La huida (I): Interrogatorio

—Hemos comenzado muy mal, pero quiero dejar algo claro: este puede ser el primero o el último de muchos encuentros. Tú decides —me dice Rolando en un tono amigable.

Estoy sentado en una silla muy cómoda, cojines suaves, forro aterciopelado. Frente a mí, separados por una pequeña mesa de cristal con botellas de agua selladas, está Rolando. A mi derecha, está Ernesto y, a mi izquierda, otro tipo que conocí hace un mes, en el anterior interrogatorio, pero no recuerdo su nombre. Ambos toman notas deprisa, y solo se detienen para acomodarse una y otra vez sus respectivas mascarillas. No sé qué tanto pueden escribir en un interrogatorio que apenas comienza, aunque imagino que sean sus versiones de cuanto he descrito hasta ahora.

—Usted dirá —le respondo finalmente a Rolando, y comienza a hablar.

***

Rolando, si es que ese es su nombre real, es un hombre alto, de espaldas anchas y vientre hinchado. Lleva el pelo muy corto, casi cubierto de canas; asumo que debe rondar los 45 o 50 años. Su voz es grave, en cierto modo cercana. Todo en él recuerda a un boxeador retirado de peso completo: torpe, bonachón, con el físico vencido por una vida ociosa que le ha dejado esas manos toscas y esos dedos de morcilla como único testimonio de sus viejas glorias.

En realidad, lo conozco desde hace solo unos minutos, y su presencia me tomó por sorpresa. Para esta citación, como sucedió en las dos anteriores, esperaba encontrar al mayor Ernesto —a quien el Ministerio del Interior (Minint) ha dado la tarea de «atenderme»— y a algún otro agente sin importancia que completara el clásico dueto del «policía bueno y el policía malo». Sin embargo, al llegar a la estación de Marianao (La Sexta), el mayor Ernesto corrió a presentármelo con formalidad exagerada.

—Mire, Darío, aquí le presento a un compañero que le gustaría sostener un intercambio con usted —dijo. Por encima de la mascarilla sus ojos revelaban una alegría y un orgullo casi infantiles. Entonces sospeché que podría tratarse de su jefe.

La mastodóntica figura de Rolando avanzó hacia mí con el puño extendido, como suele saludarse mucha gente desde que inició la pandemia, y así lo mantuvo durante varios segundos, esperando una respuesta de mi parte que nunca llegó.

—Saluda —dijo.

—Usted no es familia mía, ni amigo mío, ni conocido mío para que yo lo esté saludando. De hecho, yo ni sé quién es usted —contesté de brazos cruzados, sobreactuando una mirada de desprecio.

A mi lado, el mayor Ernesto parecía nervioso.

—Oh, empezamos mal —dijo Rolando, y bajó el puño—. Yo vengo a saludarte en señal de cortesía, ¿y tú me respondes así? Quiero decirte que es la primera vez en mi vida que un hombre me hace esto.

—Primero, no existe ninguna cortesía cuando he sido obligado a venir aquí para ser interrogado y amenazado por ejercer mi trabajo. Segundo, si es la primera vez que un hombre le hace «esto», sepa que esta es la tercera vez que alguien (este que está al lado mío) me obliga a ir a un sitio donde no quiero ni debo estar. Si este es su trabajo, limítese a eso. Usted es un represor. No finja ser cortés.

—¿Ves? Estás siendo agresivo…

—Mire, vaya al grano. Usted me resulta en extremo desagradable; y si estoy aquí, es porque yo tampoco le agrado a usted. ¿Me va a decir qué es lo que quiere?

—Conversar. Solo eso.

No dije nada. Continuar aquella conversación, que evidentemente no llegaría a ningún lado, solo serviría para alterarme. En estas situaciones lo mejor es mantener la calma, no sobreexcitarse, simular indiferencia, hacerles saber que al menos no podrán controlar el ritmo de tus palabras.

Rolando comenzó a caminar y lo seguí. Justo detrás iba Ernesto, sudoroso y con las manos agarradas en la espalda. Por su expresión era fácil adivinar que no le había hecho quedar bien ante su jefe.

Dejamos el lobby de la estación, y supuse que tomaríamos el pasillo a la izquierda que termina en una escalera que lleva a las oscuras oficinas de la Contrainteligencia. El «CI» es un sitio lúgubre, de paredes húmedas y viejas ventanas, algunas casi sin persianas, otras totalmente clausuradas. Allí fui interrogado por primera vez, hace siete meses. Me pareció entonces un lugar horrendo. Las escasas bombillas, pequeñas y colocadas en puntal alto, apenas brindaban luz; por el corredor circulaba un olor terrible, mezcla de excrementos y orina, que salía de un baño de losas blancas manchadas. Para infundir miedo o asco, pensé aquella vez, la ambientación del CI resultaba muy práctica. Sin embargo, como entorno de trabajo era poco menos que inaceptable.    

Esta vez no me condujeron al pasillo…, sino al parqueo. Todavía pensaba que desde allí habría otra entrada para acceder al CI. Pero Rolando se detuvo frente a un Lada rojo.

—Entra —dijo señalando la puerta trasera.

Contesté que no, y alegué que, técnicamente, aquello era un secuestro. La cita había sido para la estación de policía de Marianao y no contemplaba algún otro lugar, por tanto, no tenían permitido llevarme a un paradero desconocido por mí y por mi familia, menos aún sin presentar antes una acusación legal.

En verdad, esperaba algo así. Los secuestros de este tipo y las detenciones injustificadas son práctica común de la Seguridad del Estado; no les basta con moverse alegremente al amparo de un conjunto normativo arbitrario, a menudo deciden violar sus propias leyes. El día anterior, al ser citado por teléfono, me llamó la atención la insistencia del mayor Ernesto en querer recogerme en un auto frente a mi casa. Me negué y le pedí una dirección exacta, tal como exige la ley que debe realizarse este procedimiento. Cerca de las 3:30 pm recibí otra llamada desde el móvil 55662655, en la cual se me informó que la cita sería en la estación de policía de Marianao.

—Por favor, entra… Fíjate, te lo estoy pidiendo de favor —dijo por tercera vez Rolando, quien ya empezaba a impacientarse.

Al volver a negarme, el mayor Ernesto dio un paso y se colocó a pocos centímetros de mi espalda, en posición marcial. Me detuve a sopesar la situación. No tenía intenciones de subir sin saber a dónde me llevaban, pero tampoco me agradaba la idea de que el mayor Ernesto recuperara la confianza de su jefe demostrándole con qué eficacia y velocidad podía estrellar mi cráneo contra el techo del auto. «Nosotros no somos una dictadura, en todo caso, somos una dicta-suave», recordé que me habían dicho en el último interrogatorio. «No te van a hacer nada. No pueden», me había dicho mi esposa esa tarde antes de salir de casa. Esas palabras pronto se disolvieron con el recuerdo de imágenes y testimonios de activistas y periodistas independientes golpeados por agentes del Minint.

Eran cerca de las seis de la tarde cuando estaba ya sentado en el asiento trasero del Lada rojo, con Rolando al volante y Ernesto a su lado, imaginando los más alocados desenlaces para ese día.

—¿Puedo al menos saber adónde me llevan?

—A una casa nuestra —contestó Rolando.

—¿Una casa dónde?

—En Playa.

Rolando no mintió. Del Hospital Militar tomó la avenida 25 hasta pocas cuadras después de la rotonda de La Muñeca, y luego subió por una de las callejuelas que se internan en el reparto Siboney. Por la ventanilla vi desfilar auténticos palacetes, algunos amurallados para esconder la fastuosidad. Siboney es el reparto exclusivo de la élite en Cuba, donde habita la crème de la crème del castrismo y sus familias: un Beverly Hills caribeño, bien apartado del vulgo. Resultaba curioso que también escogieran aquel feudo de placer para el trabajo sucio. 

Finalmente, el auto se detuvo a unos metros del Centro de Inmunología Molecular, ante una verja inmensa, cubierta de plantas que no permitían ver más allá. Apareció un viejo de cara triste que, con mucha paciencia, abrió el portón para luego esfumarse. 

Arbustos evidentemente arreglados por manos expertas, macetas con forma de cálices y alguna que otra estatuilla. Era como internarse en el reducido jardín de una mansión victoriana. La entrada de la casa era igual de impresionante: columnas dóricas y unos escalones de granito pulidos que llevaban a un salón muy iluminado, con un busto de mármol de estilo neoclásico en el centro y unas escaleras al fondo.

Al bajar del auto me recibió otro mayor. Él también extendió su puño para saludar, aunque no pareció molestarle demasiado mi negativa. Me ordenó entonces levantar los brazos y buscó en mis bolsillos cualquier objeto parecido a un celular, cosa que no encontró. La Seguridad del Estado ya ha aprendido, a golpe de interrogatorios secretamente grabados y después difundidos, que debe cachear con más rigor a sus víctimas.

—Por aquí —indicó Rolando, y tomó por un pasillo a mano izquierda.

Justo detrás de mí iban Ernesto y el otro mayor, como escoltándome, mientras yo observaba los espejos, las puertas y las lámparas de techo antiguas que dejábamos atrás. Pasar de las mugrientas oficinas del CI a esta austera versión de la casa de Scarlett O’Hara sugería que no se trataba de un interrogatorio cualquiera.

—Yo soy el teniente coronel Rolando —dijo finalmente.

—Rolando qué.

—Rolando, Teniente coronel Rolando, y ya.

***

—Te voy a confesar una cosa: yo no te veo en El Estornudo —dice.

—¿Y eso por qué?

—Pues porque tus textos no me parecen tan agresivos contra el gobierno. Los he leído. No todos, pero he leído algunos.

—Al menos ha leído algunos. No como ellos dos, que a estas alturas no se han leído ninguno. Si van a perseguir a un periodista, al menos léanlo —digo mientras me divierto con la imagen de los dos oficiales avergonzados, hundiéndose en sus asientos.

—Pues yo sí. Y por eso te digo que no te veo allí.

—Sin embargo, allí estoy.

—¿Y cómo entraste a El Estornudo?

Le respondo la verdad: juegos de fútbol y cervezas los domingos, unos amigos que llevan a otros, lo frustrante de pensar que la profesión se reduce a las planas de un medio oficial, el deseo de hacer periodismo y no apologías del poder estatal. Rolando, sin embargo, no parece muy convencido, y me da su propia versión: funcionarios del gobierno de los Estados Unidos derrochando su dinero, la CIA y sus agentes infiltrados que finalmente me convencen de sumarme a la ominosa tarea de «destruir la Revolución».

—¿Le cuesta tanto imaginar que alguien no quiera pasar el resto de su vida en Granma? —pregunto.

—Ustedes no hacen más que criticar a la prensa estatal, pero no les gusta reconocer que ustedes escriben lo que escriben porque se lo ordenan. Sus «medios independientes» no son tan independientes.

—Nadie me ha ordenado escribir nada…

—¡Sí, sí que les ordenan! —me interrumpe—. Fíjate, yo apoyo el periodismo crítico, y sé que la prensa estatal tiene sus deficiencias, pero lo de ustedes no es periodismo crítico. Lo de ustedes es manipular. Sí, manipular, buscar la mierda, la pornomiseria, para sacarle lágrimas a la gente. ¿Por qué no dicen las cosas buenas de Cuba?

—Porque esas ya las cuentan ustedes, y hasta se las inventan. No obstante, le convido a que mencione una historia que no sea real de las publicadas en la revista.

—Yo no digo que no sean reales…

—Entonces explíqueme en qué consiste la manipulación. ¿O es que esas historias no cuentan para usted? ¿La historia de una familia sin hogar no cuenta para usted? ¿La historia de un hombre que vive en las calles no cuenta para usted? ¿La historia de un feminicidio no cuenta para usted?

—Sí, pero ustedes las manipulan. ¡Ustedes hablan como si en Cuba nunca antes se hubiera hablado de feminicidios! Y la FMC desde siempre ha tocado esos temas, lo que pasa es que nosotros no tenemos por qué estar al tanto de eso. Es normal, somos hombres.

***

Durante mucho tiempo me sentí un tipo con suerte. Aunque varios de mis colegas habían sido detenidos, interrogados y vetados de abandonar el país, aún percibía lejana la posibilidad de que algo así pudiera ocurrirme. Pasaba desapercibido con una facilidad pasmosa donde otros eran apresados; era prácticamente invisible a los ojos de la Seguridad del Estado, o eso creía. Esa confianza en mi buena fortuna terminó la mañana del 20 de marzo del 2020, cuando conocí al mayor Ernesto.

En realidad, Ernesto no se llama Ernesto, y tampoco Andy, que fue como se presentó aquella vez. No debe superar los 35 años, aunque la calvicie que asoma por los flancos de su cabeza parece decir lo contrario. Es un mulato fornido, de hombros anchos y vientre abultado, redondo, como si cada día trabajara bíceps y tríceps en un gimnasio, pero sintiera pereza a la hora de los abdominales. Su cráneo da la impresión de estar fuera de lugar; una canica encima de un yunque. La voz dulce, el marcado acento oriental y la mirada curiosa le hacen parecer un guajiro noble, casi ingenuo; algo que de seguro tuvieron en cuenta sus superiores para imponerle de manera invariable el rol del «policía bueno». He visto a Ernesto alegre, nervioso, avergonzado, serio. Lo he visto emocionarse mientras cita de memoria frases que gusta atribuirle a Fidel Castro, su «eterno Comandante». Sin embargo, se me hace imposible imaginarlo realmente enojado.

Durante mi primer interrogatorio fue una oficial del Minint, muy joven y atractiva, quien hizo de «policía malo». Mientras ella intentaba convencerme de cuánto había hurgado en mi vida privada, se inventaba ridículas teorías conspirativas y preguntaba por personas que yo no conocía, Ernesto clavaba sus ojos en mí y tomaba notas en una agenda.

—No tengo todo el día y creo que me estás haciendo perder el tiempo. Tú sabes que por escribir en El Estornudo puedes caer preso, ¿no? —dijo la oficial, alterada, en lo que parecía el momento más acalorado de la conversación.

—Nosotros sabemos que tú no eres mal muchacho —soltó entonces Ernesto, como para relajar tensiones—. Solo estamos aquí para hacerte saber que estás siendo manipulado. Para que despiertes y te des cuenta de que te han estado engañando todo este tiempo.

La delicadeza con la que habló sirvió para calmarme un poco. Hasta ese instante me había mantenido en silencio, y cuanto hablé fueron meros intentos —bastante exitosos, por cierto— de desvirtuar las preguntas. Ya llevaba dos horas sentado frente a ellos, escuchando una reproducción exacta de los interrogatorios narrados por algunos colegas. En cierto modo, dilatar aquello exigía un precio: sed, hambre, unos deseos tremendos de fumar. Y aunque intentara simular una absoluta indiferencia, la mandíbula tensa y el sudor escurriéndoseme por la camisa delataban mis nervios.

Ernesto no hablaba mucho y, en cierto modo, parecía tan nervioso como yo, aunque por otros motivos. Su silencio no resultaba incómodo excepto para él mismo, y daba la impresión de que su compañera le hubiese negado de antemano la potestad de hacer preguntas incisivas. En un intento de abandonar su rol pasivo para sentirse, al fin, un interrogador severo, Ernesto interrumpió a la oficial y habló de «ciertos textos» míos que encontró publicados en un misterioso blog.

—¿En serio me están preguntando eso? Creo que tienen que investigar más —dije, intentando no dejar escapar una carcajada.

—Si te preguntamos es para que nos aclares. ¿Quién financia ese blog?

Ernesto se me acercó entonces con el ceño fruncido y una expresión de tipo rudo sacada de cualquiera de las películas de Charles Bronson.

—Está bien, está bien. Les diré. No creo que nadie financie ese blog, pero si me equivoco, pues sería la Universidad de La Habana.

—¿Cómo es eso? Explícate.

—Ese blog es de una profesora de primer año de la carrera de Periodismo, que publica los trabajos de clase de sus alumnos. ¡Pero ahí están mis primeros textos, los peores que he escrito jamás! No lean eso, por favor, que el tiempo pasa y uno mejora.

Escribió Bolaño que «todo lo que comienza como comedia indefectiblemente acaba como misterio», pero en el caso específico de aquel interrogatorio había sucedido exactamente lo opuesto. Los nervios y la incertidumbre iniciales no tardaron en dar paso al placer de ver desmoronarse las teorías conspirativas de mis interrogadores, y también las miradas de reproche que le lanzaba la mujer a Ernesto. El encuentro, sin embargo, terminó con otra amenaza de prisión por parte de la oficial, y con la invitación de Ernesto para vernos algún día en un café, el que yo escogiera, con cervezas de por medio. A esto último me negué, recordándole que solo le vería mediante una citación correctamente estructurada, conforme a la ley.

Esa tarde, al llegar a casa, escribí cuanto recordaba del interrogatorio para evitar que los detalles se esfumaran o se torcieran con el tiempo. Mientras tomaba notas, mi esposa se acercó para preguntarme cómo me había ido.

—Pues resulta que se me acabó la suerte. Ya no soy invisible —fue lo que atiné a decir.

***

Aunque Rolando varía el tono de sus palabras con bastante regularidad, por lo general se muestra amable; «con intenciones de hablar amistosamente», como le gusta decir. Me pregunta si yo trabajaría en Granma. Le respondo que no, pero dejo claro que aceptaría que Granma republicara textos míos. Él, por supuesto, niega. Luego me invita a tomar agua y bromea con la idea de que yo piense que quiera envenenarme. Me confiesa que orina poco, quizás por alguna afección en los riñones que no se atreve a atenderse, lo cual le obliga a beber más agua que otras personas.

Llevamos algún tiempo hablando de todo y nada a la vez. La conversación no parece tener un rumbo definido, excepto por esos momentos en que, sin venir al caso, vuelve a sus tesis iniciales: «no te veo en El Estornudo»; «estás siendo manipulado por agentes de la CIA». Lo dice con tanta firmeza que no dudo que de veras lo crea.

—Mira, te voy a decir lo que te dije en un inicio: este puede ser el último o el primero de muchos encuentros.

Me acomodo entonces en mi asiento. La idea de que al fin vaya al grano despierta el interés que había perdido en la plática.

—Como bien le habías dicho a ellos en el último encuentro que tuviste con nosotros, eres muy consciente de que podemos regularte[1] —continúa—. Y nosotros podemos hacer eso, y más.

—¿Bajo el amparo de qué ley?

—Del derecho que tiene la Revolución a defenderse —dice, parafraseando algunas de las palabras que pronunciara Fidel Castro 59 años atrás, en la Biblioteca Nacional, como epitafio de la libertad creativa en Cuba.

—Sáqueme de una duda, si usted dice que pueden regularme y reconoce que lo hacen, ¿por qué el Ministro de Relaciones Exteriores lo niega ante el mundo? ¿Está mintiendo conscientemente el ministro, o ustedes actúan a sus espaldas?

La broma no le hace gracia alguna. Por primera vez, y hasta el final del interrogatorio, Rolando se despoja completamente de su pose amigable. Ahora parece lo que es, ni más ni menos: un represor.

—No te hagas el gracioso. Nosotros hacemos lo que sea necesario para acabar con los mercenarios. Yo tú dejo de hacer chistes y pienso mejor las cosas.

***

El segundo interrogatorio debió ocurrir a inicios de septiembre, pero por irregularidades en la citación el encuentro se aplazó para finales de ese mes. Las irregularidades, por supuesto, se las hice notar a Ernesto desde el primer momento, lo cual tomó como «una muestra de agresividad» de mi parte.

Resulta curiosa esta práctica común entre los represores de la Seguridad del Estado: se refieren al reclamo de derechos y a la exigencia de apego a la ley, como agresividad. No hostilidad, no desobediencia, no rebeldía —términos que tampoco serían aceptables—, sino agresividad. De igual forma, los periodistas independientes son para ellos «voceros de los intereses del gobierno de los Estados Unidos», y cualquier disenso respecto a la política gubernamental de la isla es «una justificación para recibir migajas del enemigo».

—Al oírlos a ustedes decir estas cosas, pareciera que intentan justificarse imaginando que todos funcionamos bajo sus mismas lógicas. Les explico. Exigir un derecho no es ser agresivo; la agresividad consiste en violentar los derechos de otros, tal y como ustedes hacen. Los medios independientes no hablan en nombre de ningún gobierno, pero los medios oficiales solo informan lo que les ordena el Partido Comunista. Nadie me paga por disentir. Sin embargo, a ustedes les dan una semana en una villa militar en Varadero solo por reprimir. ¿Ya van entendiendo?

Ernesto se mantuvo callado unos instantes, y casi llegué a creer que había captado algo, hasta que dijo:

—Nosotros no somos represores. O sí, pero bueno, represores políticos. Los represores políticos no somos malos.

De esta forma comenzó el segundo interrogatorio, que se desarrolló a pocas calles de mi casa, en la destartalada oficina del Jefe de Sector. Junto a Ernesto estaba otro mayor: pelo crespo y muy corto, ojos saltones, sobre lo delgado, y vestido con un viejo y ajustado pulóver que exaltaba la colaboración Cuba-Venezuela. Nuevamente estaba yo frente a un buró, en un espacio sucio y sin mucha luz, con dos sujetos dispuestos a hablar sinsentidos durante horas. La escena, hasta cierto punto, comenzaba a ser familiar.

Esta vez Ernesto se presentó como tal, lo cual le hice saber mediante una broma. «Bueno, y para la próxima cómo se va a llamar. Digo, para no confundirme», dije, pero no contestó, aunque tampoco pareció molestarle.

Me di cuenta entonces de que estaba sucediendo algo que no creí posible entre nosotros. No era amistad, y tampoco Síndrome de Estocolmo, sino cierta complicidad: sabíamos que a ambos nos habían impuesto un papel para el que no estábamos hechos. Para quienes dispusieron la realización de esta escena, y disponen la realización de todas las que implican el hostigamiento a periodistas independientes, artistas, activistas y opositores en Cuba, Ernesto era el héroe y yo el villano atrapado y sin más salida, para redimirme, que la delación. No obstante, en aquella segunda representación teatral, Ernesto desarrollaba su rol de héroe con tan poco histrionismo como yo el de villano.

Ernesto no me agrada, y creo que el sentimiento es mutuo, sin embargo, pienso que también compartimos la sensación de que en un país normal nuestras vidas jamás se encontrarían, menos de esta forma.

Aunque Ernesto y su compañero reconocieron que su trabajo no contemplaba leer El Estornudo, sino husmear diariamente en los perfiles de Facebook de cada uno de los reporteros, me recomendaron lecturas. No recuerdo exactamente qué textos periodísticos, pero sí sus temáticas: la CIA, las revoluciones de colores, por qué George Soros es el Anticristo, la CIA otra vez, los intentos de asesinato a Fidel Castro, la Guerra Fría, la CIA nuevamente…, por si lo olvidaba.

—¿Y por qué leen esas cosas tan aburridas? Lean, qué sé yo, cuentos, novelas de aventuras, de amor, cosas más entretenidas. Es mejor que hacer de ciberclarias y andar chismeando en las redes sociales para luego calumniar desde perfiles falsos. ¿No creen?

—Lo que nosotros decimos de ustedes no son calumnias. Solo exponemos sus vidas privadas a partir de lo que ustedes mismos suben a Facebook —dijo, insultado, el compañero de Ernesto, sin percatarse de cuánto acababa de admitir.

Luego me puso como ejemplo a una colega que había escrito un relato erótico, a su entender, demasiado escandaloso. Si bien el texto explicitaba que era una ficción, el mayor lo entendió como un testimonio, y corrió a divulgar desde perfiles falsos que mi colega era una suerte de adicta a introducir dos o más dedos en el culo de sus parejas. Fue la única vez que en un interrogatorio no pude aguantar la risa.

—Sabemos que a tu esposa se le vence la residencia pronto —dijo Ernesto, cortando mi diversión de un golpe.

—Sí, y se irá, y yo con ella. De eso estaría bien hablar, pues, aunque ustedes pueden regularme, es conveniente para todos que no lo hagan. Yo no los soporto, y ustedes tampoco a mí. Si me voy no los tengo que ver más, y a ustedes se les reduce la carga laboral. ¿No es cierto?

—¿Y tú crees que porque te vayas vamos a olvidar toda la mierda que escribiste aquí? —gritó el otro mayor.

—Perdóneme, pero mierda publican Granma y Juventud Rebelde. Respete mi trabajo.

Sé que no debí decir aquello. Una respuesta impulsiva podía resultar fatal, luego de improvisar una negociación.

—Nos veremos pronto. Puedes retirarte —dijo Ernesto, y salí de aquel lugar.

***

—Te vamos a regular…

—¿Por cuánto tiempo? —interrumpo.

Rolando deja caer su cabeza en el espaldar de la silla. Su expresión es de satisfacción, y temo que la mía revele mi ansiedad.

—Espera —dice—, que tienes dos opciones.

—Usted dirá.

—Bien. La primera es trabajar con nosotros, en conjunto. Tú nos informas de la vida de los demás periodistas de El Estornudo, te vas con tu esposa a México o a España, te juntas con los mercenarios de allá y nos sigues informando…

—Eso ni muerto.

—Espera, que falta otra opción. La segunda es que escribas un post en Facebook donde renuncies públicamente a El Estornudo y digas la verdad sobre ellos: que son mercenarios, pagados por el gobierno norteamericano y todo lo que te he explicado hasta ahora.

—Lo siento, pero eso tampoco.

—Entonces tu esposa se tendrá que ir para su país, o para donde ella quiera, y tú te quedarás. Así de sencillo.

—Yo le tengo otra propuesta: dejo de escribir para El Estornudo, sin hacer ninguna renuncia pública, me voy con mi esposa, y ni yo sabré más de usted ni usted sabrá más de mí.

Miento, desesperado.

—Repito: tienes dos opciones, o trabajamos en conjunto o renuncias públicamente escribiendo lo que te dije.

En vano intento que acepte mi contrapuesta. A cada una de mis palabras, Rolando responde con la misma frase. Repite las dos opciones de manera invariable, con una calma que solo busca resaltar el hecho de que ahora es él quien domina la conversación de manera absoluta. Si en su lugar estuviese Ernesto, pienso, las cosas serían distintas, pues carece de sangre fría para estos asuntos y casi siempre se deja llevar por sus impulsos. Rolando es justamente lo opuesto. Parece que, más allá de los galones en sus uniformes, es esta habilidad lo que distingue al teniente coronel de su subalterno.

—¿Puede dejar de dar vueltas, de repetir lo mismo, y pensar en lo que le digo? —insisto, casi a gritos.

—No, porque nosotros no vamos a permitir que un mercenario se vaya para que allá arremeta con mayor agresividad contra la Revolución. Así que te repito: tienes dos opciones, o trabajamos en conjunto o renuncias públicamente escribiendo lo que te dije.

Finalmente, me doy por vencido. Acepto la derrota y me dejo caer, cansado y hambriento, sobre los cómodos cojines de la silla.

—No lo diga más, porque no me interesan ninguna de sus opciones. Si me va a regular, regúleme. Ya nos veremos en el aeropuerto.

—Pues nos vemos en el aeropuerto —dice.

Mientras se quita la mascarilla, pienso que jamás desprecié tanto una sonrisa.


[1] El verbo «regular» se refiere a la potestad estatal de decidir si un ciudadano puede o no salir del país. Constituye una práctica arbitraria que suspende, a discreción, la efectividad del pasaporte de ciudadanos controlados por motivos políticos (Nota del Editor).

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