La harina de calabaza y el hambre nuestro de cada día

LA HABANA, Cuba.- Hace varias décadas que los cubanos no nos deleitamos con un buen pan. Y aunque una y otra vez la población se queja de las deficiencias asociadas a ese rubro, estas persisten. Pero es que la ineficiencia y negligencia de los dirigentes encargados de velar por las buenas prácticas durante el proceso de elaboración de este alimento les impiden cumplir con su deber. Naturalmente, esto propicia el robo de materia prima que repercute en la mala calidad y bajo peso del pan, por consiguiente, mal cocinado y sin grasa. En más de una ocasión la prensa ha publicado visitas nocturnas (y aparentemente sorpresivas) a panaderías de varios municipios, y entre las dificultades encontradas han constatado en varias de ellas ausencia de administradores y maestros panaderos, además de una notable falta de higiene, almacenamiento de panes en el suelo, o tártaras refrescándose cerca de latones de basura o aguas albañales.

Estas deficiencias se repiten una y otra vez, por lo que es lógico pensar que no se aplican medidas para erradicarlas. Se ve que el pan que le venden al pueblo no es el mismo que comen los dirigentes, como indicó el ministro de la Industria Alimenticia, Manuel Santiago Sobrino Martínez, en el programa televisivo Mesa Redonda del miércoles 9 de septiembre de 2020: “El pan de Cuba tiene una calidad superior”. Con esa habitual indolencia que caracteriza a los dirigentes cubanos demostró su ineptitud como ministro.

Durante años hemos escuchado que ese pan inmundo que nos vendían a cinco centavos por la libreta de racionamiento era subsidiado, y por la forma que lo expresaba cada dirigente, daba la impresión de que nos teníamos que conformar con lo que “nos daban” porque era una limosna de la dictadura. Con el aumento de los precios de la canasta básica en el marco del “proceso de Ordenamiento Monetario” el pan de la cuota de racionamiento subió de cinco centavos a un peso, un precio abusivo ya que se mantuvo su mala calidad. Aún así, las personas lo compran, no sólo porque las colas no son tan agresivas como en el liberado –que en ocasiones después de horas de espera se acaba–, sino porque además “alivia en algo el bolsillo”, como afirma una anciana jubilada.

Al más puro estilo de la conocida novela de George Orwell, “1984”, mientras los voceros oficialistas anuncian la estabilidad e incluso sobrecumplimientos en la producción de harina en los molinos del país, Abdelín González Mesa, directora de la Empresa de Producción y Comercialización de Alimentos (EPIA), reconoce la escasez de harina de trigo: “El volumen de harina asignada para cada una de las panaderías de la capital (se refiere a la Cubana del Pan) y la venta regulada, se estima que podrían estar accediendo a esas producciones unas 78 000 personas, cifra que se reconoce muy por debajo de la actual demanda” (Reunión del Consejo de Defensa Provincial, 22 de enero).

“Estoy cansado de escuchar que se toman medidas para mejorar la calidad del pan, pero no se avizora la mejoría. Al contrario, ahora le están echando harina de maíz y de calabaza, lo cobran al mismo precio, y cuál de los dos más incomible”, protestaba un hombre después de hacer varias horas de cola para comprar pan por la libre.

“Hoy no pude comprar el pan de la libreta. Se acabó. Me anotaron para mañana, pero, ¿qué comemos hoy? No tengo arroz ni frijoles y la libra de malanga está a 25 pesos… ¡si la encuentras!”, se preocupa una señora que tiene a su hijo recién operado. Y es que ante la falta de otros alimentos el pan se convierte en un apoyo imprescindible en la dieta del cubano de a pie.

Ya sea pan con harina de maíz, calabaza o yuca, la población se ve obligada a consumir este alimento duro, ácido, casi incomible para ir paliando el hambre cotidiana. Esperemos que la próxima medida no sea sustituir este pan por casabe. Aunque lo dudo, porque son tan ineptos que no han logrado la tan anunciada cosecha de yuca.

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