La iniciativa de autorizar trámites migratorios en la Base Naval de Guantánamo es digna de aplauso

LA HABANA, Cuba. ─ Hace unas horas, el diario digital Cibercuba publicó un artículo del colega Carlos Cabrera Pérez, en el cual arremete contra Mario Díaz-Balart y María Elvira Salazar, representantes federales cubanoamericanos. El motivo o pretexto para ello es la propuesta formulada por ambos legisladores con el fin de habilitar la Base Naval de Guantánamo como centro para tramitar casos migratorios de ciudadanos de la Isla.

El ataque contra los destacados políticos es virulento. Esto se hace evidente desde el título sarcástico: María Elvira y Díaz-Balart cogieron tren equivocado a Guantánamo. Y pasa por calificar la nueva iniciativa como “más desbarajuste” que, en opinión del comentarista, no solucionaría las decenas de miles de expedientes de reunificación familiar y visados pendientes en la Gran Antilla.

Discrepo de lo que plantea al respecto el señor Cabrera Pérez, y por ello me he animado a escribir sobre el tema. Del mismo modo, tampoco estoy de acuerdo con su alusión a la “falta del necesario consenso democrático” en el Congreso Federal, lo cual él menciona como “otro inconveniente” de la propuesta.

Soy un extranjero que no ostenta la ciudadanía de Estados Unidos ni reside en ese gran país. Pero como observador “desde afuera” que soy, si algo he constatado a lo largo de los años en la política norteamericana es que, por encima de las discrepancias entre demócratas y republicanos —algo normal en una sistema democrático— he observado una saludable y valiosa colaboración bipartidista en todo lo que concierne a las políticas hacia el régimen cubano.

Esto se refiere no sólo a ambos legisladores federales envueltos en este asunto. También a los demás, que pertenecen a uno u otro de los dos grandes partidos (que de ambos hay) y que forman parte no sólo de la Cámara de Representantes (como los mencionados), sino también del Senado. Todo ello, además, en un número que excede en mucho la proporción de nuestros compatriotas residentes en Estados Unidos: un verdadero y admirable logro de la comunidad cubana exiliada.

No creo que lleve razón don Carlos cuando supone que, necesariamente, la propuesta de Díaz-Balart y Salazar implicará “salir, entrar, volver a salir y entrar de Cuba (sic) para arreglar sus papeles”. De hecho, eso es lo que sucede en la actualidad, cuando los ciudadanos de la Isla se ven forzados viajar a México, Jamaica o Guyana para realizar esos trámites.

La exhortación del comentarista a ambos representantes (“apostar por una normalización de la embajada en La Habana”) resulta harto endeble. Por una parte, esa propuesta ignora los incidentes sónicos que afectaron al personal diplomático. Se trata de una realidad que el castrismo niega empecinadamente, pero que (recuerdo para beneficio de los escépticos que creen que eso es sólo una provocación “made in Washington”) afectó no sólo a estadounidenses, sino también a funcionarios de Canadá.

En segundo lugar, la misma edición del diario digital recoge unas declaraciones del abogado Willy Allen. En ellas, el destacado especialista en temas de Inmigración expresa su opinión: que la Embajada de Estados Unidos en La Habana abrirá “entre octubre y noviembre de este año”. Suponiendo que esa especulación resultase cierta, ¡faltaría todo un semestre! ¿Y mientras tanto qué!

Pero es que el asunto presenta una tercera faceta: Debido al “antiyanquismo” a ultranza preconizado por el castrismo, no es un secreto que las relaciones entre los dos países vecinos se han reducido al mínimo. Si antes de “la Revolución” hubo consulados de Estados Unidos en ciudades del interior de la Isla, ahora sólo queda la representación en la capital. Ella no existió durante años, después se restableció bajo Carter como una simple “Sección de Intereses” y ahora, desde Obama, como una flamante “Embajada”, aunque dirigida por un Encargado de Negocios.

¿Y qué hay de nuestros compatriotas residentes en las provincias orientales! Para ellos, un viaje a Guantánamo resultaría menos engorroso que uno a La Habana. Por ende, si prosperara la propuesta de Díaz-Balart y Salazar, ello resultaría útil no sólo durante los meses (o años) que pasen hasta la plena reactivación de la Embajada. Ella seguiría siendo de gran provecho también después.

Las palabras de Cabrera Pérez sobre una hipotética “cola desde (…) Caimanera o Paraguay de cubanos que deban acceder a la base naval”, no pasa de ser una especulación que, en mi opinión, carece de fundamento. Sin invitaciones para realizar trámites migratorios en esa instalación militar, los presuntos emigrantes no podrían ni soñar con viajar a Caimanera. Esto, a no dudarlo, constituye otro “logro” del castrismo.

Y por supuesto que tales citaciones podrán y deberán expedirse de manera ordenada, ajustada a las posibilidades normales de trabajo de los funcionarios que sean asignados para esa tarea. No habría —pues— esa cola más (al menos, no en territorio controlado por los cubanos); en todo caso, ella existiría sólo en el interior de la Base Naval.

Suponer que el régimen castrista aprovechará este cambio para “papagayear sobre libertad y antiimperialismo” (y prohibir la realización de los trámites en la instalación militar) es demasiado suponer. En principio, el articulista de Cibercuba sí tiene razón cuando denuncia esas poses “antiyanquis” que, para desgracia de nuestra Patria, tanto han gustado y siguen gustando al “Máximo Líder” y sus herederos.

El problema (para estos últimos) es que, como reza el refrán, el horno cubano “no está para pastelitos”. La perspectiva de decenas de miles de ciudadanos residentes en Cuba que vean que se les dificulta tremendamente alcanzar la tan ansiada emigración, y ello no por culpa de Estados Unidos (que habría habilitado la oficina de trámites en la Base Naval), sino por parte del castrismo, que prohíbe acceder a ella, sumaría a los descontentos que vociferan contra el régimen un número de personas que dudo que este último esté deseoso de afrontar.

En resumen: disiento de casi todo lo que plantea don Carlos. Creo que la iniciativa de ambos representantes cubanoamericanos es digna de aplauso y agradecimiento, y que ella no sólo es válida y viable; también es útil e inteligentísima como una nueva banderilla que esos compatriotas (los únicos legisladores, aparte de sus colegas, que han sido electos en democracia) aspiran a clavar en el lomo del impresentable régimen castrista, el cual, con todo y su “Congreso de la Continuidad”, anda por estas fechas de capa caída.

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