La lección alemana y la tarea pendiente cubana

MIAMI, Estados Unidos.- “The German Lesson” (La lección alemana), es un emotivo filme sobre la intolerancia y otros males totalitarios que se acaba de estrenar en varias plataformas de streaming.

La historia, basada en una famosa novela homónima, es narrada desde un centro de detención juvenil donde a Siggi Jepsen le piden que escriba un ensayo bajo el título de “La dicha del deber”.

Entonces el ansioso muchacho se remonta a su pasado en la aldea de Schleswig-Holstein, cerca de Hamburgo, donde tuvo una niñez feliz, junto a su padre, el policía de la localidad, y su madre, hasta la llegada de los nazis al poder.

Max Nansen es un entrañable amigo de la familia, quien se dedica al cultivo de las artes plásticas dentro de la corriente expresionista, tan cara a la cultura alemana.

Cierto día, el pintor recibe una comunicación oficial con la tenebrosa cruz gamada donde le dejan saber que, a partir de ese momento, su arte era considerado “degenerado” y, por lo tanto, debía cesar tal práctica, así como entregar a las autoridades competentes todo su inventario de obras.

El encargado de hacer cumplir la estrafalaria orden era su amigo de la infancia, el mencionado policía del pueblo, Jens Ole Jepsen, padre del niño Siggi, quien disfrutaba mucho verlo ejecutar sus pinturas en el estudio cercano a su casa.

Cuando el despiadado agente del orden recibió la información de que su amigo cultivaba el “arte degenerado”, lo primero que hizo fue descolgar los cuadros que Hansen le había regalado a la familia, entre los cuales estaba un retrato de la mama de Siggi, quien se enfrentó al esposo para conservarlo, pero su empeño resultó infructuoso.

De tal modo, se había desencadenado la maquinaria del fanatismo y la represión, donde el policía llegó a decirle a su propio hijo que siguiera visitando al artista y le informara si se lo ocurría volver a pintar.

Los regímenes totalitarios tienen la facultad de involucrar a la sociedad en sus desmanes. El niño es conminado a volverse delator, por su propio padre, y el resto de la comunidad acepta, en silencio y con algo de complicidad, el destino incierto del buen vecino, mientras las órdenes superiores no interfieran en sus vidas.

El pintor solitario trata de enfrentar la fuerza implacable del estado. Sin el apoyo de la comunidad y el desinterés internacional, no llega muy lejos en su batalla por la dignidad.

El modus operandi del nazismo, desde sus orígenes, ha sido insospechadamente heredado por una distante isla caribeña, donde hace 62 años impera el comunismo o una de sus derivaciones más crueles e improductivas.

La universalidad de “La lección alemana” encuentra un espejo en los atropellos que recibieron y aún experimentan los artistas cubanos que se dedican a las artes plásticas, mediante obras abiertamente contestatarias o aquellas que especulan con metáforas y doble sentido.

Antes de la tragedia que ahora mismo sufre Luis Manuel Otero Alcántara, otros de sus congéneres fueron duramente vapuleados por la dictadura que nunca ha comulgado con manifestaciones culturales que pongan en solfa su absurdo dogma.

La eximia Antonia Eiriz, quien falleció en el exilio, dejó de pintar sus tenebrosos y torturados personajes cuando comisarios culturales, de alto rango, comenzaron a encontrar referentes en la realidad de tan atribulados monstruos dados a los discursos en tribunas con micrófonos.

El maestro Umberto Peña encontró refugio en el diseño gráfico editorial y en sus memorables objetos textiles, conocidos como “trapices”, cuando los censores consideraron que sus pinturas de lenguas cortadas y otras formas de violencia se colocaban en las antípodas del discurso oficial.

Antes de terminar su carrera elaborando íconos del castrismo, Raúl Martínez debió esconder sus obras, francamente gays, de desnudos masculinos, tal y como le sucediera a su colega Servando Cabrera, quien falleció de un ataque cardíaco cuando no pudo soportar prohibiciones similares por sus numerosas versiones de sexos masculinos y la ambigüedad de sus milicianos y cortadores de caña.

Así se prefiguró la primera parte del “arte degenerado” producido en Cuba después de 1959, intolerable para la casta militar que detentaba el poder por la fuerza y controlaba los exabruptos libres de la cultura mediante valladares burocráticos y genuflexos.

A los alemanes les tocó sufrir estos aparatos de suplicio dos veces, con los nazis primero y la Stasi después, por eso no cesan de traer a colación tan terribles historias para que las nuevas generaciones nunca vuelvan a lidiar con la injusticia sistémica.

En la Cuba de los años ochenta, los hacedores de las artes plásticas se agruparon, como pocas veces ha ocurrido en la cultura sojuzgada, para desafiar con su obra las obscenidades sociales y políticas alentadas por el castrismo.

El enfrentamiento fue legendario, imaginativo y diverso, pero se disipó mediante el uso de nuevas tácticas represivas, físicas e ideológicas, que han arreciado en nuestros días.

Los alemanes aprendieron su lección y hoy disfrutan de la democracia, disputada durante tantas circunstancias y contiendas.

La tarea sigue pendiente, sin embargo, para la sociedad cubana no se vislumbra una solución cercana en tan larga y fatigosa ordalía.

Cine Cubano en Trance con Alejandro Ríos.
Dilucidar la isla y su cultura a partir del séptimo arte que la denota. La intensa quimera de creadores, tanto nacionales como foráneos, que no cesan de manifestar una solidaria curiosidad por tan compleja realidad, es parte consustancial de esta sección.

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