La iglesia y el colimador de la dictadura

Cuba, Iglesia católica
El fallecido cardenal de La Habana Jaime Ortega inaugurando un seminario ante Raúl Castro (Foto: Reuters)

GUANTÁNAMO, Cuba. ─ El artículo 15 del documento que la dictadura llama “Constitución” establece que el Estado reconoce, respeta y garantiza la libertad religiosa. Ante la formulación, más política que jurídica, es preciso recordar qué es la libertad religiosa y cómo la entiende el régimen castrista.

Según el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, la libertad religiosa es el derecho de todos los hombres a “estar inmunes de coacción, tanto de parte de personas particulares como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y ello de tal manera que en materia religiosa ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos”.

Este concepto está relacionado con el artículo 18 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que establece: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”.

Partiendo de esos presupuestos jurídicos y doctrinales es obvio que las autoridades cubanas asumen y defienden una interpretación de la libertad religiosa contraria a la proclamada en los documentos mencionados.

¿Por qué las autoridades cubanas no respetan el derecho a la libertad religiosa?

En Cuba los sacerdotes y obispos de la Iglesia Católica ─tampoco los pastores y representantes de otras denominaciones religiosas─ no son inmunes a la coacción de grupos sociales y de las autoridades. En ocasiones son atacados frenéticamente en los medios dependientes y pagados por el partido comunista cuando defienden el derecho a la vida o se manifiestan contra el relativismo moral que corroe a nuestra contemporaneidad.

Esa coacción se expresa, entre otras acciones, con la vigilancia constante a que son sometidos los miembros de nuestra Iglesia, al registro e informe de cada una de las homilías por parte de los informantes asignados a los templos y con las persistentes amenazas cuando algún hermano se atreve a decir ciertas verdades sobre hechos y situaciones de la entera responsabilidad de quienes mandan en este país sin haber sido elegidos por el pueblo.

En Cuba no se permite la enseñanza religiosa, lo cual viola lo establecido en el artículo 26.3 de la Declaración Universal de Derechos Humanos ─ratificada por el gobierno cubano─ pues son los padres quienes tienen el derecho de escoger la educación que desean para sus hijos, no el Estado, como ocurre en Cuba. Eso también viola la Convención sobre los Derechos del Niño.

Las autoridades cubanas no permiten que la Iglesia tenga sus propios medios de difusión masiva para evangelizar al pueblo e interactuar con él, colocándola en una situación discriminatoria frente a la práctica ateísta que ha desnaturalizado por más de seis décadas las esencias de nuestra nación.

A través del Departamento de Asuntos Religiosos adscripto al Comité Central del Partido Comunista de Cuba, las autoridades cubanas amenazan, coaccionan y chantajean a los hermanos que se atreven a emitir opiniones y asumir posiciones pastorales que perjudican los intereses totalitarios del castrismo. Las respuestas han alcanzado recientemente repugnante virulencia contra algunos de los sacerdotes que han optado por colocar su voz al lado del pueblo.

Y en este breve muestrario para demostrar ese irrespeto no dejo de mencionar que en nuestro país tampoco se permite a la Iglesia edificar ni administrar hospitales, algo en extremo importante para los cristianos, pues así como hay quienes defienden la eutanasia nosotros defendemos nuestro derecho a morir conforme a nuestra fe,  que no se garantiza en los hospitales de la dictadura en los casos de enfermos a quienes muchas veces se les desconectan los equipos médicos porque el profesional que atiende al enfermo asume el papel de Dios y determina que su muerte es irreversible pues, aunque la dictadura proclama que nada vale tanto como una vida humana, entre la desconexión de los equipos o la prolongación de los gastos opta por lo primero.

La Iglesia en el colimador de la dictadura

Lejos de acercar sus entendederas a los intereses del pueblo, la dictadura ha proseguido con su estéril práctica de culpar de todos nuestros males al embargo estadounidense, actitud sumada a una tozudez aderezada con el presunto carácter mesiánico de un partido estéril y corrupto que sólo ha conseguido prolongar reiterados fracasos económicos y una emigración que no cesa ni aún con los peligros aparejados a la COVID-19.

La gran mayoría de los cubanos carece de esperanzas y expectativas para salir de esta crisis endémica. Ante la gravedad de la crisis y la desvergüenza de quienes tienen la mayor cuota de responsabilidad en ella ─asegurados en el poder por haber secuestrado la soberanía ciudadana─ varios sacerdotes de la Iglesia Católica han optado por acompañar no sólo con oraciones, sino públicamente, a plena voz, a su pueblo.

Y como el Partido Comunista de Cuba ─el más estéril y corrupto de toda nuestra historia─ tiene una peculiar manera de interpretar el ejercicio de la libertad religiosa y se considera el Sumo Sacerdote de la nación, las presiones contra esos sacerdotes se han hecho notorias apenas han terminado sus homilías, publicado algún texto o participado en las redes sociales ofreciendo su opinión sobre nuestra realidad.

Uno de estos sacerdotes divulgó su opinión en las redes sobre este acoso de la siguiente forma: “…desde hace varios días me llegan comentarios cada vez más insidiosos, sobre mi persona, y sobre la Iglesia en general a la cual está obviamente ligada mi persona. La desesperación por desacreditarme ante el pueblo los ha llevado a torpezas tan evidentes que, lo que debió ser un secreto, ya es un clamor que intimida a los más débiles y estimula a los más libres y despiertos. Frases como: “Padre, cuídese, Ud. no tiene necesidad de eso. Padre, piense en su mamá, si a Ud. le pasa algo…”.

“En medio de todas esas reacciones no faltan los que dicen: ¿Y por qué el cura se tiene que meter en política? Ese no es su papel. Esta quizás es la esencia-causa de todos los comentarios anteriores. Como si el sacerdote solo tuviera que hablar de rezos, y exponer a Dios y la vida de la gracia de una manera morfinómana en términos insulsos o dulzones. Se descubre una extendida ignorancia sobre la fe, la Iglesia, el sacerdote y su misión de cara a la vida concreta de la gente”.

“Y, sin meterme directamente en política, he recordado mucho en estos días lo que dijo Mahatma Gandhi: ´Mi profundo respeto a la verdad me llevó a la política, y puedo decir sin duda alguna, pero con toda humildad, que la persona que dice que la religión no tiene nada que ver con la política, no sabe lo que significa la religión´”.

¿La Iglesia no tiene que meterse en política?

Por sucesos como los expuestos nuevamente la Iglesia Católica se halla bajo la presión del Estado cubano. No quiero Patria sin Iglesia, pero mucho menos quiero Iglesia sin libertad y, por tanto, apátrida. Estoy harto de tanto silencio cuando en mis oídos resuenan estas palabras de Jesús: “No tengáis miedo”.

Salvo escasísimas excepciones nuestros templos se han convertido en lugares circunscritos a actividades litúrgicas, pero vedados al diálogo, al estudio y defensa de la riquísima doctrina social de la Iglesia, al urgente análisis y toma de partido ante la crucial situación que vivimos.

Los cristianos estamos llamados a acercar el reino de Dios, a luchar contra las injusticias y eso no se logra con una actitud pasiva. Algunos afirman que muchos hermanos asisten a la Iglesia en busca de un poco de paz que no encuentran en nuestra sociedad y que son reacios a que esos temas que nos preocupan a todos se aborden en las homilías. Si esa posición hubiera sido la misma asumida por quienes dirigieron el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, posiblemente todavía habría segregación racial en ese país.

No creo que alguien pueda autocalificarse como cristiano y concomitantemente estar de acuerdo con la discriminación, los mítines de repudio, la cárcel por razones políticas, el exilio forzado, la permanencia en el poder de un partido y una casta parasitaria que jamás ha sido elegida por el pueblo, con las golpizas físicas y los linchamientos mediáticos y con la ausencia total de libertades .¿Qué clase de cristiano es ese que puede asistir a misa sabiendo que lo que es causa de su alegría es fuente de dolor para su hermano y no asume un nítido compromiso social contra esa injusticia? Donde no hay igualdad real de oportunidades hay discriminación y donde esta exista no puede ser apoyada por alguien que se dice cristiano. Quien en Cuba se proclama cristiano no puede estar a favor de la dictadura.

Otros se preocupan porque el chantaje y la difamación pueden resultar perjudiciales para la Iglesia. Sobre esto voy a expresar lo siguiente, basándome en una conversación que tuve con uno de los brillantes sacerdotes a los que me referí y cuya esencia fue esta: “Todos somos pecadores, si hemos cometido pecado y eso lo sabe la seguridad del Estado y amenaza con divulgarlo, Jesús ya nos enseñó la salida, que es la confesión. Un cristiano de fe sabe que la confesión nos limpia de pecado. En tal sentido, acatar reales o supuestos chantajes por temor al qué dirán sólo es una muestra de debilidad ante la dictadura y una acendrada ausencia de fe en quien sí merece todo nuestro respeto”.

La Iglesia Católica está otra vez en el colimador de la dictadura, pero siempre lo ha estado. Quienes la dirigen deberían acabar de interiorizar que también están en el colimador del pueblo. Al pensar en ellos pido a Dios que los bendiga, les de mucha sabiduría y los ilumine, porque como pastores tienen sobre sí una enorme responsabilidad ante nuestro pueblo, ante la historia y, sobre todo, ante Dios.

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