La revolución cubana es una alacena  

LA HABANA, Cuba.- Si alguien me preguntara por la palabra que más escuché en mi infancia, respondería de inmediato, y sin dudarlo, que ese vocablo al que más oídos presté en aquellos días es “alacena”. Adoro ese sustantivo que tiene para mi resonancias muy lejanas en el tiempo, y muy diversas; siempre que lo escucho, en boca de cualquiera, me vienen a la cabeza muchos recuerdos de mi infancia, pero sobre todo pienso en mi abuela paterna. Resulta que siempre que abría yo el refrigerador lo dejaba abierto durante un tiempo nada prudencial para hurgar en todo lo que guardaba…, y entonces chillaba mi abuela: ¡Niño, cierra la alacena!

Mi abuela, con graciosa ironía, me hacía notar que yo trataba al refrigerador como si fuera un armario, un viandero, un escaparate, una alacena. Mi abuela ironizaba, daba al aparato una función que no tenía, al menos no del todo. Mi abuela hacía comparaciones, ponía en el lugar del refrigerador a la alacena, como, quizá, habrían hecho los franceses en un caso similar, comparándolo con “l’armoire de cuisine”, y los yumas con el “cupboard”, y los italianos con la “credenza”.

Sin dudas la alacena resguarda, protege, y hasta mantiene en secreto lo que no es necesario resguardar en el refrigerador. La alacena es mucho más discreta que el refrigerador. La alacena es menos violentada en su intimidad que el refrigerador y, como el escaparate, es un mueble que funciona si es capaz de mantener en discreción lo que se tiene allí encerrado. La alacena puede estar muy desordenada, o al revés, pero no lo sabemos, porque para eso existe, para espantar las miradas que podrán hurgar en lo que tenemos guardado, para alejar lo guardado de la mirada intrusa.

Creo que en cada casa cubana existe, o existió, ese mueble que guarda, que esconde y que aparta, que aleja todo lo que del mundo real guarda, esconde lo que debía ser más visible. Muchos suponen que no hay casa que funcione, ordenadamente bien, si no es capaz de resguardar, de esconder algunas cosillas que, descubiertas, serían un peligro. En Cuba, en la casa/país que construyeron los comunistas hay muchas alacenas que esconden, que mantienen secretos a montón.

Y algunas veces se les queda entreabierta la alacena, de tal manera que cualquier vientecillo es capaz de abrirla de par en par, y dejan “a ojos vista” todo lo que se estuvo guardando. Y eso parece que le pasó a Díaz-Canel hace unos días, en esa jornada en la que quiso felicitar a las madres cubanas, y para conseguirlo utilizó la imagen de unas mujeres rubias y blanquísimas, sin dudas de raza aria, que nada tenían que ver con el mejunje que somos en este país. El presidente comunista felicitó a un montón de mujeres que nada tienen de azúcar y melaza, y se le complicó el juego.

Y mucho más se enrareció cuando hicieron felicitaciones a Celia Sánchez por ese día, sin recordar la sequísima matriz de la mujer de Media Luna, esa matriz hosca que quizá fuera la culpable de que Fidel Castro no la convirtiera en su esposa, de que apareciera la otra, esa Dalia Soto del Valle, la paridora enfermera trinitaria. Y peor aún fue la entrevista a Arleen Rodríguez, quien hizo que la conversación tuviera la apariencia de una consulta de infertilidad, mientras contaba, con dolor, de su apego a los sobrinos, el cariño que prodigaba a los hijos de sus amigos, a su perro, y a la revolución, mientras contaba de su seca matriz.

El desenvolvimiento de la semana trajo también en su vagar otros dislates, y nos enteramos que a Humberto López le entregó la UPEC el Premio a la Dignidad, sin haber hecho otra cosa que sembrar odio y difamar, sin ir más allá de golpear a una mujer que lo filmaba después de que este se encontrara con su amante. Y como si fuera poco, el trapalero Humberto será “reivindicado” también por la Unión de juristas con el “Machete Martiano”, sin que sepamos aún cuales son las dimensiones de ese machete y lo que hará López con él.

Y para dar mucha agua al dominó, como si no bastara con lo que ya sucedió, ahora sale Abel Prieto, el nuevo presidente de Casa de las Américas y ex ministro de Cultura, y también ex presidente de la UNEAC, a defender a Humberto López. Y ese Abel Prieto, con ínfulas de abogado del diablo, pretende hacernos creer que es malísimo que alguien filme con su teléfono para publicar luego, en Facebook, olvidando que gracias al husmeo de las cámaras del G2 y gracias a las cámaras de muchos “tapiñaos” hace Humberto, sin pudor ni disimulo, su programa de televisión.

Abel Prieto salta ahora al ruedo de la misma forma en la que antes saltara su padre, que también se llamó Abel Prieto, y que resultó ser uno de los hombres más perjudiciales y  homofóbicos con poder en la historia cubana posterior a 1959. Y resulta que ese otro Prieto, el padre del escritor, el ex viceministro de Educación y cultura, puso “de paticas en la calle” a cuanto maestro amanerado encontró en un aula, entonces apoyado en su puesto de viceministro de Educación y Cultura, quizá sin suponer que la vida le podría sacar un sable…, que se lo sacó, regalándole el disgusto de tener una hija lesbiana.

Y ahora Abel Prieto justifica los procederes de Humberto, y guarda en closets toda la porquería que se acumula en el cuerpo gordo del “abogado y periodista” de Colón. Abel sin dudas legitima los golpes, justifica los puñetazos que el gordo de Colón propinara a la mujer que lo filmó, incluso cuando todo el país reconoce cuánto de ilegítimo tienen los procedimientos del poder para castigar a sus detractores. Abel Prieto tiene, sin dudas, algunas afinidades con Humberto. Abel Prieto es un hombre vengativo.

El presidente de “Casa de las Américas” es un hombre enfermo de poder, es un individuo arrogante que no permite ni la más pequeña de las críticas, y nada resultaría mejor para probar lo que digo que aquella reacción de Abel a una sugerencia que le hiciera Iroel Sánchez, cuando este último dirigía el Instituto Cubano del Libro. Resulta que Sánchez le hizo notar al entonces ministro de Cultura que no sería bueno que un centro cultural de Holguín, que estaba por inaugurarse, se nombrara como la novela de Abel, “El vuelo del Gato”. El sitio se llamó finalmente “El vuelo del gato” e Iroel Sánchez fue destituido, dejó de ser el presidente del Instituto Cubano del Libro. Sin dudas existen algunas alacenas que no se pueden abrir jamás. Algunas alacenas, que no son esas de las que hablara mi abuela Ángela, deben permanecer cerradas, escondiendo todo lo que deba ser escondido, para salvar eso a lo que todavía algunos llaman revolución.

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