pero la realidad de su creación iba mucho más allá de los espacios culturales, para convertirse en un aquelarre política en medio del posicionamiento ideológico de la triunfante revolución.

Presidida por Haydée Santamaría desde sus inicios ─más por ser una heroína del Moncada que por su capacidad de aportar a un proyecto del que no tenía conocimientos─, la Casa levantó sus cimientos sobre un volcán revolucionario que hoy fusilaba a cien excombatientes del ejército enemigo vencido y mañana inauguraba la Imprenta Nacional.

No obstante, desde sus inicios, y pese a  ser una organización no gubernamental, como decían sus fundadores, recibió órdenes del gobierno revolucionario y se involucró en cuanto campaña, ataque o difamación enfilara la dirigencia política contra los intelectuales y artistas que no apoyaban el nuevo esquema cultural de la revolución, ya fueran de derecha, como Jorge Luis Borges, o de una izquierda menos radical, como la de Pablo Neruda.

Con la convocatoria al primer Concurso Literario Hispanoamericano en 1960 ─pasaría a denominarse Premio Casa de las Américas en 1966─ los diferentes conceptos y miradas sobre la literatura y el arte continental y universal generarían no pocos encontronazos entre los intelectuales de una izquierda radical e intolerante y una militancia continental  más abierta al debate y negada a vivir bajo control.

Obras de autores latinoamericanos apenas conocidos como La vida rota (cuento), del guatemalteco José María López Valdizón, o Análisis funcional de la cultura (ensayo), del consagrado argentino Ezequiel Martínez Estrada,  fueron modelando una especie de factor  temático en la Revista Casa (1960) que a lo largo de la década se radicalizó.

El deslumbramiento por la revolución y las posibilidades de formar un frente común para promocionar el arte y la literatura continental desbordó los salones de la Casa de poetas escritores y dramaturgos como el uruguayo Mario Benedetti, el peruano Mario Vargas Llosa y el guatemalteco Manuel Galich, quienes junto a otros de creadores iluminaron la cultura Latinoamericana, hasta el polémico Caso Padilla en 1968.

Cinco años antes de este suceso, la muerte como integrante de una guerrilla en su país del poeta peruano Javier Heraud había disparado las alarmas entre los intelectuales acogidos en la Casa de Las Américas. Alrededor de 12 años después, el fusilamiento del poeta Roque Dalton por sus colegas de la guerrilla salvadoreña no dejaron dudas de uno de los objetivos principales de una institución política disfrazada de arte y literatura en Latinoamérica.

Durante el período de gobierno de la Casa por Haydée Santamaría (1960-1980) ocurrieron los más sonados y graves acontecimientos de la cultura cubana, como la ofensiva y descalificadora carta abierta de los escritores cubanos al poeta chileno Pablo Neruda (25 de julio de 1966) por asistir a una sesión del Pen Club Internacional en los Estados Unidos.

También resultó humillante para las letras de América el desplante y agravio hecho por los organizadores del Premio Casa, quienes luego de invitar al poeta chileno de los Poemas y antipoemas, Nicanor Parra, a ser parte del jurado del concurso, le retiró el permiso porque aceptó tomarse un té en la Casa Blanca con la Primera Dama de Estados Unidos.

La confabulación y apoyo de la Casa a la censura del documental PM, la desintegración de la Editorial El Puente, la Parametración y otros desmanes contra la libertad de pensamiento y creación en la cultura durante sus primeros tres gobiernos –Haydée (1960-1980),  Mariano Rodríguez (1980-1986) y el del poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar (1986-2019) no han podido ser compensados con lo bueno que hayan hecho por el arte en sus 60 años.

Con el arribo a la presidencia de Abel Prieto Jiménez, un talibán de la izquierda perversa que ha saboreado las mieles del poder como Ministro de Cultura y presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), la Casa mantendrá sus muebles viejos.

Reconocido desde hace varios años como uno de los más encarnizados perseguidores de la libertad de expresión de los creadores cubanos –tanto dentro como fuera de la Isla─, su actitud recalcitrante y sus expresiones descalificadoras de cuanto autor o su obra denuncien en espacios públicos o desde las redes sociales una política cultural excluyente y represiva que decreta leyes como la 349 y la 370, Abel Prieto no aportará otra cosa que censura.

Quién con soberano cinismo asegura que “La libertad de creación está fuera de toda discusión y constituye uno de los principios irreductibles de la política cultural de la Revolución”, mientras se censura, prohíbe, decomisa y encarcela obras y autores del Movimiento San Isidro (MSI), el 27N, y persigue canciones con misiles, no es el hombre indicado para desempolvar y enrumbar el camino de la cultura en una Casa deshecha.

Sesenta años después de ser levantada sobre falsos cimiento de una cultura libre, la Casa de las Américas sigue sentada sobre un volcán. La llegada de un inquilino que la querrá convertir de nuevo en cuartel y rampa de lanzamiento político de los años 60 ya no tiene sentido. La Casa se derrumbará. Las nuevas generaciones de artistas la ayudarán a caer.

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